¿Quién se comió la ballena?

DOCUDMO

“¿Quién se comió la ballena?” Si uno pregunta en Santoña, le responderán que “los muertos de hambre” de Laredo; y, si lo hace en Laredo, le dirán que los “tiñosos” de Santoña. Hay distintas versiones de la leyenda, en las que están muy presente tanto la rivalidad entre ambos pueblos (ya saben, el “hecho diferencial” y esas cosas) como el paletismo cerrado de algunos (subrayo, “algunos”), de sus habitantes. Resumiendo (la versión que más he escuchado), en plena época del hambre, a principios de los años cuarenta, un cetáceo apareció varado en medio de la bahía de Santoña, a medio camino entre las localidades de Laredo y la propia Santoña. Dado que se hacía de noche, los habitantes de ambos pueblos acordaron volver al día siguiente y repartirse la carne equitativamente. Mas, al amanecer, comprobaron que de la ballena ya no quedaba nada. Los laredanos señalaron a los pérfidos santoñeses como culpables y los santoñeses a los pérfidos laredanos. El crimen no se resolvio, pero el rencor queda. Alguna vez lo he escuchado con estas orejitas, se lo juro.
La leyenda es falsa en su mayor parte. Ni los habitantes de Santoña ni los de Laredo aprovecharon la noche para devorar al pobre bicho, traicionando el acuerdo con el vecino pueblo. Tampoco fueron los presos del penal de El Dueso guiados por sus propios (e igualmente famélicos) guardias, como también se ha dicho. La historia real fue bastante más vulgar: un par de pescadores santoñeses encontraron y remataron a una ballena herida y desorientada, que posteriormente fue subastada en la lonja de Santoña. Fue adquirida por varios industriales del pueblo, que pagaron 2.500 pesetas por sus 16 toneladas de carne. El cetáceo fue despiezado y salado, vendiéndose una parte a la población de la comarca y otra al ejército. El aceite fue destinado a una empresa cosmética de Barcelona. En fin, capitalismo puro y duro durante la primera etapa de la dictadura franquista.
No obstante, como sabemos los historiadores que hemos investigando el fenómeno nacionalista, lo que verdaderamente importa no es lo que pasó, sino lo que la gente cree que pasó. Millones de personas han odiado y odian (e incluso han matado y matan) a otras por agravios históricos que nunca ocurrieron. Así que, dado que conocemos la función performativa de los mitos, ¿por qué no inventar una nueva leyenda, una de la que salga algo bueno?
Yo tengo mi propia versión, que he contado alguna vez medio en broma, medio en serio. ¿Quién se comió la ballena? Ni unos ni otros. El cetáceo apareció muerto en la bahía en la época del hambre, a medio camino entre los dos pueblos. Los habitantes de Santoña y los de Laredo, cuyas seculares disputas son bien conocidas, fueron incapaces de llegar a un acuerdo amistoso para repartirse la carne, por lo que se enzarzaron en una fenomenal disputa. Volaron los insultos y las amenazas. Pero se hizo de noche. Siguiendo las nobles y milenarias tradiciones hispanas, quedaron al día siguiente a solventar el asunto de una manera civilizada, o sea, a puñetazo limpio. Santoñeses y laredanos pasaron la noche odiándose unos a otros, alimentando su rabia y entrenándose para el duelo del día siguiente. Al amanecer, cuando los dos pequeños ejércitos rivales se encontraron en la bahía, no había ni rastro de la ballena. Solo los huesos y una nota anónima: “Gracias por el regalo, nos hacía mucha falta”. Automaticamente unos y otros se acusaron mutuamente de su deslealtad, encontrando un nuevo y magnífico motivo con el que alimentar su atávica antipatía. ¡Los malditos pejinos/tiñosos habían faltado a su palabra! ¡Traidores! Todavía siguen con lo mismo, dale que te pego.
En mi particular leyenda, los laredanos ni santoñeses habían estado demasiado ocupados con su mutuo rencor como para darse cuenta que durante los siguientes meses los pobladores de la villa de Escalante parecían más sanos, felices y… orondos. Como si cenaran bien todos los días, ya me entienden. Incluso en plena época del hambre. Un misterio. Quizá su secreto era que ellos no odiaban a nadie.

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