GFS: «Fanáticos sinceros», El Correo, 27-VII-2022

El 2 de abril de 1947 el Tribunal Supremo Polaco declaró culpable a Rudolf Höss de crímenes de guerra y contra la humanidad. Había esclavizado, torturado, saqueado y asesinado a alrededor de tres millones de personas. Dos semanas después fue ahorcado en Oświęcim (Polonia). El nombre de aquella localidad quizá no nos diga nada, pero su versión en alemán sí lo hace: Auschwitz. Höss había sido uno de los oficiales de las SS que convirtieron ese topónimo en sinónimo del horror.

Nacido en Baden-Baden (Alemania) en noviembre de 1900 y criado en el seno de una familia católica, se esperaba que Höss se ordenase sacerdote. No obstante, las circunstancias, el nacionalismo y su voluntad le llevaron por una senda muy distinta: en 1917, todavía adolescente, se alistó en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. De vuelta a casa, como tantos otros veteranos “patriotas”, se unió a los paramilitares Freikorps y al Partido Nazi. En 1922 Höss asesinó a un maestro de escuela al que acusaba de ser un espía comunista. En 1924 el Tribunal para la Defensa de la República le condenó a diez años de prisión, a cuyas rígidas reglas se amoldó. Esa sería su universidad hasta que fue amnistiado en 1928.

En sus memorias, recién reeditadas, Höss mantiene que, aunque se casó, formó una familia y quería dedicarse a la agricultura, la “posibilidad real de un rápido ascenso, con todas las ventajas materiales que ello implicaba” hizo que en 1934 aceptase un puesto como SS en el campo de concentración de Dachau. Su experiencia carcelaria, su habilidad gestora y su obediencia ciega le permitieron encadenar un ascenso tras otro hasta llegar a comandante del campo de exterminio de Auschwitz.

Höss se quejaba amargamente de la falta de medios materiales y humanos, de bastantes de sus superiores y subordinados e incluso de sus víctimas, pero no cuestionaba su misión: primero, aislar a los enemigos internos del III Reich; después, eliminar a los comisarios políticos soviéticos; finalmente, exterminar a judíos, gitanos, presos políticos, homosexuales, etc. Incapaz de dudar, Höss siguió las directrices de Heinrich Himmler al pie de la letra: “las órdenes que daba en nombre del Führer eran sagradas. Se ejecutaban sin piedad y sin atender a las consecuencias”. Y él lo hacía de manera no solo eficiente, sino también innovadora: Höss fue uno de los introductores de las cámaras de gas.  

El superviviente del Holocausto Primo Levi escribió el prólogo de esta obra que, advertía, está llena “de infamias contadas con una torpeza burocrática que perturba; su lectura oprime, su nivel literario es mediocre y su autor, a pesar de sus esfuerzos por defenderse, aparece tal cual es: un canalla estúpido, verboso, basto, engreído y, por momentos, manifiestamente falaz”. Sin embargo, añadía Levi, “es uno de los libros más instructivos que se hayan publicado nunca”. Explica cómo, en ciertas condiciones, la radicalización ideológica puede transformar a un personaje gris con vocación de funcionario en un auténtico genocida. En palabras de Höss, “mi amor por la patria y mi conciencia nacional me condujeron al partido nacionalsocialista y a las SS”.

En Yo, comandante de Auschwitz Höss reconocía que “me he pintado tal como soy”. Pese a que se dejó algunas cosas en el tintero, podemos clasificarle como un “fanático sincero”, por emplear el título de la obra de Eric Hoffer. No es un caso único. Si bien en coyunturas muy diferentes, pues casi nada es comparable al Holocausto, otros perpetradores y alentadores de la violencia política se han pintado (más o menos) como eran.

En España se han publicado memorias de dirigentes franquistas y/o ultraderechistas como Francisco Franco Salgado-Araujo, José A. Girón de Velasco, Raimundo Fernández-Cuesta o Blas Piñar y líderes de ETA como Txillardegi, Julen Madariaga, Federico Krutwig, Alfonso Etxegarai, etc. Por desgracia, al contrario que el libro de Höss, no se trata de ediciones críticas, con anotaciones de especialistas en la materia, sino de las obras tal cual las elaboraron sus autores, los cuales carecían de empatía con las víctimas y estaban orgullosos de su pasado, aunque no dudan en manipularlo a su favor. Para evitar sus trampas, el lector ha de adquirir previamente cierto conocimiento histórico.

Más fidedignas y pedagógicas resultan las memorias de quienes, partiendo del extremismo violento, tuvieron el valor de dejarlo atrás: el exfalangista Dionisio Ridruejo, los exetarras Mario Onaindia, Teo Uriarte, Jon Juaristi, Mikel Azurmendi e Iñaki Rekarte, el exmiembro de los GRAPO Félix Novales, etc. Son lecturas recomendables para un verano en el que todavía hay quien intenta blanquear o borrar determinadas páginas del pasado.

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Carmelo Landa y José Ignacio Aranés: «In memoriam. Patxo Unzueta», Mario Onaindia Fundazioa

In memoriam

Patxo Unzueta:

«La vida y nada más»

Carmelo Landa Montenegro

José Ignacio Aranes (*)

Quienes lean el título que encabeza este texto quizás reconozcan, en el entrecomillado, algo que resuene y cuyos ecos les conduzcan al periodista Patxo Unzueta (Bilbao: 1945-2022). Ese «algo» son las palabras, las palabras con las que Patxo tituló su pieza, dedicada a la memoria de Mario Onaindia, tras su fallecimiento. Se publicó en El País, el 1 de septiembre de 2003. «Mario Onaindia: la vida y nada más», así compuso la titulación de su necrológica. Llena de vida.

Como era consustancial en Patxo Unzueta, las palabras que eligió para titular su artículo sobre Mario Onaindia (Bilbao: 1948 / Vitoria-Gasteiz: 2003) poseían una brillantez escueta y un riguroso e interesante anclaje documental. Siempre el trabajo informativo y el respeto a las fuentes (fiables y contrastadas): a lo que revelaran, contaran y pudieran significar, a su sentido…

En este caso, además, las palabras procedían de alguien a quien admiraba desde la cercanía: un librepensador; que era «fuente» sobresaliente de ideas y testimonios, y también –y sobre todo– «protagonista» excepcional (hombre de acción). Y que, desde décadas atrás, se había destacado, a contracorriente y avant la lettre, por (saber) analizar, pensar y explicar lo que había vivido –y estaba viviendo, en los años más duros– la sociedad vasca. Alguien que se había singularizado por (atreverse a) actuar, disentir y comprometerse por la defensa de la libertad en lo político e ideológico, en lo ético, en lo cultural y en lo existencial.

Patxo Unzueta, apenas tres años mayor que él, era profundo conocedor de lo apuntado, discreto y plenamente consciente. Acaso empezase a atisbar ese potencial –todo por venir– en la tertulia del Café La Concordia, donde le introdujo el periodista Luciano Rincón, en torno a 1966, según escribe en su libro Bilbao (recorrido personal por la ciudad: su historia e imaginarios). Allí, en la tertulia, conoció a Onaindia, además de a Blas de Otero, Gabriel Aresti, Agustín Ibarrola, Gabi del Moral, Dionisio Blanco, Emiliano Serna, Vidal de Nicolás, Ángel Ortiz Alfau y Gregorio San Juan. Una escuela: academia de las letras.

Con maestría periodística, por su parte, Patxo decidió recuperar algunas de las palabras que Mario Onaindia utilizó para presentar su libro: El precio de la libertad. Memorias (1948-1977). Lo hizo de modo certero. Aplicó su criterio: documentado y hermenéutico, según era característico en su labor periodística, tantas veces desplegada: con estilo sobrio, visión multifocal (de detalle y largo alcance), honestidad intelectual y compromiso ético, como condiciones indispensables.

Así, con esas premisas, planteó Patxo el párrafo de inicio: «“Nosotros nos jugamos la vida”, dijo [Mario Onaindia] cuando ya finalizaba su intervención en la presentación del primer tomo de sus memorias, el 2 de marzo de 2001, y algo debió removerse en su interior, porque al decirlo se le quebró la voz. Hubo un largo, angustioso silencio, al final del cual solo añadió esto: “Y nada más”. Esa vida que el franquismo intentó arrebatarle en 1970, a sus 22 años, condenándole a la pena capital en el juicio de Burgos, cuando era miembro de ETA, y que ETA amenazó en los últimos años, obligándole a vivir con escolta policial, esa vida de Mario Onaindia se extinguió ayer en Vitoria».

Meses después de este artículo, cuando se publicó, póstumamente, el segundo tomo de las memorias de Mario: El aventurero cuerdo. Memorias (1977-1981), pudo leerse el prólogo escrito por Patxo Unzueta: «El largo viaje de Mario Onaindia». Magnífica muestra del articulismo que practicaba en sus diversas modalidades, recogidas en diarios, revistas y libros: piezas editoriales, ensayos breves, artículos, columnas, reseñas, textos prólogo… Periodismo de opinión que fue completado con dominio y excelencia mediante subgéneros fronterizos, de larga tradición, como el reportaje y la crónica (destacadamente la deportiva, esto es: la futbolística, con su Athletic).

En este prólogo Patxo rememora el acto de entrega del Premio de la Fundación José Luis López de Lacalle que recibió Mario Onaindia en 2003, a través de la evocación que Mario hizo de la película de John Ford: El hombre que mató a Liberty Valance (1962). Quería «ilustrar su idea de que no hay libertad sin ley».

Los galardonados anteriores con esta distinción –en memoria del periodista José Luis López de Lacalle (Tolosa: 1938 / Andoain: 2000), asesinado por ETA– habían sido Antonio Elorza (Madrid: 1943), en el año 2001, y un año después, Joseba Arregi (Andoain: 1946 / Bilbao: 2021). A los pocos meses del fallecimiento de Mario, fue Patxo Unzueta quien recibiría en mayo de 2004 este reconocimiento por su compromiso y su labor permanente en interpretar y descodificar el país, y contribuir a la movilización democrática de sus ciudadanos. En palabras de Ignacio Latierro, Patxo pertenecía «a la raza de los que no se callaron».

Emocionado, Patxo sintió recibir el premio en nombre de «los verdaderos periodistas vascos». De un lado, «los que escribían entonces en las revistas clandestinas, los panfletos y las hojas volanderas impresas a multicopista» (en recuerdo de Ricardo Arregi, hermano de Joseba) y, de otro lado, «quienes han sufrido el acoso y la persecución de la violencia».

Asimismo, se acordó de quienes le precedieron en el fallo de la Fundación: «tres disidentes; cada uno en lo suyo». A su juicio, Onaindia representaba la acepción del concepto de disidencia en la que el propio Patxo se reconocía: «el que está en desacuerdo, pero sigue», porque, «estando en desacuerdo», procura «convencer a su cofradía de que hay otras ideas».

Aquel día, Patxo rubricó su evocación de Onaindia con esta reflexión: «Mario es el ejemplo vivo contra las visiones dogmáticas de la identidad vasca. […]. Reúne en su biografía la diversidad de las identidades personales que se dan dentro de las propias familias vascas –[…]–, pero con un hilo conductor en la defensa de la libertad».

Cinco décadas de periodismo comprometido

Patxo Unzueta desarrolla y forja su carrera periodística en Prensa escrita, en períodos sumamente difíciles y de alta densidad histórica. Nada menos que cinco décadas de su vida. La primera (1967-1977), encuadrada en publicaciones de partido (LKI), como redactor y director de Zutik y Combate. Inicia diversas colaboraciones en medios como las revistas Punto y Hora de Euskal Herria y Berriak, o con Diario 16 y el semanario Cambio 16 en la delegación vasca (1977-1978). Accede a la corresponsalía de El País en Bilbao (1978-1986). Y desde entonces, hasta jubilarse, trabaja en la sección de Opinión de esta cabecera (1986-2017), en la que es editorialista, tras la etapa de su compañero y amigo Javier Pradera (San Sebastián: 1934-2011). Conexas a esta última etapa de su dilatada trayectoria periodística, con centenares de artículos y piezas editoriales en torno a la actualidad vasca, se encuentran sus escritos en revistas de análisis, pensamiento y cultura, entre otras: Claves de razón práctica y Cuadernos de Alzate.

Justamente, alguien tan autorizado y próximo a Patxo como Javier Pradera, define y sitúa con acierto las características de su trabajo articulista: «combinación de rigor informativo, capacidad de análisis, coherencia de la argumentación, serenidad de juicio y economía de escritura». Sus artículos, sostiene Pradera en el marco de la década avanzada de los ochenta: «[…] se inscriben en ese mismo esfuerzo por liberar a los vascos de la pesada carga formada por el fanatismo, la ignorancia y la mala conciencia. Esa tarea es una condición necesaria, aunque desgraciadamente no suficiente, para la creación de un sistema de valores compartidos que pueda vertebrar a Euskadi sobre la base de un conocimiento no mitológico de su pasado y de la aceptación del pluralismo –idiomático, cultural, ideológico y político– de la sociedad vasca».

Estas palabras proceden del Prólogo que abre el libro de P. Unzueta, editado en 1987: Sociedad vasca y política nacionalista. Con dedicatoria a su mujer Carmen Basauri, reúne ensayos y artículos –«de contenido y enfoque preponderantemente políticos»– publicados en su mayoría en El País (desde octubre de 1979 a mayo de 1987).

«Patxo» –seudónimo que le asignó Izaskun Larreategui, según lo recuerda en un pasaje de su obra Bilbao– disponía de una memoria portentosa que le permitía retroceder en el tiempo y recuperar aspectos significativos como el episodio de iniciación que cuenta en esas páginas. Rememora cómo respondió, de niño, a la persona que le preguntó, «en el almacén de coloniales», ubicado enfrente de la Estación del Norte: ¿quién era y qué edad tenía? «Decidí convertirme en mí mismo. […] Respondí, y al salir me repetí a mí mismo: “Me llamo José Luis Unzueta y tengo seis años. Siempre recordaré este día”» [sic].

Esa conciencia –insólita por prematura en su lucidez– quedó confirmada con el tiempo y la memoria de Patxo. Transcurridos cuatro decenios: «ese instante se me revela con enorme claridad como el inicio de algo»…

Podría pensarse que una parte esencial de lo que vino después ya estaba de alguna manera anunciada por esa afirmación precoz de personalidad, esa voluntad audaz para «ser» y para «saberse» (la mismidad), esa construcción discursiva de la propia identidad (el valor de las palabras), esa aptitud para el autoconocimiento y la interiorización, ese criterio para evaluar la importancia de un hecho inaugural.

Memoria, conciencia, criterio, honestidad, determinación, audacia, identidad, facultad discursiva, estilo: varias de las condiciones para el (buen) periodismo.

Periodismo, el suyo, de autor, con análisis, de y con opinión, pero sostenido con el conocimiento y el aporte de datos y referencias. Con la capacidad para incorporar la perspectiva diacrónica sobre la realidad, que posibilita identificar las conexiones por las que «las cosas» suceden (los orígenes, las causalidades y las razones…), y también reconocer las consecuencias generadas… Con la mirada integral, también en cuanto al tiempo: la retrospectiva (hacia el pasado) y la prospectiva (hacia el futuro), sin perder la percepción del presente (su descripción y análisis). Con la focalización sobre el contexto y sobre quienes intervienen en la «historia» y en la «intrahistoria»: como actores principales y secundarios, como vencedores y víctimas, en primer plano y en la sombra. Con la capacidad selectiva para desbrozar la sobreabundancia informativa, esclarecer la visión y situar las balizas para orientarnos. Con la humanidad para la compasión y los afectos, sin alardes ni afectación alguna… Y con el talento para contarlo: exponerlo y explicarlo.

Al cabo, un tipo de periodismo –el que ejercía con pasión, coraje y esfuerzo–, tan infrecuente como valioso y necesario en unos tiempos («líquidos») que, cada día, lo requieren de forma más imperiosa, conforme al grado de complejidad con el que hemos de convivir individual y colectivamente.

Y ese grado, desde luego, hoy es notable y creciente, a nada que tengamos en cuenta aspectos como los que se constatan: la revolución digital, la sustitución o transformación de paradigmas; la aceleración de los cambios (en los sectores y ciclos de todo orden); la quiebra o cuestionamiento del concepto de «progreso», del modelo de «crecimiento»; la crisis múltiple (climática, energética, pandémica y alimentaria de índole global, con hambrunas y migraciones masivas); la guerra y los conflictos internacionales; la polarización maniquea y excluyente; los populismos exacerbados; el desafío ante el que se enfrentan los sistemas de gobernanza (por revisar); la precarización profesional y laboral; la creciente desigualdad; la pérdida de certidumbres, el desánimo y el miedo individual y colectivo; la extensión del narcisismo, el exhibicionismo egocéntrico y la banalización; la memoria corta o desmemoria…

A ello se suman, en lo concerniente a los propios medios informativos y el periodismo, las dificultades que afrontan desde hace unos años, todavía en complicado proceso de búsqueda y renovación, para encontrar su lugar y función, su modelo de negocio y misión, desplazados o sustituidos por los nuevos entornos digitales, las redes sociales y las prácticas comunicativas…

Consenso sobre los hechos y disenso sobre las opiniones. Posiblemente, Patxo Unzueta suscribiría esta idea central del periodista Lluís Bassets, vinculado también de manera estrecha a El País, junto a las palabras rotundas que recogemos de su libro: El último que apague la luz. Sobre la extinción del periodismo (2013). «No hay sociedad democrática sin consenso compartido sobre hechos verificables y sin disenso sobre las opiniones que merecen estos hechos. La muerte pelona del periodismo es esa paradoja que vivimos ahora cuando nos quieren hacer creer que las opiniones son sagradas y los hechos discutibles. Adentrémonos pues en lo que sustituirá al periodismo del futuro en el ciberespacio con la vieja moral de los buenos reporteros y su exigencia de una férrea disciplina de la verificación. Pronto habrá que decir adiós a la vieja nave de papel. El último que apague la luz».

Con todo, y según comporta cualquier reto, a nuestro juicio, el periodismo se encuentra ante la oportunidad (y la necesidad) de adaptarse y aprovechar las posibilidades de los nuevos medios: el desarrollo de lenguajes, narrativas y códigos, la renovación y experimentación con otros formatos y fórmulas. Sin duda, este empeño habría de hacerse con las exigibles condiciones profesionales (recursos y tiempo) que superen la precariedad y promuevan la práctica del periodismo riguroso, el periodismo de investigación, el periodismo explicativo que cultivó Patxo Unzueta hasta su último texto publicado, el 17 de mayo de 2020, en El País, con soberbio título para un memorioso: «Cosas que no olvidé».

De este modo, el periodismo podrá sustentarse en las miradas omnicomprensivas, capacitadas para percibir y entender la complejidad, para investigar, desvelar e informar con solvencia de las zonas de sombra, para mostrar y denunciar los abusos de poder, para contribuir a establecer diagnósticos y propiciar vías de exploración e intervención que nos acerquen a una sociedad más saneada, justa y libre…

Donación valiosa al Archivo de Mario Onaindia Fundazioa

Tras la decisión de fijar su residencia definitiva en Bilbao y acometer el traslado de su archivo y biblioteca personales desde Madrid, Patxo mostró su disposición generosa con la Fundación Mario Onaindia –a la que estaba vinculado como socio desde su constitución en 2009– cuando, en octubre de 2019 y agosto de 2020, entregó a la Fundación una parte de la documentación que conservaba. En una persona que concebía la base documental como un principio de trabajo inexcusable, su entrega adquiere un valor añadido que deseamos remarcar.

Gracias a este doble gesto de Patxo –con la asistencia necesaria de Carmen, su compañera de vida– se enriquecieron los fondos documentales del Archivo Histórico de MOF (en su sede de Zarautz) y se pudieron rescatar publicaciones con textos de Mario (como sus colaboraciones en castellano y euskera, de 1986, para la revista cultural Arbola), en el marco de la iniciativa de la Fundación de recopilar los ejemplares originales del conjunto de su obra.

La donación, valiosa y considerable en materiales, comprendió documentos de archivo, diarios, libros y, sobre todo, revistas, de particular interés para el estudio de la Transición política y el período democrático y autonómico vasco. Cabe citar, como ejemplo de las publicaciones dispares que facilitó, varios números de Erri. Revista semanal ilustrada (PC de Euzkadi, 1937), el primero de Eup! Semanario vasco de los deportes (1978) o su colección –incompleta– de Crónica. Boletín de documentación y actualidad (Vasco Press, 1997-2015: 222 ejemplares).

De forma adicional, la entrega de Patxo reforzó el Programa de Donaciones que MOF desarrolla anualmente desde 2015, ya que, con la aprobación de Patxo, algunas monografías y revistas depositadas en Zarautz –las alejadas de las áreas temáticas preferentes de la Fundación– fueron a su vez donadas a otras entidades y centros documentales de Euskadi: las bibliotecas de la UPV / EHU y de la Universidad de Deusto, la Biblioteca Foral de Bizkaia, la Biblioteca Municipal de Bilbao, la Fundación Sancho el Sabio, la Fundación Ramón Rubial, Gernikazarra Historia Taldea, el Museo de Bellas Artes de Bilbao o Athletic Club Museoa.

Asimismo, pero desde una vía diferente, el Archivo Histórico de MOF custodia otro corpus documental de Patxo. Se trata de documentos que en su día se incluyeron en el «Fondo Departamento Historia Contemporánea de la UPV / EHU» y que posteriormente se integraron en el «Archivo de la Memoria Histórica de Euskadi» (AMHE), proyecto archivístico-documental de la Fundación sobre la actividad de las organizaciones antifranquistas del País Vasco durante la dictadura franquista y la Transición. De este grupo resaltamos los escritos firmados por A. Buendía, el seudónimo que Patxo empleó durante sus años de clandestinidad.

En suma, la presencia de manuscritos, libros y revistas de Patxo Unzueta en Zarautz evidencia la colaboración que quiso mantener con la fundación que lleva el nombre de quien fue «una de las personas más buenas y generosas» que conoció y «el mejor de los amigos»: Mario Onaindia, según confesó en su artículo de despedida.

Parafraseando el título de su última pieza publicada: «Cosas que no olvidé», tampoco (te) olvidarán quienes te leyeron y conocieron.

In memoriam. Patxo Unzueta: «La vida y nada más». •

    Libros de Patxo Unzueta: referencias bibliográficas (1986-2011)   Los títulos que a continuación se reseñan, únicamente en su primera edición, conforman la relación de libros que Patxo Unzueta publicó, incluidos los de autoría compartida. Este ejercicio bibliográfico representa, por nuestra parte, un mínima y obligada contribución a lo que podría convertirse en la recopilación progresiva del conjunto de su obra, procedente de: monografías, revistas, prensa diaria y otras publicaciones.     ARANZADI, Juan; JUARISTI, Jon, y UNZUETA, Patxo (1994): Auto de terminación. (Raza, nación y violencia en el País Vasco). El País / Aguilar, Madrid, 273 págs. Serie: El Nuevo Siglo. Prólogo: Javier Corcuera Atienza. Epílogo: Jon Juaristi e Iñaki Viar.   BARBERÍA, José Luis, y UNZUETA, Patxo (2003): Cómo hemos llegado a esto. La crisis vasca. Taurus, Madrid, 367 págs. Serie: Pensamiento (Taurus). Infografía: Tomás Ondarra.   LEGUINECHE, Manu; SEGUROLA, Santiago, y UNZUETA, Patxo (1998): Athletic 100. Conversaciones en La Catedral. El País / Aguilar, Madrid, 229 págs. Prólogo: Alfredo Relaño.   UNZUETA, Patxo (1986): A mí el pelotón. La Primitiva Casa Baroja, San Sebastián, 208 págs. Prólogo: Elías Querejeta.   (1987): Sociedad vasca y política nacionalista. El País, Madrid, 303 págs. Serie: En el País, n.º 20. Prólogo: Javier Pradera.   (1988): Los nietos de la ira. Nacionalismo y violencia en el País Vasco. El País / Aguilar, Madrid, 285 págs. Prólogo: Jorge Semprún.   (1990): Bilbao. Destino, Barcelona, 209 págs. Serie: Nuestras Ciudades, n.º 5. Ilustraciones: José Ibarrola.   (1997): El terrorismo. ETA y el problema vasco. Destino, Barcelona, 93 págs. Serie: ¿Qué era? ¿Qué es?, n.º 8. Prólogo: Rosa Regàs.   (2011): A mí el pelotón y otros escritos de fútbol. Córner, Barcelona, 247 págs. Prólogo: Santiago Segurola.    

 

(*) Carmelo Landa Montenegro y José Ignacio Aranes forman parte de DOKU: equipo profesional que aborda proyectos de documentación, investigación y edición. Desde 2012 colaboran y prestan asistencia técnica a Mario Onaindia Fundazioa en la gestión de su Archivo Histórico. Asimismo, junto a Manu Gojenola Onaindia, continúan actualizando el Catálogo de la obra publicada de Mario Onaindia (1970-2020), trabajo de investigación documental que registra más de 30 años de escritura amplia y plural –respecto a publicaciones, temas, géneros e idiomas– en consonancia con el carácter fecundo y polifacético del autor.

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Raúl López Romo: «Quiénes eran los terroristas de ETA», Revista de Libros

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Con Irene Moreno Bibiloni, «De Mondragón a Ermua», El Independiente, 10-VII-2022

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GFS: «Y vuelta la mula al mito», El Correo, 5-VII-2022

El 7 de junio de 1968 en Aduna Txabi Echebarrieta e Iñaki Sarasketa asesinaron a José Antonio Pardines, la primera víctima mortal de ETA. Aquel crimen no fue obra del destino ni del “conflicto”, sino de una decisión de Echebarrieta, quien descartó otras alternativas como entregarse, huir o desarmar al guardia civil. Prefirió sacar su pistola y descerrajar tres tiros en el torso a Pardines, que estaba desprevenido. Sarasketa le disparó otras dos veces. Cuando el camionero Fermín Garcés les hizo frente, escaparon de allí.

Los asesinos se refugiaron en casa de Eduardo Osa, un colaborador de Tolosa. Estaban a salvo, pero Echebarrieta sufrió un ataque de pánico a consecuencia del consumo de centraminas: sulfato de anfetamina, la misma composición que el speed. El dirigente de ETA exigió a Osa que les llevara en su automóvil a otro punto.

Una pareja de la Guardia Civil de Tráfico detuvo el Seat 600 en Benta-Haundi y cacheó a sus ocupantes. El jefe de la patrulla vio el arma de Echebarrieta. Cuando el etarra intentó sacarla, el guardia civil y él se enzarzaron en una pelea. Tras intercambiar varios disparos con el otro funcionario, Sarasketa huyó, lo mismo que había hecho Osa. Echebarrieta y el jefe de la pareja siguieron luchando en el suelo. Tanto el etarra como los agentes hicieron fuego, aunque solo fue alcanzado el primero. En Benta-Haundi se encontraron cinco casquillos de bala de la pistola de Echebarrieta, cuatro de la de Sarasketa y otros cuatro de las armas reglamentarias de los guardias. En total, trece vainas.

Echebarrieta había recibido una herida de bala en la espalda y otra en el torso. Su estado era grave, así que el jefe de la patrulla (iban en motocicleta) paró el primer coche que pasaba por la carretera para trasladarle a la clínica de San Cosme y San Damián de Tolosa. Lo ingresaron y fue atendido por un médico, pero no pudo hacer nada por su vida. Falleció “a los 10 minutos de ingresar”.

Al día siguiente la prensa franquista reflejó los hechos de manera incompleta y sesgada. A su vez los miembros de ETA se inventaron versiones fantasiosas de lo ocurrido, que divulgaron mediante pasquines. Divergían entre sí, pero se repetían algunos elementos. Por un lado, Pardines desaparecía del relato o se convertía en un anónimo “txakurra” agresor contra el que Echebarrieta habría tenido que defenderse con una pistola heredada de un gudari de la Guerra Civil. Por otra, en Benta-Haundi los etarras no habrían disparado, sino que Echebarrieta habría sido detenido y luego ejecutado extrajudicialmente (según un panfleto, esposado y contra una tapia). Por último, haciendo un paralelismo con el Ché Guevara, se nombró a Txabi el “Primer Mártir de la Revolución”. En los años siguientes ETA y su entorno lo instrumentalizaron para captar y movilizar simpatizantes.

No obstante, no consiguieron borrar la verdad histórica. Solo había que buscarla. En 2016 el Centro Memorial, la UNED, la Diputación de Gipuzkoa y la Xunta de Galicia impulsaron un proyecto de investigación en el que participamos historiadores, politólogos, sociólogos, juristas y periodistas.

En 2017 el Archivo Intermedio Militar Noroeste (Ferrol) permitió el acceso parcial al sumario 16/68 en el que se incluyen los informes oculares, los testimonios, las autopsias, etc. También había fuentes sobre el caso en el Centro Documental de la Memoria Histórica, la Mario Onaindia Fundazioa, Lazkaoko Beneditarren Fundazioa, el Archivo General de la Administración y los archivos histórico-provinciales.

En 2018 los resultados de nuestro trabajo se publicación en el libro Pardines. Cuando ETA empezó a matar. Dos años después, cuando ya era posible consultar el sumario completo, cerramos ciertos flecos con un artículo en la revista Sancho el Sabio (“Crímenes ejemplares”) y otro en este periódico (07/06/2020).

Con todo, el nacionalismo radical ha preferido aferrarse a los mitos de ETA. Se editaron o reeditaron varias obras hagiográficas sobre Echebarrieta, en cuyo honor se creó una asociación. Cada 7 de junio recibe un homenaje en Benta-Haundi y otro en la plaza Unamuno de Bilbao. Además, este año se ha anunciado el descubrimiento de una documentación que los historiadores llevamos utilizando desde hace años. Por descontado, no era más que una excusa para hacer una reinterpretación tan imaginativa de los acontecimientos como la que se hacía en 1968.

Tales iniciativas tienen el doble objetivo de borrar a la víctima y rehabilitar al “mártir”, lo que desde la perspectiva de la “izquierda abertzale” legitimaría la posterior violencia de ETA. Sin embargo, la propaganda no puede cambiar el pasado: Txabi Echebarrieta no fue una víctima, sino el asesino de José Antonio Pardines.

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Supervivientes del terrorismo: Los heridos y secuestrados por ETA

Jiménez, María y Fernández, Gaizka (2022): «Supervivientes del terrorismo: Los heridos y secuestrados por ETA», Historia y Política, nº 47.

Resumen

Los estudios dedicados a los efectos del terrorismo de ETA han arrastrado durante años el déficit de la falta de información sobre los heridos a causa de los atentados terroristas. Se trata de personas que, en los casos graves, han tenido que convivir desde entonces con las secuelas físicas y psicológicas del ataque. La Ley 29/2011 de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo estableció, cinco décadas después del inicio de la actividad terrorista de ETA, un sistema indemnizatorio al que los supervivientes podían acogerse y que dio lugar a la creación de un registro oficial de heridos. Este artículo parte del estudio y análisis de dicho registro, cedido por la Dirección General de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo (Ministerio del Interior) al Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo, y actualizado a fecha de abril de 2020. En primer lugar, se hace un repaso de la paulatina incorporación de la figura del herido a la legislación española. A continuación, se describen los datos globales. Y, por último, se demuestra la relación directa entre la evolución de la estrategia terrorista de ETA y las secuelas que provocó en las 2632 personas reconocidas oficialmente como heridas de la banda.

Abstract

Studies on the effects of ETA terrorism have carried over for years the deficit of information on those injured by terrorist attacks. These people have since had to live with the physical and psychological consequences of the attack. Act No. 29/2011 on the Recognition and Comprehensive Protection of Victims of Terrorism established, five decades after the start of ETA terrorist activity, a system of compensation to which survivors were entitled and which led to the creation of an official register of injured persons. This article based on the study and analysis of this register, which was handed over by the General Direction for the Support of Victims of Terrorism (Ministry of Home Affairs) to the Victims of Terrorism Memorial Centre, and updated in April 2020. Firstly, a review is made of the gradual incorporation of the figure of the injured into Spanish legislation. Then, the overall data are described. And finally, the direct relationship between the evolution of ETA’s terrorist strategy and the consequences it had on the 2,632 people officially recognised as being injured by the organization is demonstrated.

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Supervivientes del terrorismo: los heridos y los secuestrados por ETA

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DOI

https://doi.org/10.18042/hp.47.12

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Presentación de libros en Vitoria

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Seminario: Matanzas sin esclarecer (UPV/EHU-Vitoria)

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14 junio, 2022 · 11:24

GFS: «Muerte accidental de un anarquista», El Correo, 13-VI-2022

Manuel Eleuterio Liáñez Benítez nació en Huelva en abril de 1891. En 1934, ya en Madrid, conoció a Fausto Catalán que, como él, militaría en la CNT. En la Guerra Civil Liáñez era responsable de un parque de Intendencia de dicho sindicato libertario. En esa época le salvó la vida a un desconocido del que le separaba un abismo ideológico. Se trataba de Gregorio Ortiz, el dueño de un cine en Villaverde Alto, afiliado a la CEDA. Los milicianos lo tenían retenido en la checa de Fomento. Temiendo por su suerte, Catalán y el chofer de Ortiz rogaron a Liáñez que intercediese por el prisionero. Según Catalán, su amigo “inmediatamente se puso a su disposición y les acompañó a Fomento consiguiendo que a don Gregorio Ortiz, que iban a asesinarlo aquella madrugada, lo trasladaran a la Dirección General de Seguridad”.

Tras pasar por las cárceles de la Modelo y Ventas, gracias a nuevas gestiones de Liáñez, Gregorio Ortiz fue puesto en libertad. Meses después el anarcosindicalista y el derechista se conocieron. Tras la Guerra Civil, se volvieron a ver dos veces más e incluso se citaron para una tercera, pero Liáñez no apareció.

No tenemos más noticias de él hasta que en 1959 fue arrestado cuando hurtaba aprovechándose del descuido ajeno. Condenado a una breve estancia en prisión, pronto salió en libertad vigilada. En aquella época la penuria había disparado el índice de delitos contra la propiedad en España. Solo en 1959 se incoaron 52.697 sumarios por este motivo.

El rastro de Manuel Liáñez reaparece en 1962. Se trataba de un anciano de 71 años. Soltero, solitario, sin allegados, frecuentaba algunas tabernas, en las que tomaba cazalla o vino. La dueña de su pensión informó que “decía dedicarse a la representación de licores”. Era “de carácter muy amable y educado” y “hacía una vida moderada sin que en ningún momento notara nada anormal”. Jamás le había oído “hablar de política, sino todo lo contrario, que hacía manifestaciones de ser muy católico”.

Cobraba un subsidio de vejez de 400 pesetas mensuales. La habitación que compartía con un camarero, sin derecho a comida, le costaba 300. Para subsistir, le quedaban 100. Era imposible. En el borrador de una carta, Liáñez había dejado constancia de su mayor anhelo: “si tan solo, para sobrellevar mis pocos años de vida, tuviera asegurado un trozo de pan y una cama en cualquiera de los asilos de Madrid, muy principalmente y si fuera posible en la Gran Residencia de Ancianos”.

Liáñez se vio obligado a acudir a comedores de caridad. También realizaba recados para una señora y su sobrino, que vivían en la calle de Sagasta. Cada miércoles sobre las 13:00 horas iba a casa del joven para recoger dinero con el que comprarle entradas para conciertos. Le gratificaba con 30 ptas. El chico consideraba a Liáñez “una buena persona, honrada y psicológicamente un tanto ‘despistado’”. Su comportamiento era “correctísimo y educado, aunque un tanto charlatán”.

El 13 de junio de 1962 Liáñez salió de su pensión a las 9:15 horas. Desde allí a la calle de Sagasta hay unos 35 minutos andando. Podría haber llegado sobre las 9:50. Ignoramos qué hizo después. A las 11:00 horas se registró una violenta detonación en el andén central de la vía, frente a la delegación del Instituto Nacional de Previsión. Había una persona muerta y dos heridas leves. Un médico forense examinó el cadáver. Había sufrido la amputación traumática de las dos manos, así como quemaduras y heridas penetrantes en el tronco y la cabeza. Se trataba de Manuel Liáñez.

La primera hipótesis fue que a un terrorista le había estallado su propia bomba. Se descartó pronto. El juez instructor concluyó que la víctima “[sin] duda alguna vio el artefacto colocado en una cartera y sin saber de lo que se trataba, como pobre mendigante, se apoderó de ella y al querer manipular en la cartera, para ver qué llevaba, sobrevino la explosión que le causó la muerte”. Es una explicación plausible, con dos matices. Uno, la cartera no fue el objeto robado, ya que era suya. Dos, tal vez el hurto había llevado a Liáñez al fin de sus días, pero antes la miseria le había empujado al hurto.

La Policía nunca detuvo a los autores materiales del atentado. No sabemos sus nombres, pero sí a qué grupo pertenecían: Defensa Interior (DI). Creada en 1962 por la FAI, la CNT y Juventudes Libertarias, esta organización empleó las bombas para intentar acabar con la dictadura. Lejos de lograrlo, en 1963 dos de sus miembros fueron ejecutados y en 1965 se disolvió. El único “éxito” de la anarquista DI había sido asesinar por error a un antiguo anarcosindicalista.

Después de 60 años de su muerte ya es hora de que recordemos a Manuel Liáñez, la segunda víctima del terrorismo después de Begoña Urroz.

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