Reseña de “Profetas del pasado. Las derechas en Álava”

Antonio Rivera y Santiago de Pablo: Profetas del pasado. Las derechas en Álava, Ikusager, Vitoria, 2014, pp. 752 + 32 páginas en dos cuadernillos de imágenes.

9788489213326Basándose en la diversidad política de la población de Euskadi y en los dos ejes sobre los que tradicionalmente ha pivotado la pugna partidista (el socioeconómico y el identitario/territorial), en la década de los años setenta Juan Pablo Fusi ideó la imagen del “triángulo vasco”. Se trataba de una gráfica forma de explicar cómo en el último siglo y medio tres grandes culturas políticas han luchado por el poder en el País Vasco, aliándose y enfrentándose entre ellas. Fueron, y en gran medida siguen siendo, las izquierdas, el nacionalismo vasco y las derechas no abertzales (patriotas). A finales de los cincuenta apareció ETA, lo que dos décadas después crearía una nueva línea divisoria: la de la violencia terrorista frente a la democracia parlamentaria, motivo por el cual Antonio Rivera ha sugerido que el “triángulo vasco” era ya un auténtico “cuadrado”. Tal tesis está respaldada por sólidos argumentos y ha dado pie a que, por ejemplo, el dossier monográfico sobre la Transición en Euskadi que coordinó Santiago de Pablo en el número 12 de Historia del Presente, de 2012, estuviese compuesto por cuatro artículos, que estudiaban respectivamente la trayectoria del PSE, del PNV, del nacionalismo vasco radical y de las derechas no abertzales.
Ahora bien, tampoco faltan razones para inscribir al entorno de ETA, la autodenominada “izquierda abertzale”, en la estela del nacionalismo vasco, más concretamente en su sector más radical, que antes de la Guerra Civil estuvo representado por el partido Aberri (Patria) y el grupúsculo Jagi-Jagi (Arriba-Arriba). A la postre, la elección de una u otra figura geométrica depende del punto de vista del investigador y del ámbito geográfico que tome como objeto de estudio. La perspectiva del “cuadrado vasco” se amolda perfectamente a la historia del conjunto de Euskadi, pero no ocurre lo mismo con su provincia más meridional, al menos desde el prisma histórico. No es de extrañar, por tanto, que la figura del “triángulo” haya sido la base teórica sobre la que se ha edificado la trilogía “La formación de las tres grandes culturas políticas alavesas”, cuyo último volumen se analiza en esta reseña.
Antes de entrar en materia conviene repasar la génesis del proyecto, tan poco habitual como encomiable: nació del afán didáctico de la Escuela de Formación Tomás y Valiente (Vitoria), la entidad patrocinadora, que pretendía sacar la historia política del circuito cerrado de las bibliotecas universitarias para acercarla a la ciudadanía en general y a la de Álava en particular. En otras palabras, perseguía el objetivo de potenciar la función social de la historiografía. De tal forma, la Escuela encargó la elaboración de tres obras de alta divulgación a los historiadores Antonio Rivera y Santiago de Pablo, ambos catedráticos de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). La edición de la trilogía ha corrido a cargo del sello vitoriano Ikusager, que la incluyó en su colección “Memoria de Libertad”.
En el año 2008 vieron la luz dos de los libros. En primer lugar apareció La utopía futura. Las izquierdas en Álava, de Antonio Rivera. Santiago de Pablo se encargó del segundo volumen, En tierra de nadie. Los nacionalistas vascos en Álava. Aquellos trabajos fueron bien recibidos por el público y la crítica especializada, lo que demostraba lo indicado del formato y el enfoque divulgativo que habían escogido los autores. No obstante, era previsible que el tercer volumen, el dedicado al devenir histórico de la tradición conservadora, tropezase con mayores dificultades. La razón es simple: realizar una obra de síntesis requiere de la existencia previa de monografías sobre el tema, pero apenas las había dedicadas a las derechas vascas. Casi olvidada, esta cultura política apenas había tenido quién la escribiera, lo que en cierto modo ha distorsionado el conocimiento del pasado de Euskadi y ya no digamos de Álava. Un lector poco avisado podría llegar a pensar que esta provincia, lejos de estar caracterizada por su pluralidad, había sido homogéneamente abertzale, algo que dista mucho de ser cierto, dada la primacía que históricamente han tenido allí las fuerzas conservadoras. Probablemente esa sea una de las razones por las que Profetas del pasado se ha demorado. De ser así, una de las varias claves que podrían explicar su publicación en 2014 es la excelente salud de la que actualmente goza la historiografía alavesa: en estos últimos años se han ido editando diversos trabajos sobre la historia de este territorio, obra en muchos casos de jóvenes autores, no pocos de los cuales, por cierto, son discípulos de Rivera y De Pablo. Sirva lo dicho, por tanto, para certificar la productividad de una y otra generación de historiadores alaveses, así como la provechosa colaboración entre ambas.
De cualquier manera, no hay duda de que la espera ha merecido la pena. Profetas del pasado. Las derechas en Álava (2014), escrita al alimón por Antonio Rivera y Santiago de Pablo, es la obra más ambiciosa, completa y rica del proyecto de la Escuela Tomás y Valiente. También es la más larga y la que abarca una cronología mayor, dos siglos. Tal vez no podía ser de otro modo, ya que, como se recuerda en el prólogo, esta “ha sido la ideología y política que más presencia y penetración han tenido históricamente en la provincia” (p. 18). Tal ha sido su hegemonía que el lector tiene la impresión de que Profetas del pasado no solo contiene un resumen de la trayectoria de las derechas, sino también una síntesis de la historia de Álava. No obstante, conviene matizar. Hasta cierto punto, una de las constantes que atraviesan el libro es el hecho de que la mayoría social de Álava ha sido conservadora, incluso reaccionaria, por su rechazo a los valores de la modernidad, pero raras veces el poder ha estado en manos de realistas, carlistas o falangistas del Movimiento. Al contrario, lo acapararon los conservadores más o menos moderados, reclutados entre las capas altas de la sociedad, gobernasen bajo una etiqueta u otra. Ocurrió durante casi toda la Edad Contemporánea, con las excepciones del Trienio Liberal, el Sexenio Democrático, la II República y buena parte de la etapa democrática.
A pesar de sus constantes desencuentros, las derechas (fueristas, provincialistas, foralistas, vitorianistas, alavesistas y nacionalistas vascas) se reencontraban en la defensa de la religión católica y el territorio, sus privilegios (primero los fueros y después el Concierto Económico) y sus intereses: “ir a coger a Madrid”, lo que da a pie a los autores a apuntar un interés “casi instrumental” por la política nacional (p. 15). El cual, por otra parte, casi nunca estuvo reñido con la plural identidad territorial que ha caracterizado a la derecha: a la vez alavesa y española, a lo que muchas veces (pero no todas) se sumaba la identidad vasca. Hablamos, por tanto, de un doble o triple patriotismo, algo en lo que coincidían con sus homólogas de Guipúzcoa y Vizcaya. Catolicismo militante, defensa del territorio, visión utilitaria de la política nacional e identidad múltiple son, por decirlo de alguna manera, los rasgos de esta tradición, los cuales conforman una especie de continuo que surca de la primera a la última página de Profetas del pasado.
Si bien la obra abarca dos siglos, desde la Revolución Francesa hasta la actualidad, aquí nos interesa la segunda mitad de Profetas del pasado. Comienza esta con la proclamación de la II República, que tuvo como consecuencia que las derechas alavesas, que habían dirigido las instituciones ininterrumpidamente desde 1875 y que seguían siendo sociológicamente mayoritarias, fueran desplazadas del poder por las izquierdas, a pesar del menor peso electoral de estas. Se había instaurado un régimen liberal y laico, cuando no anticlerical, lo que propició la reducción del espacio de los conservadores moderados, así como la radicalización de las derechas, que ahora contaban con un amenazador enemigo común. Se benefició el levantisco carlismo, reunificado como Comunión Tradicionalista (denominado en la provincia Hermandad Alavesa). Con una centenaria historia insurreccional y gran arraigo popular, el tradicionalismo logró no solo renacer, sino también expandirse gracias al liderazgo de José Luis Oriol Urigüen y al hábil uso instrumental de la política de masas, es decir, supo “combatir a la modernidad con sus mismas armas” (p. 350). La existencia de esta ultraderecha reaccionaria, que percibía la etapa republicana como una lucha entre “Cristo y Lenin”, impidió la implantación en dicho territorio de otras de nuevo cuño como Falange. Sin embargo, en el País Vasco existía otra cultura política que tenía muchos rasgos y planteamientos en común con Comunión Tradicionalista, aunque su relación tuviese traumáticos altibajos. Me refiero al PNV, cuya primera militancia se había nutrido de carlistas e integristas. Mientras compartieron programa clerical y estatutista, el nacionalismo y el carlismo mantuvieron una alianza contra el gobierno republicano, pero más adelante se fueron alejando hasta finalmente convertirse en enemigos durante la Guerra Civil, lo que no impidió el trasvase de ciertos militantes entre ambos grupos.
Dada la hegemonía carlista en Álava, no es de extrañar el triunfo inmediato de la insurrección del 18 de julio de 1936. La provincia fue una de las que porcentualmente más voluntarios aportó al denominado “Alzamiento Nacional” en el conjunto de España, con la posible excepción de Navarra. La inmensa mayoría de ellos eran requetés carlistas, pero también hay que constatar el crecimiento espectacular que experimentó Falange en Álava, tal vez porque admitía en sus filas a antiguos nacionalistas e izquierdistas, cosa que Comunión no hacía. De cualquier modo, tras un siglo sufriendo derrota tras derrota, llegó la victoria final del carlismo, que por fin pudo hacer realidad una parte significativa de su programa político. Pero no toda: ni se entronizó a su pretendiente ni se instauró una Monarquía católica y tradicional. Por añadidura, sus señas de identidad y su militancia se diluyeron en el Movimiento: en abril de 1937 Franco ordenó la unificación de Comunión Tradicionalista y Falange, dando lugar a la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. No obstante, el Movimiento no llegó a cuajar en la provincia. Aquella fusión provocó la confusión y división del otrora potente carlismo alavés, que había perdido su entramado organizativo. “Diluyéndose poco a poco, el carlismo acabó domesticado y disuelto en un franquismo que parecía hacer realidad parte de su lema (Dios y Patria), pero que impedía la realización del tercer elemento (Rey)” (p. 495). No pocos de los requetés que habían luchado en las tropas sublevadas se desilusionaron con el resultado de su esfuerzo bélico y no faltó quien acabó oponiéndose al régimen. El giro a la izquierda de una corriente del carlismo, la encabezada por el pretendiente Carlos Hugo, no fue asumido por la mayor parte de su base sociológica. De cualquier modo, el tradicionalismo se había fundido con el régimen de tal modo, que, a la postre, esta cultura política se vio abocada a la decadencia y caída con el ocaso de la propia dictadura. A su sino también contribuyó, desde luego, la falta de relevo generacional, la industrialización de la provincia y la subsiguiente inmigración de trabajadores desde el resto de España.
La historia de Álava durante el régimen franquista estuvo marcada por una serie de elementos. Por un lado, el vitorianismo, la reivindicación de lo local, que sirvió a la sociedad de la capital para recomponer los lazos que la guerra había roto. Por otro, la dictadura respetó las instituciones forales del territorio, ya fuera formalmente, como a la presencia de los miñones, las juntas conmemorativas y la denominación de Diputación Foral de Álava, o, en la práctica, como las atribuciones políticas de esa misma Diputación y el crucial concierto económico. Este privilegio fiscal permitió a las autoridades provinciales reunir fondos para invertir en la modernización económica, el desarrollismo de la industria y la urbanización. Por ejemplo, como se repetía con cierta frecuencia, la provincia contaba con unas carreteras excelentes o, como poco, bastante mejores que las de su entorno. Es cierto que también Navarra conservó su convenio, pero allí no hubo unanimidad modernizadora entre las élites, pues a los tecnócratas se opuso algún político reaccionario. Otro rasgo distintivo de los gobernantes franquistas de la provincia fue que entre ellos no faltaron los regionalistas y/o foralistas, sobre todo en la última década de la dictadura. “A veces se olvida que parte de esta revitalización de la cultura vasca a partir de los años sesenta fue suscitada por no nacionalistas y también por derechistas integrados en el franquismo, en especial de origen carlista” (p. 602). Basten como muestra dos botones: la segunda ikastola de Vitoria fue puesta en marcha por la Diputación Foral de Álava en 1973, año en el que también se introdujo el euskera en la educación reglada en la única zona vascoparlante que quedaba en la provincia. Por supuesto, no conviene exagerar esta vocación regionalista ni el grado de autogobierno que representaba la Diputación Foral, pero es poco riguroso ignorar los matices, como demasiadas veces ha hecho la literatura histórica militante.
Pese a la falta de una continuidad organizativa, lo cierto es que los gobernantes de Álava casi siempre han sido los mismos: una élite proveniente de un pequeño número de familias, como se demuestra en la repetición de apellidos a lo largo de las páginas de Profetas del pasado. Esta “historia de familias” llegó a su fin con la Transición democrática, que en teoría obligaba a las derechas alavesas a competir en igualdad de condiciones con sus rivales de izquierdas y nacionalistas vascos. En teoría, pero no en la práctica, ya que las fuerzas conservadoras lo hicieron en mucho peores condiciones debido tanto a su división (AP, UCD y Democracia Cristiana Vasca) como al impacto del terrorismo, que se cebó con ellas. Las distintas ramas de ETA asesinaron a cargos públicos provenientes del franquismo, así como a afiliados a UCD y AP. Aun cuando a veces se pretendía disfrazar el móvil de los atentados terroristas (fue el caso de ETA militar, que justificaba la violencia contra los disidentes acusando a muchas de sus víctimas de ser confidentes policiales), se trató de una auténtica persecución contra la cultura política conservadora no abertzale, que duró desde 1976 hasta finales de 1984. “Fueron los años de la ʻespiral del silencioʼ, donde la hegemonía nacionalista por un lado, la presión social de una calle agitada por una profunda crisis económica y por una todavía no resuelta continuidad institucional, y, sobre todo, el terrorismo de ETA y de otros grupos menores, en su estela o reactivos, que acosaban con dureza totalitaria a cuantos no entraban en su imagen de país, empujaron a buena parte de la derecha vasca a buscar refugio electoral en otras opciones, como el propio PNV o el Partido Socialista” (pp. 666-667). Como resultado, las derechas vascas fueron prácticamente borradas del mapa.
ETA retomó el asesinato de políticos conservadores en 1995, no por casualidad cuando el Partido Popular empezaba a despuntar de nuevo en el País Vasco. En Álava lo hizo antes. El centro-derecha había resurgido electoralmente en 1990, a pesar de que también sufrió una seria y temporalmente exitosa escisión: Unidad Alavesa. Se trató de un auténtico fenómeno, que recogió votos y militantes de todo el arco político, pero resultó efímero (1990-2005). A pesar de esa inesperada competencia, el PP se fortaleció en la provincia, consolidándose como una de las principales fuerzas políticas: en las elecciones generales de 1996 obtuvo 40.000 votos y en el año 2000 llegó a más de 66.000. Baste recordar que ahora mismo, mientras escribo estas líneas, tanto el alcalde de Vitoria como el diputado general de Álava pertenecen al PP.
Profetas del pasado es el extraordinario estudio de un no menos extraordinario viaje que ha durado más de dos siglos: el de la cultura política de las derechas en Álava. Supone un análisis pormenorizado de grupos, partidos e instituciones, pero también de individuos, de mutaciones ideológicas y de constantes en el tiempo, todo ello teniendo siempre en cuenta el cambiante contexto. Se trata de una obra atractiva y asequible para el lector medio, a quien se dirigen los autores con un claro afán divulgativo, pero resultará tal vez más valiosa para el lector especializado, ya que en sus páginas el investigador encontrará no solo abundante material y lúcidas reflexiones, sino un envidiable espíritu crítico y desmitificador, que, por desgracia, están ausentes en bastante estudios locales de ámbito vasco. Se trata, por tanto, de un libro esclarecedor, que nos ayuda a entender el pasado reciente de Euskadi en general y de Álava en particular. Ahora bien, cabe hacerle a Profetas del pasado un par de reproches. Por una parte, la profusión de nombres y apellidos, cuya sucesión llega a cansar, aunque probablemente su inclusión sea inevitable. Por otra parte, la excesiva extensión de la obra y las demasiado abundantes y largas notas a pie de página, todo lo cual no casa con el carácter didáctico del libro y probablemente sí hubiera sido evitable. Sea como fuere, Profetas del pasado cierra una trilogía excelente. Se trata de un proyecto único, que cabe esperar sirva de modelo para otros posteriores.

Fuente: Historia del Presente, nº 25, 2015

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