GFS: «El retroceso de la democracia», El Mundo, 25-VIII-2026

El 1 de julio de 1976 los desacuerdos entre el rey Juan Carlos I y el presidente Carlos Arias Navarro provocaron el cese de este último. El monarca encargó la formación de un nuevo gobierno a Adolfo Suárez, el hasta entonces ministro-secretario del Movimiento. Fue recibido con desconfianza por las fuerzas antifranquistas, pero en su primera aparición en TVE hizo un anuncio claro: “Que los gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles”.
A las palabras les siguieron los hechos. El día 30 se decretó una amplia amnistía para los delitos políticos, con excepciones como el terrorismo. Ese mismo mes Suárez empezó a reunirse con los dirigentes de la oposición, todavía ilegal, para concertar la celebración de unas elecciones al año siguiente. La ciudadanía respaldó dicha vía en el referéndum de la Ley para la Reforma Política.
Por supuesto, había quien estaba en contra. En 1976 ETA y los GRAPO intentaron hacer descarrilar la incipiente Transición asesinando a 19 personas. Además de al terrorismo (cuatro víctimas mortales), la ultraderecha recurrió a la obstrucción al proyecto de Suárez en las instituciones y al “ruido de sables”. A su pesar, el pueblo habló.
El cambio de régimen en España había sido precedido por los de Portugal y Grecia. Aquellos tres casos marcaron el comienzo de lo que el politólogo Samuel P. Huntington denominó la tercera ola internacional de democratización. Gracias a la estadounidense Freedom House, podemos seguir su expansión. En 1976 únicamente el 26,58% de los países del planeta eran libres. Tres años después ya suponían el 31,88%.
La caída de las dictaduras derechistas en Hispanoamérica y de la mayoría de las dictaduras comunistas del Bloque del Este favoreció un nuevo repunte de la democracia global: en 1998 eran libres el 45,55% de los estados. Entre 2006 y 2007 se alcanzó el pico del 46,63%. A partir de 2010 la Primavera Árabe y otros fenómenos similares dieron más motivos para la esperanza. Tras un breve repliegue, en 2012 volvió a superarse la barrera del 46%.
La historia parecía estar dando la razón a la hipótesis que el politólogo Francis Fukuyama había planteado en 1992: tras el fin de la Guerra Fría, en un mundo cada vez más pacífico y estable, sin disputas ideológicas ni conflictos, la democracia liberal estaba llamada a convertirse en la forma dominante de gobierno. Sus ideas eran fruto del paradigma del progreso, la creencia de que las condiciones de vida y los derechos de la humanidad mejoran de forma inevitable, lineal, continua y acumulativa.
Fukuyama estaba equivocado. Por vigésimo año consecutivo, en 2025 la libertad ha disminuido en el planeta. La ciudadanía de 54 países ha experimentado un deterioro de sus derechos políticos y libertades civiles como resultado de las guerras, los golpes de Estado, los ataques a las instituciones, la violencia con y sin tintes políticos, la represión gubernativa y la extensión de prácticas autoritarias. Guinea-Bisáu, Tanzania y Burkina Faso han sido los más afectados.
La buena nueva es que Bolivia, las islas Fiyi y Malaui han entrado en la categoría de estados libres, que suman un total de 88 de 195 (el 45,12%). Sin embargo, únicamente albergan al 21% de la población global. El resto de los seres humanos reside en territorios que o no son libres (40%) o solo lo son parcialmente (39%).
Más pesimista, el Instituto sueco V-Dem sostiene que hoy en día “solo el 7% de la población mundial (600 millones) vive en democracias liberales”. Desde su perspectiva, los avances de la tercera ola de democratización “están casi erradicados”.
La libertad de prensa es uno de los elementos que más se ha degradado. Según Reporteros Sin Fronteras, se encuentra en una situación grave o muy grave en el 52,2% de los casos. En la actualidad menos del 1% de los seres humanos reside en zonas que gozan de una buena libertad de prensa. En 2002 era el 20%. “Estados Unidos (puesto 64) pierde siete posiciones, mientras que otros países americanos, como Ecuador y Perú, se hunden en la tabla”.
También han empeorado los niveles de paz y seguridad. El sueco Uppsala Conflict Data Program contabiliza 65 conflictos armados que involucraron al menos a un país en 2025, lo que representa el número más alto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ocho de ellos fueron guerras entre dos o más estados. Y todo apunta a que la tendencia irá en aumento.
El coste ha sido dramático. En 2025 los conflictos armados y otras formas de violencia organizada acabaron con la vida de 245.600 personas (un 152% más que en 2024). El escenario en el que se registraron más fallecidos (94.700) fue la guerra de Ucrania, seguido de Sudán e Israel-Palestina.
El australiano Institute for Economics & Peace calcula que el impacto de la violencia en la economía mundial fue de 21,8 billones de dólares, lo que equivale al 10,5% del PIB del planeta. Esta cifra representa un 3,2% más que el año anterior, debido a, entre otros factores, el incremento del gasto militar.
Al igual que las guerras, el terrorismo se ha intensificado en las últimas cinco décadas. La Global Terrorism Database identificaba 658 víctimas mortales en 1976. De acuerdo con el Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo, en 2025 los yihadistas asesinaron a 9.901 personas. No incluye la violencia ultraderechista, de extrema izquierda y nacionalista, que está repuntando en ciertas zonas.
Según algunos estudios, estamos más cerca del borde del abismo de lo que estuvimos en la Guerra Fría. Si entonces no nos despeñamos fue gracias al equilibrio entre las dos superpotencias, que hoy ha sido sustituido por una salvaje competición multipolar, y a las instituciones trasnacionales, como la ONU. La existencia tanto de esta organización como de la Corte Penal Internacional está siendo amenazada por el presidente Trump.
No son sus únicos “logros”. A consecuencia de la paralización del Congreso, la imposición de la autoridad del Ejecutivo, las presiones contra la libertad de expresión y la eliminación de medidas anticorrupción, en 2025 EEUU ha perdido tres puntos en el índice de Freedom House, situándose en los 81 sobre 100. Para V-Dem, el proceso de autocratización ha hecho que “por primera vez en más de 50 años, Estados Unidos pierda su estatus de democracia liberal”.
Europa continúa ocupando una posición preminente en las tablas de clasificación de libertad, democracia, prosperidad y paz. No obstante, son cada vez más evidentes el anquilosamiento de la UE, su escasa relevancia internacional y sus disfunciones internas. La crisis acecha.
España no es diferente al resto de países europeos. El año pasado hemos ganado un punto en el índice de Freedom House, alcanzando los 91, pero estamos lejos de los 97 que teníamos entre 2008 y 2011. En mi opinión, nos lastran problemas como el debilitamiento de la separación de poderes, la erosión de las instituciones, la corrupción, la falta de transparencia, la polarización política, el auge de los extremismos y los populismos, el crecimiento de los nacionalismos y los procesos de radicalización violenta de una pequeña parte de los jóvenes.
A la hora de afrontar tales retos, quizá resulte útil recordar aquellos a los que hace medio siglo se enfrentaron el Rey, el presidente Suárez, su equipo, la oposición antifranquista, los movimientos sociales y el conjunto de la ciudadanía. Los superaron porque, a pesar de sus diferencias, llegaron a acuerdos amplios en pro de un horizonte compartido, la democracia.

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