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GFS: «Un héroe en la masacre de Rolando», El Correo, 13-IX-2024

La sociedad tiene una deuda con las personas que, como Pedro Chicote, se jugaron la vida para proteger y salvar las de las víctimas del terrorismo

La cafetería Rolando estaba situada en la calle del Correo, al lado de la Puerta del Sol (Madrid). Su personal, la calidad de la comida, los precios moderados y su ubicación céntrica atraían a una clientela variopinta: residentes en las inmediaciones, turistas, oficinistas, obreros, estudiantes, viajantes, gente de paso y funcionarios como los administrativos y policías de la cercana Dirección General de Seguridad.

Parecía que el viernes 13 de septiembre de 1974 iba a ser una jornada rutinaria más. Sin embargo, todo se rompió a las 14:30 horas, cuando una potente bomba explotó en el salón comedor. Estaba compuesta por entre cinco y ocho kilogramos de goma 2E-C y 1.000 tuercas como metralla para causar el mayor daño posible. Ese día murieron 11 personas y más de 70 resultaron heridas. Debido a las secuelas físicas, Gerardo García Pérez falleció el 29 de septiembre y el inspector Félix Ayuso Pinel, el único policía de la lista, el 11 de enero de 1977. Así, el balance final del atentado ascendió a 13 víctimas mortales.

Con todo, el número de fallecidos pudo haber sido mucho mayor. Lo evitaron un puñado de héroes anónimos que dieron lo mejor de sí mismos: vecinos, trabajadores de los negocios afectados, bomberos, agentes de la ley, sanitarios, taxistas, etc. Su rápida, efectiva y generosa actuación salvó una cantidad incalculable de vidas.

Como se cuenta en la obra Dinamita, tuercas y mentiras, Pedro Chicote Alonso fue uno de ellos. Natural de Palacios de la Sierra (Burgos), aunque afincado en Bilbao, había trabajado en empresas como la Naval y la CAF. La perspectiva de un contrato fijo y, sobre todo, de conocer “otros mundos” le llevaron a opositar a la Policía Armada. Aprobó. A primeros de septiembre de 1974 le dieron su primer destino: la comisaría de la calle Leganitos (Madrid). Tenía 25 años.

El viernes 13 por la mañana Pedro hizo guardia en el Ministerio de Justicia. Un superior le ordenó que por la tarde se desplazara a otro sitio para cubrir a un compañero que estaba de baja, así que se apresuró a comer en el cuartel de la Plaza de Pontejos. Caminaba por la calle del Correo, a la altura de la Pañería Inglesa, cuando estalló la bomba.

La onda expansiva le hizo volar por los aires unos metros. Quedó “despatarrado” en el suelo, pero, al escuchar “como chillaba la gente”, supo que debía reaccionar. Entró en la cafetería Rolando. “Vi un cuadro. Con todo el polvo que había, más gas de algún butano… Entré allí y había cuatro o cinco personas sentadas a las que la onda expansiva les había desnudado. Algunos estaban retorcidos. Estaban muertos todos”.

Entró y salió del establecimiento hasta rescatar, según la prensa, a 15 heridos. Dos de ellas se le han grabado en la memoria. La primera, una chica que había quedado muy malparada y cuyas piernas se le deshacían entre los dedos. La otra, una chiquilla que no paraba de llorar. Estaba atrapada entre los escombros y le caía en la cara el chorro de agua de una tubería que se había reventado. “Todos gritaban, pero a una niña la oía, la oía… Y la vi. Dije ‛tiene que ser esa niña’. Bueno, pues yo ya había sacado a bastante gente, pero digo ‛voy a ir a buscar esa niña’”. Cuando avanzaba hacia ella, el suelo cedió y el policía cayó al sótano. Le costó subir. Aún se escuchaban los lamentos de la menor, así que Pedro se hizo una promesa: “a esa niña la tengo que sacar yo de aquí”. Y, en efecto, la sacó.

Al agente le quedaba energía suficiente como para meterse una vez más en el local. Ahora bien, tras depositar al último herido en la calle, se desmayó. Le trasladaron al hospital. Su ropa llena de sangre hizo suponer a los médicos que estaba gravemente herido. No obstante, solo se había lastimado la pierna izquierda y la mano derecha.

El daño no solo era físico, pero en aquel momento la Administración no atendió el bienestar ni la salud mental de Pedro y del resto de supervivientes. Tampoco amparó a las familias de los fallecidos. No empezó a tratar a las víctimas del terrorismo como merecían hasta décadas después. A pesar de todo, Pedro perseveró. Como relató en el pódcast Sierra Delta Contra, continuó trabajando como policía nacional en Bilbao hasta su jubilación en 2014.

El valor de los héroes humildes contrasta con la cobardía de ETA y sus cómplices. Como hizo en tantas otras ocasiones, en 1974 la banda mató y mintió. En vez de asumir la autoría de su primer atentado indiscriminado, intentó culpar a la ultraderecha y a la dictadura franquista de haberlo cometido. No reconoció su responsabilidad hasta 2018.

Los autores de la masacre nunca han pedido perdón. En el 50º aniversario, ¿encontrarán el coraje para hacerlo?

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GFS: «Cafetería Rolando: medio siglo del primer atentado indiscriminado de ETA», The Conversation

Pueden leerlo aquí

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Exposición en la Universidad de Cantabria

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10 septiembre, 2024 · 17:10

Exposición «Rolando 2:15-2:45» en Palencia

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6 septiembre, 2024 · 18:08

Sierra Delta Contra 34: Historia de la policía en España

https://www.ivoox.com/sd-contra-34-policia-espana-iii-audios-mp3_rf_133531648_1.html

En el primer #SierraDelta Contra de esta temporada #sdcontra34, entrevisto a Diego Palacios Cerezales, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, que nos habla de su obra Uniformados y secretas. Breve historia de la policía en España. Este trabajo, que acaba de publicar Los Libros de la Catarata, es una síntesis amena pero rigurosa de la evolución de la policía desde su origen ilustrado hasta la actualidad, con el reflejo de los vaivenes de la sociedad española en los últimos 200 años.

Además, María Jiménez Ramos nos adelanta el contenido de la III Jornada ‘Contar el terror: Las historias detrás de la historia’, que tendrá lugar en la Universidad de Navarra los días 17 y 18 de octubre

https://www.ivoox.com/sd-contra-34-policia-espana-iii-audios-mp3_rf_133531648_1.html

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Presentación de «Dinamita, tuercas y mentiras» en Madrid

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4 septiembre, 2024 · 9:47

Entrevista en Bellus Artis

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GFS: «Casus belli», El Correo, 31-VIII-2024

El 31 de agosto de 1939 agentes al mando del oficial de las SS Alfred Naujocks asaltaron la estación radiofónica de la entonces ciudad alemana de Gleiwitz (hoy Gliwice). Aquellos nazis disfrazados de soldados polacos estaban protagonizando una operación de falsa bandera, expresión que procede de una vieja táctica de combate naval: izar la bandera de otra nación para poder acercarse a un barco enemigo antes de atacarlo.

Una vez tomada la emisora, los alemanes fabricaron dos pruebas. Por un lado, emitieron un breve mensaje en lengua polaca contra el Tercer Reich. Por otro, asesinaron a Franciszek Honiok, un granjero de ciudadanía alemana pero que era un conocido nacionalista polaco. Su cadáver fue abandonado para luego tacharlo de saboteador. Se suele considerar a Honiok la primera víctima de la Segunda Guerra Mundial.

Lo ocurrido en Gleiwitz y en otros puntos del país sirvió a Hitler para justificar la ofensiva militar que había preparado. En la madrugada del 1 de septiembre las tropas alemanas cruzaron la frontera del este. La maquinaria propagandística intentó hacer pasar la conquista de Polonia por una “represalia” legítima. No obstante, nadie se lo creyó: Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania. Irónicamente estaba previsto que el 2 de septiembre comenzase en Núremberg el “Congreso de la Paz” del Partido Nazi.

El pretexto de Hitler era falso, pero las consecuencias de la contienda fueron dramáticamente reales. Entre cuarenta y setenta millones de personas perdieron la vida. La mayoría de las víctimas mortales procedían de la URSS, China, Alemania, Polonia y Japón. Muchos de los fallecidos eran judíos, gitanos y otros grupos a los que el Tercer Reich se había empeñado en exterminar.

El nazismo no fue el único sistema antidemocrático que organizó una operación de falsa bandera para usarla como casus belli. El 18 de septiembre de 1931 nacionalistas japoneses dinamitaron un tramo del ferrocarril del sur de Manchuria, que gestionaba una empresa nipona. Tras culpar del sabotaje a soldados chinos, las tropas de Japón ocuparon toda la región. Se estableció el Estado títere de Manchukuo, cuya historia terminó tras la rendición imperial en agosto de 1945.

El 26 de noviembre de 1939 la artillería soviética disparó varios proyectiles contra los alrededores de la población rusa de Mainila. Stalin responsabilizó a Finlandia del bombardeo y unos días más tarde el Ejército Rojo invadió el país vecino. Incapaz de prolongar la Guerra de Invierno, en marzo de 1940 Finlandia tuvo que ceder parte de su territorio a la URSS.

Otras clases de mentiras políticas se utilizaron para camuflar las auténticas intenciones de ciertos líderes y colectivos. El golpe de Estado que los bolcheviques dieron contra el Gobierno Provisional ruso en la noche del 7 al 8 de noviembre de 1917 no pretendía garantizar “pan, paz y tierra” ni entregar “todo el poder para los sóviets”, sino instaurar una dictadura de partido único encabezada por Lenin. La Marcha sobre Roma de los fascistas en octubre de 1922 no buscaba adelantarse a una eventual revolución comunista en Italia, sino aupar a Mussolini al poder. Cuando el 17/18 de julio de 1936 una parte del Ejército se sublevó contra la Segunda República, no estaba recogiendo “el anhelo de la gran mayoría de los españoles”, como se leía en el bando que promulgó Franco. Los españoles ya habían expresado sus anhelos en las elecciones de ese mismo año. Lo que querían los insurrectos era sustituir el Gobierno legítimo por una dictadura.

Hay ejemplos más recientes. En marzo de 2003 el presidente de EEUU George W. Bush ordenó la invasión de Irak aduciendo que Saddam Hussein acumulaba armas de destrucción masiva. Y desde marzo de 2014 la Rusia de Putin se ha ido anexionando zonas de Ucrania con la excusa de que su gobierno es ilegítimo e incluso nazi.

Aunque el uso de la mentira como herramienta política es un fenómeno antiquísimo, las redes sociales lo han potenciado. No solo es responsabilidad de los poderosos y de quienes pretenden sustituirlos. Los ciudadanos de a pie somos cómplices. Detectamos con suma facilidad los embustes de los que no piensan como nosotros, pero nos tragamos y difundimos los de nuestro entorno ideológico. O ya no creemos en nada. Un sector de la sociedad se fanatiza mientras que el resto se vuelve nihilista.

El fenómeno también afecta al relato histórico. En la época de la “posverdad” hay quien da más peso a la subjetividad, a las opiniones y deseos, que a los hechos. Sin embargo, no todo es opinable: algo pasó o no pasó. La estación de Gleiwitz fue atacada por agentes nazis. El trabajo de los historiadores nos permite distinguir entre las falsedades intencionadas y la verdad factual.

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Dinamita, tuercas y mentiras. El atentado de la cafetería Rolando

Sinopsis

El viernes 13 de septiembre de 1974 una pareja de jóvenes franceses colocó una bomba de relojería en el comedor de la cafetería Rolando (Madrid), situada al lado de la Puerta del Sol y de la Dirección General de Seguridad. El artefacto, compuesto de dinamita goma 2E-C y 1.000 tuercas como metralla, se activó a las 14:30 horas. La explosión acabó con la vida de 11 personas y causó lesiones a más de 70. Debido a las graves secuelas que arrastraban, dos de los heridos fallecieron posteriormente: Gerardo García Pérez el 29 de septiembre y Félix Ayuso Pinel, el único policía de la lista, el 11 de enero de 1977. El primer atentado indiscriminado de ETA arrojó un balance final de 13 víctimas mortales y unos 70 heridos. Al enterarse del resultado de sus planes, la dirección de la banda no solo negó su responsabilidad, sino que acusó a la ultraderecha y a la dictadura franquista de haber cometido la masacre. El nacionalismo vasco radical, parte de la oposición e incluso figuras de prestigio internacional contribuyeron a difundir las teorías de la conspiración sobre lo ocurrido en la calle del Correo. ETA no asumió la autoría del atentado hasta 2018. Con el hilo conductor de aquella matanza, los historiadores Gaizka Fernández y Ana Escauriaza estudian la actividad de la organización durante el tardofranquismo: sus contactos internacionales, la red de colaboradores madrileños de Eva Forest, la estrategia de acción-reacción-acción, el magnicidio del presidente Carrero Blanco, el fracaso de las grandes operaciones del verano de 1974, los preparativos y la ejecución del atentado de la cafetería Rolando, sus consecuencias, la respuesta represiva del régimen, la instrucción judicial y el cisma de ETA. El mayor mérito de la presente obra es su empeño en recuperar la memoria de las víctimas de la masacre y de sus familiares, que hasta ahora habían sido los grandes olvidados en esta trágica historia.

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Seminario UNED «La Transición: Del relato a la Historia»

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