GFS: “Septiembre Negro”, El Correo, 26-IX-2020

ImagenComo había ocurrido en conflictos anteriores, la Guerra de los Seis Días entre algunos países árabes e Israel (1967) tuvo como consecuencia la huida de cientos de miles de palestinos. A finales de los años sesenta en Jordania residían alrededor de un millón de refugiados. Entre ellos había fedayines armados y bien organizados que intentaron influir en la política del Reino Hachemita, lo que provocó fuertes tensiones que en junio de 1970 derivaron en choques violentos con las autoridades locales. Tras el secuestro y destrucción de tres aviones comerciales en suelo jordano, el Gobierno se decidió a recuperar el control. En septiembre, hace ahora medio siglo, se inició una contundente ofensiva militar que posteriormente culminaría con la expulsión de los fedayines.

Aquel mes quedó grabado en la memoria de un sector del nacionalismo palestino, que no tardó en vengarse. El primer ministro de Jordania fue asesinado en noviembre de 1971. El magnicidio fue reivindicado por Septiembre Negro, que se presentó como una nueva organización, aunque todo parece indicar que solo se trataba de una bandera de conveniencia para desviar la responsabilidad de ciertos atentados. Así, el nombre se utilizó para reclamar una acción terrorista perpetrada muy lejos del Reino Hachemita, en Múnich, durante los Juegos Olímpicos de 1972: el secuestro y asesinato de once atletas y entrenadores israelíes, así como de un policía alemán.

Aquella masacre nos recuerda que la tercera oleada de terrorismo, por seguir la clasificación de David C. Rapoport, no solo estuvo protagonizada en Europa occidental por bandas domésticas como las neofascistas, la RAF, las Brigadas Rojas, ETA, los GRAPO o el IRA. Durante los años setenta y principios de los ochenta el viejo continente también sufrió por primera vez el embate de un terrorismo internacional anterior (y diferente) al yihadismo: organizaciones nacionalistas radicales, laicas, autoproclamadas como revolucionarias y provenientes de Oriente Próximo que buscaban dar publicidad a su causa, perjudicar a Israel y Turquía, presionar a uno u otro gobierno o deshacerse de adversarios y disidentes.

La primera acción de este tipo en territorio español se registró en agosto de 1971: una bomba de Fatah en un avión de las líneas aéreas jordanas estacionado en el aeropuerto de Barajas. En enero de 1973 un pistolero mató a Baruch Cohen en Madrid. Se trataba de un agente del servicio secreto israelí, el Mosad. El atentado fue reivindicado por Septiembre Negro.

El punto álgido del terrorismo internacional coincidió con la Transición, es decir, con el momento de mayor debilidad de la joven democracia española y el de menor efectividad de las FCSE, sobrepasadas y sin información sobre el fenómeno. Los ataques y las víctimas se multiplicaron.

En julio de 1979 en plena Gran Vía de Madrid un pistolero disparó por la espalda a Mohamed Aref Musa, estudiante jordano de 24 años. La víctima falleció en el hospital. Fuentes policiales atribuyeron el crimen a Fatah, pero no hay pruebas concluyentes. Era lo habitual: casi todos los casos de este tipo siguen sin resolver. Una de las excepciones fue el asesinato de Adolfo Cotelo Villarreal en marzo de 1980. La captura de su asesino permitió establecer que el crimen llevaba la firma de Fatah-Consejo Revolucionario.

Uno de los objetivos prioritarios del terrorismo internacional fueron los funcionarios extranjeros destinados en España. En septiembre de 1982 Fatah-Consejo Revolucionario mató al secretario de la Embajada de Kuwait Najeeb Sayeb Hashem, a quien habían confundido con el embajador. En diciembre de 1983 dos diplomáticos jordanos fueron atacados en Madrid. Uno de ellos resultó herido. El otro, Walid Jamal Balkiz, murió.

Aunque fue el más activo, el nacionalismo palestino no fue el único actor terrorista internacional que operó durante la Transición. En junio de 1978 un comando del Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia acabó con la vida de la esposa del embajador turco en Madrid, Necla Kuneralp, su cuñado, Besir Balcioglu, y su chófer, de nacionalidad española, Antonio Torres Olmedo. En diciembre de 1980 un par de bombas del ESALA dejaron cuatro heridos en Madrid, entre ellos el periodista José Antonio Gurriarán.

El terrorismo internacional de esta época, previo a la matanza de El Descanso (1985), arroja un saldo de 13 víctimas mortales y 17 heridos en España. Se trata de cifras muy superiores a las de bandas autóctonas como el FRAP, el Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive o Terra Lliure, a pesar de lo cual el fenómeno cayó en el olvido. Lo mismo les ha ocurrido a sus víctimas. Sin embargo, como todas, merecen justicia, verdad, memoria y reparación.

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