“Txiki” y Otaegui: 27 de septiembre de 1975

Eia06A principios de 1974 el SECED (Servicio Central de Documentación) infiltró en ETA a uno de sus agentes, Mikel Lejarza (Gorka para sus compañeros etarras, Lobo para la agencia de espionaje). Cuando milis y polimilis se separaron, sus superiores decidieron que Lobo permaneciera en ETApm, ya que era la rama mayoritaria y con más potencial. En poco tiempo Lejarza logró ser nombrado responsable de la infraestructura de la organización. Por consiguiente, el servicio secreto estaba perfectamente informado de los planes y la ubicación de los comandos desplegados por ETApm para la campaña terrorista de 1975. A finales de julio las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pusieron en marcha la operación Lobo y el 26 de agosto el Gobierno de Arias Navarro aprobó un nuevo Decreto-ley antiterrorista que concedía poderes excepcionales a la policía. El resultado global fue la casi total desarticulación de ETApm, así como de las fuerzas nacionalistas radicales de la periferia con las que se había aliado. Se detuvo a más de medio centenar de polimilis, entre los cuales destacaban los principales líderes de la organización, Iñaki Mujika Arregi (Ezkerra) y Pedro Ignacio Pérez Beotegui (Wilson). Tocada y casi hundida, ETApm apenas mantenía operativo un comando. En un informe interno de la banda se calculaba que a finales de año había encarcelados unos quinientos militantes o colaboradores. Unos meses después los polimilis admitieron que en 1975 «cometimos el error de intentar dar golpe por golpe y perdimos».

Tras un juicio sumarísimo y sin garantías, tres polimilis fueron sentenciados a muerte, aunque a uno de ellos, José Antonio Garmendia (Tupa), que sufría las graves secuelas de una herida en la cabeza, se le conmutó la pena capital por cadena perpetua. La oposición antifranquista orquestó una masiva campaña de movilizaciones para salvarles la vida. Según la Memoria del Gobierno Civil de Guipúzcoa de 1975, durante el mes de septiembre se vio agitada por numerosos paros y huelgas auspiciadas por «la gran campaña propagandística desatada en esta Provincia por los diferentes partidos y organizaciones políticas de la oposición». La más numerosa fue la del día 29, en la que participaronn un total de 47.568 personas. Es necesario constatar que algunos de los grupos de oposición estaban guiados no solo por la solidaridad con los condenados sino también por razones instrumentales. Por poner dos ejemplos: en septiembre de 1975 la dirección de LAIA dio la consigna de «radicalizar las luchas, la huelga y las manifestaciones lo más posible, haciendo que tomen cuando se pueda un carácter violento». Por otro lado, el 1 de octubre de 1975 los GRAPO asesinaron a cuatro policías, su primer atentado, presentándolo como una «represalia» a los fusilamientos. Según un informe policial, ETApm estudió la posibilidad de liberar a los condenados, aunque el plan fue frustrado por la detención del comando.

De cualquier manera, las protestas se extendieron por toda Europa e incluso el Vaticano pidió clemencia para los condenados. Sin embargo, al contrario de lo que había ocurrido durante el proceso de Burgos, el tan ansiado indulto no llegó nunca. El crepúsculo del franquismo era un remedo de sus sangrientos orígenes: en acertada expresión de Pau Casanellas, la dictadura murió matando. Los polimilis Juan Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegi (Azpeiti) fueron fusilados el 27 de septiembre junto a tres militantes del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). Los asesinatos legales de septiembre fueron inmortalizados por el cantautor Luis Eduardo Aute, que se inspiró en los fusilamientos para componer «Al alba», y por Imanol y su «El pueblo no olvidará».

Si bien la actuación policial casi había acabado con la rama más potente de ETA, la polimili, la falta de piedad de Franco había proporcionado una valiosa baza al nacionalismo radical, que recuperó el apoyo de las fuerzas de izquierda, como el PSOE (no así el PCE), reforzó su discurso victimista e incrementó su popularidad entre la juventud vasca. Por ejemplo, la ejecución motivó el compromiso con la «izquierda abertzale» de José Ángel Iribar, famoso guardameta del Athletic Club de Bilbao y de la selección española de fútbol posteriormente ligado a Herri Batasuna. En cierta manera, se estaba cumpliendo la predicción del que a principios del siglo XX fuera exponente del nacionalismo vasco más radical, Santiago Meabe (alias Geyme: Gora Euskadi y Muera España): «el día que caigan exánimes y ensangrentados unos cuerpos vascos tras del estallido de los fusiles mecánicamente movidos, habrá sonado para Euskadi la hora victoriosa. El pueblo besará la frente de los héroes, levantará los puños en señal de indignación y alzará su alma y su brazo para la venganza».

Las balas del pelotón de fusilamiento transformaron a Txiki y Otaegi en símbolos extremadamente útiles para la «izquierda abertzale». Ya en septiembre una carta de la dirección etarra a la familia de Paredes Manot, parafraseando a Tertuliano, lo nombraba «un héroe del pueblo, cuya sangre será fértil simiente». Txiki, originalmente apellidado Paredes Manotas, era precisamente la figura más atractiva para la publicidad política. Había nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz) y, por tanto, encarnaba al inmigrante comprometido con ETA, al «español» transformado en «vasco».

Desde el nacionalismo vasco radical se intentó utilizar la figura de Paredes Manot como propaganda para propiciar el acercamiento de los inmigrantes. En palabras de Miguel Castells, futuro senador de HB, «os euskaldunes deben pensar que cada inmigrante podría llegar a ser un nuevo Txiki». Telesforo Monzón Ortiz de Urruela, aristócrata, líder carismático de la autodenominada «izquierda abertzale» y auténtico manipulador de emociones, fue el más destacado publicista del caso de Juan Paredes. Según él, ya no se podía acusar a los nacionalistas «de racistas y otras virtudes». Si algo de eso hubo antaño no fue por culpa de los prejuicios xenófobos, sino porque «el inmigrante Txiki que conoció Sabino no fue el abertzale Txiki que hemos conocido nosotros». El sacrificio conjunto de Otaegi y Paredes lo había cambiado todo. «Pertenecientes a las tribus opuestas -nativos e inmigrantes- se reconocieron hermanos en plena noche (…), fueron fusilados juntos y las dos tribus los eligieron como símbolo de la comunidad reunificada (…). Dos jóvenes, casi dos niños que mueren para que nazca una vieja nación». Gracias a la presunta labor integradora de ETA, «la política de cizaña y división entre inmigrados y nativos, esperanza fundamental del colonialismo imperialista ocupante había recibido un golpe feroz cayéndosele el disfraz y quedando sin muletas donde apoyarse». La canción que Monzón dedicó a Txiki, que posteriormente popularizó el cantante abertzale Josean Larrañaga (Urko) y que pueden escuchar aquí, era una invitación explícita a los jóvenes inmigrantes para que se alistasen en las filas de ETA:

Trabajador, hermano, amigo,

que en esta tierra partes el pan,

dame del tuyo, toma del mío.

Vamos juntos a luchar.

Tu hermano Txiki fue nuestro hermano.

Ven a suplirlo con devoción.

Una mañana murió en euskara

brotando sangre de su canción.

Trabajador, hermano, amigo… (BIS)

Tú también eres vasco de sangre,

que también es sangre el sudor.

Canta en euskara y canta fuerte,

que Txiki oiga tu canción.

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