La IV Asamblea de ETA (1965) y la estrategia de acción-reacción-acción

Entre finales de 1964 y principios de 1965 las autoridades francesas expulsaron de los departamentos fronterizos a cuatro de los fundadores de ETA: José Luis Álvarez Enparantza (Txillardegi), Benito del Valle, Julen Madariaga y Eneko Irigarai. La vieja guardia etnonacionalista perdió el control de  la organización, que pasó a manos de José Luis Zalbide, referente de la línea tercermundista, y Patxi Iturrioz, cabeza de la facción obrerista. Su impronta quedó patente en la IV Asamblea (1965), en la que se dispuso una restructuración del aparato en secciones (militar, activista, de información y política), así como un trascendental cambio estratégico e ideológico. Tras asumir que el proyecto guerrillero de Madariaga era inviable, se aprobó la ponencia «Bases teóricas de la guerra revolucionaria» de Zalbide. El documento reconocía las limitaciones de ETA (el frente militar estaba compuesto por seis hombres armados con una pistola y cinco subfusiles) y optaba por el modelo de la «guerra revolucionaria» basada en la espiral de acción-reacción-acción:

1. ETA, o las masas dirigidas por ETA, realizan una acción provocadora contra el sistema.

2. El aparato de represión del Estado golpea a las masas.

3. Ante la represión, las masas reaccionan de dos formas opuestas y complementarias: con pánico y con rebeldía. Es el momento adecuado para que ETA dé un contragolpe que disminuirá lo primero y aumentará lo segundo.

En síntesis, cuanto peor, mejor: de lo que se trataba era de provocar a la dictadura. ETA, con sus atentados, debía incitar unas represalias policiales desproporcionadas que sufriese, no su militancia, sino la ciudadanía vasca en general, con la finalidad de que esta se uniese a su «guerra revolucionaria». Ciertamente, había dos condiciones indispensables para lograrlo: que la estructura organizativa de ETA aguantase la respuesta policial y que la población se uniese a la guerra revolucionaria. Se nombró responsable del frente militar a Xabier Zumalde, que se dedicó a entrenar un grupo de jóvenes en el monte, pero, por el momento, no se pasó de allí.

En la IV Asamblea los Principios de 1962 fueron modificados y se aprobó la ponencia «Carta a los intelectuales». Se consagraba un nuevo objetivo político para ETA: construir una sociedad socialista. Se abría así la etapa, en expresión de José María Garmendia, de la «moneda de las dos caras», es decir, «el intento de compaginar liberación nacional y liberación social», independencia y socialismo. En la organización se había abierto una puerta de par en par a la influencia de las múltiples corrientes del marxismo. Como resultado, la tendencia obrerista de Patxi Iturrioz, a la que se unió el grupo de universitarios donostiarras de Eugenio del Río (Erreka), profundizó en las teorías socialistas en busca del acomodo entre «liberación nacional» y «liberación social». Lejos de lograrlo, concluyeron que el abertzalismo era incompatible con el leninismo, ya que el relato de la lucha de clases estaba formado por una serie de elementos demasiado diferentes a los de la saga aranista: un sujeto histórico (el proletariado), un enemigo (la burguesía), una prescripción (la revolución), un instrumento (el partido de vanguardia) y un futuro utópico (la sociedad sin clases). Por no hablar, claro está, de otras tesis socialistas como la del internacionalismo. Tal y como le había ocurrido a Tomás Meabe, el estudio del marxismo trajo consigo la pérdida de la fe abertzale.

PS: En la ponencia aprobada en la III Asamblea (1964), «La insurrección en Euzkadi» de Julen Madariaga, ya se bosquejaba la estrategia de acción-reacción. Tras una acción etarra, «el enemigo, como un coloso aguijoneado por muchas abejas, pierde el control en sí mismo, y golpea ciegamente a diestro y siniestro. Hemos conseguido uno de nuestros mayores objetivos: el obligarle a cometer mil torpezas y barbaries. La mayoría de sus víctimas son inocentes. Entonces el pueblo hasta entonces más o menos pasivo, y a la expectativa, se vuelve hacia nosotros».

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31º aniversario del asesinato de Mikel Solaun

El año pasado por esta fechas publicaba este post, que conviene rescatar hoy:

30º aniversario del asesinato de Mikel Solaun.

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Aprendiendo con las víctimas del terrorismo. Propuesta didáctica para la ciudadanía activa por la Memoria y la Justicia

guiaPueden descargarse la guía aquí

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Presentación de la revista «Grand Place» en San Sebastián

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José María Ruiz Soroa: «La luz que nunca se encendió», El País, 2-2-2015

Revelador artículo sobre la extorsión etarra a los empresarios vascos, que pueden leer aquí

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Contra la memoria

«La rememoración enardeció las guerras de sucesión en Yugoslavia; sobre todo, la rememoración de la derrota serbia en Kosovo Polje en 1389. En las colinas de Bosnia aprendí a detestar, pero sobre todo a temer, la memoria histórica colectiva. Al apropiarse de la historia, mi pasión perdurable y mi refugio desde la infancia, la memoria colectiva lograba que la propia historia no pareciera sino un arsenal de armas necesarias para continuar las guerras o para mantener una paz endeble y fría. Lo que presencié en Bosnia, en Ruanda, en Kosovo, en Israel-Palestina y en Irak no me ha dado razón alguna para cambiar de parecer»

(David Rieff: Contra la memoria).

PS: El título en inglés es Against Remembrance, algo así como Contra la rememoración o Contra la conmemoración, más que Contra la memoria, matiz que es conveniente tener en cuenta.

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Charla-Coloquio «El empresariado ante la violencia de ETA» (22/01/2015) de la Fundación Fernando Buesa

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Presentación del segundo número de la revista «Grand Place» (Mario Onaindia Fundazioa)

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José Luis de la Granja: «Sabino Arana, historia y símbolo», El Correo, 25-1-2015

Sabino Arana, historia y símbolo

JOSÉ LUIS DE LA GRANJA SAINZ

CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA DE LA UPV/EHU

El lunes 26 de enero se cumple el 150 aniversario del nacimiento de Sabino Arana (1865-1903). Es indudable su importancia histórica no solo por ser el único padre fundador del nacionalismo vasco, sino también por haber creado los símbolos oficiales del País Vasco: el nombre Euzkadi, la bandera o ikurriña y el himno “Gora ta gora”. Por ello, Arana es el político decimonónico que está más presente en la Euskadi del siglo XXI e incluso me atrevo a afirmar que en la España actual, superando al conservador Antonio Canovas y al socialista Pablo Iglesias. Estos son referentes históricos para el PP y el PSOE, respectivamente, pero no tienen incidencia en la política de nuestros días, a diferencia de Arana, cuyo proyecto de un Estado vasco independiente sigue siendo la meta del movimiento fundado por él en 1895.

Sabino Arana fue muy controvertido en vida y continúa siendo objeto de polémica hoy en día, más de un siglo después de su muerte. Ello se debe a que, más que como personaje histórico, cuya biografía es muy bien conocida gracias a los estudios de los historiadores, pervive como símbolo, que es ensalzado por sus seguidores, los jeltzales, mientras que es rechazado por los no nacionalistas vascos.

Sin embargo, Arana no fue una personalidad monolítica, pues en su breve vida política evolucionó desde el ideólogo nacionalista radical y católico integrista de su primera etapa (1893-1898) hasta el político pragmático que fue diputado provincial de Bizkaia (1898-1902): su primera moción a la Diputación proponía crear un “Consejo Regional” vasco, que era una simple Mancomunidad de Diputaciones. La culminación de esa moderación fue su “evolución españolista” (1902-1903), que suponía la renuncia a la independencia y la asunción de la autonomía “dentro de la unidad del Estado español”, siguiendo el modelo de la Lliga Regionalista de Cataluña, apoyado por el grupo de Ramón de la Sota. Dicho proyecto se frustró por la prematura muerte de Arana en 1903.

Desde entonces el PNV se caracterizó por la dualidad de una ideología independentista (el aranismo) y una práctica política autonomista, y también por el movimiento pendular entre un sector radical y otro moderado, que acabó prevaleciendo. A ambos les unía la religión católica, la reivindicación de la restauración foral y la mitificación sacralizada del fundador o “el culto a Sabino Arana” (título de un artículo del semanario Euskalduna), culto que perduró a lo largo del siglo XX.

Arana, que había creado los símbolos de la nación vasca, se convirtió en un símbolo del nacionalismo vasco desde el momento de su muerte a los 38 años. Se trató de un culto funerario (necrolatría) al líder carismático, que había fallecido joven en su casa de Sukarrieta debido a la enfermedad de Addison. Sus seguidores han sostenido que la contrajo en la cárcel de Bilbao en 1902, pero no existe ninguna prueba documental que lo demuestre, siendo una mera suposición, como reconoció el último confesor de Arana en una carta: “La enfermedad adquirida en la cárcel, o venida por otras causas”.

Su muerte natural no fue obstáculo para que sus discípulos le considerasen no solo “héroe nacional” sino también “mártir cristiano”, sacralizándole e incluso santificándole en la prensa con artículos titulados “La muerte del santo” o “Arana-Goiri, santo”. A ello contribuyó una parte del clero, propagandista de su doctrina político-religiosa, como el capuchino Evangelista de Ibero, que le denominó “mártir de Jaungoikua y de Euzkadi” en su catecismo político Ami vasco. A menudo se le comparaba con Cristo, llamándole “Mesías”, “Jesús vasco” y “el Maestro”.

Por ello, no es extraño que su sencilla tumba en el cementerio de Sukarrieta llegase a ser un lugar de peregrinación para los jeltzales, que le llevaban flores en grupos reducidos o en concentraciones de masas, como en 1907 y 1922. Diez años después, en la II República, el PNV transformó la casa natal de Arana en su sede central, denominada Sabin Etxea y convertida en otro lugar de peregrinación desde la multitudinaria manifestación del primer Aberri Eguna en Bilbao. Esta fiesta fue la culminación del culto a Sabino Arana, al hacer de su descubrimiento del nacionalismo, en una conversación con su hermano Luis un día indeterminado de 1882, el Día de la Patria Vasca, y situarlo ex profeso el domingo de Resurrección para remarcar el paralelismo entre Cristo y Sabino, según resaltó la revista Aberri Eguna en 1932.

Todo esto quedó proscrito durante la Dictadura de Franco, que destruyó Sabin Etxea, mientras que la tumba de Arana en Sukarrieta permaneció vacía durante más de medio siglo, al ser escondido su cadáver en la Guerra Civil para evitar su profanación. El culto a él se mantuvo en el exilio, donde el PNV fundó Sabindiar Batza, que publicó sus “Obras completas” en 1965, centenario de su nacimiento.

Desde la Transición el PNV volvió a homenajearle en Sukarrieta, creó la Fundación Sabino Arana, edificó la nueva Sabin Etxea como su sede principal y le erigió una estatua en 2003, centenario de su muerte. Aunque ya no le rinde un culto casi religioso como hace un siglo, la veneración del PNV por la figura de Arana continúa siendo muy grande, como prueba el hecho de que le honra cada año en tres efemérides del calendario sabiniano: la Fundación entrega los Premios Sabino Arana el último domingo de enero, coincidiendo con el aniversario de su nacimiento; sus máximos dirigentes hacen sendas ofrendas florales: una ante su estatua en Bilbao el 31 de julio, fecha de creación del PNV, y otra en su tumba de Sukarrieta el último fin de semana de noviembre por el aniversario de su defunción.

Por tanto, al cumplirse el sesquicentenario de su nacimiento, Sabino Arana perdura como símbolo emblemático del PNV, que sigue siendo aranista, tal y como refleja su nombre en euskera: Eusko Alderdi Jeltzalea, al conservar el lema JEL (Dios y Ley Vieja) de su fundador.

Fuente: El Correo, 25-1-2015

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Entrevista a la responsable del proyecto de investigación «Memoria, ética, justicia. La extorsión y la violencia de ETA contra el mundo empresarial», en el que participo.

Pueden leerla aquí.

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