Siempre he sentido una debilidad especial por Marco Aurelio, el emperador y filósofo de origen hispano que gobernó Roma durante casi 20 años y fue considerado el último de los «Cinco Buenos Emperadores». El personaje aparecía en «Gladiator«, donde era magistralmente interpretado por Richard Harris. Su hijo y sucesor Cómodo quizá no era tan malo como sale en la película (desde luego, no hay pruebas de que asesinara a Marco Aurelio), pero no estuvo a la altura de su padre. Pero, ¿quién hubiera podido estarlo?
El día 9 del presente mes apareció decapitado el busto de Marco Aurelio recuperado de la villa romana de Los Villares y situado en la espadaña de la iglesia de San Salvador en Quintana del Marco (León). No se trataba de vándalos salvapatrias como los que alguna vez han robado el busto de Unamuno en la plaza que tiene dedicada en el Casco viejo de Bilbao, sino de ladrones normales y corrientes. Supongo que querrán vender la cabeza. Y que habrá quien la compre.
Uno siente la tentación de indignarse y clamar contra la incompetencia de las autoridades civiles y eclesiásticas, que habían dejado una pieza de tal valor a la intemperie. Pero precisamente es justo lo contrario de lo que hubiera dicho Marco Aurelio, un filósofo estoico que seguía la senda de Séneca (otro hispanorromano, por cierto). Tengo aquí un ejemplar de sus Meditaciones. En su momento subrayé algunos pasajes que, como homenaje, creo adecuado rescatar ahora. Evidencian que, de estar vivo ahora, Marco Aurelio no se hubiera sulfurado demasiado ante el robo:
-«Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza. Y es actuar como adversario el hecho de manifestar indignación y repulsa.
Eso es todo lo que soy: un poco de carne, un breve hálito vital, y el guía interior»
-«Hay que tener siempre a punto estas dos disposiciones: una, la de ejecutar exclusivamente aquello que la razón de tu potestad real y legislativa te sugiera para favorecer a los hombres; otra, la de cambiar de actitud, caso de que alguien se presente a corregirte y disuadirte de alguna de tus opiniones».
-«Cuánto tiempo libre gana el que no mira qué dijo, hizo o pensó el vecino, sino exclusivamente qué hace él mismo, a fin de de que su acción sea justa, santa o enteramente buena».
-«Ama, admite el pequeño oficio que aprendiste; y pasa el rtesto de tu vida como persona que has confiado, con toda tu alma, todas tus cosas a los dioses, sin convertirte en un tirano ni en esclavo de ningún hombre».
-«Amóldate a las cosas que te han tocado en suerte; y a los hombres con los que te ha tocado en suerte vivir, ámalos, pero de verdad».
-«Acuérdate, a partir de ahora, en todo suceso que te induzca a la aflicción, de utilizar este principio: No es eso un infortunio, sino una dicha soportarlo con dignidad».
-«Regocíjate y descansa en una sola cosa: en pasar de una acción útil a la sociedad a otra acción útil a la sociedad, teniendo siempre presente a Dios».
-«La perfección moral consiste en esto: en pasar cada día como si fuera el último, sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías».
Releyendo su obra, y más teniendo en cuenta la mediocridad cultural (y moral) de tantos de nuestros actuales políticos, asombra toparse con un estadista de esta categoría (al menos sobre el papel). Dan ganas de pensar que eran otros tiempos y otros hombres. Pero no es así, ya que hubo emperadores para todos los gustos. Marco Aurelio fue una excepción.
