Martín Alonso: “Dobrica Ćosić, arquitecto de destrucción”, El Correo, 27/10/2014

El Correo, 27/10/2014

Dobrica Ćosić, arquitecto de destrucción

Martín Alonso

Doctor en Ciencias Políticas

Poco después de la invasión de Irak, Thomas Friedman se confesaba así a Ari Shavit desde la cocina neocon: “Es una guerra de una élite… podría darle los nombres de 25 personas […] que, si hubieran sido deportadas a una isla desierta hace año y medio, la guerra de Irak no se habría producido” (Haaretz, 03/04/2003). La fórmula es aplicable a buena parte de las calamidades de la historia. Si se hubiera impuesto a media docena de personas de la Yugoslavia de finales de los noventa, los Balcanes y el mundo se habrían ahorrado una experiencia devastadora. También allí, como escribe un especialista de primer orden, P. Ramet, “todo comenzó por los escritores”. Está bien establecida la figura del asesino de gabinete, del intelectual que levanta con la pluma el plano que los asesinos de campo invocarán para legitimar y exonerar sus crímenes.

El candidato a esta denominación no tiene rival en el espacio de la exYugoslavia: se trata de Dobrica Ćosić, que falleció el mes pasado mientras dormía apaciblemente. Y mientras, siguen explorándose fosas comunes y las víctimas siguen reclamando justicia. Hace cinco años, el Comité de juristas por los derechos humanos (JUKOM) y el Comité Helsinki presentaron una denuncia contra él por incitación al odio racial, nacional y religioso. No prosperó; hoy el Primer Ministro de Serbia es el exministro de Información de Milošević, Aleksandar Vučić.

Los merecimientos literarios valieron a Ćosić el cargo de Presidente de la República Federal en 1992-1993. Dos años antes, en El tiempo de las serpientes enmarcaba así a los actores del contencioso de Kosovo: “Esta hez social, política y moral de salvajes tribales, esta escoria de los Balcanes… que lucha contra la nación más democrática, la más civilizada, la más cultivada de los Balcanes: la nación serbia”. Quien escribía esto no era un cualquiera. Inspirador del ominoso Memorandum de la Academia Serbia, Ćosić ha merecido entre otros estos títulos: eminencia gris del régimen de Milosevic (Féron), guía de los intelectuales nacionalistas (Glenny), padre de la patria y maître à penser de la Serbia actual (Garde), ideólogo nacionalista como Goebbels (Veiga) o emblema de los efectos perversos de la implicación política de los intelectuales serbios (Miller). En Un homme dans son époque (1991), el interesado ofrece su propia versión.

El arma de Ćosić fue la pluma. Distingue el psicólogo Jerome Bruner dos modalidades de pensamiento: el argumento, que tiene que ver con la verdad, y el relato, que tiene que ver con la verosimilitud. Ćosić es un estilista del relato agónico, el que se expresa en el molde de la historia o, para ser más exactos, de la parahistoria. Los arquitectos de destrucción son a menudo “funestos fabricantes de historia” que van “sembrando a su alrededor” dolor humano, según carta de Thomas Mann a Hesse en horas oscuras (01/01/1941). Este tipo de relato responde a un patrón general que se estructura en dos piezas complementarias: un marco que provee los materiales discursivos para la lectura de la realidad y un programa que dibuja un plan de acción correlativo. “No olvidaremos, sin embargo, lo que fuimos. No olvidaremos lo que dejamos de ser el año 39”, escribe Arana; “Es curioso que perdiésemos la independencia con Felipe V y la recuperemos con Felipe VI”, le acompasa Jaume Marfany de la Asamblea Nacional de Cataluña en la misma clave.

El eje narrativo procede de la gramática identitaria y se resume en una antítesis irresoluble, “un teatro de odios”, en frase de Ćosić, entre el ‘nosotros’ superior y la contraparte rival (‘ellos’) que encarna la amenaza existencial del momento. La figura del mártir es clave para nuestro autor: “Serbia es el nuevo judío, el judío de este fin del siglo XX, […]: el nuevo pueblo mártir”. En la construcción parahistoriográfica serbia el aval del martirio no es otro que la mitificada derrota del Campo de los Mirlos en 1389, elevada a acontecimiento refundacional en los fastos del sexto centenario que encumbraron a Milošević como voivoda (caudillo) redivivo.

Este relato defensivo, diríamos de mínimos, lo es sólo en apariencia. El reverso del pueblo mártir es la Gran Serbia del Memorandum, un documento tóxico con la impronta de Ćosić. Se trata de un recurso retórico manido que trata de convertir un destino robado imaginado, un revés histórico ficticio, en fundamento de una prerrogativa o derecho efectivo, de un derecho a decidir en la jerga actual o de un Estado propio en la de Ćosić. La ‘revolución nacional’, se sustancia en una receta cuyo desenlace conocemos: “El pueblo serbio tiene hoy todos las razones, todos los derechos históricos, nacionales y democráticos de vivir en un solo Estado”. ¿Cuáles son las premisas objetivas para esta conclusión? En un alarde de sinceridad responde Ćosić a su interlocutora y mecenas Isadora Sekulić: “Ha sido difícil, ha sido real, pero ha sido también invención mía”. Montaigne recogió este adagio latino: fortis imaginatio generat cassum (una imaginación fuerte produce el hecho). La imaginación nacionalista tiene poder performativo.

Bogdan Bogdanović, alcalde de Belgrado hasta la ascensión de Milosevic, emite este juicio sobre Ćosić: “Ha embrujado a esta nación. […] ha tenido mucho éxito porque durante cincuenta años […] dado que no existía una historia verídica, la población leía novelas históricas y en esas novelas aprendía patriotismo”. La vinculación del patriotismo con la historia novelada, la prevalencia del relato sobre el argumento, el revisionismo exaltador del heroísmo chetnik, me venían a la mente mientras leía “La glorificación del gudari en la génesis de la violencia de ETA” de G. Fernández Soldevilla al reverbero de la reivindicación de la memoria de los ‘patriotas’ en el “bosque de los gudaris”.

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