José Luis de la Granja Sainz: “Max Aub y Manuel Tuñón de Lara: dos experiencias antagónicas en su retorno a España”

Retornos del exilio republicano español. Separata de José Luis de la Granja Sainz (1)_page-0001

Pueden interesante este interesante capítulo aquí

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GFS: “10 años (y pico) de Mario Onaindia Fundazioa”, Eldiario.es

En la fotografía que nos hicimos en Zarautz el sábado 20 de junio de 2009, el día en que se constituyó la fundación, hay políticos, abogados, médicos, poetas, novelistas, periodistas, profesores universitarios, editores, filólogos, historiadores… Personas excepcionales en todos los sentidos. Yo estoy sentado en la fila de abajo, entre Patxi Elola y Luis Castells. Sonrío con entusiasmo juvenil: aún no me creía que me hubiesen invitado a participar en aquella fascinante aventura. Carecía de méritos y creo que era el único que no había conocido a Mario. Supongo que fue cuestión de suerte: había entrevistado a algunos de los promotores de la fundación para mi tesis doctoral sobre la historia de Euskadiko Ezkerra y ellos, abiertos y generosos, sin saber que iba a escribir sobre su antiguo partido, me habían adoptado.

La imagen puede contener: 23 personas, incluidos Gaizka Fernández Soldevilla, Felipe Juaristi Galdos y Arantza Leturiondo, personas sonriendo, personas de pie, boda y exterior

Le tengo mucho cariño a la fotografía, pero no refleja toda la realidad. Recuerdo que justo al lado, atentos a lo que ocurría en la calle, había un grupo de hombres casi tan numeroso como el nuestro. Llevaban riñoneras y demasiada ropa para esa calurosa jornada de junio. Se trataba de los escoltas de algunos de mis nuevos compañeros. ETA seguía matando. Justo el día anterior una bomba lapa había acabado con la vida del inspector de la Policía Nacional Eduardo Puelles. Después del acto de constitución y la comida, los miembros del Patronato acudimos a la manifestación que el Gobierno Vasco de Patxi López había convocado en Bilbao. Resulta sintomático que esa fuese nuestra primera acción conjunta.

Presidida por Esozi Leturiondo y dirigida por Alberto Agirrezabal, la fundación se había fijado como fines promover la conservación, el estudio y la difusión del legado político e intelectual de Mario Onaindia; promocionar la investigación y la divulgación de la historia de las izquierdas en Euskadi y Navarra; favorecer la recuperación y la actualización de la cultura política vasca de carácter progresista, autonomista y democrático; y fomentar la pluralidad de la cultura vasca y el euskera. Éramos ambiciosos, tal vez en exceso, pero nos pusimos manos a la obra.

Pese a contar con un presupuesto muy ajustado, que a veces nos ha colocado al borde del precipicio, desde 2009 Mario Onaindia Fundazioa ha organizado 119 actos públicos: conferencias, presentaciones de libros, debates, etc. Destacan las jornadas anuales que se celebran en el Zazpi de Zarautz en memoria de Mario, en las que se entrega un premio que ya va por su novena edición y que han recibido, entre otros, Elías Querejeta, Arantza Urretabizkaia, Agustín Ibarrola, Rafael Aguirre, la Librería Lagun, Joseba Arregi, Juan Pablo Fusi, Jesús Eguiguren o Carmen Iglesias. También han sido muy exitosas las exposiciones “Ibarrola. El bosque de Oma” y “Un largo camino hacia la igualdad: las mujeres en Euskadi en el siglo XX”, que hasta hace poco se podía visitar en el Museo Vasco de Bilbao. En total, más de 10.000 personas nos han acompañado en estas actividades.

La fundación ha impulsado diversos proyectos de investigación: la historia de los comunistas y los socialistas vascos, la memoria de los presos por razones políticas durante el franquismo, “Itzuli nire ahotsa. Los programas vascos emitidos por Radio París durante la dictadura franquista”, una unidad didáctica sobre memoria histórica, etc. Paralelamente se han recogido, ordenado y catalogado fondos documentales muy valiosos: de Mario Onaindia, de ETA, de EIA, de Euskadiko Ezkerra, de otras formaciones de izquierdas, etc. En un futuro serán cedidos al Archivo Histórico de Euskadi, donde podrán ser consultados por la ciudadanía.

Mario Onaindia Fundazioa ha editado o coeditado siete libros. Por citar los más significativos: Rojo esperanza. Los socialistas vascos contra el franquismo, de Raúl López Romo, María Losada y Carlos Carnicero; Biografía patria. Mario Onaindia (1948-2003), de Fernando Molina; La secesión de España. Bases para un debate desde el País vasco, coordinado por Joseba Arregi; y Gestos frente al miedo. Manifestaciones contra el terrorismo en el País Vasco (1975-2013), de Irene Moreno.

En 2014 creamos la revista bianual Grand Place, dirigida por Felipe Juaristi con imaginación y espíritu ácrata. Se trata un oasis de cultura y pensamiento libre en un panorama vasco que algunos quieren reducir a un monótono desierto folclórico-patriótico. El euskera, la creación literaria en nuestras dos lenguas y los grandes debates que atraviesan Euskadi (como el nuevo Estatuto) tienen cabida en sus páginas, desde luego, como también otros temas universales de actualidad que demasiado a menudo perdemos de vista. Por ejemplo, el último número de Grand Place incluye un sugestivo dosier sobre mujer, género e igualdad que ha coordinado Luisa Etxenike.

Si hacemos balance de la andadura de Mario Onaindia Fundazioa, el resultado no puede ser más positivo. Con poco dinero, y a menudo frente a la desconfianza o la hostilidad de determinados sectores, se ha hecho muchísimo. El mérito les corresponde a Esozi, a Alberto, al resto de la comisión ejecutiva, a las administrativas Enara y Lurdes y a nuestros abnegados amigos. Como era inevitable, algunos se han ido, pero cada vez se nos unen más caras nuevas. Y siempre traen ideas originales.

Diez años (y pico) no son nada. Se nos han hecho cortos. Vamos a por la siguiente década.

Fuente: Eldiario.es

 

 

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Raúl López Romo y Gaizka Fernández Soldevilla: “La moral en la política”, El Correo, 20-II-2020

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Nacido en Bilbao el 29 de mayo de 1946, Fernando Buesa pasó su infancia en Guernica. Cursó Derecho en Madrid y Barcelona, para luego ejercer de abogado en Vitoria. Compaginó su profesión con una carrera política excepcional. Siempre ligado al socialismo vasco, fue diputado foral de Álava (1979-1983), concejal del ayuntamiento de Vitoria (1983-1987), secretario de Organización del PSE-PSOE (1985-1988) y diputado general (1987-1991). Desde 1984 era parlamentario autonómico y en septiembre de 1991, además de asumir la Consejería de Educación, fue nombrado vicelehendakari del Gobierno Vasco de coalición PNV-PSE presidido por José Antonio Ardanza.

En 1995 ETA mató al líder del PP Gregorio Ordóñez. Era el comienzo de la socialización del sufrimiento. La nueva estrategia de la banda consistía en atemorizar a los vascos y navarros no nacionalistas mediante la persecución y el asesinato de cargos públicos del PP, el PSOE y UPN, así como de intelectuales, profesores, periodistas y otro tipo de profesionales. La campaña se saldaría con una treintena de víctimas mortales.

Como a tantos otros políticos, a Fernando Buesa se le asignó protección policial. Su escolta era Jorge Díez Elorza, un ertzaina de 26 años. Por desgracia, los terroristas llevaban ventaja. El comando Ituren de ETA les estuvo vigilando durante más de un mes para descubrir sus rutinas. Según la sentencia, “finalizada tal fase de averiguación de datos, comprobaron que un gran número de días recorría la calle Aguirre Miramón de Vitoria (Álava) con objeto de dirigirse a la sede del partido político de que era portavoz”. Los etarras colocaron una furgoneta-bomba “en diversas ocasiones, en las inmediaciones de los lugares de usual recorrido del señor Buesa próximos a su domicilio, sin que por diversas circunstancias pudiera llevarse a cabo el atentado previamente planeado”.

Hasta el 22 de febrero de 2000. Ese día Buesa y Díez salieron de la casa del primero para dirigirse a la sede del PSE. Cerca del cruce de la calle Aguirre Miramón con la calle Nieves Cano, en plena zona universitaria, la banda había colocado una furgoneta Renault Express cargada con 20 kilogramos de explosivos y bolas de metal. Algo después de las 16:30 horas, cuando las víctimas pasaban por allí, el comando activó el artefacto mediante un sistema de radio frecuencia. La explosión acabó con la vida de Fernando Buesa y Jorge Díez. Además, hubo dos mujeres heridas.

Tres años antes, en julio de 1997, el secuestro y asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco había unido a todos los demócratas frente al terror. No obstante, ahora la respuesta al atentado de Vitoria mostró el preocupante grado de división que se estaba instalando en la sociedad vasca, inédito desde los tiempos de la dictadura. Tras el esperanzador “espíritu de Ermua”, la mayor revuelta cívica contra ETA, había llegado el frentismo. Todas las fuerzas nacionalistas, incluyendo las radicales, se habían agrupado en el Pacto de Estella (1998). Con este, el PNV dejaba a un lado una década de colaboración transversal con el PSE en el Gobierno Vasco y orillaba también la clara frontera moral trazada en el Pacto de Ajuria Enea (1988), del que solo HB quedó fuera por su connivencia con ETA. Pero Estella devolvía a los extremistas a la centralidad del tablero político sin necesidad de que condenaran el terrorismo, lo que lanzaba un pernicioso mensaje a la ciudadanía.

El Pacto de Estella fracasó por la intransigencia y las prisas de ETA, no por la falta de voluntad “soberanista” de los dirigentes de aquel PNV, con Xabier Arzalluz, Juan José Ibarretxe y Joseba Egibar a la cabeza. A la banda le pareció que aún así estos iban demasiado lento y en diciembre de 1999 rompió la tregua que venía manteniendo desde un año antes. Su primer asesinato fue el del teniente coronel Pedro Antonio Blanco en Madrid. El siguiente, el que aquí nos ocupa.

En un clima de tensión, dos manifestaciones masivas recorrieron las calles de Vitoria. Una se convirtió en un acto jeltzale de apoyo al lehendakari Ibarretxe, que hasta entonces mantenía un acuerdo de legislatura con EH, sucesora de HB. La otra, siguiendo la llamada de la familia de Buesa, reunió a los constitucionalistas.

Conviene no olvidar la lección de aquellos días de febrero de cara a evitar futuras derivas que antepongan la clave étnica a la democrática. Para ello, hay entidades como la Fundación Fernando Buesa, que, con el brutal atentado de hace ahora 20 años en la memoria, mira hacia adelante a través de una encomiable labor educativa, para transmitir a las nuevas generaciones la necesidad de preservar la moral en la política y en cualquier ámbito de la vida pública.

 

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Presentación del último número de la revista Grand Place

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GFS: “Un héroe en monopatín”, El Correo, 18-II-2020

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Ignacio Echeverría Miralles de Imperial nació en 1978 en El Ferrol, se crio en As Pontes de García Rodríguez y pasó el resto de su infancia y juventud en Las Rozas. Se licenció en Derecho Hispano Francés e hizo un máster en La Sorbona. Tras pasar por varias entidades financieras buscó fortuna en Londres, donde le contrató el banco HSBC como analista en prevención de blanqueo de capitales.​

Era católico practicante y había padecido acoso laboral, lo que reforzó su predisposición a salir en defensa de cualquiera que sufriera maltrato. En palabras de una amiga, “ante situaciones injustas, no se podía contener”. También destacaba por su carácter solidario, al que su padre, Joaquín, da el hermoso nombre de “bondad”. En su biografía sobran los ejemplos. En una ocasión, cuando estaba haciendo surf, rescató a un matrimonio que se había quedado atrapado por la corriente en la cántabra playa de Oyambre. Otra muestra: a menudo Ignacio visitaba a un joven marroquí pasaba una larga convalecencia en un hospital londinense y estaba solo. Se habían conocido compartiendo su afición al monopatín.

Ignacio era un hombre bueno con una vida normal que tuvo que enfrentarse a una situación inesperada y excepcional. La noche del sábado 3 de junio de 2017 un automóvil atropelló a varios peatones en la acera del puente de Londres. Tres hombres bajaron del vehículo y empezaron a apuñalar a los viandantes tanto allí como en un mercado cercano. Causaron ocho víctimas mortales y 48 heridos. Aunque al principio hubo dudas acerca de la autoría, el Dáesh no tardó en reivindicar el atentado terrorista.

Alrededor de las 23:00 horas Ignacio y unos amigos estaban yendo en bicicleta cuando vieron a un tipo atacando a una chica. No sabían lo que estaba ocurriendo, pero fue suficiente para Ignacio: tiró la bici, cogió su monopatín y arremetió contra el yihadista. Lo golpeó, evitando que rematara a su víctima. Inmediatamente entró en escena un policía, pero fue herido. Ignacio se había quedado solo frente a los tres terroristas. Superado numéricamente, fue acuchillado. En el suelo aún intentó utilizar el monopatín como escudo, pero ellos eran más. Lo mataron. Tanto la muchacha como el agente sobrevivieron.

La Policía británica encontró el DNI de Ignacio entre sus ropas, por lo que lo identificaron esa misma noche. Sin embargo, tardaron cuatro días en confirmar muerte a la familia. Demasiados. Esta frialdad institucional contrasta, según su padre, con la atención más humana que se dispensa en España a los damnificados, gracias a la labor de organismos como la Dirección General de Apoyo a Víctimas del Terrorismo y las diversas asociaciones de víctimas.

En el Génesis, cuando Dios anuncia que va a destruir Sodoma y Gomorra, Abraham intercede. Yahveh accede a perdonarlas, siempre que encuentre a diez hombres justos. Pese a sus esfuerzos, no lo consigue y ambas ciudades son borradas de la faz de la tierra. Quizá a Abraham no le hubiera costado tanto hallar justos en Londres en junio de 2017.

No es de extrañar que la prensa haya convertido a Ignacio en “el héroe del monopatín”. Encaja perfectamente en la definición que da el Diccionario de la RAE: una “persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble”. Y no hay causa más noble que proteger a otro ser humano. Como leemos en el Talmud, “quien salva una vida salva al mundo entero”.

El heroísmo de Ignacio ha sido reconocido a título póstumo con condecoraciones como la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo y la Medalla de Jorge que entregó a sus padres la reina Isabel II de Reino Unido. También ha recibido distinciones como el Premio Internacional COVITE. Además, el instituto donde cursó bachillerato ha sido rebautizado con su nombre. A estos reconocimientos se sumará el del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo: el monopatín de Ignacio ocupará un lugar especial en nuestra sede de Vitoria, que abrirá sus puertas este año.

Ahora bien, probablemente el mejor homenaje que ha recibido es el libro que ha publicado su padre, Joaquín Echeverría, y que se presenta hoy en el hotel Abando de Bilbao: Así era mi hijo Ignacio. El héroe del monopatín. Da cuenta de la vida de Ignacio, del atentado y de todo lo que vino después. También recoge los testimonios de quienes lo conocieron y las reflexiones del propio Joaquín. “No te puedes imaginar cuánto bien has hecho al entregar tu vida como lo hiciste. Claro que habrá quien piense que fue una estupidez dar tu vida por unos desconocidos, en tierras extrañas, pero muchos comprenden y valoran tu bondad y eso los hace mejores”.

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Presentación de “Del final del terrorismo a la convivencia” en Vitoria

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13 febrero, 2020 · 10:12

Conferencia de María Jesús Cava

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11 febrero, 2020 · 17:44