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Presentación de «Héroes de la retirada» en Zarauz

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13 diciembre, 2022 · 7:11

GFS: «¿Qué hacemos con la plaza?», El Correo, 12-XII-2022

La Delegación del Gobierno ha solicitado al Ayuntamiento de Usurbil que renombre la plaza Joxe Martín Sagardia, ya que fue miembro de la banda terrorista ETAm. La alcaldesa ha replicado que se trata de una víctima del terrorismo. El problema es que ambas cosas son verdad.

Sagardia es uno de los victimarios-víctimas: autores materiales o intelectuales de violencia política que fallecieron en actos de violencia ilegítimos. De vez en cuando se desatan polémicas sobre estos personajes, pero podríamos evitarlas si llegamos a un consenso básico: aplicar la misma norma a todos ellos.

Por supuesto, lo primero es identificarlos. ¿Quiénes son? Una tipología es la de los victimarios del franquismo-víctimas del terrorismo. Melitón Manzanas, jefe de la Brigada de Investigación Social de San Sebastián, que perseguía y torturaba a antifranquistas, fue asesinado por ETA en agosto de 1968. En diciembre de 1973 una bomba mató al almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de la dictadura.

Otra es la de los terroristas que, acusados de asesinato, fueron condenados a muerte por consejos de guerra franquistas sin garantías. En marzo de 1974 Salvador Puig Antich, exmilitante del MIL, fue agarrotado. En septiembre de 1975 fueron fusilados tres integrantes del FRAP, José Humberto Baena, José Luis Sánchez y Ramón García, y dos de ETApm: Ángel Otaegi y Juan Paredes (Txiki).

También hubo terroristas víctimas de la violencia policial ilegitima. En la Transición se registraron muertes por “gatillo fácil” o malos tratos a manos de ciertos agentes de la ley. Por ejemplo, el etarra Joseba Arregi falleció en febrero de 1981 a consecuencia de las torturas a las que le habían sometido.

No olvidamos a los terroristas que sufrieron atentados. Durante la Transición el terrorismo parapolicial causó una treintena de víctimas mortales. Desde 1983 a 1987 los GAL asesinaron a 27 personas. Bastantes de ellas eran “errores”, pero otras eran terroristas. Citaremos algunos. En diciembre de 1978 una bomba-lapa segó la vida de José Miguel Beñarán (Argala), líder de ETAm. Dos años después su compañero J. M. Sagardia corrió la misma suerte. Francisco J. Martín y Aurelio Fernández, miembros de los GRAPO, fueron tiroteados en junio de 1979. Los GAL asesinaron a los etarras José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala en octubre de 1983.

Otros fueron víctimas de la misma banda a la que habían pertenecido. En noviembre de 1978 ETA asesinó al exetarra Joaquín Azaola, que cuatro años antes había dado al traste con el plan de secuestro de Juan Carlos y su familia. En junio de 1980 un pistolero acabó con la vida del antiguo integrante de ETA Tomás Sulibarria, acusado de “infiltrado”. En enero de 1981 los camaradas del terrorista José Luis Oliva lo mataron por gastarse parte del botín de un atraco. En febrero de 1984 el exetarra Mikel Solaun fue asesinado por haber evitado una masacre. Y en septiembre de 1986 Antonio López (Kubati) disparó a Dolores González (Yoyes), desvinculada de ETAm desde 1978.

Referencia específica merecen los terroristas que fueron víctimas de autoría dudosa. El líder de ETApm Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur) desapareció en julio de 1976. Todavía hoy no sabemos quién lo mató. Lo mismo ocurre con José Miguel Etxeberria (Naparra), dirigente de los CAA del que se pierde la pista en junio de 1980. Por último, Juan Ignacio González, cabecilla del ultraderechista y violento Frente de la Juventud, fue asesinado por desconocidos en diciembre de 1980.

¿Qué hacer con los victimarios-víctimas? Partiendo de la universalidad del derecho a la vida, no distingamos entre unos y otros dependiendo de en qué filas militaban o de quién los mató. Son iguales y se les debe medir por el mismo rasero.

Como al resto de los damnificados, sería conveniente que las instituciones reconociesen a los victimarios-víctimas. Y que aparezcan en libros, unidades didácticas, exposiciones, redes sociales… Por supuesto, dejando constancia tanto de su condición de víctimas como de las sombras de su pasado. Ambas facetas son inseparables.

No obstante, reconocer no es lo mismo que homenajear. Y es que, cuando se homenajea a este tipo de personajes, se cometen tres errores. Uno, falsear su currículo y, por ende, la historia. Dos, revictimizar a sus víctimas. Y, tres, transmitir un mensaje peligroso a los jóvenes.

Acabemos con los homenajes a los victimarios-víctimas: los monumentos conmemorativos, como el dedicado a Carrero Blanco en su localidad natal, Santoña; las medallas, como la que se concedió a título póstumo a Manzanas; los nombres en el callejero, como la plaza Sagardia de Usurbil; y los actos públicos en su honor, como los que se siguen tributando a miembros de ETA.

¿Podemos llegar a un consenso sobre esto?

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Presentación del libro-homenaje a Jon Juaristi

Más información sobre el libro aquí

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Sierra Delta Contra: casos de ETA sin resolver y la Hermandad Musulmana.

En este #sierradelta Contra, #sdcontra14, pódcast de Seguridad y Defensa y Fundación Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, un comisario de Información de la Policía Nacional nos habla sobre los casos de ETA sin resolver; y Sergio Altuna, del Real Instituto Elcano / Elcano Royal Institute, analiza el pasado y el presente de la Hermandad Musulmana en Europa y, sobre todo, en España.

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Presentación de «Violencia, silencio y resistencia» en Bilbao

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2 diciembre, 2022 · 8:13

Novedad editorial: Alquimistas del malestar

Les recomiendo encarecidamente el nuevo ensayo de Martín Alonso y Javier Merino, imprescindible para comprender el presente.

Lo presentan este viernes 2 de diciembre a las 19:00 horas en la librería La Vorágine (Santander).

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GFS: «Historiadores y divulgadores», El Correo, 28-XI-2022

La historia es una disciplina académica que estudia el pasado de manera seria y rigurosa. También es una herramienta útil para el presente. Nos proporciona un conocimiento básico para comprender la cultura, el arte, el urbanismo, el paisaje, la política, la economía, la sociedad, las relaciones internacionales… Quien ignora la historia, advertía Cicerón, siempre será niño. Por añadidura, si está bien contada, compone un relato fascinante.

Los alumnos de Secundaria aprenden de la asignatura de historia y bastantes, además, disfrutan en clase. A otros la musa Clío les cautiva más tarde, ya de adultos: en su tiempo libre leen novelas históricas, juegan a videojuegos históricos y ven películas y series ambientadas en otras épocas. A la hora de viajar en vacaciones, buscan en internet información sobre el pasado de la zona que visitan, atienden a las explicaciones de los guías y exploran ruinas, museos, monumentos y edificios emblemáticos.

Hay una creciente minoría cuya curiosidad le lleva a ir más allá. Los documentales históricos y programas radiofónicos como Documentos RNE tienen éxito de audiencia. De acuerdo con la Federación de Editores de España, sin contar los libros de texto ni las enciclopedias, en 2021 la venta de obras de ciencias sociales y humanidades facturó 124,86 millones de euros, un crecimiento del 10,9% respecto a 2020. Por añadidura, cada mes decenas de miles de personas compran revistas como Desperta Ferro o La Aventura de la Historia.

En los últimos años Clío ha encontrado innovadoras vías de difusión para complementar a las tradicionales: actividades de recreación histórica; programas televisivos como “El condensador de fluzo”; canales de Youtube como Memorias Hispánicas; revistas online como DHistórica o la Revista Universitaria de Historia Militar; vídeos educativos como los que produce Academia Play; foros de debate como el grupo Historia Contemporánea en Facebook; cuentas de Twitter como The Valkyrie’s Vigil o La Huella Románica; y pódcast como La Biblioteca de la Historia, Antena Historia, Medievalia, Anaideia, Casus Belli, Infantas y Reinas, Histocast, Terranova, Niebla de Guerra, Hablemos de Historia, Almas del Medievo

Bastantes de estos proyectos son fruto de la iniciativa empresarial. Otros, del empuje de aficionados que conjugan pasión con erudición. También hay historiadores profesionales que dedican parte de sus energías a la divulgación.

Dicha tendencia, que se enmarca en lo que denominamos historia pública, es esperanzadora. Ahora bien, se enfrenta a ciertos escollos. Primero, la escasa atención que los medios de comunicación tienden a prestar a la investigación académica. Segundo, la falta de tiempo de los profesores universitarios, abrumados por labores burocráticas. Tercero, el temor de algunos de ellos a exponerse demasiado. Cuarto, la tendencia de otros a aislarse en una cómoda (y en ocasiones arrogante) torre de marfil. Quinto, la dinámica académica: como al resto de científicos, para progresar en su carrera al historiador se le exige publicar artículos en revistas especializadas de escasísima circulación, que acaban olvidadas en las estanterías de las bibliotecas.

Este último obstáculo desaparecerá cuando las universidades y las agencias de evaluación computen la divulgación como un mérito académico relevante. El resto de los factores dependen, sobre todo, de nosotros mismos. Requiere un gran esfuerzo, pero hay razones de peso para tratar de difundir el conocimiento que generamos de una forma atractiva. Por un lado, porque la historia es importante. Por otro, porque se lo debemos a una ciudadanía que financia con sus impuestos la mayoría de nuestros proyectos y nóminas.

Por último, porque, si no, corremos el riesgo de que se expandan y asienten versiones tergiversadas. Como acertadamente advertía mi profesora María Jesús Cava en estas mismas páginas (22-10-22), no es oro todo lo que reluce. Algunos divulgadores, lejos de documentarse, repiten mitos ya desmentidos por la historiografía. O desvirtúan los hechos hasta la vulgarización. También hay errores intencionados: los de quienes propagan mentiras para blanquear dictaduras o bandas terroristas, alimentando los discursos de odio. ¿Y qué decir de los canales de televisión obsesionados con las teorías de la conspiración y los alienígenas?

En el ámbito divulgativo los historiadores tenemos mucho que aportar: formación, fuentes, bibliografía, método, interpretación, nuevas tendencias, comparaciones a distintas escalas…; en definitiva, nuestro oficio. No se trata de sustituir a los buenos divulgadores, de los que tanto podemos aprender, sino de colaborar con ellos en una hermosa tarea que nos incumbe a todos.

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Entrevista en Jot Down

Hace un tiempo pasé una tarde con Álvaro Corazón Rural en Barcelona tomando cervezas y hablando de historia del nacionalismo y del terrorismo. El resultado es esta entrevista que acaba de publicar la revista Jot Down

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Juan Avilés y Luisa Etxenike en el curso de Soria 2022

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José Luis de la Granja, Santiago de Pablo y Ludger Mees: In memoriam: Ricardo Miralles Palencia

El pasado 12 de noviembre falleció en Bilbao nuestro compañero y amigo Ricardo Miralles Palencia, catedrático del Departamento de Historia Contemporánea de la UPV/EHU. Nacido en San Sebastián en 1954, y tras licenciarse en Historia en la Universidad de Deusto, se incorporó en 1978 a la actual Facultad de Ciencias Sociales y Comunicación en Leioa, que entonces era una unidad docente recién nacida, dependiente de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su trabajo sobre el socialismo vasco durante la Segunda República (1987) fue una de las primeras tesis doctorales en Historia Contemporánea defendidas y publicadas en la UPV/EHU.

Enseguida se convirtió en uno de los mejores especialistas en la historia del socialismo en el País Vasco del siglo XX, dedicando especial atención a su principal líder, Indalecio Prieto, sobre el que publicó su último libro el año pasado. Pero también amplió su mirada investigadora hacia otros temas, como la figura del presidente del Gobierno republicano Juan Negrín, las relaciones internacionales entre 1870 y 1945 y, en especial, su incidencia en la Guerra Civil española.

Fue un buen compañero y un excelente profesor, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Sus estudiantes contaban cómo, cuando había fichas con fotos de cada uno, se aprendía sus nombres para dirigirse a ellos en clase directamente, de modo que no se sintieran un elemento anónimo de una lista. Lo mismo hacía con sus doctorandos, para los que era un maestro –en el sentido original de la palabra– y no un mero director.

Su pasión por la docencia se hizo aún más palpable desde que, hace dos años, le diagnosticaron una enfermedad incurable. Cualquier otro hubiera pedido la baja, pero él decidió seguir impartiendo sus clases, que los estudiantes recibían con un agradecimiento especial, al ser conscientes de lo que le costaba. Cuando no pudo hablar, debido a su enfermedad, siguió dando su curso de máster online. Se jubiló el pasado mes de octubre, cuando vio que ya no podía continuar, tras cuarenta y cuatro años de trabajo en la UPV/EHU, y falleció apenas un mes después.

Otra vocación suya, que vivió con pasión, aunque estuviera alejada de la historia contemporánea, fue el estudio del románico en La Rioja. Para ello promovió una asociación de recuperación y puesta en valor de ese arte medieval en esa comunidad autónoma. Su principal fruto fue el Centro del Románico abierto en el pueblo riojano de Treviana, localidad natal de su mujer, Mariana, con la que tuvo tres hijas.

Descanse en paz.

Fuente original

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