En el último número de la revista Ecléctica aparece este interesante artículo de David Mota y Eneko Segura.
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No sólo fue “Rock Radical Vasco”. La situación socio-política de la década de 1980 a través de las canciones de Eskorbuto, La Polla, R.I.P y Cicatriz
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Reseña de «Héroes, heterodoxos y traidores» en el último número de la revista «Nazioni e Regioni»
El historiador italiano Marco Perez ha escrito una amabilísima recensión de mi tesis Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994) que pueden leer aquí, en el último número de la revista Nazioni e Regioni
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Recensión de «Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Álava» de Javier Gómez
Javier Gómez Calvo: Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Álava, Madrid, Tecnos, 2014, 381 pp. Prólogo de Antonio Rivera
Todo lo que rodea a las víctimas de la Guerra Civil y la inmediata posguerra está envuelto en la polémica. Al igual que otros episodios sórdidos de nuestro pasado reciente, como ha sido el caso del terrorismo etarra, se trata de una herida abierta. Según algunos, nunca llegó a cerrarse. Según otros, curó en la Transición, pero la han vuelto a infectar. De cualquier manera, no es raro que el tema aparezca en discursos políticos y mediáticos, que a menudo tienden a la simplificación y el maniqueísmo, lo que resulta arriesgado siempre, pero más en lo que se refiere a una cuestión tan delicada como la que nos ocupa. Quienes mejor capacitados están para escribir y divulgar un relato fidedigno sobre la contienda y sus dramáticas consecuencias son, o deberían ser, los historiadores.
No son pocos los que se han enfrentado al reto, aunque lo han hecho con muy desigual fortuna. Así, encontramos de todo en la amplísima bibliografía sobre la maquinaria punitiva de los sublevados. Por un lado, a escala local y regional ha ido apareciendo un creciente número de trabajos académicos sobre la represión franquista, aunque todavía hay zonas por investigar y hacen falta obras de síntesis. Por otro lado, también existe una literatura que transmite una versión distorsionada de nuestro pasado reciente. Pese a su escaso rigor metodológico, este tipo de lectura tendenciosa de los acontecimientos cuenta con un público fiel: aquel que busca ver confirmadas sus ideas preconcebidas. La instrumentalización de las víctimas de la Guerra Civil no es patrimonio exclusivo de ningún movimiento político, pero es evidente que tal tendencia fue inaugurada por la propaganda franquista, que estuvo siempre empeñada en minimizar las represalias de los sublevados y magnificar las desatadas en la zona controlada por el bando republicano. Con argumentos similares, aunque décadas después, han surgido, a decir de Javier Gómez Calvo, “profesionales de la polémica que, desde una historia militante caduca y poco edificante, han resucitado tesis neofranquistas” (p. 34).
En el caso concreto del País Vasco y Navarra, además, topamos con la maquinaria publicitaria del entorno del nacionalismo vasco radical, que ha editado cuantiosas publicaciones sobre el conflicto bélico. Su objetivo último es reinventar la historia de Euskadi para que encaje en los estrechos márgenes de la narrativa de un secular “conflicto” entre vascos y españoles. Desde tal perspectiva, la Guerra Civil no fue más que una nueva invasión española: el penúltimo capítulo de la larga lucha de la nación vasca por recuperar su perdida independencia. En ese sentido, la literatura y algunas asociaciones vinculadas a la autodenominada “izquierda abertzale” han pretendido “vampirizar”, por emplear la expresión de Jesús Casquete, la memoria de los perdedores: a los gudaris del PNV, ELA o ANV se los presenta como antecesores directos de los militantes de la organización terrorista ETA mientras que no se duda en tomar prestados a los milicianos republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas vascos a la hora de contar sus propias víctimas para demostrar la naturaleza étnica de la conquista y el posterior genocidio a manos de los “españoles”.
Aunque su caso es diferente a las dos corrientes anteriormente descritas, ya que no se engloba en la categoría de literatura histórica militante, tampoco son satisfactorias las conclusiones de la que Gómez Calvo denomina “historiografía exterminista”. Obsesionada por las cifras de muertos, mantiene que “el franquismo fue inmutable en el ejercicio de la represión por terminar como empezó (matando)”, aunque irónicamente otra de sus máximas es que, tras la contienda, “no queda nadie” a quien eliminar (p. 33).
En Euskadi la historiografía profesional ha tardado en acercarse al tema que nos ocupa, con la excepción de los magníficos trabajos de Pedro Barruso y un artículo de Francisco Espinosa1. Se suma a ellos Matar, purgar, sanar, la versión divulgativa de la tesis de Javier Gómez Calvo, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco e investigador postdoctoral en el Instituto Universitario de Lisboa. Como advierte Antonio Rivera en el prólogo de la obra, es uno de los más brillantes representantes de la nueva generación de historiadores vascos. Lo ha demostrado en capítulos de libros colectivos y artículos publicados en revistas académicas como Sancho el Sabio o Historia Contemporánea.
Sólidamente anclado en la heterogeneidad de las fuentes, muchas de ellas inéditas (como las custodiadas en la prisión de Vitoria o el archivo militar de Ferrol), esta obra nos aclara cómo, cuándo y por qué se desarrolló la revancha de los rebeldes en la provincia de Álava durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra. Por ejemplo, Gómez Calvo señala que la represión franquista no fue uniforme en el tiempo y en el espacio. Tampoco, pese a lo que mantienen algunos defensores de la tesis exterminista, los sublevados pretendían llevar a cabo un auténtico genocidio. Entre otras cosas, les habría resultado materialmente imposible. No hubo, por tanto, un “Holocausto” propiamente dicho. Y es que prescindir de este tipo de palabras no implica relativizar los efectos de la represión, sino apostar por un muy necesario rigor conceptual. Verbigracia, entre 1936 y 1945 la maquinaria represiva asesinó al 0,18% de la población total de Álava. No se trata de minimizar el dato, porque un solo muerto ya es demasiado: fueron 193 víctimas mortales con nombre y apellidos. Ahora bien, no es de rigor comparar tal cifra con los millones de judíos asesinados por el III Reich alemán, el genocidio armenio o el “autogenocidio” camboyano a manos de los jemeres rojos.
En palabras de Javier Gómez, “es incuestionable que la violencia fue un pilar del régimen franquista, duro e implacable con el enemigo, pero Franco no perseguía la aniquilación de éste, si por aniquilar se entiende, volviendo al diccionario, destruir o arruinar enteramente, sino en otro sentido: reducir a la nada. Parece lo mismo, pero no lo es. Porque de lo que se trataba era de afirmar una realidad nacida a la contra, sin que fuera necesario matar al conjunto de la población desafecta. Por el contrario, era preciso que todos se integraran en ella asumiéndola para dar lugar a un país de vencedores y vencidos” (p. 41).
Gómez Calvo no se dedica exclusivamente a “contar muertos”, entre otras cosas porque la represión franquista no se limitó a las ejecuciones. Según el autor de Matar, purgar, sanar, existió un relativamente amplio repertorio de medidas punitivas que no siempre traían aparejada la muerte del considerado como enemigo. Con el paso de los meses, la represión evolucionó desde los asesinatos extrajudiciales (la “justicia en caliente”) a la judicialización, pasando por multas, destierros y procesos de depuración profesional. La mutación de los castigos respondió a diversos factores que aquí me limito a enumerar, pero que el autor trata con detalle: el contexto (tanto externo como interno), la arbitrariedad de algunos de los sujetos implicados, las conveniencias sociales, las necesidades del ejército sublevado o la política de las nuevas autoridades que habían sustituido a las legalmente constituidas.
Los ajustes de cuentas del franquismo tampoco afectaron por igual a todos aquellos alaveses a los que los vencedores tenían como adversarios. Los republicanos sufrieron una dura represión económica y física. Esta última también afectó al movimiento obrero: muchos socialistas y, sobre todo, comunistas y anarquistas, fueron encarcelados y/o ejecutados. Debido a su conservadurismo y catolicismo, el trato que recibieron los nacionalistas vascos fue relativamente más benigno que el reservado a los vascos de izquierdas. “Sólo un militante del PNV, partido que representaba electoralmente al 20 por 100 de la población alavesa a la altura de 1936, fue asesinado por orden directa del mando militar. Las “raíces del Mal” las encarnaban quienes alteraban el orden y no quienes tenían tantos motivos para abrazar la causa de los sublevados como para rechazarla: los nacionalistas vascos. Por eso nunca convino al régimen tratar a los nacionalistas de la misma manera que a los militantes de los partidos que componían el Frente Popular” (p. 322). Ahora bien, la persecución económica en forma de multas, incautación de bienes y sanciones impuestas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas se cebó especialmente en los jeltzales, quienes fueron obligados a pagar en mayor medida que el resto de expedientados.
Gómez Calvo esquiva hábilmente trampas en las que otros trabajos sobre la represión franquista han caído: la justificación, minimización o relativización de las medidas punitivas de los sublevados; las simplificaciones, los maniqueísmos o el presentismo; la utilización de la historia (o la memoria) como arma política; y, por último, “los libros en los que se explica con minuciosidad de forense y recreación sensacionalista en el detalle (…), en los que no se ahorra en la descripción de los pormenores de cada crimen, pero sin ninguna vocación interpretativa” (p. 24). Tal y como afirma Antonio Rivera, el autor vuelve “a los principios de nuestra profesión: explicar el porqué de las cosas (…) atendiendo a sus contextos espaciales y temporales” (p. 15). Sin dobles intenciones. No es tarea sencilla, sobre todo en un tema tan espinoso como este. No obstante, el autor lo logra con creces, ya que Matar, purgar, sanar es un libro de historia honesto, serio, riguroso y bien documentado: en síntesis, una obra académica. Sin embargo, Javier Gómez demuestra que el método científico no tiene por qué estar reñido con un estilo literario atractivo. Resultará una lectura amena no solo a los especialistas, sino también a un público bastante más amplio. Matar, purgar, sanar combina, por tanto, la divulgación de unos contenidos imprescindibles para conocer la Guerra Civil y la posguerra en el País Vasco con el placer de la lectura.
Fuente: Spagna Contemporanea, nº 45, 2014.
1Pedro BARRUSO BARES (2005): Violencia política y represión en Guipúzcoa durante la guerra civil y el primer franquismo (1936-1945), San Sebastián, Hiria; y «La represión en las zonas republicana y franquista del País Vasco durante la Guerra Civil», Historia Contemporánea, nº 35, 2007, p. 653-681. Véase también Francisco ESPINOSA MAESTRE: «Sobre la represión en el País Vasco», Historia Social, nº 63, 2009, p. 59-75. Puede consultarse una versión revisada y mejorada de este último artículo en <http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2914416>
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Martín Alonso: «La sinécdoque y el hijo del panadero», El Correo, 16-XII-2014
El hijo del panadero de esta historia es Jordi Solé Tura, que nos dejó hace ahora cinco años, y la sinécdoque, el proceso de etnodiálisis de la sociedad catalana que él columbró y sufrió, también, por entreverlo.
Òmnium Cultural (OC) es con Assemblea Nacional Catalana el motor de las movilizaciones que han servido al presidente Mas para enfrentar la legitimidad democrática a la legalidad. En el argumentario de estas organizaciones se solapan dos piezas: la falta de respuesta del Estado a las reivindicaciones de los auténticos catalanes y la magnitud y persistencia de los agravios y humillaciones de que se sienten víctima. Un argumento, este último, que para simplificar llamaría el victimismo de palacio, porque es compartido por el Palau Dalmases, sede de Òmnium, el de la Generalitat, y por la crema del Palau de la Música, por cuyo pianissimo saqueo ejecutado por un hijo ilustre de uno de los fundadores de Òmnium está embargada la sede de CDC.
La historia empieza con los fets del Palau, el de la Música, en mayo de 1960. Unas octavillas contra Franco le valieron a Pujol tres años de cárcel y le reportaron la vitola de mártir que se mutó en teflón invulnerable cuando se destapó el caso Banca Catalana. Pujol tildó la querella de ataque contra Cataluña y pronunció aquellas frases tristemente memorables: «En adelante, de ética y moral hablaremos nosotros», y «hemos de hacer entender que con Cataluña no se juega». Concitaron un aplauso transversal que preludiaba la unión sagrada. Jordi Solé Tura enturbió la fiesta con un artículo impecable que le acarreó el estigma de traidor: ‘El respeto a Pujol y la querella contra Banca Catalana’ (El País, 22/05/1984). Unas frases: «Pero quizá lo más preocupante es el fondo político de esa gran conmoción en Cataluña. Hay que decir claramente que la presentación de la querella ha sido instrumentalizada por los dirigentes de CiU. Está claro que en Cataluña el asunto de la querella se quiere utilizar para unificar todo el nacionalismo catalán en torno a la figura de Jordi Pujol con mecanismos plebiscitarios… Pero hay más. Con este planteamiento se pretende también transformar la cuestión nacional en una línea divisoria entre la derecha y la izquierda… De prosperar esta operación política, las fuerzas de izquierda se pueden encontrar ante una alternativa diabólica: o solidarizarse con Pujol para preservar su sello de catalanidad, o enfrentarse a él y aparecer como la prolongación dentro de Cataluña del adversario exterior, es decir, del centralismo anticatalán. […] Creo sinceramente que por este camino vamos a la catástrofe». Juzgue el lector.
Solé Tura era siete años después ministro de Cultura. En Madrid. Como tal había recibido al presidente de OC y discutido con él un plan para la difusión de la cultura catalana por España. Y quiso apoyar con su presencia la entrega de premios literarios que organiza OC. Se le vetó. Los hechos se conocieron días más tarde coincidiendo con la firma de un convenio de su ministerio para hacer frente al déficit del Liceu y el Museu Nacional d’Art. El presidente de OC, Josep Millás, se sobreexplicó: «La Nit de Santa Llúcia es una fiesta tradicional nuestra y elegimos a quien queremos. Ya no estamos en el siglo XVIII, cuando el Rey podía ir a todas las fiestas sin haber sido invitado» (La Vanguardia y E1 País 7/12/1991). La Generalitat se negó a comentar el hecho. Dos puntadas a retener: la definición sinecdoquial de un ‘nosotros’ en el que no cabe un Solé Tura convertido en enemigo interior por su posición ante la corrupción de Banca Catalana y, ay, por haber puesto en solfa a un mito como Prat de la Riba. Y para el argumento de Versalles: Millás, fundador de CDC (carné número 146) era miembro del consejo de administración de La Caixa mientras negaba el saludo al hijo de un panadero de pueblo, quien, para cuestión de omniculturalidad, había traducido al catalán los volúmenes de la History of Western Philosophy de Bertrand Russell y ejercido como decano de la Facultad de Derecho. La colusión de la cuestión identitaria con la estratificacional.
Millás afirmó en su toma de posesión: «Hay que acercar la cultura al pueblo. A los intelectuales ya los tenemos concienciados» (La Vanguardia, 21/03/1986). Tanto lo estaban que el veto de mediados de diciembre de 1991 no tuvo apenas eco y se replicó semanas después cuando en la entrega del Nadal fue postergado en el protocolo; Andreu Teixidor, director de Destino, declaró irrelevante el asunto aduciendo que se trataba de una fiesta absolutamente privada. Tradición nuestra, cultura privada, acceso restringido. La sinécdoque.
Jordi Solé Tura, que –no como otros hoy tan aplaudidos en la casa grande– había acometido la revisión de los mitos soviéticos, lo vio claro: «La Generalitat cree que algunos ministerios, y en especial el de Cultura, no pueden intervenir en Cataluña, sin pasar por su cedazo. El nacionalismo sigue fiel a una de sus características, la necesidad de tener enemigos. Reales, como en el caso de la dictadura, o inventados» (El País, 13/01/1992).
Cuando fue relevado Millás en 2002, se le afearon sus excesos personalistas, pero sólo en relación con los de casa. Le sucedió Jordi Porta y este cedió el mando en 2010 a Muriel Casals, ex-PSUC, como Solé Tura. Hoy OC tiene un papel estelar y marca la agenda política predicando el dogma del apoyo popular y el clamor de la calle. Casals fue elegida por el 3 % de los socios (votaron 674 de los 21.000, 630 a favor). Aquella anécdota sinecdoquial de hace 23 diciembres –Òmnium sinecdoquial, el oxímoron justo– que exhibe las fracturas dentro-fuera para encubrir las de dentro, es la antítesis de la levadura que necesita la vida colectiva. El calendario de OC de este año ha dedicado el mes de septiembre al gremi de flequers i forners, los de 1714. Santa Lucía es la patrona de la vista.
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Martín Alonso: «La sociedad vasca, el “proceso de paz” y el “tercer espacio”»
Interesante artículo de Martín Alonso en la revista Pueblos, que puedeen leer aquí.
Reseña de la biografía del lehendakari José Antonio Aguirre en «El Cultural» (El Mundo)
Pueden descargarla aquí.
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Recensión de «Historia de Euskadiko Ezkerra» en la revista «El Viejo Topo»
La pueden leer aquí.
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¿Existen las culturas «auténticas»?
«Todavía hablamos mucho de culturas «auténticas», pero si por «auténtico» queremos decir algo que se desarrolló de forma independiente, y que consiste en tradiciones locales antiguas, libres de influencias externas, entonces no quedan en la Tierra culturas auténticas. A lo largo de los últimos siglos, todas las culturas cambiaron hasta hacerse prácticamente irreconocibles por un aluvión de influencias globales.
Uno de los ejemplos más interesantes de esta globalización es la cocina «étnica». Es un restaurante italiano esperamos encontrar espaguetis con salsa de tomate; en restaurantes polacos e irlandeses, gran cantidad de patatas; en un restaurante argentino podemos elegir entre decenas de tipos de filetes de buey; en un restaurante indio añaden guindillas picantes prácticamente a todo, y la consumición típica de cualquier café suizo es chocolate espeso y caliente bajo unos Alpes de nata montada. Pero ninguno de estos alimentos es autóctono de estos países. Los tomates, las guindillas picantes y el cacao son de origen mexicano, y no llegaron a Europa y Asia hasta después de la conquista de México por los españoles. Julio César y Dante Alighieri nunca hicieron girar espaguetis bañados en tomate en su tenedor (ni los tenedores se habían inventado todavía), Guillermo Tell nunca probó el chocolate y Buda nunca sazonó su comida con guindilla. Las patatas llegaron a Polonia e Irlanda hace apenas 400 años. El único filete que se podía obtener en Argentina en 1492 era de una llama».
Yuval Noah Harari: De animales a dioses. Breve historia de la humanidad.
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De las hazañas bélicas a la lucha política
Luis Roca ha reseñado Héroes, heterodoxos y traidores en Rebelion.org.
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