GFS: «Iconoclastas», El Correo, 1-V-2023

De acuerdo con la UNESCO, la invasión de Ucrania ha causado desperfectos en 3.198 instituciones educativas y 253 sitios de interés cultural, entre ellos 108 templos, 22 museos, 19 monumentos, un archivo… Valga como muestra un botón. En mayo de 2022 la artillería rusa destruyó el museo dedicado al filósofo Grigoriy Skovorodá. A su vez el Ministerio de Cultura e Información ucraniano contabiliza 1.373 instalaciones que han recibido daños significativos: 653 círculos/asociaciones, 528 bibliotecas, 101 centros de enseñanza artística, 69 museos y galerías y 22 teatros y auditorios.
Dice mucho del ser humano que en las últimas décadas un fenómeno tan antiguo como la devastación del patrimonio cultural haya cobrado nuevos bríos. El primer régimen talibán (1996-2001) se empeñó en arrasar la riqueza histórico-artística de Afganistán: saqueó yacimientos arqueológicos y museos y voló con dinamita las dos estatuas de Buda del valle de Bamiyán. Unos años después, con idéntica inspiración yihadista, el Dáesh destruyó o robó piezas del Museo de Mosul en Irak o de Palmira en Siria.
En las décadas de los treinta y cuarenta del pasado siglo España fue escenario de numerosos episodios de iconoclasia política. Se reactivaron en el tardofranquismo. Pondré algunos ejemplos. En 1971 el Gobierno intentó aprovechar el 90º cumpleaños del pintor Pablo Picasso para, haciéndole algún homenaje, utilizarlo como propaganda a nivel internacional. No obstante, la visibilidad pública de un enemigo de la dictadura soliviantó a un sector de la ultraderecha. En octubre de 1971 jóvenes radicales rompieron la cristalera y arrojaron pintura en el interior de tres librerías madrileñas y en noviembre asaltaron y destrozaron grabados de la galería de arte Theo. Sus homólogos catalanes incendiaron con cócteles molotov la galería Taller de Picasso y la librería Cinc d’Ors, ambas en Barcelona.
En mayo de 1975 un comando ultraderechista desvalijó y unos días después quemó el caserío-estudio de Ibarrangelua en el que trabajaba el pintor y escultor Agustín Ibarrola, que ya había pasado por prisión varias veces por su militancia comunista. Pero el neofascismo no monopoliza la iconoclasia. Décadas después, entre 2000 y 2003, la «izquierda abertzale» saboteó el caserío y una de las obras más emblemáticas de este artista vasco: árboles del bosque pintado de Oma fueron embadurnados de pintura, recibieron hachazos y fueron talados. Los radicales dejaron mensajes como «Ibarrola facha de honor», «Gora ETA» o «Ibarrola español. ETA mátalo». Hubo más. Alguien intentó incendiar el almacén de Guernica en el que guardaba el material. Y en diciembre de 2003 una estela instalada en Lekeitio, que Ibarrola había realizado por encargo del Gobierno Vasco, fue demolida a golpes de pico.
En octubre de 1997 ETA preparó un atentado contra la inauguración del museo Guggenheim. El objetivo era asesinar al rey Juan Carlos pero a los miembros del comando se les ordenó que, si la operación ponía en riesgo la vida de «personas ajenas al aparato del Estado», debían intentar destruir el museo. El día previsto los terroristas aparcaron cerca del Guggenheim una furgoneta en cuyo interior, ocultas en unas jardineras, llevaban 12 granadas autopropulsadas. Cuando estaban descargándolas, fueron descubiertos por una pareja de ertzainas. Los etarras huyeron a tiro limpio, asesinando a uno de los agentes, José María Aguirre Larraona.
ETA intentó la misma táctica en septiembre de 2000, pero la policía autonómica volvió a desbaratar sus planes: los ertzainas encontraron y desactivaron ocho granadas, con lanzaderas y temporizador, que iban a ser disparadas contra los asistentes al acto de inauguración del museo Chillida Leku. Tras ese fiasco, el nacionalismo radical se tuvo que conformar con una manifestación en la que se corearon gritos a favor de ETA.
Desde sus comienzos, la banda y su entorno habían procurado seducir, controlar o castigar al mundo de la cultura. ETA realizó su primer atentado contra una sala de cine en octubre de 1970; contra el ámbito artístico, en junio de 1972; y contra una librería, en agosto de 1973. Se trató del preludio de los continuos ataques que sufriría la librería Lagun en los noventa y más allá. Con el acoso contra Lagun, una vez más, la «izquierda abertzale» no hacía más que seguir los pasos de la extrema derecha.
Los salvarreligiones o salvapatrias suelen acabar adquiriendo una fama imperecedera, pero no precisamente la que anhelaban, sino una que les sitúa en la memoria colectiva del horror. En opinión del historiador Antoon De Baets, la iconoclasia es una forma suprema de censura; es para el patrimonio cultural lo mismo que el asesinato para las personas.

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Presentación de «Allí donde se queman libros» en la Fira del Llibre de València

Amigos valencianos, el sábado 6 de mayo, a las 20:00 horas, Juan Francisco López Pérez, Mario Serrano, Rafa Arnal y un servidor presentaremos «Allí donde se queman libros» (Fundación Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y Tecnos), en la Fira del Llibre de València#FiraLlibreValència.

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Allí donde se queman libros. La violencia política contra las librerías (1962-2018)

Sinopsis
En la fría madrugada del 15 de febrero de 1976 un joven se situó frente al escaparate de la librería El Parnasillo (Pamplona). Observó las obras que había expuestas, pero no tenía intención ni de comprarlas ni mucho menos de leerlas. Rompió el cristal, manchó los libros de pintura, los roció con líquido inflamable y luego les prendió fuego, igual que los nazis habían hecho en la Opernplatz de Berlín cuarenta y tres años antes. El que acababa de sufrir El Parnasillo no fue una rareza, sino uno de los cientos de atentados de los que han sido objeto librerías, ferias del libro, quioscos, editoriales y distribuidoras en España entre 1962 y 2018. Aquella bibliofobia violenta llevaba la firma de la ultraderecha, que se había reactivado durante la crisis terminal de la dictadura franquista, y en menor medida de ETA y su entorno juvenil. Por estas páginas desfilan radicales de toda índole que se dedicaron a odiar, amenazar, pintar, asaltar, destruir, disparar y quemar libros y librerías, así como salas de cine y otras manifestaciones culturales. Sin embargo, el presente trabajo no está dedicado a ellos, sino a los letraheridos, es decir, a quienes amaban y aman la literatura: escritores, lectores, editores, distribuidores, reseñadores, traductores, periodistas y, muy especialmente, libreros.

Primeras páginas

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Prensa

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-Diario Vasco

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Reseñas
-Mireya Toribio, en Revista de Victimología / Journal of Victimology

-Biblioteca Pública de Lleida
-Javier Merino, en Revista de Estudios Históricos

-José Luis Melero, en Heraldo de Aragón

-David Mota, en Trépanos

-Ana Martínez Reus, en el blog de l’Escola de Llibreria

-Alfredo Crespo Alcázar, en Cuadernos de Pensamiento Político

-Iván Garzón Vallejo en Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo

-Fernando Aramburu en El País

-Miquel Escuderno en El Imparcial y Catalunyapress

-José Luis Ibáñez en Nueva Tribuna

-Javier Merino en Revista de Estudios Históricos

-Teresa Sánchez en El Imparcial

-Sara Hidalgo en El Correo

Vídeos

-Presentación en Vitoria

-Presentación en Santander

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Presentación de «Memoria, imagen e historia. La segunda república española en el cine de ficción» (librería Cámara, Bilbao)

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Presentación de «Sobre el olvidado terrorismo vasco» en San Sebastián

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26 abril, 2023 · 8:55

Juan Avilés

Malas nuevas. Ha fallecido Juan Avilés, catedrático de la UNED, maestro de historiadores, decano en los estudios sobre terrorismo y, además, buena persona y gran amigo. El año pasado repasamos sus trabajos en el curso de verano de Soria. Aquí tienen la grabación del acto.

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Conferencia en Alcorcón

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13 abril, 2023 · 14:26

GFS: «Creyentes, perezosos y oportunistas», El Correo, 11-IV-2023

¿Por qué son tan populares las teorías de la conspiración? Psicólogos como Karen M. Douglas, Robbie M. Sutton y Aleksandra Cichocka señalan tres motivos. El primero, epistémico: reducen la incertidumbre, las contradicciones y el azar, ayudan a saciar la curiosidad y refuerzan la idea de que uno tiene razón. El segundo, existencial: rebajan la ansiedad y aumentan la sensación de seguridad y control. Y el tercero, social: construyen un grupo, lo cohesionan y proyectan una imagen positiva de quienes pertenecen a él. En ese sentido, el conspiranoico se ve como parte de un colectivo de iniciados que saben cómo funciona el universo, no como el resto de la sociedad, que sería demasiado cobarde, ingenua o manipulable.

A veces este tipo de especulaciones se ve favorecido por la dificultad de hallar datos fidedignos sobre un acontecimiento. Otras veces sí son accesibles, pero el sujeto no consigue comprenderlos o se niega a pensar críticamente. Como escribía Eric Hoffer en El fanático sincero, «es capacidad del verdadero creyente “cerrar sus ojos y sus oídos” a los hechos que no merecen ser vistos ni oídos, que es la fuente de su inigualada fortaleza y constancia». En ese aspecto, «la eficacia de una doctrina no debe juzgarse por su profundidad, sublimidad o por la validez de las verdades que encierra, sino por lo más o menos completamente que aísla al individuo de sí mismo y del mundo que lo rodea».

No todo el que divulga teorías de la conspiración es un verdadero creyente. Es habitual que junto a ellos encontremos a indolentes que no se molestan en contrastar la información y a cínicos que utilizan este tipo de relatos para beneficiarse a sí mismos o a una causa determinada.

Durante los últimos años hemos asistido al auge global de hipótesis conspirativas como las de QAnon (el supuesto enfrentamiento del «Estado profundo» de EEUU contra Donald Trump), el «gran reemplazo» (el imaginario intento de sustituir a los blancos cristianos por inmigrantes no europeos de otras confesiones) y el negacionismo de la pandemia de COVID-19 y las vacunas. Además de verse afectada por ellas, en España se detectan algunas particularidades. Por un lado, una versión autóctona de QAnon: el “expediente Royuela”. Por otro, la reactivación de tergiversaciones acerca del terrorismo que ya habían sido desmentidas por la justicia y la investigación académica.

Aunque en su momento hubo quien quiso presentarlo como un atentado de falsa bandera en el que estaban envueltos ETA, los servicios secretos de Marruecos y el PSOE, la masacre del 11M fue obra de una célula yihadista vinculada a Al Qaeda. Lo probaron la sentencia de la Audiencia Nacional, confirmada por el Tribunal Supremo, y el trabajo riguroso de expertos como Fernando Reinares. Ahora bien, una nueva generación ha recogido la antorcha conspiranoica de personajes como Luis del Pino. Véanse, por ejemplo, los vídeos y los actos que organiza la «tertulia» Terra Ignota.

Ha ocurrido algo similar con una de las teorías de la conspiración que pergeñaron ETA y su entorno: la de que las FCSE habrían regado Euskadi de droga para acabar con la «combatividad» de la juventud vasca. El mito, que carecía de cualquier fundamento (como si la epidemia de heroína no hubiese golpeado al resto de España y del mundo occidental en los años setenta y ochenta), fue desmontado por libros serios y documentados como los de Juan Carlos Usó, Pablo García Varela y Álvaro Heras-Gröh.

Por supuesto, los avances de la historiografía no impiden que la maquinaria propagandística del nacionalismo radical siga repitiendo los mismos bulos año tras año. Resulta más sorprendente que los hagan suyos Juan Carlos Monedero o Edurne Portela, quien ha afirmado en estas mismas páginas (12/03/2023) que el largometraje ‘El pico’ (Eloy de la Iglesia, 1983) establece «un hilo sutil pero innegable entre la irrupción de la heroína en Bilbao y las actuaciones antiterroristas de la guardia civil». No dejes que la realidad histórica te estropee una buena película.

Impulsadas por la fe del creyente, la pereza mental o la instrumentalización oportunista, las teorías de la conspiración ofrecen explicaciones tan fantasiosas como fascinantes a fenómenos complejos. Por desgracia, algunas de ellas han provocado tragedias: los problemas de salud pública del negacionismo del COVID, el rebrote del terrorismo ultraderechista o los intentos de golpe de estado tras las elecciones de EEUU y Brasil. Y es que ciertas mentiras suponen una amenaza no solo para la verdad, sino también la seguridad y la democracia. Por eso es tan importante que, antes de asumirlas y difundirlas, nos informemos bien. Es nuestro deber como ciudadanos.

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Presentación de «Sobre el olvidado terrorismo vasco» en Vitoria

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11 abril, 2023 · 15:01

Presentación de «Sobre el olvidado terrorismo vasco» en Bilbao

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11 abril, 2023 · 15:00