“Chiberta”, El Correo, 5-VI-2017

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Hace cuarenta años, entre abril y mayo de 1977, tuvo lugar la “Cumbre Vasca” en el hotel Chiberta (Anglet, cerca de Bayona). Estuvo auspiciada por Telesforo Monzón, un antiguo dirigente del PNV y exconsejero del Gobierno Vasco que se había radicalizado hasta situarse en los aledaños de ETA. La “Cumbre” consistió en una serie de reuniones a las que fueron convocadas algunas personalidades y todas las organizaciones nacionalistas vascas, ya fueran formaciones políticas (PNV, ESB, EIA, EHAS, LAIA, ESEI y ANV) o bandas terroristas (ETA militar, ETA político-militar y su escisión, los berezis).

Con la anecdótica excepción del Partido Carlista de Euskadi, se prescindió de las fuerzas no abertzales, incluso de las de mayor pedigrí antifranquista. A ojos de los más radicales, únicamente los nacionalistas eran auténticos vascos. Los demás quedaban fuera de los límites de la comunidad. Eran “los otros”, cuando no el enemigo con el que la nación propia llevaría casi dos siglos sosteniendo una contienda étnica, es decir, “el conflicto”. “Para nosotros”, sostenía Monzón, “Zumalakarregi en la primera guerra carlista, Santa Cruz, en la segunda guerra carlista, José Antonio de Aguirre en el año 36 luchando contra el fascismo internacional y ETA, lo digo claramente, son una misma guerra. Guerra cuyo origen está en que nos robaron la soberanía de nuestro pueblo”.

Ante la convocatoria de elecciones a Cortes por parte del presidente Adolfo Suárez, Monzón diseñó su particular plan. Lo primero era establecer una alianza estratégica entre el PNV (los “gudaris de ayer”) y las distintas ramas de ETA (los “gudaris de hoy”), núcleo de un frente abertzale más amplio, que se presentase a la cita con las urnas. Tras ella, se constituiría un nuevo Gobierno Vasco con la misión de negociar con “Madrid” la “soberanía”, es decir, la secesión de las provincias vascas y Navarra. “Si nos unimos”, soñaba Monzón, “el Estado de Euskadi Sur puede hallarse en trance de nacer”.

Sin embargo, ETA militar acudió a Chiberta con su propia agenda. Gracias al examen de las actas de las reuniones, que se puede encontrar en el libro Sangre, votos, manifestaciones, sabemos que la banda trató de instrumentalizar los encuentros para imponer al resto del nacionalismo vasco tanto el rechazo abstencionista a los comicios como su caudillaje pretoriano. “Si arrastramos al PNV por el camino de la lucha y fuera de las vías parlamentarias”, afirmó un líder mili, “entraría en nuestra dinámica y caería bajo nuestra égida”.

Pese a las presiones que ejerció ETA militar, algunas interpretadas por el PNV como amenazas, Chiberta fue un fiasco. Los propósitos de sus impulsores se frustraron por la firmeza de la mayoría de los partidos nacionalistas, que ya se habían decantado por la vía institucional. Además, algunos de ellos participaron en coaliciones transversales con formaciones no abertzales. Por ejemplo, Euskadiko Ezkerra, candidatura constituida por la extrema izquierda y EIA, fuerza vinculada a ETA político-militar. Por el contrario, ETA militar y su entorno llamaron al boicot.

Las elecciones, celebradas el 15 de junio de 1977, dejaron patente que la sociedad española había apostado por la democracia y la moderación. Con matices, aquí ocurrió lo mismo: los ciudadanos se decantaron por opciones posibilistas, demócratas y autonomistas. En el País Vasco el PNV sumó 296.000 votos, PSE 267.000, UCD 145.000, AP 71.000 y EE 64.000. En Navarra UCD, con 75.000 papeletas, se convirtió en la principal formación, seguida por PSE, con 54.000. UNAI, el equivalente navarro a EE, se quedó con 24.000 votos.

Únicamente el 40% de los votantes vascos y el 20% de los navarros eligieran a partidos que habían estado presentes en las reuniones de Chiberta o a candidaturas que los incluyesen. Eso indica la escasa representatividad de la “Cumbre Vasca” de Monzón y el sectarismo que la había inspirado.

También es significativo que la abstención solo alcanzase el 22,7% en el País Vasco y el 17,7% en Navarra, cifras similares a la media española: 21,1%. La campaña a favor del boicot de ETA militar fue ignorada por la sociedad. Aquello supuso su segundo revés, después del de Chiberta. En un documento interno la banda confesó que se había hundido en un “fuerte pesimismo”. Corría el riesgo de quedar marginada. En consecuencia, los terroristas cambiaron de estrategia. Por un lado, apadrinaron y luego tomaron el control de su propio brazo electoral, Herri Batasuna. Por otro, ETA militar se dedicó a asesinar a policías y militares para soliviantar a sus mandos, esperando que, ante la eventualidad de un golpe de estado, el Gobierno concediese sus demandas. No ocurrió así, como demostró el 23-F.

Lo sucedido en 1977 fue clave en nuestra historia, por lo que conviene contarlo con rigor. Por una parte, ETA militar fue a Chiberta para disputar al PNV el liderazgo del nacionalismo. Por otra, su objetivo al llamar al boicot era que la Transición descarrilara en Euskadi. No logró ni lo uno ni lo otro. Ese doble fracaso posibilitó la democratización, jalonada por los grandes consensos entre los partidos políticos, como el Estatuto de Autonomía en 1979. Por desgracia, la banda ha tardado cuatro décadas y más de ochocientas víctimas mortales en asumir la inutilidad del terror y, por ende, su derrota final.

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