GFS: “La zona gris”, El Correo, 3-VIII-2018

homenaje-víctimas-k6JF-U60537252382RjB-624x385@El Correo.jpg“Como de costumbre”, declararía la viuda unas horas después, eran las 15:15 cuando le escuchó subir por la escalera. Abrió la puerta del hogar a su marido, pero solo tuvo tiempo de decirle dos palabras: “vienes mojado”. La respuesta fue silenciada por una detonación. El hombre cayó al suelo. Al asomarse, la mujer vio a un joven con una pistola en la mano. Según las diligencias policiales, “logró asir al asesino, forcejeando con él en el descansillo y le hizo dos disparos sin herirla, al mismo tiempo que la dio un empujón que la hizo caer dentro del pasillo de su casa”. Desde allí, “vio cómo el agresor, acercándose al cuerpo tendido (…), le hizo tres disparos a bocajarro en la cabeza”. Levantándose, la mujer volvió a agarrar las ropas del atacante, quien hizo fuego una vez más, “sin alcanzarla, pero al fin logró desasirse de ella y salió huyendo hacia la calle”. A decir de la viuda y de la hija de la víctima, el homicida parecía fuera de sí. La primera señalaría su “mirada de ‘loco’”. La segunda, que “la expresión del rostro del agresor no era normal y que estaba pálido y con los ojos con expresión de sobresalto”.

En el lugar del suceso la Policía encontró siete casquillos y cuatro proyectiles del calibre 7,65 milímetros. Había un impacto en la puerta y dos en la pared. El informe forense reveló que el cuerpo presentaba cinco heridas de bala, tres de ellas en la cabeza. Había sido una muerte instantánea. La víctima era donostiarra y tenía 59 años. Se llamaba Melitón Manzanas.

La pistola empleada en Irún aquel 2 de agosto de 1968 volvió a aparecer medio año después, en enero de 1969, cuando dos líderes de ETA asaltaron infructuosamente la cárcel de Pamplona, en la que estaba presa la mujer de uno de ellos. El otro era quien portaba el arma del crimen: una Ceska Zbrojovka (conocida como “Vzor”), modelo 50, fabricada en Checoslovaquia. Detenido, fue identificado en sendas ruedas de reconocimiento por la viuda y la hija de Manzanas.

La Policía acabó arrestando al resto de los dirigentes de ETA que entre junio y julio de 1968 habían aprobado el asesinato de Manzanas (y de su homólogo de Bilbao, quien se salvó). Eran acusados de ser los autores intelectuales de este delito, además de otros. Fueron juzgados en el proceso de Burgos (diciembre de 1970). Las autoridades pretendían hacer del sumarísimo 31/69 un juicio ejemplarizante, pero los imputados y sus abogados lo convirtieron en una denuncia a la dictadura.

El tribunal militar condenó a muerte a seis de los encausados. Franco decidió conmutarles la pena máxima, mas su gesto llegaba tarde: el prestigio del régimen había quedado seriamente dañado. Elevados a la categoría de héroes del antifranquismo, los presos etarras permanecieron en la cárcel hasta que en 1977, para facilitar la celebración de las primeras elecciones democráticas, el Gobierno de Adolfo Suárez los expulsó al extranjero. No tardaron en volver a España. En octubre de ese mismo año se beneficiaron de la Ley de Amnistía aprobada por las Cortes constituyentes. En expresión de Santos Juliá, su pasado se echó al olvido, al igual que ocurrió con el de los compañeros de Manzanas. Pese a aquella oportunidad histórica, algunos amnistiados se reengancharon en la banda. Otros retomaron su vida donde la habían dejado. Tampoco faltaron quienes, a un alto precio, se enfrentaron al terrorismo que habían ayudado a crear.

Melitón Manzanas fue la segunda víctima mortal de ETA y la primera vasca. Su figura siempre ha estado rodeada de polémica. Trabajaba en San Sebastián como inspector jefe de la Brigada de Investigación Social, la policía secreta dedicada a perseguir a la oposición a la dictadura. Según bastantes testimonios, participaba en torturas a los detenidos. Fue, consecutivamente, victimario del franquismo y víctima del terrorismo. Como el presidente Carrero Blanco o los miembros de ETA asesinados por los GAL y sus prolegómenos, forma parte de la zona gris, por emplear la expresión de Primo Levi que sirvió de título a la película de Tim Blake Nelson.

Adentrarnos en ella nos obliga a interrogarnos sobre la incómoda memoria de tales víctimas. ¿Que un ser humano sufra una muerte violenta borra -si las tiene- las sombras de su pasado? ¿Esas sombras le excluyen de ser reconocido como víctima? Dichas preguntas pueden abordarse desde distintos puntos de vista: el administrativo, el judicial, el político o el ético, como hizo Galo Bilbao en Jano en medio del terror (Bakeaz). Ahora bien, desde la perspectiva del historiador, la respuesta es negativa. Cuando existen pruebas de que un individuo reúne la doble condición de victimario y víctima, el investigador debe dejar constancia de ambas, asumiendo los claroscuros del personaje. No nos referimos aquí a las justificaciones que esgrimen los terroristas ni sus apologetas, siempre espurias, sino a fuentes documentales contrastadas. Solo así, desde el rigor más escrupuloso, elaboraremos un relato sólido, honesto y veraz.

No ocultemos la zona gris, pero tampoco olvidemos que está compuesta por una exigua minoría de casos. De ningún modo son representativos del conjunto. El pasado de la absoluta mayoría de las víctimas no solo es intachable, sino que a menudo estuvo marcado por el compromiso cívico y democrático. Y como tal hay que recordarlas y homenajearlas.

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Amador Pérez Viñuela publica una serie de artículos sobre la historia de ETA en “La Opinión de Zamora”

Pueden descargarlos aquí

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Pueden descargarse la tesis doctoral inédita de Eduardo Uriarte: “El tratamiento periodístico de ETA bajo el franquismo (1964-1975)”

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La tienen aquí

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Nuevo número de la revista “Grand Place”

Acaba de aparecer un nuevo número de la revista Grand Place de la Mario Onaindia Fundazioa. Está dedicado a la relación entre prensa y democracia, aunque contiene artículos sobre otras temáticas, creación literaria, reseñas, una entrevista en profundidad… Si desean sucribirse no tienen más que rellenar este formulario.

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GFS: “La Yihad en España”, El Correo, 22-VII-2018

DitBf9jXsAI4d_0.jpgEl Anuario del terrorismo yihadista del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo informa de que a lo largo de 2017 se registraron 1.459 atentados de corte islamista radical en todo el mundo, que han causado 13.632 víctimas mortales. Los grupos más activos fueron Dáesh y sus filiales (responsables del 43,9% de las acciones terroristas), los talibanes (17,5%), Boko Haram (9,4%), Al Shabaab (7,5%) y las franquicias de Al Qaida (6,2%).

Los países más damnificados han sido Irak (505 ataques), Afganistán (187), Nigeria (105), Somalia (92), Siria (90) y Paquistán (88). Es decir, como en anteriores ocasiones, y es importante remarcarlo, el terrorismo de índole religiosa tuvo su epicentro en Oriente Medio y el norte de África. Ahora bien, sus ondas sísmicas afectaron a un total de 42 estados en cinco continentes. Europa occidental no salió indemne: fueron asesinadas 62 personas en 15 atentados yihadistas. Dos de ellos fueron perpetrados en Barcelona y Cambrils por una célula vinculada al autodenominado “Estado Islámico”. Dejaron 16 víctimas mortales y más de un centenar de heridos. Se trata, por ahora, de la última agresión terrorista que ha sufrido España.

La última, pero, al contrario de lo que una parte de la sociedad pueda pensar, no la única. Como subrayaba el historiador Tony Judt, la memoria humana es subjetiva, maleable, olvidadiza y a veces nos juega malas pasadas. Además, las nuevas generaciones no conocen lo que no se les enseña, con el peligro que la ignorancia comporta. Por esta razón es imprescindible apostar por la investigación profesional, la divulgación y la educación; siempre desde la seriedad y el rigor académicos.

La Yihad de Europa, un reciente informe escrito por Luis de la Corte y publicado por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, nos recuerda que la trayectoria del yihadismo en nuestro país es más larga y sangrienta de lo que habitualmente se cree. Empezó hace 34 años, el 12 de abril de 1985, cuando una bomba colocada en el restaurante “El Descanso” (Madrid) acabó con la vida de 18 ciudadanos. Aunque se señaló al grupo Yihad Islámica como responsable de la masacre, no hay pruebas concluyentes al respecto. La Audiencia Nacional reabrió el caso en 2005, pero no hubo resultado. Se trata de uno de los dramáticos casos sin resolver que perlan la historia del terrorismo en España.

Veinte años después, el 11 de marzo de 2004, un comando hizo estallar diez artefactos en cuatro trenes de cercanías de Madrid. El 3 de abril siete de los sospechosos se suicidaron en un piso de Leganés que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (FCSE) habían rodeado. Los yihadistas asesinaron a 194 personas e hirieron a más de 1.800. Es cierto que se suele hablar de 191 víctimas mortales, pero es necesario tener en cuenta el caso de una víctima sobre la que no se tramitó ningún expediente porque carecía de familia; el de una menor que quedó en coma, falleciendo tiempo después a consecuencia de sus heridas; y el del policía nacional que murió en la explosión de Leganés. La sentencia del 11M acreditó que, además, dos mujeres embarazadas sufrieron un aborto achacable al trauma.

A la lista hay que añadir los 56 ciudadanos que han sido asesinados en el extranjero. Por una parte, 20 civiles: dos en los ataques de Marrakech en agosto de 1994, una en el 11-S en Nueva York, cuatro en Casablanca en mayo de 2003, ocho en Yemen en julio de 2007, dos en Túnez en marzo de 2015, dos en París en noviembre de 2015 y uno en Londres en junio de 2017. Por otra parte, los yihadistas han arrebatado la vida a miembros de las FCSE, del CNI o de las Fuerzas Armadas desplazados en misiones internacionales, así como a funcionarios y empleados locales contratados por las autoridades españolas: 36 personas entre Irak, Afganistán y Líbano (2003-2015).

En total, el terrorismo de índole islamista radical ha causado 284 víctimas mortales en España: 166 hombres y 118 mujeres. Detrás de las frías estadísticas se esconden historias truncadas de seres humanos con nombre y apellidos, con familia, con amigos, con sueños. Basten como muestra un par de ejemplos. Uno: la única española muerta el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York se llamaba Silvia San Pío, estaba embarazada de siete meses y llevaba un año casada con un ciudadano estadounidense. Otro: el GEO de la Policía Nacional Francisco Javier Torronteras Gadea, asesinado en Leganés el 3 de abril de 2004, estaba casado y tenía dos hijos. Según la web El Mapa del Terror, acumulaba 17 años de servicio, en los que había participado en operaciones antiterroristas y misiones en lugares como Argelia y Chile.

Los servicios de inteligencia y las FCSE han evitado que la cifra de víctimas del yihadismo sea aún mayor, al desarticular casi todas las células que sucesivamente han planeado atentar en nuestro país. Según indica Florencio Domínguez en el Balance del terrorismo en España 2017, desde el 11-M se contabilizan 840 detenciones. Cada arresto, cada tentativa frustrada, ha ahorrado muertes y sufrimiento. En la película Fifty Dead Men Walking se especulaba con el número de hombres que seguían andando gracias la actuación de un topo en el IRA. No sabemos cuántas vidas se han salvado en España, pero probablemente más de las que imaginamos.

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Alfredo Crespo reseña “Pardines” en Cuadernos FAES

Pueden leer su texto aquí, en el que también se habla del libro La bolsa y la vida

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Libros sobre la historia del socialismo vasco

Reseña de Andrés de Blas de tres libros sobre Prieto en Babelia, 7-7-2018 (1).jpg

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