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Congreso OIET “Terrorismo pasado, presente y futuro: cómo hacer frente a su amenaza”

 

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GFS: “Conspiranoicos”, El Correo, 8-VII-2019

No hay ninguna descripción de la foto disponible.En 1908 el escritor británico Gilbert K. Chesterton publicó su novela El hombre que fue jueves. El argumento gira en torno a Gabriel Syme, un poeta reclutado por el anónimo responsable de una sección especial de Scotland Yard para infiltrarse en un grupo terrorista que planea destruir la civilización. El protagonista consigue que la célula local le designe como uno de los siete miembros del Consejo Anarquista Central. Ahora bien, tras una serie de peripecias, Syme (Jueves) va descubriendo que cinco de los otros seis líderes del Consejo también son agentes encubiertos. Solo parece haber un auténtico terrorista entre ellos. ¿De verdad lo es? Tampoco. Al final, los seis topos descubren que el líder supremo de la conspiración, Domingo, es el mismo cargo de Scotland Yard que previamente les había contratado.

El hombre que fue jueves es una obra de ficción, pero los conspiranoicos elaboran tramas similares en sus narraciones. En ellas niegan o relativizan la existencia de las bandas terroristas, reinterpretando sus atentados como producto de fuerzas misteriosas, que maquinan en las sombras. Se trata de un fenómeno universal. Por ejemplo, en las décadas de los setenta y ochenta sectores progresistas italianos afirmaron que las Brigadas Rojas estaban dirigidas por poderes ocultos. Como recuerda Juan Avilés en el libro Después del 68: la deriva terrorista en Occidente, la de “los años de plomo es una página oscura que se preferiría expulsar de la historia de la izquierda”. Y algunos siguen intentando expulsarla. No obstante, el hecho es que 159 personas fueron asesinadas en Italia por terroristas “revolucionarios”. Otras 228, por los de ultraderecha.

Este tipo de relato también hizo fortuna en España. Durante la Transición la teoría de la conspiración en torno a las Brigadas Rojas se reprodujo aquí con el FRAP, los GRAPO y otras organizaciones terroristas, no pocas de cuyas acciones fueron tachadas de provocación policial. No era cierto: la violencia de extrema izquierda causó más de un centenar de víctimas mortales, que, como todas, tienen derecho a la verdad.

La primera fue del DRIL, un grupo hispanoluso que pretendía derrocar a Franco y a Salazar, pero cuyos únicos “logros” fueron dos asesinatos: el de la niña Begoña Urroz en un atentado en la estación de Amara de San Sebastián (junio de 1960) y el del tercer piloto João José do Nascimento Costa durante el asalto al trasatlántico Santa María (enero de 1961). Las dos dictaduras ibéricas achacaron estas acciones a los partidos comunistas, para estigmatizarlos. A modo de defensa, el PCE acusó a los integrantes del DRIL de ser agentes franquistas que incitaban a la represión. En otras versiones, incluso se les vinculaba a la CIA. Siguiendo su estela, ciertos propagandistas abertzales han retomado la teoría de la conspiración. Mientras tanto, contra toda evidencia, todavía hay quien mantiene que ETA puso la bomba de Amara. Ninguna de estas hipótesis se sostiene. Una investigación impulsada por el Centro Memorial ha corroborado que los crímenes del DRIL fueron responsabilidad del DRIL.

La larga trayectoria terrorista de ETA ha servido de terreno abonado para los conspiranoicos. En diciembre de 1973 la banda asesinó al almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno franquista. La cercanía del lugar del crimen a la Embajada de los Estados Unidos fue aprovechada por los fabuladores para intentar implicar a la CIA o a una facción de la dictadura. Mientras unos creían ver connivencias de ETA con EEUU, otros, el sector “eladio” del PNV, acusaban al grupo de ser un instrumento de la URSS. Irónicamente, en esto coincidían con algunos altos cargos del régimen, que siempre habían sospechado que detrás de sus atentados estaba la mano del PCE. Falso.

La propia ETA y su entorno han creado teorías de la conspiración. Una, la más conocida, que las FCSE introducían drogas en Euskadi para acabar con la supuesta “combatividad” de la juventud vasca. Aquí los terroristas reciclaban una leyenda urbana que, con variantes regionales, ya se había extendido por toda Europa. El mito ha sido derribado por trabajos como ¿Nos matan con heroína? de Juan Carlos Usó y la tesis doctoral que el historiador Pablo Varela está a punto de presentar en la UPV/EHU.

También se han urdido relatos morbosamente falsos acerca de la masacre yihadista del 11M en Madrid. Se llegó a presentar como un atentado de falsa bandera en el que estaban envueltos ETA, servicios secretos extranjeros e incluso partidos políticos. Pese a la claridad de las sentencias judiciales y a estudios como el de Fernando Reinares, aún hay quien se resiste a creer que no hubo un complot.

El terrorismo no es el único ámbito en el que florecen las teorías de la conspiración. Hay defensores de que las vacunas son venenosas, de que la Tierra es plana, de que está dominada por los reptilianos o de que nuestra civilización fue creada por alienígenas (los “antiguos astronautas”). Parafraseando a Tácito, inventan mentiras y a la vez se las creen. Que una parte de la ciudadanía desprecie explicaciones científicas para decantarse por otras fantasiosas es preocupante. No solo porque algunos jueguen con su salud, sino porque todos ellos ponen en riesgo el elemento que más nos ha hecho avanzar como Humanidad: el conocimiento.

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María Jiménez: “Las víctimas del terrorismo en España e Irlanda del Norte: dinámicas de selección durante los «años de plomo» y políticas de reparación”

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La profesora de la Universidad de Navarra María Jiménez publica este interesante artículo en el último número de Arbor

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Primer podcast del Centro Memorial

Image-1Pueden escucharlo aquí

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GFS: “Begoña Urroz”, El Correo, 27-VI-2019

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La Ley de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo (2011) se aplica a las personas que sufrieron atentados desde el 1 de enero de 1960. Anteriormente la fecha límite había sido 1968. Con tal ampliación se reparaba a la familia de Begoña Urroz Ibarrola, fallecida hace 59 años tras una explosión en la donostiarra estación de Amara. El Congreso eligió esa fecha, 27 de junio, como Día de las Víctimas del Terrorismo.

Se pretendía corregir el desamparo institucional y recuperar la memoria de la que era considerada la primera víctima mortal de ETA. Su autoría era verosímil, ya que la banda había asesinado a 21 menores de edad y herido a otros 172. Además, el episodio encajaba con lo poco que se sabía acerca de su historia inicial: en 1959 ETA había colocado tres explosivos caseros. Sin embargo, no había pruebas sólidas. Obras como El terrorismo en España (1982) de Alejandro Muñoz y Pirates de la llibertat (2004) de Xavier Montanyà apuntaban en otra dirección, al igual que algún documento, como advirtió Santiago de Pablo (EL CORREO, 19/06/2010). Ahora bien, no había nada concluyente.

Para acabar con las dudas acerca del atentado de Amara el Centro Memorial impulsó una investigación exhaustiva. Durante dos años Manuel Aguilar, documentalista, y yo, historiador, examinamos todas las fuentes disponibles, en gran medida inéditas, lo que nos permitió elaborar un informe de más de 100 páginas.

Su conclusión es que la bomba que mató a Begoña Urroz llevaba la firma del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. Nacido a principios de 1960 al calor de la revolución cubana, era un grupo formado por españoles y portugueses que buscaban el derrocamiento de las dos dictaduras ibéricas, la de Franco y la de Salazar, y la instauración de sendas repúblicas, que podrían federarse entre sí. El método que emplearon fue la violencia. Sobre el papel, iban a ser una guerrilla al estilo castrista, pero en la práctica se conformaron con un sucedáneo: el terrorismo.

El 18 de febrero de 1960 el Directorio puso cuatro bombas en Madrid. La primera estalló en el Ayuntamiento. La segunda, en la calle Toledo. Cuando llegó la Policía, encontraron herido de muerte a uno de los miembros del DRIL, al que le había explotado su propio artefacto. Más tarde se desactivaron los otros dos. Fueron detenidos dos activistas del DRIL, uno de los cuales sería ejecutado tras un juicio sumarísimo.

Unos meses después se produjo una nueva campaña terrorista. El 26 de junio de 1960 una bomba explotó en un tren que hacía el trayecto Barcelona-Madrid. Al día siguiente, 27 de junio, se registraron explosiones e incendios en las consignas de equipaje de las estaciones del Norte de Barcelona, del Norte de San Sebastián, de Amara y del Norte de Madrid. El 29 de junio hubo otro atentado en la terminal de Achuri de Bilbao.

En Amara resultaron heridas seis personas. Una de ellas era la encargada de la consigna de equipajes. Su sobrina nieta, Begoña Urroz, de 20 meses, presentaba el peor pronóstico: quemaduras en todas sus extremidades y en la cara, así como heridas contusas en pierna y pie izquierdos. Se trataba de la primogénita de un matrimonio originario del pueblo navarro de Beinza-Labayen, que se había trasladado a Lasarte.

La madre había dejado a la pequeña al cargo de su tía mientras iba a comprarle unos zapatitos. Cuando volvió, se encontró el desastre. Begoña había sido rescatada de entre las llamas por un mozo de servicio exterior de la estación, que puso en riesgo su propia vida. La llevaron a la clínica del Perpetuo Socorro, donde ingresó en estado grave. Murió el 28 de junio.

Justo al día siguiente el diario venezolano El Nacional recogió las declaraciones de dos portavoces del DRIL reivindicando los atentados. Un par de semanas después uno de ellos advirtió en el mismo periódico que las revoluciones para derrocar a los tiranos no se hacen con té y simpatía ni con bombones. Hay que emplear la violencia para responder a la que ellos usan”. Posteriormente otros líderes del Directorio admitirían su responsabilidad. Eso sí, ninguno pidió perdón por la muerte de Begoña ni mostró arrepentimiento.

En julio de 1960 la Guardia Civil descubrió en Andorra a un sospechoso, quien habría confesado a un confidente ser el autor material del atentado de Amara. Cuando la Policía andorrana acudió al hotel en el que solía almorzar, el miembro del DRIL no apareció. Sabemos que posteriormente viajó a Lieja (Bélgica), donde en septiembre de 1960 participó en una reunión del Directorio que fue interrumpida por agentes de aquel país. Hubo catorce detenidos. La dictadura franquista solicitó la extradición de los españoles, pero su petición fue desechada. En un mes y medio salieron todos en libertad.

En enero de 1961 el Juzgado Especial Nacional de Actividades Extremistas requirió la comparecencia de los tres presuntos autores de los atentados de junio de 1960. Nunca fueron capturados. Tampoco podemos estar seguros de su culpabilidad. No hubo juicio y la Ley de Amnistía de 1977 borró la responsabilidad penal del crimen. De igual manera, el tiempo borró la memoria de lo sucedido e incluso las siglas del DRIL.

Pero la historia es imborrable: Begoña Urroz fue víctima del terrorismo. Como cada 27 de junio, hoy las recordaremos a ella y a todas las demás.

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Muerte en Amara. La violencia del DRIL a la luz de Begoña Urroz

Informe06_page-0001.jpgEl Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo acaba de publicar su sexto informe de investigación, que he elaborado junto al documentalista Manuel Aguilar.

Pueden descargar aquí el informe completo en pdf. Próximamente estará accesible la versión en euskera.

Resumen

Entre el 26 y el 29 de junio de 1960 el norte de España sufrió una cadena de explosiones. El 27 una bomba estalló en la estación de tren de Amara (San Sebastián), hiriendo a la niña Begoña Urroz, que falleció al día siguiente. Desde hace unos años, ha sido habitual que se atribuyese aquella muerte a ETA. Por ese motivo la Ley 29/2011, de 22 de septiembre, estableció el 27 de junio como día de recuerdo y homenaje a las víctimas del terrorismo. Ahora bien, el presente trabajo demuestra documentalmente que la responsabilidad de los atentados de 1960 no recae en ETA, sino en el DRIL: un grupo hispanoluso antifranquista y antisalazarista que unos meses antes ya había colocado artefactos explosivos en Madrid y que sería conocido internacionalmente cuando secuestró el trasatlántico portugués Santa María en enero de 1961. Allí causó su segunda víctima mortal, João José do Nascimento Costa.

 

Laburpena

1960ko ekainaren 26a eta 29a bitartean, Espainiako iparraldeak leherketa kate bat jasan zuen. 27an bonba batek Amarako tren-geltokian (Donostia) eztanda egin, eta Begoña Urroz haurra zauritu zuen. Hurrengo egunean hil zen. Duela zenbait urtetik, ohikoa izan da heriotza hura ETAri leporatzea. Hori dela eta, irailaren 22ko 29/2011 Legeak ekainaren 27a ezarri zuen terrorismoko biktimen oroimen eta omenaldi gisa. Dena dela, honako lan honek dokumentuen bidez frogatzen du 1960ko atentatuen erantzukizuna ez dagokiola ETAri, DRILi baizik: talde hispaniar-lusitaniar antifrankista eta antisalazarista bat zen, hilabete batzuk lehenago Madrilen dagoeneko lehergailuak jarri zituena eta 1961eko urtarrilean, Santa María transatlantiko portugaldarra bahitu zuenean, nazioarte mailan ezaguna egin zena. Han eragin zuen bere bigarren biktima mortala, João José do Nascimento Costa.

 

 

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Encuentro con Martín Alonso en Soria

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