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GFS: “El primer “mártir” de ETA”, El Correo, 7-VI-2020

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El 7 de junio de 1968 el guardia civil de Tráfico José Antonio Pardines detuvo en Aduna el automóvil en el que viajaban Txabi Echebarrieta e Iñaki Sarasketa. Se trataba de un control rutinario. El agente les pidió la documentación, comprobó que los datos no coincidían y lo dijo en voz alta. Inmediatamente recibió cinco tiros. Fue la primera víctima mortal de ETA.

Los asesinos se refugiaron en casa de un colaborador de Tolosa. Dos horas después le pidieron que se los llevara de allí en su coche. No fueron lejos. Una pareja de la Benemérita paró el Seat 600 en Benta-Haundi y cacheó a sus ocupantes. Si bien no encontraron la pistola de Sarasketa, el jefe de la patrulla sí vio el arma de Echebarrieta. El etarra intentó sacarla y el guardia trató de impedirlo. Se enzarzaron en una pelea.

Tras intercambiar varios disparos con el otro funcionario, Sarasketa huyó. Echebarrieta y el jefe de la pareja siguieron luchando en el suelo. El etarra consiguió apretar el gatillo más de una vez. No dio a nadie. El otro agente le golpeó con su pistola en la cabeza y en otras partes del cuerpo, conminándole a entregarse, pero Echebarrieta volvió a hacer fuego. Entonces los guardias civiles le dispararon. Y acertaron.

Aún si descartamos las declaraciones de los funcionarios, las pruebas demuestran que en Benta-Haundi se desató un tiroteo en el que participaron los dos etarras y los dos agentes. En aquel lugar se encontraron cinco casquillos de bala de la pistola de Echebarrieta, cuatro de la de Sarasketa y otros cuatro de las armas reglamentarias de los motoristas de la Agrupación de Tráfico. En total, trece vainas.

Echebarrieta había quedado gravemente herido, pero aún fue capaz de contestar a uno de los guardias: “Déjeme, me estoy muriendo, yo no he hecho nada, búsqueme a un cura”. Pidió confesión “varias veces” y luego se calló. El jefe de la patrulla paró un coche y en él trasladaron al etarra a la clínica de San Cosme y San Damián de Tolosa. Fue atendido por un médico, que no pudo hacer nada por su vida. Falleció “a los 10 minutos de ingresar”.

El 9 de junio dos facultativos de aquella localidad realizaron la autopsia de Echebarrieta. El informe forense indica que el cadáver tenía diferentes lesiones, entre ellas una en la cabeza, y dos heridas de arma de fuego. Había un impacto de bala en “el quinto espacio intercostal derecho con salida en región parte alta de región interescapular”, entre los omóplatos. Se localizó otro “orificio de entrada en parte alta de región interescapular”, aunque sin salida.

Dos días después ETA empezó a repartir pasquines sobre lo ocurrido. Su única fuente de información era la prensa franquista, que daba una versión de los hechos contraproducente para sus intereses. Así pues, los etarras decidieron corregir las noticias para que fuesen patrióticamente correctas y salvaguardasen la memoria de su líder.

En algunas publicaciones se borró a Pardines de la historia. En otras se le culpaba de su propia muerte: la habría provocado al atacar a los etarras sin previo aviso, por lo que se habrían visto obligados a actuar en defensa propia. A Pardines no solo se le hurtó la condición de víctima, sino incluso la de ser humano. Nunca se mencionaban su nombre y apellidos, sino que era un “agente imperialista” o un “txakurra”.

En cambio, la propaganda presentó a Echebarrieta como un héroe inmolado por Euskadi. Haciendo un paralelismo con el Ché Guevara, se le nombró el “Primer Mártir de la Revolución”. Debía tener una muerte digna de tal título, así que ETA negó que sus dos integrantes hubiesen disparado en Benta-Haundi: Echebarrieta había sido ejecutado extrajudicialmente. En plena dictadura a un sector de la sociedad le pareció creíble.

Miembros de ETA sin contacto entre sí elaboraron distintos modelos de octavillas. Ninguno sabía lo que había pasado, pero usaron la imaginación. Así, excepto en el “martirio”, diferían en todo lo demás. No obstante, no les preocupaba ni la coherencia ni la verdad. Su misión era otra: crear un “mártir” útil para la causa. Como ha estudiado Jesús Casquete, la memoria de Echebarrieta sería instrumentalizada para captar y movilizar simpatizantes.

Todavía cumple dicha función. Por eso el nacionalismo radical se resiste a renunciar al mito. En un Zuzen de 2004 ETA afirmaba que Echebarrieta había sido “fusilado”. La literatura militante tampoco se sale ni un ápice del guion trazado en 1968. Incluso existe una asociación en homenaje al “primer mártir”.

El sumario es accesible a cualquiera desde hace tiempo. Documentación como esta, tras contrastarla, nos permite elaborar un relato riguroso. La ciudadanía vasca del siglo XXI no necesita fábulas, sino historia. Somos adultos.

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María Jiménez: “La disidencia emergente de ETA: por qué rebrota la violencia callejera”

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Resumen

Desde mediados de mayo, localidades de Navarra y el País Vasco están siendo escenario de un repunte de la violencia callejera, conocida como kale borroka en el contexto del terrorismo de ETA o terrorismo de baja intensidad en ámbitos académicos.[1] Los actos registrados van desde pintadas o quema de contenedores hasta concentraciones, la mayoría no autorizadas, y disturbios, huelgas de hambre y caravanas de protesta. Desde el final de la violencia decretado por la organización terrorista en 2011 no se observaba un repunte tan acusado de este tipo de actos, que superan el medio centenar en menos de un mes. El motivo, aparentemente, es la huelga de hambre de Francisco Ruiz Romero, un preso de ETA condenado por asesinato e interno de la cárcel de Murcia. Detrás de la organización de las protestas está ATA (Amnistia Ta Askatasuna), hoy la entidad más fuerte de la amalgama de siglas que integran la hasta ahora casi durmiente disidencia de ETA.

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ENTREVISTA A MANUEL GALLEGO SOBRE EL CRIMEN DE ATOCHA DE 1977: “AÚN IGNORAMOS EL ORIGEN DE LAS ARMAS Y MUNICIONES EMPLEADAS EN LA MASACRE”

a través de ENTREVISTA A MANUEL GALLEGO SOBRE EL CRIMEN DE ATOCHA DE 1977: “AÚN IGNORAMOS EL ORIGEN DE LAS ARMAS Y MUNICIONES EMPLEADAS EN LA MASACRE”

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23 mayo, 2020 · 17:49

GFS: “La miseria de la filosofía”, El Correo, 9-V-2020

https://pbs.twimg.com/media/EXkC77WWAAIhQHo?format=jpg&name=largeEn 1971 Gisèle Halimi publicó la obra Le procés de Burgos. Llevaba un prólogo de Jean-Paul Sartre, en el que se mezclaba la doctrina de Sabino Arana, el ultranacionalismo de ETA, el antimperialismo, un marxismo sui generis y una combinación de prejuicios e ignorancia. Euskadi era presentada como una colonia conquistada y expoliada por una metrópoli extranjera, la de “los españoles”, que la estaban sometiendo a un genocidio. El filósofo francés abogaba a favor de la independencia y el socialismo por medio de “la lucha armada”, es decir, ETA. No es de extrañar que la organización saludase con alborozo aquel texto. Durante mucho tiempo le serviría para legitimar sus atentados ante el público internacional.

Después de más de 850 víctimas mortales y 2.600 heridos, cabe preguntarse si Sartre era consciente de lo que estaba haciendo. Tal vez podría alegarse que hasta entonces ETA “solo” había cometido tres asesinatos y que lo había hecho en plena dictadura, un régimen represivo e ilegítimo. Sin embargo, este pensador no era un ingenuo: su tendencia a apoyar a quienes empuñaban las armas venía de lejos y las consecuencias jamás le habían importado. Baste recordar que en 1961 ya había prologado Los condenados de la tierra de Frantz Fanon, un libro que influyó crucialmente en la tercera oleada de terrorismo.

Sartre fue el más claro exponente del grupo de intelectuales que desde finales de la II Guerra Mundial mostraron públicamente su fascinación por la violencia política en Francia, aunque la moda se acabó extendiendo a todo Occidente (España incluida). Primero defendieron a Stalin y a las dictaduras de corte soviético. Luego se solidarizaron con movimientos anticoloniales como el argelino Frente de Liberación Nacional. Finalmente aplaudieron los atentados terroristas.

¿Cómo fue posible que artistas, novelistas, ensayistas, periodistas y profesores universitarios, a menudo brillantes, quedaran hechizados por la “lucha armada”​? En primer lugar, los laureles que el Ejército Rojo había obtenido al derrotar al III Reich deslumbraron a un amplio sector de la intelligentsia. El totalitarismo nazi quedó desprestigiado, pero ocurrió lo contrario con el estalinista. Que el fin revolucionario justificaba los medios se convirtió en dogma de fe. El segundo factor que explica el fenómeno fue la extrema polarización ideológica que propició la Guerra Fría. En tal coyuntura, los intelectuales inconformistas que residían en el Bloque soviético debían callar o afrontar el castigo, pero los que vivían en los países occidentales podían pontificar contra el capitalismo y la democracia desde el bienestar que les proporcionaba el primero y la libertad de opinión que les garantizaba la segunda. Además, las matanzas se cometían a una distancia razonable de su hogar. Las víctimas no eran seres humanos con vida, familia, amigos y sueños, sino nombres en el periódico. Por último, gracias a la propaganda, estos pensadores tenían una imagen idealizada de los perpetradores. De cerca, los mitos se hubieran desvanecido. Resulta sintomático que cuando Sartre visitó en la cárcel a los líderes de la banda terrorista alemana RAF se llevó tal decepción que comentó sobre Andreas Baader “¡qué gilipollas, este Baader!”.

El mejor análisis sobre dicho colectivo lo realizó el historiador Tony Judt. En sus palabras, tales autores “admiraban a Stalin no a pesar de sus defectos, sino a causa de ellos. Fue mientras asesinaba a la gente a escala industrial, mientras los ‘juicios-espectáculo’ mostraban la cara más macabra del comunismo soviético, cuando estos hombres y mujeres que estaban fuera del alcance de Stalin se sintieron más seducidos por el hombre y su culto”. Ocurrió lo mismo con todas las violencias por las que se entusiasmaron.

Por supuesto, hubo excepciones. Una de las más notables fue Albert Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, que criticó abiertamente el totalitarismo, se puso al servicio de quienes “padecían” la historia y defendió la vida de cualquier ser humano. Desde su punto de vista, sacrificar a una sola víctima en el altar del progreso no significaba avanzar hacia la utopía, sino justificar nuevas víctimas en el futuro. “En política”, sentenció, “son los medios los que deben justificar el fin”. Sartre nunca se lo perdonó.

Los terroristas fueron los máximos responsables de la tragedia, pero sería simplista considerarlos los únicos responsables. Aunque la sangre no les salpicara, quienes les dieron cobertura intelectual t uvieron un papel clave. Por eso es tan importante comprender los mecanismos que llevan de las palabras de odio a los hechos violentos. Solo así estaremos preparados si regresan sus cantos de sirena.
Fuente original: https://www.elcorreo.com/opinion/miseria-filosofia-20200509220522-nt.html

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Libros de la editorial Tecnos sobre ETA y el nacionalismo vasco

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Ya disponible “Pardines. Cuando ETA empezó a matar” en formato ebook

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Pueden adquirirlo aquí

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Santiago de Pablo: “Más allá de lo invisible”, El Correo y El Diario Vasco, 19-IV-2020.

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