GFS: «Casus belli», El Correo, 31-VIII-2024

El 31 de agosto de 1939 agentes al mando del oficial de las SS Alfred Naujocks asaltaron la estación radiofónica de la entonces ciudad alemana de Gleiwitz (hoy Gliwice). Aquellos nazis disfrazados de soldados polacos estaban protagonizando una operación de falsa bandera, expresión que procede de una vieja táctica de combate naval: izar la bandera de otra nación para poder acercarse a un barco enemigo antes de atacarlo.
Una vez tomada la emisora, los alemanes fabricaron dos pruebas. Por un lado, emitieron un breve mensaje en lengua polaca contra el Tercer Reich. Por otro, asesinaron a Franciszek Honiok, un granjero de ciudadanía alemana pero que era un conocido nacionalista polaco. Su cadáver fue abandonado para luego tacharlo de saboteador. Se suele considerar a Honiok la primera víctima de la Segunda Guerra Mundial.
Lo ocurrido en Gleiwitz y en otros puntos del país sirvió a Hitler para justificar la ofensiva militar que había preparado. En la madrugada del 1 de septiembre las tropas alemanas cruzaron la frontera del este. La maquinaria propagandística intentó hacer pasar la conquista de Polonia por una “represalia” legítima. No obstante, nadie se lo creyó: Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania. Irónicamente estaba previsto que el 2 de septiembre comenzase en Núremberg el “Congreso de la Paz” del Partido Nazi.
El pretexto de Hitler era falso, pero las consecuencias de la contienda fueron dramáticamente reales. Entre cuarenta y setenta millones de personas perdieron la vida. La mayoría de las víctimas mortales procedían de la URSS, China, Alemania, Polonia y Japón. Muchos de los fallecidos eran judíos, gitanos y otros grupos a los que el Tercer Reich se había empeñado en exterminar.
El nazismo no fue el único sistema antidemocrático que organizó una operación de falsa bandera para usarla como casus belli. El 18 de septiembre de 1931 nacionalistas japoneses dinamitaron un tramo del ferrocarril del sur de Manchuria, que gestionaba una empresa nipona. Tras culpar del sabotaje a soldados chinos, las tropas de Japón ocuparon toda la región. Se estableció el Estado títere de Manchukuo, cuya historia terminó tras la rendición imperial en agosto de 1945.
El 26 de noviembre de 1939 la artillería soviética disparó varios proyectiles contra los alrededores de la población rusa de Mainila. Stalin responsabilizó a Finlandia del bombardeo y unos días más tarde el Ejército Rojo invadió el país vecino. Incapaz de prolongar la Guerra de Invierno, en marzo de 1940 Finlandia tuvo que ceder parte de su territorio a la URSS.
Otras clases de mentiras políticas se utilizaron para camuflar las auténticas intenciones de ciertos líderes y colectivos. El golpe de Estado que los bolcheviques dieron contra el Gobierno Provisional ruso en la noche del 7 al 8 de noviembre de 1917 no pretendía garantizar “pan, paz y tierra” ni entregar “todo el poder para los sóviets”, sino instaurar una dictadura de partido único encabezada por Lenin. La Marcha sobre Roma de los fascistas en octubre de 1922 no buscaba adelantarse a una eventual revolución comunista en Italia, sino aupar a Mussolini al poder. Cuando el 17/18 de julio de 1936 una parte del Ejército se sublevó contra la Segunda República, no estaba recogiendo “el anhelo de la gran mayoría de los españoles”, como se leía en el bando que promulgó Franco. Los españoles ya habían expresado sus anhelos en las elecciones de ese mismo año. Lo que querían los insurrectos era sustituir el Gobierno legítimo por una dictadura.
Hay ejemplos más recientes. En marzo de 2003 el presidente de EEUU George W. Bush ordenó la invasión de Irak aduciendo que Saddam Hussein acumulaba armas de destrucción masiva. Y desde marzo de 2014 la Rusia de Putin se ha ido anexionando zonas de Ucrania con la excusa de que su gobierno es ilegítimo e incluso nazi.
Aunque el uso de la mentira como herramienta política es un fenómeno antiquísimo, las redes sociales lo han potenciado. No solo es responsabilidad de los poderosos y de quienes pretenden sustituirlos. Los ciudadanos de a pie somos cómplices. Detectamos con suma facilidad los embustes de los que no piensan como nosotros, pero nos tragamos y difundimos los de nuestro entorno ideológico. O ya no creemos en nada. Un sector de la sociedad se fanatiza mientras que el resto se vuelve nihilista.
El fenómeno también afecta al relato histórico. En la época de la “posverdad” hay quien da más peso a la subjetividad, a las opiniones y deseos, que a los hechos. Sin embargo, no todo es opinable: algo pasó o no pasó. La estación de Gleiwitz fue atacada por agentes nazis. El trabajo de los historiadores nos permite distinguir entre las falsedades intencionadas y la verdad factual.
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Dinamita, tuercas y mentiras. El atentado de la cafetería Rolando

Sinopsis
El viernes 13 de septiembre de 1974 una pareja de jóvenes franceses colocó una bomba de relojería en el comedor de la cafetería Rolando (Madrid), situada al lado de la Puerta del Sol y de la Dirección General de Seguridad. El artefacto, compuesto de dinamita goma 2E-C y 1.000 tuercas como metralla, se activó a las 14:30 horas. La explosión acabó con la vida de 11 personas y causó lesiones a más de 70. Debido a las graves secuelas que arrastraban, dos de los heridos fallecieron posteriormente: Gerardo García Pérez el 29 de septiembre y Félix Ayuso Pinel, el único policía de la lista, el 11 de enero de 1977. El primer atentado indiscriminado de ETA arrojó un balance final de 13 víctimas mortales y unos 70 heridos. Al enterarse del resultado de sus planes, la dirección de la banda no solo negó su responsabilidad, sino que acusó a la ultraderecha y a la dictadura franquista de haber cometido la masacre. El nacionalismo vasco radical, parte de la oposición e incluso figuras de prestigio internacional contribuyeron a difundir las teorías de la conspiración sobre lo ocurrido en la calle del Correo. ETA no asumió la autoría del atentado hasta 2018. Con el hilo conductor de aquella matanza, los historiadores Gaizka Fernández y Ana Escauriaza estudian la actividad de la organización durante el tardofranquismo: sus contactos internacionales, la red de colaboradores madrileños de Eva Forest, la estrategia de acción-reacción-acción, el magnicidio del presidente Carrero Blanco, el fracaso de las grandes operaciones del verano de 1974, los preparativos y la ejecución del atentado de la cafetería Rolando, sus consecuencias, la respuesta represiva del régimen, la instrucción judicial y el cisma de ETA. El mayor mérito de la presente obra es su empeño en recuperar la memoria de las víctimas de la masacre y de sus familiares, que hasta ahora habían sido los grandes olvidados en esta trágica historia.
Reseñas
–ABC
-David Crémaux-Bouche en Cahiers de civilisation espagnole contemporaine
-Víctor Aparicio Rodríguez en Hedónica
-La Vanguardia
-Rafael Núñez Florencio en Zenda
-Revista FVT
–ABC
Vídeo y pódcast
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GFS: «Omertá», El Correo, 25-VII-2024

La Panificadora Jayo surtía de pan y pasteles a gran parte de los hogares de Portugalete. No sabemos cuándo ni por qué, pero el negocio adoptó un patito amarillo como mascota. El 25 de julio de 1974, cerca de las 4:30 horas de la mañana, se escapó a la calle General Castaños.
Dos jóvenes trabajadores, Pedro Ovejas Hernández y Juan Bautista Gil, salieron del edificio en busca del patito. Bajo la lluvia, fueron testigos de cómo una chica colocaba una bolsa de plástico debajo de un automóvil Dogde Dart rojo aparcado a la altura del número 54. La desconocida les gritó: “¡Meteos en la panadería si no queréis que os pase algo!”. Se trataba de Dolores González Catarain (Yoyes).
El Correo contó que los operarios “quedaron un tanto intrigados y llegaron a tomarlo [el bulto] en sus manos. Parece que escucharon entonces un ligero tic-tac o que vieron algún trozo de esfera de reloj: el caso es que dejaron el paquete, no en el mismo lugar, sino al lado, más afuera, y se fueron a comentar a la panadería lo ocurrido”. Decidieron contar “lo que habían visto y oído” en el cuartel de la Guardia Civil.
Los agentes comprobaron que dentro de la bolsa había una bomba de relojería con cinco cartuchos de dinamita, unos 625 gramos de explosivo, y acordonaron la zona. Cuando el artefacto explotó a las 7:35 horas, ya no había nadie cerca.
Aquella era la hora a la que solía arrancar el coche Daniel Solar Ouro, encargado de la constructora Entrecanales y Távora. Según una etarra detenida posteriormente, el objetivo era asustarlo porque “había tenido jaleos con algunos simpatizantes de la organización”.
Al día siguiente La Gaceta del Norte publicó una fotografía en la que los dos panaderos posan sonriendo. Juan sostiene en sus manos a la mascota “que evitó una posible tragedia”. El periodista J. J. Benítez destacaba en la noticia: “Buen servicio de un pato”.
Pedro y Juan cumplieron con su deber cívico. No obstante, durante mucho tiempo hacer algo así en Euskadi suponía una temeridad: te arriesgabas a ser el siguiente objetivo de los terroristas. Tan solo dos meses antes, en su manifiesto del Primero de Mayo de 1974, ETA había advertido: “Muerte a chivatos y policías”.
Al año siguiente la organización empezó a asesinar a las personas marcadas como colaboradores de las FCS. De acuerdo con Florencio Domínguez, dicha campaña produjo 79 víctimas mortales entre 1975 y 1985. Hubo perfiles diferentes: ciudadanos que, tras haber presenciado un crimen, dieron su testimonio a los funcionarios que investigaban el caso; amigos o allegados de agentes de la ley; y profesionales que trataban con ellos por razones de su oficio, como taxistas, camareros o quiosqueros. Por ejemplo, en enero de 1980 ETA acabó con la vida del sepulturero de Vergara, Luis Domínguez. El cementerio estaba al lado del cuartel de la Guardia Civil y él, pese a las súplicas de su mujer, mantenía una relación cordial con los agentes.
La finalidad de la campaña era doble. Por un lado, aislar tanto a militares, policías y guardias civiles como a sus familias. Por miedo, gran parte de la población empezó a evitarlos. Si a esa situación se le suma que los propios funcionarios estaban en el punto de mira de ETA por el mero hecho de serlo, no de extrañar que vascos y navarros ingresaran en las FCS y el Ejército en menor número que en las décadas anteriores.
El otro objetivo de la campaña era imponer la omertá, la ley del silencio, para dificultar el esclarecimiento de los atentados de la banda. Los vascos y navarros sabían a qué se exponían si hablaban con las fuerzas policiales. Por si acaso alguien tenía mala memoria, la izquierda abertzale nos lo recordaba de vez en cuando. Para muestra, un botón. El 8 de junio de 1995 dos jóvenes fueron testigos del asesinato del inspector jefe Enrique Nieto Viyella en San Sebastián. Estaban dispuestos a declarar. Poco después la Parte Vieja apareció cubierta de carteles con las fotografías de ambos junto al siguiente mensaje: “Txibatoak etorriko zaizue bueltan” (Chivatos, ya os tocará).
Al igual que otros fenómenos de violencia política, ETA ha dejado residuos tóxicos a su paso. Como analizamos en Las raíces de un cáncer, no resulta sencillo gestionarlos. Hay quienes siguen mentalmente atados a la organización y se empeñan en deshumanizar y hostigar a los agentes de la ley, repitiendo el mismo discurso del odio que antaño. Baste como ejemplo el acto ultranacionalista recientemente celebrado en Oñati (Fan Hemendik).
No obstante, el miedo que la izquierda abertzale provocaba se va disipando. La colaboración ciudadana ya no es la excepción, sino la norma. Ertzainas, policías, guardias civiles y militares están integrados en la sociedad vasca. Y nadie les va a echar de aquí.
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Fernando Blanco (UGR), Léna Georgeault (UV) y Pablo García Varela (UVigo) sobre teorías de la conspiración
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SD Contra 33: propaganda yihadista; ETA en La Rioja
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GFS: «Europa, 1974», El Correo, 17-VI-2024

Los insultos, las amenazas y las agresiones de motivación política parecen cada vez más comunes en el Viejo Continente. El fenómeno ha tenido su dramático colofón en el intento de asesinato del primer ministro eslovaco Robert Fico. Algunos expertos señalan que el magnicidio frustrado es consecuencia del tenso clima que se experimenta no solo en aquel país, sino en toda Europa: la deslegitimación del sistema parlamentario, los discursos populistas, el auge de los extremismos, la intolerancia, la deshumanización del adversario, la polarización, la incapacidad de llegar a acuerdos entre diferentes, la desafección de un sector de la ciudadanía… La combinación de tales elementos puede ser el humus del que broten más actos de violencia fanática en el futuro.
Evidentemente, no sería la primera vez que nos enfrentamos a un desafío de ese calibre. No hace falta ir muy atrás en el tiempo. A finales de la década de los sesenta una parte de los jóvenes occidentales experimentó un proceso de radicalización. Al frustrarse las ansias revolucionarias del 68, un sector minoritario optó por las armas. Entre 1970 y 1975 la parte oeste del continente (las dictaduras comunistas del centro y el este impedían la menor disidencia) se convirtió en el principal foco de violencia terrorista del mundo. De acuerdo con la Global Terrorism Database (Universidad de Maryland), durante aquel lustro la región concentró el 46% de los atentados y el 68,3% de las víctimas mortales del planeta. En 1974 Europa occidental fue el escenario del 54% de las acciones terroristas y del 77,3% de los asesinatos (400 de un total de 517).
Aquellos crímenes fueron perpetrados por terroristas de extrema izquierda, nacionalistas radicales y ultraderechistas. Pese a que tenían ideologías y objetivos distintos, compartían su rechazo frontal a la democracia y su apuesta por idénticos métodos de acción. En raras ocasiones, ellos mismos lo reconocían. Por ejemplo, en marzo de 1976 el boletín de ETA político-militar advertía que «ochenta kilogramos de explosivo pueden servir para ejecutar a un dictador como Carrero Blanco o para matar a centenares de personas provocando una catástrofe ferroviaria, como intentaron hacer los grupos fascistas en Italia. Desde el punto de vista estrictamente técnico-militar, la práctica revolucionaria armada no se diferencia en nada del terrorismo fascista».
El texto hacía referencia a la bomba del grupo Ordine Nero que el 4 de agosto de 1974 asesinó a 12 pasajeros del tren Italicus. Se trató de uno de los varios atentados indiscriminados que se registraron aquel año de plomo. El 15 de mayo el Frente Democrático para la Liberación de Palestina perpetró una masacre en una escuela de Ma’alot (Israel). La mayoría de las 31 víctimas mortales eran menores de edad. Dos días después la Ulster Volunteer Force, una banda norirlandesa de corte lealista, colocó tres coches-bomba en Dublín y otro en la localidad irlandesa de Monaghan: hubo 33 fallecidos. El 28 de ese mes un artefacto ultraderechista explotó en la Piazza della Lloggia de Brescia (Italia) durante una manifestación antifascista, acabando con la vida de ocho personas. El 30 de agosto una bomba del Frente Armado Antijaponés de Asia Oriental (extrema izquierda) produjo otras ocho muertes en las oficinas de Mitsubishi en Tokio.
El 8 de septiembre un Boeing 707 que había partido de Tel Aviv cayó sobre aguas griegas del mar Mediterráneo con 88 pasajeros y trabajadores a bordo. Todo parece indicar que el grupo palestino Fatah-Consejo Revolucionario, más conocido como Abu Nidal, lo había hecho estallar en pleno vuelo. El día 13 de ese mes ETA perpetró el atentado de la cafetería Rolando (Madrid): 13 víctimas mortales y más de 70 heridos. Dos días más tarde Ilich Ramírez (Carlos El Chacal) lanzó una granada contra un drugstore del bulevar Saint Germain (París): asesinó a dos personas e hirió a otras 34. El 5 de octubre dos artefactos del IRA Provisional estallaron en sendos pubs de Guildford (Reino Unido): hubo cinco fallecidos. El 21 de noviembre otro par de bombas republicanas causaron 21 víctimas mortales en sendos bares de Birmingham. Tan solo es una pequeña muestra de un fenómeno enorme.
Al margen del yihadismo y de la invasión rusa de Ucrania, hoy la situación de Europa es muchísimo más positiva que la de hace medio siglo. Y eso es un gran logro. Con todo, no deberíamos desatender ciertos problemas del presente. La historia nos enseña que con el tiempo la intolerancia, la polarización, los discursos del odio y los procesos de radicalización pueden dañar la saludad de la democracia y desembocar en actos de violencia política. Es mejor prevenir que curar.
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