GFS: «¿Los extremos se tocan?», El Correo, 21-II-2022

El sábado 12 de febrero neonazis y neofranquistas han celebrado en Madrid el “Día de los caídos por Europa”: su homenaje anual a los voluntarios de la División Azul. Hay llamativas similitudes con el “Gudari Eguna” (Día del Soldado) que cada 27 de septiembre organiza el nacionalismo vasco radical en honor de los integrantes de ETA “caídos por Euskal Herria”: la terminología, la liturgia, la uniformización, la exaltación de los mártires que se sacrificaron por la causa, el abuso de la palabra “patria”, la profusión de banderas, etc.

No se trata de una simple anécdota puntual, sino de una cuestión de fondo. Como han estudiado Jesús Casquete y Martín Alonso, hay elementos que se repiten en todas las comunidades inciviles, ya sean ultraderechistas, nacionalistas radicales, de extrema izquierda o fanáticas religiosas: las conmemoraciones rituales, las fechas marcadas en rojo en el calendario, la manipulación de la historia, el victimismo, el imaginario bélico, la instrumentalización de figuras simbólicas como héroes y mártires, la justificación de la violencia, etc.

Si analizamos el fenómeno terrorista, el parentesco resulta aún más evidente. Todos los terroristas intentan captar la atención de la prensa, influir en la opinión pública y presionar a las autoridades. Para lograrlo buscan objetivos fáciles. Y a veces cometen “errores”: una confusión entre el objetivo y otra persona (los más chapuceros fueron los GAL: 11 de sus 27 víctimas mortales, el 40%, no pertenecían a ETA), una bomba que hace explosión antes de lo previsto, un sabotaje que solo busca daños materiales y acaba mal, etc. Baste recordar las matanzas de la cafetería Rolando (1974), de la cafetería California 47 (1979), del bar Hendayais (1980) y del restaurante El Descanso (1985). En total, 42 fallecidos. Respectivamente tenían como blanco a policías, ultraderechistas, etarras y soldados de EEUU, pero solo una de las víctimas entraba en tales categorías.

Los terroristas deshumanizan y/o animalizan a quienes consideran sus enemigos. Si para ETA y su entorno los policías eran “txakurrak” (perros), para la ultraderecha sus víctimas eran “cerdos”. En vez de asumir la responsabilidad de sus actos, los terroristas la niegan o la transfieren a otros: el Estado, las FCSE, la oligarquía, la derecha, la izquierda, los “cruzados y judíos”…

Los terroristas emplean castigos ejemplarizantes para mantener la disciplina interna y evitar “deserciones”. Sabemos que ETA asesinó a algunos de sus miembros o exmiembros: Ignacio Olaiz (1978), Joaquín Azaola (1978), Tomás Sulibarria (1980), José Luis Oliva (1981), Mikel Solaun (1984) y Yoyes (1986). Pero olvidamos que los GRAPO hicieron lo mismo. En enero de 1974 hirieron de un tiro en la pierna a Marcial Fournier, que había abandonado las filas del PCE (r). Juan Ángel Santos corrió peor suerte. En junio de 1978 fue “juzgado”, “sentenciado” y “ejecutado” por sus compañeros.

Los terroristas recurren a idénticos mecanismos para financiarse. ETA lo hizo mediante los atracos (desde 1967), los secuestros (desde 1973) y la extorsión (desde 1975). Su modelo fue imitado por los grupos terroristas que giraban en la órbita del nacionalismo radical catalán y gallego, y por los GRAPO. Para hacer más verosímil su “impuesto revolucionario”, esta banda asesinó a tres empresarios en 1984: Rafael Padura, Manuel Ángel de la Quintana y Félix de la Piedad. También la extrema derecha aprendió de ETA. En marzo de 1973 Cruz Ibérica asaltó el Banco Atlántico de Madrid. Y durante la Transición el Frente de la Juventud empleó tanto la extorsión como los atracos para, en palabras de uno de sus líderes, Ernesto Milà, “sufragar sus gastos y especialmente pagar las fianzas a sus militantes presos”, a quienes denominaban “patriotas presos” y “presos políticos”.

Asesinen en nombre de Alá, de la revolución, de la reacción, de la raza o de la patria, la esencia de todas las organizaciones terroristas es la misma. También sus rasgos fundamentales: uno, clandestinidad, reducido tamaño y carencia de un territorio propio; dos, radicalización exaltada; tres, imaginario épico y discurso del odio; cuatro, elección de la violencia terrorista como principal método de acción; cinco, idea de que las víctimas son un precio necesario (el fin justifica los medios); y seis, a la postre, su historia es un fracaso sangriento: sus atentados no dibujaron nuevas fronteras en la península, ni trajeron la utopía, ni resucitaron la dictadura franquista ni sirvieron para que España volviese a ser el califato de Al Andalus.

Por eso, da exactamente igual su origen, su color político y la excusa que esgrimen: debemos juzgar a todos los terroristas por el mismo rasero.

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