Luis de la Corte ha reseñado mi libro en El Imparcial. Pueden leer su texto aquí.
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El triángulo vasco II. La izquierda obrera en Euskadi hasta la Guerra Civil

Las otras dos culturas políticas del País Vasco, la izquierda y el nacionalismo, aparecieron de forma más tardía, durante la Restauración. Este régimen coincidió con la intensa industrialización que experimentó Vizcaya a finales del siglo XIX. La agricultura tradicional fue sustituida en dicha provincia por un sistema capitalista muy productivo, lo que convirtió al Señorío en una de las zonas más prósperas de toda España. Destacó la minería del hierro y el sector siderometalúrgico, así como la banca y el comercio. La vizcaína se convirtió en una sociedad moderna, de clases, que tenía en su cúspide a una auténtica oligarquía, la alta burguesía políticamente vinculada al liberalismo monárquico. Sin embargo, el resto del País Vasco y de Navarra, con la excepción de determinados enclaves de Guipúzcoa, continuó siendo mayoritariamente rural, agrario y tradicional.
Paralelamente surgió en Vizcaya la clase obrera, nutrida por la primera oleada de inmigrantes que, provenientes del resto de España, dejaron su tierra natal en busca de un puesto de trabajo. Como era común en la época, el proletariado sufría muy malas condiciones de vida y una situación laboral deplorable, con pocos derechos, largas jornadas y escasos salarios. No es de extrañar, por tanto, que el movimiento obrero se extendiese con relativa rapidez desde otras provincias al Señorío, gracias a la actuación de propagandistas como el socialista toledano Facundo Perezagua.
Al contrario que en Cataluña, la otra gran región industrial de España, el anarquismo no llegó a cuajar en el País Vasco. El socialismo se convirtió en la ideología hegemónica entre los trabajadores, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en su partido y la UGT (Unión General de Trabajadores) en su sindicato. Sólo siete años después de la fundación del PSOE (1879), el 11 de julio de 1886, se constituyó la Agrupación socialista de Bilbao. En 1890 el movimiento obrero impulsó la primera gran huelga en Vizcaya, que se saldó también con su primer éxito. Se inició así una etapa de dura conflictividad laboral entre los socialistas, encabezados por Perezagua, y los patronos. Se trataba de la fase inaugural del socialismo, en la que éste destacó por su anticlericalismo, el recurso a la huelga revolucionaria, su aspiración a una sociedad sin clases, su desprecio a las elecciones y su oposición a cualquier acercamiento a los partidos republicanos «burgueses», que contaban con cierta presencia en las zonas urbanas, como ha estudiado Jon Penche.
En las elecciones locales de 1891 el PSOE consiguió cuatro concejales en Bilbao y uno en La Arboleda. Eran los primeros de toda España. En 1898 Pablo Iglesias, líder y fundador del partido socialista y de la UGT, se presentó a diputado por el distrito de Bilbao, obteniendo un 22% de los votos, resultado sorprendente teniendo en cuenta los constantes fraudes electorales que realizaban los partidos dinásticos. En 1900 se constituyó la Federación Socialista de Vizcaya, integrada en el PSOE. En 1901 eran doce los concejales socialistas en la capital del Señorío. En 1911 Indalecio Prieto resultó elegido diputado provincial de Vizcaya en una coalición electoral con los republicanos, que también le permitió ganar un escaño de diputado a Cortes en 1918. En 1920 Rufino Laiseca se convirtió en el primer alcalde socialista de Bilbao. Estos resultados han de enmarcarse en la segunda gran fase del socialismo vasco, iniciada en los años de la I Guerra Mundial (1914-1918), en la que el partido, dirigido por Prieto, moderó sus postulados y adoptó un proyecto democrático, liberal, reformista y no revolucionario, aliándose electoralmente con los republicanos.
Podemos sacar algunas conclusiones básicas respecto a la cultura política de las izquierdas. En primer lugar, el País Vasco, junto a Asturias y Madrid, fue uno de los focos principales del socialismo español. En segundo lugar, el PSOE y la UGT, siguiendo a Juan Pablo Fusi, conformaron a la clase obrera en Vizcaya, que quedó íntimamente unida a dicha ideología. En este sentido, es importante constatar que, como afirma Manuel Montero, «el socialismo actuó como vehículo de integración de los inmigrantes en la sociedad local. Les proporcionó un ideario, una estructura organizativa y unos instrumentos de participación política».
En tercer lugar, la hegemonía del socialismo vasco entre el proletariado fue incontestable. Tampoco llegó a cuestionar su primacía el comunismo, surgido de entre las filas del PSOE. En 1921 el ala izquierda de los socialistas constituyó el PCE (Partido Comunista de España) que en el País Vasco y Navarra adoptó en 1935 la denominación de PCE-EPK, Partido Comunista de Euskadi-Euskadiko Partidu Komunista. A pesar de servir de cantera para algunos de los líderes más importantes del comunismo español, como Dolores Ibárruri (La Pasionaria), el EPK nunca pasó de ser una formación marginal en Vasconia.
Por lo general hasta 1936 las relaciones entre el socialismo y el nacionalismo fueron pésimas. Incluso en determinados momentos, como los primeros años de la II República, hubo frecuentes enfrentamientos armados entre grupos de militantes de los dos movimientos. Las causas de esta enemistad ideológica eran profundas. Por una parte, el PSOE y la UGT eran doctrinalmente internacionalistas y antinacionalistas, lo que les llevó a oponerse por principio a cualquier tipo de patriotismo por «burgués» (el español incluido, como quedó patente en su oposición a las guerras coloniales, incluyendo la de 1898). Por otra parte, la doctrina de Sabino Arana se basaba en el racismo y la xenofobia, por lo que el PNV mantenía una actitud muy hostil hacia los inmigrantes que formaban una alta proporción de la base del PSOE. Por último, el socialismo y el nacionalismo defendían principios antagónicos: clase obrera contra nación, anticlericalismo contra clericalismo, tolerancia moral contra puritanismo, modernización contra tradicionalismo, industrialismo contra agrarismo, cosmopolitismo o identidad española (lo que no equivale necesariamente a nacionalismo español) contra antiespañolismo, socialismo contra antisocialismo, etc.
Mucho de lo referido para el PNV, cambiando lo que hay que cambiar (el nombre de la patria, de Euzkadi a España), es aplicable a las otras derechas vascas, las no nacionalistas. El carlismo y el fuerismo, por ejemplo, también mantenían posiciones xenófobas. Precisamente eran también, junto al nacionalismo, las fuerzas que demandaban algún tipo de autogobierno para el País Vasco. El socialismo identificó el proyecto autonomista o fuerista con sus promotores, que eran sus adversarios políticos. Por tanto, se desatendió de dicha cuestión, a la que consideraba «burguesa» y ajena a la clase obrera. Por idénticas razones el socialismo vizcaíno no supo o no quiso acercarse al euskera o a una buena porción de la cultura autóctona, lo que llevó a alguno de sus líderes al extremo de despreciar símbolos tan arraigados en el País Vasco como el Árbol de Guernica.
Diferente fue el caso del socialismo eibarrés, dirigido por hombres como el doctor José Madinabeitia y Toribio Echevarría, autor de La Liga de Naciones y el problema vasco (1918) y fundador de la cooperativa Alfa (1920). El PSOE guipuzcoano, nutrido mayoritariamente por autóctonos euskaldunes (vascoparlantes), defendía posiciones vasquistas, es decir, el mantenimiento del pluralismo lingüístico y cultural y una descentralización del Estado que conllevara algún tipo de autonomía para Vasconia. Lo cual no suponía en absoluto una cercanía al PNV, ya que el socialismo eibarrés también era firmemente antinacionalista.
Hubo que esperar a la I Guerra Mundial para que el PSOE empezara a aproximarse a la idea del autogobierno. Durante la II República el socialismo vasco fue partidario de la descentralización de España y uno de los impulsores de las campañas a favor de un estatuto de autonomía para el conjunto de Vasconia. Con ese telón de fondo hay que entender que, a partir de 1934 el PNV y las izquierdas se acercaran políticamente, algo que nunca había ocurrido hasta entonces. El fruto de la entente fue la autonomía para el País Vasco (pero no para Navarra). Podemos personalizar el éxito en Indalecio Prieto, al que José Luis de la Granja considera, junto a José Antonio Aguirre, uno de los «dos padres fundadores indiscutibles» del Estatuto vasco (1936) y, por tanto, de Euskadi como realidad político-administrativa.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
AIZPURU, Mikel (1996): «La imagen del “otro” en la Historia contemporánea del País Vasco: Nacionalismo Vasco y Socialismo», en DUPLÁ, Antonio, FRÍAS, Piedad y ZALDUA, Iban (eds.): Occidente y el otro: Una historia de miedo y rechazo. Vitoria: Ayuntamiento de Vitoria. pp. 185-196.
COMONTE SANTAMARÍA, Ángel (2010): Juan de los Toyos González. Biografía de un pequeño gran hombre. Bilbao: Juan de los Toyos Fundazioa.
CORCUERA, Javier (2001): La patria de los vascos. Orígenes, ideología y organización del nacionalismo vasco (1876-1903). Madrid: Taurus. (1ª ed.: 1979).
EGUIGUREN, Jesús (1994): El socialismo y la izquierda vasca, 1886-1994. Madrid: Fundación Pablo Iglesias.
FUSI, Juan Pablo (1975): Política obrera en el País Vasco (1880-1923). Madrid: Turner.
FUSI, Juan Pablo (1979): El problema vasco en la II República. Madrid: Turner.
FUSI, Juan Pablo (1984): El País Vasco. Pluralismo y nacionalidad. Madrid: Alianza.
FUSI, Juan Pablo (1988): «El socialismo vasco (1886-1984)», en JULIÁ, Santos (coord.): El socialismo en las nacionalidades y regiones. Madrid: Fundación Pablo Iglesias, pp. 41-70.
GRANJA, José Luis de la (2002): El nacionalismo vasco. Un siglo de historia. Madrid: Tecnos. (1ª ed.: 1995).
GRANJA, José Luis de la (2003): El siglo de Euskadi. El nacionalismo vasco en la España del siglo XX. Madrid: Tecnos.
GRANJA, José Luis de la (coord.) (2013): Indalecio Prieto. Socialismo, democracia y autonomía. Madrid: Biblioteca Nueva.
IBAÑEZ, Norberto y PÉREZ PÉREZ, José Antonio (2005): Ramón Ormazábal: Biografía de un comunista vasco (1910-1982). Madrid: Latorre Literaria.
MIRALLES, Ricardo (1988): El socialismo vasco durante la II República. Organización, ideología, política y elecciones, 1931-1936. Bilbao: UPV-EHU.
MIRALLES, Ricardo (2002): «El socialismo vasco», en GRANJA, José Luis de la y PABLO, Santiago de (coords.): Historia del País Vasco y Navarra en el siglo XX. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 227-248. (Reed.: 2009).
PENCHE GONZÁLEZ, Jon (2010): Republicanos en Bilbao (1868-1937). Bilbao: UPV-EHU.
RIVERA, Antonio (2003): Señas de identidad. Izquierda obrera y nación en el País Vasco, 1880-1923. Madrid: Biblioteca Nueva.
RIVERA, Antonio (2008): La utopía futura. Las izquierdas en Álava. Vitoria: Ikusager.
RIVERA, Antonio (2009a): «La izquierda y la cuestión vasca. Segunda parte: 1923-1960. Acercamiento y disolución», en CASTELLS, Luis y CAJAL, Arturo (eds.): La autonomía vasca en la España contemporánea (1808-2008). Madrid: Marcial Pons, pp. 257-284.
X aniversario del fallecimiento de Mario Onaindia

Hoy hace diez años que murió Mario Onaindia. En un artículo de 1979 el escultor Jorge Oteiza le denominó un «aventurero cuerdo», título escogido para su segundo libro de memorias. No pudo ser más acertado. Conozco personas que se enorgullucen abiertamente de no haber cambiado nada, de pensar exactamente lo mismo con 15 años que con 65. En otra palabras, de no haber reflexionado, de no haber aprendido absolutamente nada. Al contrario que ellas, Onaindia se pasó la vida evolucionando, explorando nuevos terrenos, ya fuera con mayor o menos fortuna. Así, su camino heterodoxo le llevó sucesivamente por las filas del PNV, CCOO, ETA, EIA, EE y el PSE-EE. Una senda, por cierto, en la que le siguieron bastantes miembros de su generación, como su amigo Teo Uriarte. La de Onaindia es una figura clave para entender el pasado reciente de Euskadi y, por ende, el de España. Pero no solo la historia política, sino también la cultural ya que, con sus traducciones, sus novelas en euskera, sus guiones, sus ensayos, sus tropecientas carreras y sus dos doctorados, fue más un intelectual que un político. Fue rara avis en los años setenta y ochenta, pero hoy en día, momento en el que en todos los partidos se echan en falta líderes políticos documentados y letrados, sería un auténtico marciano. He leído casi todo lo que escribió y he entrevistado a muchos de los que compartieron con él militancia, incluyendo a aquellos con los que se enfrentó, pero no lo conocí en persona, así que no me atrevo a extenderme en esta semblanza. Cualquiera que esté interesado en saber algo más puede echarle un ojo a esta breve biografía en castellano, aquí, o a esta otra distinta, en euskera, aquí. O, si no, consultar alguna de las siguientes obras, la bibliografía básica sobre Mario Onaindia
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.
MOLINA, Fernando (2012): Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria. Madrid: Biblioteca Nueva.
ONAINDIA, Mario (2001): El precio de la libertad. Memorias (1948-1977). Madrid: Espasa.
ONAINDIA, Mario (2004): El aventurero cuerdo. Memorias (1977-1981). Madrid: Espasa.
URIARTE, Eduardo (2005): Mirando atrás. Del proceso de Burgos a la amenaza permanente. Barcelona: Ediciones B.
VVAA (2009): Mario Onaindia. Jornadas de homenaje. Ezkertoki de Zarautz (2004-2008). Zarauz: Mario Onaindia Fundazioa.
Y no se pierdan este número monográfico de la revista El valor de la palabra, de la Fundación Fernando Buesa.
PS: Sobre este mismo tema, pueden leer el artículo de Augusto Borderas
Doble recensión de «Sangre, votos, manifestaciones»

El último número del Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne incluye dos reseñas sobre Sangre, votos, manifestaciones: una de Eduardo González Calleja y otra de Jorge Martínez Reverte. Pueden leerlas aquí.
Estreno del documental «La Batalla de Vitoria»

Aquí pueden ver el trailer de «La batalla de Vitoria», documental dirigido por el cineasta e historiador Aitor González de Langarica (Area Audiovisual). Se estrena hoy mismo en los Cines Florida a las 19:00h.
Hacer patria o hacer historia. Algunos apuntes sobre la literatura histórica de la «izquierda abertzale»

La calidad de las obras sobre la historia del pasado reciente del País Vasco es muy heterogénea. Aunque su número no es tan elevado como nos gustaría, contamos con trabajos notables, escritos con método, rigor y profesionalidad. Pero la escasez de obras historiográficas propiamente dichas se ve agravada porque en el ámbito vasco les ha surgido una seria competidora: la literatura histórica. José Luis de la Granja lo explica mejor que yo: «una cosa es la historiografía militante y partidista, sea laudatoria o denigratoria del nacionalismo, y otra muy distinta es la historiografía sustentada en una investigación objetiva de las fuentes y una metodología científica a cargo de historiadores profesionales, en su mayoría profesores universitarios. En puridad, el nombre de historiografía se debería reservar en exclusiva para esta última, mientras que a aquélla la denominamos literatura histórica».
El uso partidista de la historia, su instrumentalización y manipulación, no es monopolio de ninguna ideología concreta. En el caso vasco encontramos ejemplos tanto de literatura histórica antinacionalista, que ha tenido un claro resurgir en los últimos años, sobre todo de mano de periodistas, como ultranacionalista, que es en la que me centro aquí. Ha sido certeramente descrita por Santiago de Pablo como «historiografía nacional-revolucionaria, muy parcial y preñada de lugares comunes, en las que ETA aparece siempre como un movimiento salvador de una Euskadi oprimida no solo por la dictadura, sino también por España y por el capitalismo». En ese sentido, cada libro es un nuevo capítulo que añadir a la saga narrativa del «conflicto vasco». A pesar de su escasísima calidad y de su evidente propósito publicitario, lo cierto es que la literatura ultranacionalista cuenta con bastante difusión social gracias a la compleja y eficiente industria cultural que ha construido la «izquierda abertzale»: asociaciones «por la memoria histórica» (Euskal Memoria, Ahaztuak 1936-1977, etc.), editoriales (Txalaparta), medios de comunicación (Gara, etc.), una red de librerías, etc. Y, por supuesto, un público lector entregado y dispuesto a leer (y asumir) cualquier cosa que confirme sus creencias y prejuicios, que legitime su apuesta por una opción determinada: el nacionalismo vasco radical. Da igual que la obra carezca de fuentes, esté claramente sesgada o no resista un mínimo análisis crítico. No estamos en el universo de la razón, sino en el de los sentimientos y emociones.
Dentro de la larga lista de escritores de literatura histórica ultranacionalista hay que distinguir dos categorías. En primer lugar hay una mayoría de propagandistas, entre los que cabe citar a Iñaki Egaña Sevilla, José Antonio Egido, Iker Casanova, Luis Núñez, Eduardo Renobales o Txema Urrutia. Se distinguen no solo por desconocer la metodología básica del historiador, sino también por despreciar abiertamente a la historia como disciplina y más cuando tiene alguna relación con la universidad. Por descontado, eso no obsta para que se aprovechen de sus avances, plagiando (literalmente) a los historiadores profesionales, a los que, sin embargo, raramente citan (en realidad, casi nunca citan a nadie ajeno a su minúsculo e intelectualmente autárquico círculo). Lo suyo es apuntalar (o inventar o incluso reinventar) los mitos abertzales. La verdad, a su modo de ver, no tiene que ver con la ciencia, sino con la fe… en Euskal Herria, una patria que es inmemorial y que lleva siglos sojuzgada por el «Estado español». Y, si los documentos dicen lo contrario, qué les zurzan a los documentos. Quien dude de las máximas patrióticas sencillamente se coloca en el bando de los opresores, o sea, es un «fascista». Evidentemente con los propagandistas, que nunca escuchan ni tienen dudas, no cabe ningún debate historiográfico.
Pero no es justo clasificar a todos los productores de literatura histórica ultranacionalista como simples apologetas. Hay una minoría de historiadores y/o cronistas que dominan los rudimentos del oficio. Me refiero, entre otros, a Francisco Letamendia (Ortzi), Emilio Majuelo y José María Lorenzo Espinosa. Gracias a su aparente corrección formal y metodológica, sus obras han de inscribirse en una categoría superior a la de los propagandistas. Desde luego, tienen más calidad. Resultan útiles y son de obligada lectura para quien pretende tratar en serio la historia de ETA y el nacionalismo vasco radical. Mas hay que tener cuidado y comprobar detenidamente algunas de sus afirmaciones antes de darlas por válidas, ya que los cronistas escriben con la misma parcialidad que los panfletos de sus primos: el impulso que en el fondo les guía es hacer patria, no hacer historia. No hay que olvidarlo nunca.
PS: Al César lo que es del César. Por un lado, Letamendia se avino a concederme una (eso sí) breve entrevista para realizar mi tesis doctoral. Sus obras, aunque hay que tomarlas con precaución, me han sido provechosas en mis investigaciones, sobre todo para hacerme una idea general al principio, cuando estaba un tanto perdido. Por otro lado, Lorenzo Espinosa, que fue mi profesor en la Universidad de Deusto, ha escrito algunos libros rigurosos, además de literatura histórica, y sería injusto meter a todas sus publicaciones en el mismo saco. Guardo buen recuerdo suyo como persona. Quizá algún día podamos tomarnos unas cañas y tener un debate historiográfico de verdad. Ojalá.
BIBLIOGRAFÍA
GRANJA, José Luis de la (1992): «El nacionalismo vasco: de la literatura histórica a la historiografía», Historia Contemporánea, nº 7, pp. 209-236.
MOLINA, Fernando (2010): «La eterna “cuestión vasca”. ¡Y vuelta la burra al trigo!», Claves de Razón Práctica, nº 199, pp. 64-71.
MONTERO, Manuel (2011): La forja de una nación. Estudios sobre el nacionalismo y el País Vasco durante la II República, la Transición y la democracia. Granada: Universidad de Granada.
PABLO, Santiago de (2005): «Silencio roto (solo en parte). El franquismo y la transición en la historiografía vasco-navarra», Vasconia, nº 34, pp. 383-406.
RIVERA, Antonio (2004): «Cuando la mala historia es peor que la desmemoria (acerca de los mitos de la Historia contemporánea vasca)», El valor de la palabra, nº 4, pp. 41-72.



