Cómo y por qué ETA renunció al racismo apellidista de Sabino Arana

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ETA supuso la continuación de la corriente más extremista y exaltada del nacionalismo vasco, la misma que antes de la Guerra Civil habían encarnado Aberri y los Jagi-Jagi. Sin embargo, más de medio siglo no había pasado en balde. El contexto histórico empujó a los jóvenes etarras a adaptar y actualizar la doctrina aranista. Sus aristas más polémicas, las que hubo que limar, eran precisamente los puntales del pensamiento del fundador del PNV: el integrismo y el racismo apellidista.

Mantener el antimaketismo resultaba demasiado problemático. En primer lugar, la existencia de una supuesta raza vasca pura era ya poco creíble. En segundo lugar, el genocidio de seis millones de judíos por el régimen nazi en la II Guerra Mundial había desprestigiado el racismo en Europa. En tercer lugar, algunos de los más significados dirigentes etarras (José Luis Álvarez Enparantza [Txillardegi], José María Benito del Valle o posteriormente Federico Krutwig Sagredo) no cumplían el requisito aranista de los apellidos autóctonos y, por tanto, no hubieran podido ser considerados vascos de raza. En cuarto y último lugar, a consecuencia de la masiva inmigración, un creciente porcentaje de la población vasca realmente existente tampoco hubiese cabido en la arqueoutopía imaginada por Sabino Arana. Por todo ello, ETA abandonó oficialmente el criterio racial de exclusión (pero no el antiespañolismo), aunque explícita o implícitamente el sentimiento de superioridad y los prejuicios xenófobos se mantuvieron en importantes sectores de su militancia. Una buena muestra de esta ambigüedad fueron los Principios aprobados en su I Asamblea de mayo de 1962. En ellos se rechazaba expresamente el racismo para, a renglón seguido, amenazar con segregar o expulsar a aquellos inmigrantes que se opusieran a ETA.

De cualquier manera, al renunciar al criterio racial de exclusión, ETA se enfrentaba a un dilema crucial. Todo movimiento nacionalista necesita establecer unos límites que definan qué seres humanos forman parte de su comunidad nacional y cuáles quedan fuera. Descartados la raza y los apellidos, ¿qué hacía vasco a un vasco? ¿Cuál era la frontera entre el «nosotros» y el «ellos»? ¿En qué consistía exactamente Euskadi? En una etnia. Este era un concepto antropológico que ahora se pretendía sustentar en la cultura y, sobre todo, en el idioma. El límite de la nación vasca era, por tanto, el vascuence. Como se podía leer en el Libro Blanco, «el euskera es la quintaesencia de Euzkadi: mientras el euskera viva, vivirá Euzkadi». En un Zutik de 1963 se especificaba que «no hay en consecuencia sino un camino para salvar el euskera de su desaparición: la independencia política de Euzkadi. El movimiento euskaltzale no patriota está inevitablemente condenado al fracaso. Es una traición hoy».

Este principio era la base del etnonacionalismo. Sus máximos promotores intelectuales, Txillardegi y Krutwig, compartían dos rasgos muy reveladores: Sabino Arana nunca los hubiera considerado miembros de la raza vasca y ambos fueron estudiosos del euskera. Álvarez Enparantza fue el adalid de una corriente interna de la organización caracterizada por el etnonacionalismo, el frentismo abertzale y el antimarxismo. Basándose en el estructuralismo lingüístico, Txillardegi consideraba que el idioma determinaba la cosmovisión del hablante, ergo, el euskera hacía al vasco. Federico Krutwig (F. Sarrailh de Ihartza), que ingresó más tarde en ETA, influyó notablemente en su militancia a través de Vasconia (1963). En dicho libro criticaba con dureza al PNV y a su obsesión racial, que proponía sustituir por el idioma como «factor primordial de nuestra entidad nacional». En consecuencia, «el vasco es el “euskaldun”, y quien no habla el euskara es un “euskaldun-motz”, un vasco cortado, castrado». O un traidor a la patria. A pesar de la analogía de su etnicismo, Krutwig difería de Txillardegi en otros aspectos esenciales, como la estrategia que ETA había de seguir, ya que se decantaba por una guerrilla al estilo de las del Tercer Mundo.

Es importante señalar que Krutwig consideraba asimilable a cualquier «blanco» que aprendiese euskera, pero no a los miembros de una raza no indoeuropea. Vasconia, probablemente publicado en París (y no en Buenos Aires como aparece en el libro), fue financiado por Paco Miangolarra, amigo y mecenas de Krutwig y Marc Légasse. Ha habido cierto debate sobre la influencia ideológica de Vasconia en ETA, que fue precisamente, como confesó Krutwig enuna entrevista en Muga en 1979, el objetivo para el que había sido escrita la obra. En un Zutik de 1963 (postura hecha oficial en 1964) Txillardegi escribía que «las primeras reacciones han sido de una virulencia extrema. Una gran parte de las personas que tienen más de 50 años (es decir, de los que vivieron la guerra del 36) ha reaccionado contra el libro de manera violenta. Los jóvenes, por el contrario, no ocultan con más o menos reservas, su alegría por la aparición del libro. Algunos han dicho: “Ya era hora de que alguien dijera claramente lo que había que decir”». Años después este mismo autor reconocía que de factoVasconia se convirtió «en la biblia de ETA». La postura del PNV queda reflejada en Alderdi, donde se tachaba de «“plastikolari” [terrorista] literario» a Krutwig, «cuyos adjetivos y falsedades, recuerdan el lenguaje y el estilo de la propaganda de los mejores tiempos de Hitler y Stalin». En una nota de la dirección jeltzale de Guipúzcoa se le echaba en cara «que se dice racista sin tener una gota de sangre vasca en sus venas». Según un informe de la Oficina de Enlace del Gobierno franquista, «parece resultar atrayente para los jóvenes de los movimientos “ETA” y “Enbata” (…). Este libro es el de mayor actualidad dentro de los medios nacionalistas vascos». Fueran muchos o pocos sus lectores, lo importante, es que la organización utilizó el libro en sus cursillos de formación y ayudó a distribuirlo, con lo que, como señala Jon Juaristi, «las ideas fundamentales del mismo ya eran moneda corriente entre los nacionalistas de mi generación».

De cualquier manera, retomando el hilo, el etnonacionalismo suponía una renovación parcial del pensamiento de Sabino Arana. El criterio lingüístico no daba lugar a una postura sustancialmente más abierta e integradora que la doctrina aranista: la discriminación no había desaparecido, únicamente se había transferido. En vez de excluir a los maketos, se excluía a los castellanoparlantes, categoría a la que pertenecían la totalidad de los inmigrantes y una altísima proporción de los autóctonos. Oficialmente ETA mantuvo el criterio lingüístico de exclusión étnica hasta finales de la década de 1960, pero fue relegándolo a un estatus secundario. El etnonacionalismo propiamente dicho quedó restringido a ciertos círculos culturales euskaldunes y a algunos grupúsculos políticos como lo que luego sería ESB. No obstante, su influencia ha sido notable. Valga como muestra un botón: las palabras «vasco» y «Euskadi» empezaron a ser sustituidas por las reaparecidas «euskaldun» y «Euskal Herria», que el propio Sabino Arana había rechazado y a las que ahora se daba unas connotaciones políticas que en origen no tenían. Tras Txillardegi y Krutwig, el etnonacionalismo de base lingüística ha sido teorizado por Joxe Azurmendi.

 

  • Bibliografía
  •  ALCEDO MONEO, Miren (1996): Militar en ETA. Historias de vida y muerte. San Sebastián: Haranburu.
  • ÁLVAREZ ENPARANTZA, José Luis (1997): Euskal Herria en el horizonte. Tafalla: Txalaparta.
  • AZURMENDI, Joxe (1995): Los españoles y los euskaldunes. Hondarribia: Hiru.
  • ESTORNES ZUBIZARRETA, Idoia (2010): «Una polémica sobre el vascuence en tiempos de silencio», Cuadernos de Alzate, nº 42, pp. 92-110.
  • FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y LÓPEZ ROMO, Raúl (2012): Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos.
  • GARMENDIA, José María (1996): Historia de ETA. San Sebastián: Haranburu. (1ª ed.: 1979-1980).
  • JÁUREGUI, Gurutz (1985): Ideología y estrategia política de ETA. Análisis de su evolución entre 1959 y 1968. Madrid: Siglo XXI. (1ª ed.: 1981).
  • JUARISTI, Jon (1997): El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos. Madrid: Espasa.
  • KRUTWIG, Federico (2006): Vasconia. Pamplona: Herritar Berri. (1ª ed.: 1963).
  • REINARES, Fernando (2001): Patriotas de la muerte. Quiénes han militado en ETA y por qué. Madrid. Taurus. (Reed. 2011).

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