Interesante artículo de Borja de Riquer i Permanyer en La Vanguardia
PS: La web de la Federación Estatal de Foros por la Memoria reproduce esta reseña que escribí en «Historia del Presente» sobre la última obra de José M. Roca
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Hoy me publican este relato ambientado en la vil Guerra Civil
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KAS, Koordinadora Abertzale Sozialista (Coordinadora Patriota Socialista), procedía de un «comité coyuntural» creado en el verano de 1975 por ELI, Eusko Langile Indarra (Fuerza Trabajadora Vasca), un efímero grupúsculo de Rentería, para organizar la campaña contra las ejecuciones de Txiki y Otaegi. Tras constatar las posibilidades que brindaban esos encuentros, se decidió consolidar la relación. KAS estaba formado por tres miembros de pleno derecho: LAIA, Langile Abertzale Iraultzaileen Alderdia (Partido de los Trabajadores Patriotas Revolucionarios), EHAS, Euskal Herriko Alderdi Sozialista (Partido Socialista de Euskal Herria), y ETA político-militar. Además, contaba con algunos miembros consultivos (con voz, pero sin voto): los sindicatos LAB y LAK. Posteriormente EIA, Euskal Iraultzarako Alderdia (Partido para la Revolución Vasca), se unió a los primeros y a los segundos se sumó ASK, Abertzale Sozialista Komiteak (Comités Patriotas Socialistas). El estatus de ETA militar no estaba tan claro. Aunque, en consonancia con la marginación de la actividad política que había anunciado en 1974, oficialmente se conformaba con dar su apoyo externo, lo cierto es que los delegados milis participaban activamente en muchas de las reuniones de KAS y su influencia, como queda bien reflejado en las actas, era más que notable. Al fin y al cabo, todos coincidían en que el liderazgo carismático de la «izquierda abertzale» correspondía legítimamente a ETA. Bien es cierto que esta se hallaba dividida en dos ramas, pero para LAIA y EHAS sus preferencias estaban bastante claras: mientras que ETAm les cedía la arena política, ETApm no hacía lo propio. En cualquier caso, ni unos ni otros fueron capaces de consensuar las funciones de KAS. Para LAIA y ETAm la coordinadora debía convertirse en un órgano soberano con la atribución de marcar la estrategia de todo el nacionalismo radical. En cambio para ETApm únicamente se trataba de un foro de discusión cuyas decisiones no eran vinculantes. Reflejando la correlación de fuerzas del momento, la propuesta de los polimilis acabó imponiéndose: KAS se definió en agosto de 1975 como una «coordinadora consultiva preferente para la acción» y una «mesa permanente de debate1.
Un año después, el 18 de agosto de 1976, se formalizó con la firma de un manifiesto, basado en un borrador que había presentado ETApm. Se expuso por primera vez un documento que posteriormente iba a tener un largo recorrido, muy ligado a la trayectoria de ETAm, aunque por aquel entonces no se le dio excesiva importancia. Se trataba de la denominada «Alternativa KAS», el programa táctico de la coordinadora para «Euskadi sur», que recogía las condiciones mínimas que se exigían al Gobierno para dar por válida la Transición: libertades democráticas, amnistía, disolución de los «cuerpos represivos», reconocimiento del derecho de autodeterminación, autonomía provisional, bilingüismo y mejora de condiciones laborales y de vida de los trabajadores2.
Antes, en diciembre de 1975, cuando las críticas del resto de grupos a algunos de sus últimos atentados se hicieron públicas, ETApm había hecho una primera valoración de KAS: «Ya es hora», se quejaban los polimilis, «de decir claramente que la izquierda abertzale no está a la altura de sus responsabilidades frente a Euskadi», porque «constituye un mosaico de tendencias», que son «tan diferentes» que «resulta imposible aglutinarlas tras unos objetivos comunes». La desilusión de ETApm estaba justificada. En palabras de Jon Idigoras, «el trauma de las escisiones y las diferencias personales brotaban muchas veces en las reuniones, hasta el punto de que las discusiones terminaban en un monumental escándalo de gritos». Según Natxo Arregi, líder de EHAS, los encuentros consistían en «eternas y estériles discusiones entre ETAm, ETApm y LAIA, no precisamente sobre la política a seguir, pues se derivaba así como casi siempre a culpas pasadas que unos y otros se imputaban y echaban a la cara». Durante sus tormentosos dos primeros años de vida, lejos de convertirse en la alianza estratégica del nacionalismo radical, KAS consistió en una serie de tormentosos encuentros entre organizaciones y partidos enfrentados por las heridas del pasado, las rivalidades del presente y los divergentes proyectos para el futuro. De hecho, KAS no funcionó con efectividad hasta que, tras la expulsión de ETApm y EIA en 1977 y de LAIA en 1979, ETAm consiguió tomar el control absoluto3.
Bibliografía
ARREGI, Natxo (1981): Memorias del KAS (1975-1978). San Sebastián: Hordago.
CASANELLAS, Pau (2014): Morir matando. El franquismo ante la práctica armada, 1968-1977. Madrid: Los Libros de la Catarata.
CASTRO, Raúl (1998): Juan María Bandrés. Memorias para la paz. Madrid: Hijos de Muley-Rubio.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y LÓPEZ ROMO, Raúl (2012): Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos.
IDIGORAS, Jon (2000): El hijo de Juanita Gerrikabeitia. Tafalla: Txalaparta.
JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Juan Carlos y LÓPEZ ADAN, Emilio (1989): Organizaciones, sindicatos y partidos políticos ante la Transición: Euskadi 1976. San Sebastián: Eusko Ikaskuntza.
LETAMENDIA, Francisco (1994): Historia del nacionalismo vasco y de ETA. San Sebastián: R&B. 3 vols.
SULLIVAN, John (1988): El nacionalismo vasco radical, 1959-1986. Madrid: Alianza.
1 «Nota a KAS» y «Comunicado de fundación del KAS», 1-VIII-1975, en Hordago (1979, vol. XVII: 482 y 483). Las distintas propuestas sobre KAS en Hordago (1979, vol. XVII: 507-515) y Sugarra, nº 3, IV-1976. Hay constancia de que dos pequeños colectivos no vinculados a ETA pidieron la entrada en KAS: EKAB como miembro y ESEI como observador. Ambos fueron rechazados, como se puede ver en Arregi, las actas de la dirección de EHAS, XI-1976, y Asteroko, nº 2, 1977. Por otra parte, a pesar de la victoria inicial de ETApm, se mantuvieron las diferentes concepciones de la función de KAS, lo que salió a la luz en la primera mitad de 1977. Así, para EIA, KAS era «una coordinadora y nada más que una coordinadora de partidos de la Izquierda Abertzale (…) que quedan totalmente libres para tomar las decisiones que mejor crean que se ajustan a las necesidades del pueblo» («EIA ante las elecciones», 1977). Pero, para el resto de esa misma «izquierda abertzale» KAS era un órgano decisorio al que, por tanto, EIA debía someterse («Acta de KAS», 12-XI-1976).
2 «Manifiesto y alternativa del KAS», 18-VIII-1976. Según Juan Mari Bandrés, el documento fue improvisado por algunos polimilis (ebrios) el día anterior a su aprobación. La alternativa provocó la ruptura de LAIA. Un sector la firmó y pasó a denominarse LAIA bai (LAIA sí), luego simplemente LAIA, mientras que el otro, LAIA ez (LAIA no), se negó a hacerlo por considerar que era un programa asumible por la burguesía y abandonó la coordinadora. Algunos de sus miembros acabaron en los CAA.
3 Hautsi, nº 8, XII-1975.
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Son entrevistados en el reportaje mi amigo Raúl López Romo y el abogado y exparlamentario de EE Javier Olaverri
-José María Ortiz de Orruño/José Antonio Pérez (coords.), Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo. Madrid: Los Libros de la Catarata 2013.
-Martín Alonso (coord.), El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática. Bilbao: Bakeaz 2012.
-Galo Bilbao/Francisco Javier Merino/Izaskun Sáez de la Fuente, Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética. Bilbao: Bakeaz 2013.
Ignorada por un creciente sector de la ciudadanía vasca, aislada internacionalmente, cercada por las fuerzas policiales y con su brazo político estrangulado por la Ley de Partidos, el 20 de octubre de 2011 ETA, Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad), anunció el “cese definitivo de su actividad armada”: desistía de continuar protagonizando la tragedia que durante 52 años ha asolado España y cuya consecuencia más visible han sido sus alrededor de 850 víctimas mortales. La disolución de la banda todavía no se ha materializado, mas todo parece indicar que se trata de un paso irreversible. Tarde o temprano este tipo de terrorismo desaparecerá definitivamente de escena, dejando de ocupar las portadas de los diarios y el discurso de los políticos. Entonces ETA no será más que un recuerdo, pero ¿qué tipo de recuerdo exactamente?
En un escenario adverso para la democracia parlamentaria (crisis económica, alto índice de paro, descrédito de los partidos y las instituciones, etc.), el fin de la violencia etarra ha colocado a la ciudadanía vasca ante una compleja disyuntiva, la de qué hacer con su pasado. Se distinguen, como poco, tres salidas a tal encrucijada. En primer lugar, una tentadora amnesia colectiva, que se resume en una conocida metáfora: pasar página cuanto antes, sin haberla leído primero. El olvido supone repetir aquel gesto cobarde que caracterizó a una parte de los vascos y navarros mientras algunos de sus conciudadanos eran perseguidos y asesinados durante los “años de plomo”: mirar hacia otro lado, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.
El segundo camino pasa por la asunción acrítica de la narrativa del “conflicto vasco”, cuyo argumento central consiste en que los (invasores) españoles y los (invadidos) vascos llevan siglos sosteniendo una intermitente guerra étnica de la que ETA sería la última manifestación. Tal relato se presenta en dos variantes. Por un lado, la versión dura, que está en los cimientos intelectuales del terrorismo etarra y que lleva años propagándose desde el entorno cultural de la “izquierda abertzale” (patriota), que ha logrado extenderla a determinados ambientes a nivel internacional. Por otro lado, la versión blanda: la ambigua equidistancia entre “todas las violencias” (la de ETA y la del Estado) simétricas e igualmente responsables del drama, teoría que, utilizando el término de Martín Alonso, han promocionado organizaciones “etnopacifistas”1 como Elkarri, Lokarri y Baketik y luego han hecho suya el PNV, Partido Nacionalista Vasco, y el lehendakari (presidente) Iñigo Urkullu al colocar a Jonan Fernández al frente del área de Paz y Convivencia del Gobierno vasco.
La tercera alternativa es hacer un (eventualmente doloroso, pero cauterizador) examen crítico de nuestro pasado reciente. Para lograrlo, entre otras cosas, es indispensable divulgar lo máximo posible los trabajos que al respecto elaboran los historiadores y otros científicos sociales. Gracias a su seriedad, rigor y método, están entre los mejor capacitados profesionalmente para contar a la sociedad vasca las verdades incómodas, evitando que estas queden sepultadas por una visión del pasado sesgada y parcial: la ya mencionada narrativa del “conflicto vasco”. En tal sentido, durante el último lustro se han publicado bastantes obras de calidad referentes a ETA y sus secuelas, aunque la mayoría no han tenido la repercusión mediática que se merecen. En esta recensión nos centraremos en tres de las últimas y más interesantes novedades editoriales.2
Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo (2013) es una obra coordinada por José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez que recoge las actas de un simposio organizado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda en junio de 2012. La introducción se abre con interrogantes sobre el futuro del País Vasco como los que siguen: “¿Se hablará de terrorismo, de su retórica y del sufrimiento de las víctimas o se vindicará el nombre de los victimarios y se les exculpará del daño causado en aras de la construcción nacional”. Por otra parte, “¿de qué lado se pondrá la historia? Es más, ¿se recurrirá a la historia para dar cuenta del pasado reciente?” (p. 7) Este libro no pretende resolver tales dudas, pues únicamente el tiempo lo hará, pero sí nos brinda una valiosa orientación basada en experiencias relativamente similares a la de Euskadi, lugares que, a lo largo de todo el planeta, también han sufrido los traumas provocados por la violencia armada y el cambiante recuerdo a ella asociado. El objetivo de Construyendo memorias es, pues, dar a conocer desde una perspectiva multidiscplinar (sociología, ciencias políticas, filosofía e historia) “cómo han sido los combates por la memoria librados en otras partes. En concreto, (…) los contextos, los promotores, las estrategias y los resultados con la intención de trasladas las enseñanzas obtenidas a la realidad vasca” (p. 9). De tal manera, en sus páginas se realiza un estudio comparado de casos que arroja luz sobre lo que ocurre y puede llegar a ocurrir en un futuro cercano con la memoria y la historia del terrorismo en el País Vasco.
En el primero de los capítulos de Construyendo memorias Reyes Mate indaga en la relación entre la brutalidad y la deshumanización durante el siglo XX, apostando por la centralidad de las víctimas sobre las que se ha construido la historia. Más adelante Elisabeth Jelin reflexiona sobre la conflictividad y las dictaduras militares que ha sufrido América Latina y las disputas por la memoria que se han entablado en las posteriores etapas democráticas. En el tercer epígrafe José María Faraldo analiza las diferentes y divergentes relatos que tras el final de la II Guerra Mundial se han ido imponiendo desde el poder en Polonia, uno de los países de Europa con un pasado reciente más convulso. En el cuarto, Carmen Magallón se centra en las mujeres como sujeto colectivo, así como en su experiencia como objeto de abusos contrarios a los derechos humanos. El quinto apartado, escrito por Eduardo González Calleja, trata sobre la Lost Cause, la nostalgia por la derrota sudista en la Guerra de secesión de los EEUU, su mutación y su instrumentalización política. Rogelio Alonso nos muestra las consecuencias del fin del terrorismo en Irlanda del Norte: la impunidad (jurídica, pero también moral) de los victimarios, la amnesia para con las víctimas, la perpetuación de una subcultura del odio sectario… De este caso extrae dicho autor una lección para el País Vasco: si se quieren evitar los errores cometidos en el Ulster, deslegitimar el terrorismo debe ser una prioridad absoluta. En el séptimo capítulo Santos Juliá examina la incompatibilidad entre memoria, historia y política en referencia al pasado reciente de España, destacando los usos espurios de las dos primeras por parte de la tercera. Luis Castells dedica el octavo epígrafe a deliberar acerca de la escritura de la historia del terrorismo en el País Vasco, haciendo una serie de propuestas metodológicas: disociar la investigación de la gestión pública de la memoria, sustituir el recuerdo del pasado por la de su examen y priorizar la búsqueda de la verdad sin que de ello se colija esquivar el compromiso cívico. Ander Gurrutxaga escribe sobre los lugares de memoria insertos en las particulares circunstancias de Euskadi. El último apartado consiste en un breve epílogo de Juan Pablo Fusi en el que enfoca a ETA como problema histórico pero también moral que exige “una historiografía plenamente independiente, una historiografía crítica, ajena a las exigencias emocionales del nacionalismo” (pp. 276-277).
Al compartir hasta cierto punto temática y enfoque, Construyendo memorias encuentra su complemento natural en El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática, obra colectiva coordinada por Martín Alonso. Al igual que la anterior, recoge las actas de un seminario celebrado en 2012, organizado esta vez por la Fundación Fernando Buesa, la Fundación de Víctimas del Terrorismo y Bakeaz. Esta última, que también editó el libro, era una ONG que desde 1992 venía ejerciendo una excelente labor en el campo de la investigación y reflexión sobre pacifismo, derechos humanos y medio ambiente en el País Vasco. La falta de financiación ha obligado a cerrar Bakeaz en 2013, todo un (preocupante) síntoma de las prioridades de las instituciones públicas.
Volviendo a las páginas de El lugar de la memoria, hay que señalar dos bloques temáticos. Por un lado, los capítulos iniciales y finales del libro, que constituyen profundas y lúcidas reflexiones teóricas. En el primero, el prólogo, Martín Alonso aborda las nociones esenciales para adentrarnos en el complejo y controvertido debate sobre violencia, memoria y víctimas, al que regresa en el anteúltimo apartado, dedicado a las “Controversias en torno a la pedagogía política de le memoria democrática”. En el segundo, Xabier Etxeberria delimita el marco de referencia ético-filosófico de la construcción de un centro de memoria desde la perspectiva de la centralidad de las víctimas. Dado que, al igual que en Construyendo memorias, se han escogido situaciones con cierto grado de paralelismo con el fenómeno terrorista que ha sufrido el País Vasco, de las conclusiones de esta obra, recogidas por el propio Alonso, se derivan enseñanzas muy útiles para el asunto que nos ocupa. Los poderes públicos deberían tomarlas muy en cuenta si, atendiendo a las demandas de verdad, justicia y reparación, se plantean la creación de alguna especie de memorial sobre el drama acontecido en Euskadi.
La segunda parte del libro es un análisis comparado de diferentes lugares de memoria erigidos para dar testimonio de lo ocurrido, reconocer a las víctimas de la violencia política y, por medio de una metodología pedagógica, evitar la repetición de la barbarie. Pese a los muy diferentes contextos y formatos, las experiencias que se compendian en la presente obra no son más que las respuestas que distintas sociedades han dado a las mismas preguntas. ¿Cómo enfrentarse a un pasado oscuro? ¿Qué recordar? ¿Qué olvidar? ¿Quién lo debe hacer? ¿Cómo materializar esa memoria? ¿Para qué? ¿Para quiénes? ¿Qué escollos se han de evitar? No hay espacio para profundizar en ellos, pero merece la pena nombrar lo estudios de caso y sus autores. Eduardo Jozami escribe sobre el Centro Cultural de la Memoria Haraldo Conti de Buenos Aires. Ekaterina Abzalova nos guía por el Centro Conmemorativo de la Historia de la Represión Política “Perm-36”, un gulag soviético cerca de los Urales. Ricardo Brodsky relata la experiencia del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago de Chile. Con Nataša Joviĉić nos adentramos en el Museo Conmemorativo de Jasenovac, un campo de exterminio nazi que funcionó en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. Guido Vaglio nos acerca al Museo Extendido de la Resistencia, la Deportación, la Guerra, los Derechos y la Libertad de Turín. Y, por último, Montserrat Iniesta da cuenta de la configuración del Memorial Democrático de Cataluña.
Como El lugar de la memoria, nuestro siguiente libro fue editado de forma póstuma por la extinta Bakeaz. Se trata de Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, cuya autoría corresponde a Francisco Javier Merino, Izaskun Sáez de la Fuente y Galo Bilbao, con Josu Ugarte como prologuista. Al contrario que las otras dos obras, esta no versa sobre la memoria de la violencia, sino sobre una importante organización que durante más de dos décadas y media ha impulsado en las calles del País Vasco las protestas populares contra los atentados terroristas de ETA, así como contra cualquier otra forma de violencia política: Gesto por la Paz de Euskal Herria3, nacida en 1986 gracias a la inquietud de un sector de la ciudadanía que se movía en ciertos ambientes cristianos y/o de izquierdas, y disuelta en 2013 al considerar sus promotores que había terminado la razón de su existencia, o sea, que estaba próximo el fin de la banda etarra.
Francisco Javier Merino se ha ocupado de indagar en las líneas maestras de la historia de Gesto por la Paz: sus antecedentes (como las pioneras movilizaciones pacifistas del Partido Comunista de Euskadi en 1977), el contexto histórico en el que se generó este movimiento, su progresiva consolidación hasta 1992, su eclosión a partir de tal fecha, con las movilizaciones de masas contra los secuestros llevados a cabo por ETA, la pérdida de visibilidad que sufrió en la crispada etapa del lehendakari Juan José Ibarretxe, etc. Izaskun Sáez de la Fuente, responsable del proyecto de investigación que dio pie a Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, firma dos capítulos. En uno de ellos analiza el discurso ético-político de Gesto por la Paz, su evolución y adaptación, así como sus límites y ambigüedades. En el otro estudia el papel protagonista que ha jugado esta organización para sensibilizar a la ciudadanía de la existencia de la violencia de persecución que el nacionalismo radical ha ejercido contra sus adversarios políticos y determinados colectivos profesionales en el País Vasco. Se trataba de un drama que, a pesar de estar extendido y ser fenómeno cotidiano, se mantenía oculto, siendo sus víctimas ignoradas. Por último, Galo Bilbao medita sobre el particular universo conceptual y moral de Gesto por la Paz, lo que nos permite comprender las actuaciones de sus miembros, su posicionamiento y su compromiso.
Con el mismo espíritu multidisciplinar, idéntica rigurosidad y un único hilo conductor, el de la memoria y la desmemoria de la violencia terrorista que ha infectado el País Vasco, los tres títulos reseñados son una muestra de lo que la historiografía y las ciencias sociales son capaces de aportar a la sociedad en un momento en el que, como ahora, se debate en la disyuntiva de cómo cerrar las heridas y qué hacer con su espinoso pasado. Todos estos libros resultan útiles: nos dan pistas sobre el camino más idóneo y nos advierten sobre aquellos que deberíamos evitar. Escucharlos o no está en manos de los ciudadanos y sus representantes políticos, siempre y cuando antes les haya llegado el mensaje, lo que, por desgracia, no es tan común. He aquí el nudo gordiano: la divulgación. Cierro, pues, con las palabras que Luis Castells le dedica al asunto en su epígrafe de Construyendo memorias advirtiendo de:
la ausencia de una fluida comunicación entre la producción historiográfica académica y la opinión pública, que de modo notorio en el País Vasco circulan por caminos distintos. De este modo, si con respecto a la consideración de lo que ha significado el terrorismo la interpretación historiográfica es abrumadora y demoledoramente crítica, en cambio, en la ciudadanía en general no ocurre otro tanto (…). Es una cuestión cada vez más relevante, y que en el caso de Euskadi se refleja dramáticamente en el divorcio entre el conocimiento histórico generado desde la academia, y esa suerte de vulgata de nuestro pasado, sesgada y sin ningún rigor, pero que no es óbice para que tenga una gran inserción social (p. 237).
Fuente: Iberoamericana, nº 54, 2014.
1 Martín Alonso, “La razón desposeída de la víctima. La violencia en el País Vasco al hilo de Jean Améry”, Escuela de Paz, nº 18, 2009.
2 Jesús Casquete, En el nombre de Euskal Herria. La religión política del nacionalismo vasco radical. Madrid: Tecnos 2009. Raúl López Romo, Años en claroscuro. Nuevos movimientos sociales y democratización en Euskadi, 1975-1980. Bilbao: UPV-EHU 2011. Raúl López Romo, Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemóniz como símbolo de la Transición vasca. Bilbao: Fundación Euskadi 2012 2012. Santiago de Pablo et al. (coords.), Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco. Madrid: Tecnos 2012. Gaizka Fernández Soldevilla y Raúl López Romo, Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos 2012. Fernando Molina, Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria. Madrid: Siglo XXI 2012. Gaizka Fernández Soldevilla, Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos 2013. Fernando Molina y José Antonio Pérez (eds.), El peso de la identidad: mitos y ritos de la historia vasca. 2014, en preparación. Véase también el monográfico coordinado por Fernando Molina en Cuadernos de Historia Contemporánea, nº 35, 2013.
3 Sobre esta asociación existe otra obra reciente: Ana Rosa Gómez Moral, Un gesto que hizo sonar el silencio. Bilbao: Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria 2013.