Presentación de libros en Vitoria

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Seminario: Matanzas sin esclarecer (UPV/EHU-Vitoria)

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14 junio, 2022 · 11:24

GFS: «Muerte accidental de un anarquista», El Correo, 13-VI-2022

Manuel Eleuterio Liáñez Benítez nació en Huelva en abril de 1891. En 1934, ya en Madrid, conoció a Fausto Catalán que, como él, militaría en la CNT. En la Guerra Civil Liáñez era responsable de un parque de Intendencia de dicho sindicato libertario. En esa época le salvó la vida a un desconocido del que le separaba un abismo ideológico. Se trataba de Gregorio Ortiz, el dueño de un cine en Villaverde Alto, afiliado a la CEDA. Los milicianos lo tenían retenido en la checa de Fomento. Temiendo por su suerte, Catalán y el chofer de Ortiz rogaron a Liáñez que intercediese por el prisionero. Según Catalán, su amigo “inmediatamente se puso a su disposición y les acompañó a Fomento consiguiendo que a don Gregorio Ortiz, que iban a asesinarlo aquella madrugada, lo trasladaran a la Dirección General de Seguridad”.

Tras pasar por las cárceles de la Modelo y Ventas, gracias a nuevas gestiones de Liáñez, Gregorio Ortiz fue puesto en libertad. Meses después el anarcosindicalista y el derechista se conocieron. Tras la Guerra Civil, se volvieron a ver dos veces más e incluso se citaron para una tercera, pero Liáñez no apareció.

No tenemos más noticias de él hasta que en 1959 fue arrestado cuando hurtaba aprovechándose del descuido ajeno. Condenado a una breve estancia en prisión, pronto salió en libertad vigilada. En aquella época la penuria había disparado el índice de delitos contra la propiedad en España. Solo en 1959 se incoaron 52.697 sumarios por este motivo.

El rastro de Manuel Liáñez reaparece en 1962. Se trataba de un anciano de 71 años. Soltero, solitario, sin allegados, frecuentaba algunas tabernas, en las que tomaba cazalla o vino. La dueña de su pensión informó que “decía dedicarse a la representación de licores”. Era “de carácter muy amable y educado” y “hacía una vida moderada sin que en ningún momento notara nada anormal”. Jamás le había oído “hablar de política, sino todo lo contrario, que hacía manifestaciones de ser muy católico”.

Cobraba un subsidio de vejez de 400 pesetas mensuales. La habitación que compartía con un camarero, sin derecho a comida, le costaba 300. Para subsistir, le quedaban 100. Era imposible. En el borrador de una carta, Liáñez había dejado constancia de su mayor anhelo: “si tan solo, para sobrellevar mis pocos años de vida, tuviera asegurado un trozo de pan y una cama en cualquiera de los asilos de Madrid, muy principalmente y si fuera posible en la Gran Residencia de Ancianos”.

Liáñez se vio obligado a acudir a comedores de caridad. También realizaba recados para una señora y su sobrino, que vivían en la calle de Sagasta. Cada miércoles sobre las 13:00 horas iba a casa del joven para recoger dinero con el que comprarle entradas para conciertos. Le gratificaba con 30 ptas. El chico consideraba a Liáñez “una buena persona, honrada y psicológicamente un tanto ‘despistado’”. Su comportamiento era “correctísimo y educado, aunque un tanto charlatán”.

El 13 de junio de 1962 Liáñez salió de su pensión a las 9:15 horas. Desde allí a la calle de Sagasta hay unos 35 minutos andando. Podría haber llegado sobre las 9:50. Ignoramos qué hizo después. A las 11:00 horas se registró una violenta detonación en el andén central de la vía, frente a la delegación del Instituto Nacional de Previsión. Había una persona muerta y dos heridas leves. Un médico forense examinó el cadáver. Había sufrido la amputación traumática de las dos manos, así como quemaduras y heridas penetrantes en el tronco y la cabeza. Se trataba de Manuel Liáñez.

La primera hipótesis fue que a un terrorista le había estallado su propia bomba. Se descartó pronto. El juez instructor concluyó que la víctima “[sin] duda alguna vio el artefacto colocado en una cartera y sin saber de lo que se trataba, como pobre mendigante, se apoderó de ella y al querer manipular en la cartera, para ver qué llevaba, sobrevino la explosión que le causó la muerte”. Es una explicación plausible, con dos matices. Uno, la cartera no fue el objeto robado, ya que era suya. Dos, tal vez el hurto había llevado a Liáñez al fin de sus días, pero antes la miseria le había empujado al hurto.

La Policía nunca detuvo a los autores materiales del atentado. No sabemos sus nombres, pero sí a qué grupo pertenecían: Defensa Interior (DI). Creada en 1962 por la FAI, la CNT y Juventudes Libertarias, esta organización empleó las bombas para intentar acabar con la dictadura. Lejos de lograrlo, en 1963 dos de sus miembros fueron ejecutados y en 1965 se disolvió. El único “éxito” de la anarquista DI había sido asesinar por error a un antiguo anarcosindicalista.

Después de 60 años de su muerte ya es hora de que recordemos a Manuel Liáñez, la segunda víctima del terrorismo después de Begoña Urroz.

Para saber más, pinche aquí

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Presentación del libro «Las víctimas militares de ETA»

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11 junio, 2022 · 9:16

Coloquio sobre la «Línea invisible»

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SD Contra 9: Rescate de Ortega Lara; exiliados vascos y navarros por ETA; curso sobre cómo relatar el terrorismo

En este #SierraDelta Contra el coronel de la Guardia Civil Francisco Javier Vázquez, Jefe de la Unidad Central Especial nº2 (UCE2), recuerda cómo se desarrolló hace 25 años la operación de rescate de José Antonio Ortega Lara, un funcionario de prisiones burgalés que había permanecido secuestrado por ETA durante 532 días.

El historiador Antonio Rivera, catedrático de la UPV/EHU, habla de «Transterrados», la nueva obra impulsada por la Fundación Fernando Buesa Fundazioa y el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda sobre los vascos y navarros que tuvieron que abandonar su hogar por culpa de la amenaza terrorista.

Y para terminar, la investigadora de la Universidad de NavarraAna Escauriaza nos explica el programa del curso de verano «Escribir la página antes de pasarla. Cómo relatar el terrorismo», que tendrá lugar los días 14 y 15 de julio en Soria.

Pueden escucharlo aquí

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EXPOSICIÓN “Gorrotoaren pegatinak. Pegatinas del odio”

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31 mayo, 2022 · 6:20

Proyección del capítulo 5 de la serie «La línea invisible» y coloquio en el Memorial

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28 mayo, 2022 · 10:27

Presentación de «Los abogados de Atocha» en Pamplona

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13 mayo, 2022 · 13:05

GFS: «El cáncer de Euskadi», El Correo, 9-V-2022

En el otoño de 1959 ETA inauguró su historia poniendo bombas en el periódico Alerta (Santander), el Gobierno Civil de Vitoria y la Jefatura de Policía de Bilbao. Nadie las reivindicó. El 18 de julio de 1961 sus activistas quemaron un par de banderas españolas en San Sebastián y sabotearon la vía para hacer descarrilar un tren de excombatientes guipuzcoanos que iban a la ciudad a conmemorar el 25º aniversario del “Alzamiento Nacional”. Solo provocaron molestias: el importe de los daños materiales ascendió a 671,04 pesetas. Además, el incidente permitió a las autoridades descubrir la existencia de ETA. Se arrestó a una treintena de sus integrantes, siete de los cuales fueron condenados a penas de cárcel.

Se trató de un duro golpe para el grupúsculo, que al año siguiente intentó reagrupar a su escasa militancia, una parte de la cual había huido a Francia, restablecer una infraestructura mínima y unificar criterios ideológicos. En mayo de 1962 unos 14 delegados se reunieron en el monasterio benedictino de Belloc (Urt, País Vasco francés) para celebrar la I Asamblea y redactar los Principios de ETA, que quedó definida como “un Movimiento Revolucionario Vasco de Liberación Nacional, creado en la resistencia patriótica, e independiente de todo otro partido, organización u organismo”.

Su horizonte era la independencia de Euskadi, que se anexionaría Navarra y el País Vasco francés. El futuro estado debía ser democrático, aconfesional y monolingüe en euskera. Se protegerían los derechos humanos, “siempre que estos no vengan a constituir un instrumento, bien sea destinado a atentar contra la soberanía de Euzkadi, a implantar en ella un régimen dictatorial (sea fascista o comunista) o a servir los intereses de grupo o clase (político, religioso, social o económico), vasco o extranjero”. Pese a su “repulsa del racismo”, el documento advertía a “los elementos extraños al país”, o sea, a los inmigrantes procedentes del resto de España, de que serían segregados o expulsados si se posicionaban “contra los intereses nacionales de Euzkadi”; es decir, si no se convertían en abertzales.  

Llama la atención el ambiguo tratamiento que recibía la violencia. De acuerdo con los Principios, “se deberán emplear los medios más adecuados que cada circunstancia histórica dicte”. La experiencia de la caída del año anterior pesaba demasiado. Como recordaba Juan José Etxabe, “llegamos a la conclusión de que habíamos querido correr antes de aprender a andar, que aún no estábamos preparados para hacer acciones y escapar a la represión de la Policía”.

Por un tiempo los etarras se conformaron con la propaganda y los grafitis. Como reconoció otro de sus lideres, José Luis Zalbide, hubo una “insistencia en llenar paredes con las siglas ETA”, pero “eran muy pocos los que sabían siquiera que las siglas ETA correspondían a una organización política clandestina”. A lo sumo, en la calle se murmuraba que los de ETA eran “esos que pintan paredes”. A decir de Xabier Zumalde, “la gente miraba con indiferencia o simplemente no miraba [las pintadas]. Algún espabilado solía comentar: -Será otra marca comercial… ¿Qué venderán estos?”.

Hubo un hombre lo suficientemente lúcido como para darse cuenta de qué vendían estos: mercancía averiada. En 1962, el mismo año en el que los etarras reunidos en Belloc se imaginaban a sí mismos como héroes libertadores, el veterano dirigente del PNV Manuel de Irujo denunció que “en el ánimo de nuestra juventud ha hecho impacto la idea de que, sin violencia no haremos nada serio en orden a la adquisición de nuestra libertad”. Sin embargo, los jeltzales “nos opondremos hasta donde lleguen nuestras fuerzas a la violencia inútil y sectaria de unos irresponsables que, aunque sean patriotas excelentes, carezcan de la autoridad precisa”. En palabras de Irujo, “ETA es un cáncer que, si no lo extirpamos, alcanzará todo nuestro cuerpo político”. Después de 853 víctimas mortales y 2.632 heridos, es evidente que tenía razón.

El convento en el que hace 60 años ETA celebró su I Asamblea podría haberse transformado en un necrótico lugar de memoria para los nostálgicos de la banda. Por suerte, no ha sido así. Fundada en 1874, la abadía de Belloc se va a secularizar a mediados de este año: el edificio que abandonarán los pocos monjes que quedan será utilizado por Habitat et Humanisme, una ONG que facilita el acceso a una vivienda digna a las personas de escasos recursos.

Resulta alentador saber que el monasterio dentro del que los etarras escribieron un texto en el que se amenazaba con la expulsión a “los elementos extraños al país” va a servir de hogar a inmigrantes y refugiados. Ojalá todas las heridas que ha causado ETA cicatricen así.

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