Hace diez años llegó a las librerías una de las grandes novelas vascas de nuestro tiempo. Todavía hay quien tiene miedo de leerla.

El 3 de noviembre de 2015 entrevisté a Fernando Aramburu en un coloquio sobre literatura y terrorismo celebrado en la Universidad de Deusto. Para prepararme, había leído casi toda su obra, desde la novela Ávidas pretensiones, en la que da rienda suelta a su sentido del humor, hasta la recopilación de relatos Los peces de la amargura, en la que se adentra en dirección contraria a la de aquellos que miraban hacia otro lado: las víctimas de ETA.
Guardo de aquel encuentro tres recuerdos. El primero, que Fernando me confesó que le gustaba tomar una copa de vino cuando hablaba en público. Fui a la cafetería de la universidad y pedí dos.
El segundo, que temía encontrarme con un escritor endiosado, pero resultó ser uno humilde, simpático y cercano. No solo me habló de su vida personal con normalidad, sino que se interesó por la de quienes le rodeábamos con genuino interés. Posteriormente nos ha dado muestras de sobra de su compromiso y generosidad.
En tercer lugar, nos contó que estaba trabajando en una nueva obra que pivotaba sobre un caso de extorsión y asesinato en una ficticia localidad guipuzcoana. Le interesaba nuestra opinión porque Florencio Domínguez y yo participábamos en un proyecto de investigación sobre la violencia de ETA contra el mundo empresarial, que daría lugar a dos monografías complementarias: Misivas del terror y La bolsa y la vida.
El 15 de febrero de 2016 ambos recibimos un correo electrónico. Fernando nos pedía que leyésemos el borrador de la novela para comprobar si había “incurrido en afirmaciones falsas, inexactas, inverosímiles” acerca de las “interioridades de la banda terrorista”. Había adjuntado un documento Word de 190.693 palabras, es decir, 614 páginas. En la primera de ellas aparecía el título: Patria.
Así pues, tuvimos la fortuna de ser dos de los primeros lectores del texto. Que conste que no revelo nada nuevo. El propio Fernando lo ha relatado en “Patria en el taller”, un artículo que fue publicado por la revista Grand Place y que está disponible en internet. “El historiador Gaizka Fernández Soldevilla y el periodista Florencio Domínguez, experto como pocos en los entresijos de ETA, tuvieron la deferencia de leer la novela cuando aún no estaba decidida su versión final. Tras hacerme alguna que otra indicación provechosa, obtuve de ambos el visto bueno”.
Por supuesto que se lo dimos. Patria estaba muy bien documentada. Además, gracias a su oficio de escritor, Fernando había encontrado las palabras exactas para condensar la problemática del chantaje al que habían sido sometidos miles de empresarios como su personaje, Txato, así como las actitudes de sus vecinos y allegados ante el fenómeno: complicidad, cobardía, temor, solidaridad, valor, etc. La tragedia de la sociedad vasca cabía en ese libro. Sin embargo, dado que las víctimas solían ser una temática poco atractiva para los lectores de ficción, no intuí su potencial comercial.
La novena novela de Aramburu llegó a las librerías el 6 de septiembre de 2016. Fue un enorme éxito. Se mantuvo en la lista de los más vendidos durante 112 semanas. Según la editorial Tusquets, se han comprado más de 1.600.000 ejemplares en España, más de 500.000 en Hispanoamérica y otro medio millón en las 35 lenguas a las que ha sido traducida, destacando las versiones en italiano (más de 200.000), alemán (100.000) y francés (70.000). Patria ha sido adaptada al cómic y a la televisión, con una serie estrenada por HBO en 2020. Recibió el Premio Nacional de Narrativa, el Premio de la Crítica, el Euskadi, el Francisco Umbral y el Strega.
Con diferencia, se trata del libro que más ha hecho por divulgar la realidad de los damnificados por ETA. Lo pueden comprobar visitando la magnífica exposición “Narrar la herida”, comisariada por la profesora Roncesvalles Labiano en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.
La izquierda abertzale recibió Patria con manifiesta hostilidad. Su disposición no ha cambiado desde entonces. Incapaz de cortar el cordón umbilical que le une al fantasma de la banda, rechaza cualquier otro punto de vista, incluso los literarios. Prefiere aferrarse a sus viejos referentes. Sirva como ejemplo el homenaje que el 6 de junio de este año la Feria del libro y disco vasco de Ciboure/Ziburu tributó a Beñat Oihartzabal. Se trata de un prestigioso lingüista, también de un asesino. El 13 de septiembre de 1974, junto a Mª Lourdes Cristóbal, acabó con la vida de 13 personas en la cafetería Rolando.
Si Oihartzabal leyese Patria, encontraría esta cita: “pedir perdón exige más valentía que disparar un arma, que accionar una bomba”. Quizá ahí reside la razón por la que ni él ni sus admiradores jamás han dado muestras públicas de arrepentimiento.