A partir de 1970 se hizo evidente que la dictadura franquista había entrado en crisis, lo que coincidió con un auge momentáneo de la extrema izquierda. Incluso pareció capaz de disputar al PCE el protagonismo en la oposición realmente existente. La fuerza de los partidos marxistas-leninistas, distorsionada por su notable actividad, la falta de información fruto de la clandestinidad y el silencio impuesto a la población, fue sobrevalorada por bastantes de los agentes políticos. Pese a esa distorsión, es cierto que a esas alturas, a principios de los setenta, la extrema izquierda ya estaba actuando en los tres movimientos sociales fundamentales del antifranquismo: obrero, vecinal y estudiantil. Estos tuvieron cierta incidencia en fábricas, barrios y centros educativos, unos ámbitos que eran particularmente urbanos, aunque, como puede comprobarse, no exclusivamente obreros.
La huelga general del 11 de diciembre de 1974, impulsada por organizaciones como ORT y MCE, fue, probablemente, el mayor éxito político de la extrema izquierda en la Euskadi del tardofranquismo. Movilizó, bajo las reclamaciones de amnistía, libertades y mejoras salariales, a unos 200.000 trabajadores, más en las áreas urbanas e industriales de Bizkaia y Gipuzkoa que en Álava, y se extendió a diversos sectores, como el estudiantil. Se trata de una cifra apreciable para tratarse de un contexto dictatorial y un espacio restringido como el País Vasco. El paro no contó con el apoyo del PCE-EPK y además se realizó tras otra huelga de menor éxito, impulsada esta vez desde el nacionalismo vasco radical (ETApm) a principios de ese mismo mes. Estos hechos sirvieron para trasladar la fortaleza y capacidad organizativa de la extrema izquierda frente a otros sectores de la oposición antifranquista que habían quedado descolgados de la convocatoria. La propia policía resumía así su balance acerca de los grupos opositores con incidencia en el movimiento obrero en Gipuzkoa, expresando la escasa capacidad de ETA para penetrar en él:
Son pues, otras organizaciones las que controlan este y otros sectores, y que de una forma ininterrumpida se dedican a promover conflictos con sello propio que contribuyan a aumentar su prestigio entre las masas. Son estas fundamentalmente ETA-VI Asamblea y MCE, que alcanzan un gran ascendiente en grandes sectores de la base. Los demás partidos o grupos clandestinos desarrollan una actividad muy inferior, bien por no ser la acción su medio específico, bien por no estar verdaderamente arraigados a la población. El caso del PNV, que si bien goza de un amplio sector de simpatizantes, ha ido perdiendo progresivamente prestigio, precisamente por su inactividad, seguidores que han ido repartiendo indistintamente sus simpatías por otros grupos también de origen vasco como son las dos ramas de ETA y MCE, que son las que verdaderamente aglutinan un considerable número de militantes, incluso entre personal no vasco.
No puede considerarse que todos los participantes simpatizaran con la izquierda radical, pero, si una de las funciones que se atribuían los partidos revolucionarios era ejercer como levadura para agitar a las masas, la citada huelga parecía ofrecer el modelo a seguir. Las propias autoridades provinciales mostraban cierto temor ante la «gran incidencia política» de la propaganda «roja», que penetraba sobre todo en fábricas y universidades y, recurriendo a determinadas consignas, conseguía radicalizar a una parte de los «productores» y estudiantes.
El nuevo movimiento obrero se canalizó a través de Comisiones Obreras. En el resto de España éstas estaban claramente dominadas por el PCE, mientras que en el País Vasco presentaban un mayor equilibrio interno entre la corriente comunista tradicional y otra situada a su izquierda. Esta última, integrada por la consabida sopa de siglas trotskista y maoísta más activistas «independientes», quedó constituida desde principios de 1975 en la Coordinadora de Euskadi de Comisiones Obreras (CECO), frente a la Comisión Obrera Nacional de Euskadi (CONE), vinculada al PCE-EPK. La huelga de finales de 1974 se impulsó en las reuniones que poco después desembocarían en la formación de la CECO.
El protagonismo de otro de los ciclos huelguísticos más relevantes en la Euskadi de la década de 1970, el que se inició a finales de 1975 y culminó en los sucesos del 3 de marzo de 1976 en Vitoria, tampoco es atribuible al PCE-EPK ni al abertzalismo, sino a Comisiones Representativas de los trabajadores, con un perfil anticapitalista y asambleario, que admitieron el asesoramiento pero no la dirección de los partidos políticos. La dureza de la represión, que derivó en la muerte de cinco personas por disparos de la Policía Armada en la capital alavesa, desactivó las protestas, en las que también habían tenido una gran influencia curas obreros secularizados como Jesús Fernández Naves. Varios de los líderes, caso de Tomás Etxabe, de Forjas Alavesas, pasaron después a las filas de partidos como EMK y fueron presentados como cabezas de lista para las elecciones de la época de la Transición. En la propaganda se destacaba su participación en los citados sucesos. Se pretendía que el carisma de las luchas antifranquistas atrajera votos, aunque, como veremos, tal táctica políticamente sirvió para poco.