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X Congreso Internacional «Historia de la Transición en España. La violencia como actor político»

El viernes 22 participaré en el X Congreso Internacional «Historia de la Transición en España» (Universidad de Almería) con una ponencia sobre el terrorismo independentista en Cataluña, Galicia, Canarias y otros territorios.
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GFS: «Libres», El Correo, 9-XI-2024

El Muro de Berlín, que Alemania Oriental erigió en 1961 para evitar la fuga de sus habitantes a occidente, no solo dividía una ciudad, sino que era la representación material del Telón de Acero. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa se había partido en dos. Al oeste estaban los países capitalistas tutelados por Estados Unidos, que adoptaron la forma de democracias parlamentarias (aunque Portugal, Grecia y España no lo hicieron hasta los setenta). Al este, las dictaduras de corte comunista, la mayoría de las cuales seguían las directrices de la URSS.
Al igual que su rival, el Bloque soviético no era homogéneo. Hubo tiranías totalitarias absolutamente desquiciadas, como la Albania de Enver Hoxha y la Rumanía de Nicolae Ceaușescu, pero también dictaduras menos duras en ciertos aspectos concretos, como la República Democrática Alemana (RDA). No se trata de edulcorar el Muro de Berlín (cínicamente bautizado por el comunismo como “Muro de Protección Antifascista”), ni la represión de la disidencia, ni el papel de la Stasi, sino de introducir matices: según Dante, incluso en el Infierno había diferencias entre los nueve círculos. Las particulares características de la RDA han quedado bien reflejadas en las recientes y excelentes obras que han escrito investigadores españoles como José María Faraldo (Las redes del terror), Ibon Zubiaur (Estímulo y censura) y Xavier Ramos Diez-Astrain (A través del Telón de Acero).
Alemania era uno de los principales escenarios de la Guerra Fría y en algún momento, al igual que Corea, Cuba o Vietnam, estuvo a punto de convertirse en el detonante de la Tercera Guerra Mundial. Teniendo en cuenta el armamento nuclear que acumulaban ambos bandos, podría haber sido la última de todas.
A la postre, la Guerra Fría no desató el apocalipsis, sino que se cerró de una manera tragicómica. Debilitado por sus problemas internos, que la incompetente nomenklatura fue incapaz de gestionar, el Bloque del Este se desplomó por sí solo. El principio del fin se empezó a escribir no por casualidad en la RDA, donde la creciente desafección popular se había manifestado a través de numerosas protestas pacíficas.
El 9 de noviembre de 1989 el portavoz del politburó del Partido Günter Schabowski concedió una rueda de prensa en Berlín. Sus respuestas acerca de los cambios en la política de emigración de Alemania oriental fueron confusas. Aquellas palabras, que llegaron a los hogares germanos por medio de la televisión y la radio, se interpretaron como la derogación definitiva de todas las restricciones que la RDA había puesto a cruzar la frontera. Los hastiados berlineses del este salieron a la calle y se agolparon ante el Muro exigiendo a las autoridades que cumplieran el anuncio de Schabowski.
Al contrario de lo que había ocurrido en anteriores ocasiones, en las que no les tembló el pulso, ni los guardias fronterizos se atrevieron a disparar a la multitud ni sus superiores aceptaron la responsabilidad de dar la orden. Por la noche el comandante de un sector permitió a la gente pasar al otro lado. Aquella grieta se fue ensanchando hasta permitir la destrucción del dique. Los berlineses orientales cruzaron la frontera y se reencontraron con sus familiares y amigos de la zona occidental. La historia está perfectamente relatada en la recomendable exposición “El Muro de Berlín. Un mundo dividido” que todavía puede visitarse en Madrid.
Al poco tiempo, en un efecto dominó, se fueron derrumbando otros regímenes comunistas. Apenas encontraron quien los defendiera: estaban carcomidos por dentro. Por desgracia, los tiranos consiguieron aferrarse al poder en países como China, Corea del Norte o Cuba.
Diecisiete años antes de la caída del Muro de Berlín, en 1972, los músicos Pablo Herrero y José Luis Armenteros compusieron la canción “Libre” para Nino Bravo, que la interpretó de manera magistral. Fue uno de los mayores éxitos del cantante. Durante décadas se creyó que la letra aludía a la trágica historia de Peter Fechter, un joven obrero al que el 17 de agosto de 1962 las tropas fronterizas de la RDA asesinaron cuando intentaba huir al oeste.
En 2021, en Radio 5, Pablo Herrero negó que la muerte de aquel chico hubiese inspirado “Libre”. Franco “estaba todavía vivo. No teníamos que mirar a Alemania. Lo estábamos viviendo aquí. La falta de libertad era manifiesta”. Creo que la confusión respecto al origen de la canción respondía al talento de los compositores: a partir de su experiencia personal habían sido capaces de crear un himno universal que sintetiza las ansias de libertad de todos aquellos que sufren una dictadura, sea del tipo que sea.
Para recordar a dónde no queremos volver, hoy nada mejor que escuchar “Libre”.
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SD Contra 36: XXXV aniversario de la caída del Muro de Berlín
El 9 de noviembre de 1989 los berlineses del este se agolparon ante el Muro que partía la ciudad exigiendo a las autoridades pasar al otro lado. Por la noche el comandante de un sector permitió a la gente cruzar la frontera con la República Federal Alemana. Aquella grieta se fue ensanchando hasta permitir la destrucción del dique. Los berlineses orientales se reencontraron con sus familiares y amigos de la zona occidental. Era el principio del fin de la República Democrática Alemana, la dictadura comunista impuesta por la URSS, pero también del Bloque del Este. Al poco tiempo, en un efecto dominó, se fueron derrumbando otros regímenes comunistas.
Con motivo del 35º aniversario de la caída del Muro de Berlín, hemos invitado a #SierraDelta Contra 36 #sdcontra36 a dos grandes especialistas en la RDA: el historiador José M. Faraldo, profesor titular de la UCM, y el ensayista y traductor Ibon Zubiaur. Gracias a ellos, conoceremos las resistencias a la ocupación soviética, cómo se creó la RDA, las características únicas de ese régimen, su pluralismo limitado, la literatura que se publicó en aquella época, el papel de la represión, la forma en la que actuaba la Stasi, los mitos alrededor de tal policía secreta, sus relaciones (o no) con organizaciones terroristas como ETA y, sobre todo, cómo y por qué se derribó aquella dictadura.
Pueden escucharlo aquí
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GFS: «A los 65 años de la primera bomba de ETA», Crónica Vasca, 25-X-2024

El 17 de julio de 1959, víspera del aniversario del «Alzamiento Nacional», militantes de ETA lanzaron pequeñas ikurriñas en El Arenal de Bilbao. Se trató de su primera acción documentada. En agosto hicieron pintadas y arrojaron banderitas en la bahía de San Sebastián. No obstante, la propaganda era insuficiente para el nuevo grupúsculo, que soñaba con emular a las organizaciones guerrilleras y terroristas del Tercer Mundo.
Según el historiador José María Garmendia, ETA siempre sintió «la necesidad de practicar la violencia». «Yo, particularmente, la he visto desde un principio», corroboraba en una entrevista el exdirigente Juan José Etxabe (Haundixe). En octubre de 1959 el boletín Zabaldu anunciaba la «hora de despertar y hundir del todo a los falsos abertzales que aún creen en la razón de las causas justas que no se defienden con los puños». Y para el Libro blanco de ETA (1960), «la liberación de manos de nuestros opresores requiere el empleo de armas cuyo uso particular es reprobable. La violencia como última razón y en el momento oportuno ha de ser admitida por todos los patriotas».
Como se detalla en Las raíces de un cáncer. Historia y memoria de la primera ETA (editorial Tecnos), la primera bomba de la organización estalló durante la noche del 24 al 25 de octubre de 1959 en el diario Alerta de Santander, perteneciente a la Cadena de Prensa del Movimiento. Consecuencia de la censura, ni siquiera el periódico afectado dio noticia del suceso. Tal vacío ha llevado a algunos autores a dudar de que hubiese ocurrido. Incluso ETA lo olvidó: no aparece en su listado oficial de atentados.
Sin embargo, hay una prueba. El Archivo Histórico Provincial de Cantabria custodia la carta que el 26 de octubre Francisco de Cáceres y Torres, director de Alerta, envió a Agustín del Río, jefe de la Sección Técnica de Prensa, para informarle de que «una bomba de fabricación casera» había explotado «junto al muro de nuestra casa cerca a la de los almacenes». Solo hubo daños materiales.
ETA escogió aquel día porque se cumplían 120 años de la Ley del 25 de octubre de 1839 que confirmó los fueros vascos y navarro «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía». Retorciendo la historia, Sabino Arana y sus seguidores habían interpretado su entrada en vigor como la pérdida de la independencia de Euskadi, por lo que la fecha resultaba emblemática para el nacionalismo vasco.
No obstante, ¿por qué Santander? Décadas después uno de los fundadores de la banda, Julen Madariaga, declaró que buscaban despistar al enemigo. Ahora bien, no resulta una razón convincente y él había demostrado ser una fuente poco fiable. Baste recordar cómo manipuló el caso de Javier Batarrita.
El de Santander formaba parte de una cadena de atentados. El segundo se produjo la noche del 8 al 9 de noviembre en el Gobierno Civil de Vitoria. El historiador David Mota ha descubierto que ese artefacto estaba compuesto por «un viejo bidón de gasolina lleno de clavos y pedazos de hierro». En la madrugada del 13 al 14 de noviembre un etarra arrojó otra bomba al jardín de la Comisaría de Policía de Bilbao. Algunas fuentes también adjudican a ETA un incendio en el periódico falangista bilbaíno Hierro, pero no hay certezas al respecto.
El grupo no reivindicó aquellos actos, pero sí los que perpetró dos años más tarde. El 18 de julio de 1961 unos etarras quemaron banderas rojigualdas en San Sebastián e intentaron hacer descarrilar un tren de excombatientes guipuzcoanos que iban a conmemorar la sublevación. No solo fracasaron, sino que, además, las autoridades descubrieron la existencia de ETA. Se llevaron a cabo los primeros arrestos y el primer juicio.
A pesar de que no acumulaba sino fiascos en la «lucha armada», hubo quien pronosticó que aquella organización acabaría provocando una tragedia. En septiembre de 1962 Manuel Irujo, veterano dirigente del PNV y exministro de la II República, advirtió de que ETA «es un cáncer que, si no lo extirpamos, alcanzará todo nuestro cuerpo político».
En diciembre de 1963 integrantes de la banda propinaron una paliza al maestro de Zaldívar. En febrero de 1964 dejaron inconsciente a un guardia civil en Sestao para robarle la pistola. Al año siguiente la IV Asamblea de ETA aprobó la estrategia de acción-reacción-acción: realizar atentados para provocar la represión franquista, antesala de la «guerra revolucionaria». El plan fue ratificado en marzo de 1967, año en el que comenzó la auténtica espiral de violencia. El 7 de junio de 1968 dos pistoleros asesinaron al guardia civil José Antonio Pardines. Era la primera de sus 853 víctimas mortales. El 95% de los asesinatos y el 99% de los heridos de ETA se produjeron tras el fallecimiento de Franco.
El tiempo demostró que Irujo tenía razón.
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