Presentación de «Héroes de la retirada» en Madrid

Más información sobre el libro aquí

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Presentación de «Héroes de la retirada» en San Sebastián

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16 septiembre, 2022 · 8:11

Homenaje a Mario Onaindia en Zarauz

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14 septiembre, 2022 · 12:39

Héroes de la retirada. La disolución de ETA político-militar


Autores
Gaizka Fernández Soldevilla (Coordinador)
Sara Hidalgo García de Orellán (Coordinador)
Felipe Juaristi (Prologuista)
Santiago de Pablo Contreras (Autor/a)
Xavier Casals (Autor/a)
María Jiménez Ramos (Autor/a)
Roncesvalles Labiano Juangarcía (Autor/a)
Lucía Gastón Lorente (Autor/a)
Luis Miguel Sordo Estella (Autor/a)
Gema Varona Martínez (Autor/a)
Juan Avilés Farré (Autor/a)

Resumen
Creada a finales de 1974, ETA político-militar dejó un sangriento rastro de asesinatos, heridos, secuestrados y extorsionados. Los atentados de esta organización agravaron aún más el problema de la violencia terrorista, que fue la principal amenaza a la que se enfrentó la Transición española. Para salvar la democracia, y pagando un alto precio personal y colectivo, «héroes de la retirada» como Juan José Rosón, Mario Onaindia y Juan Mari Bandrés pactaron el fin de la banda a cambio de la reinserción de sus integrantes. En septiembre de 1982 ETApm VII Asamblea anunció su autodisolución. Era la primera rama de ETA que dejaba las armas.

Más información en la web de Tecnos

-Índice y prólogo

En la prensa

-Catalunyapress

-La Biblioteca de la Historia

–The Global Frontier

-Crónica Vasca

-Libertaddigital

–Público

-SER-Euskadi

-Diario de Burgos

-Tribuna de Salamanca

-El Independiente

-El Día de la Rioja

-Navarra.com

-Europa Press

-Sierra Delta

-El Correo

-Memorias Hispánicas

Reseñas

-Teresa Sánchez González, en Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo

-José María Manuel García-Osuna, en Todo Literatura

-Alfredo Crespo, en El Imparcial

-Ángel Carlos Pérez Aguayo, en Desperta Ferro

-Raquel Pinilla, en Studia Humanitatis Journal

-David Mota, en Grand Place

-Luis R. Aizpeolea, en Babelia (El País)

-Miquel Escudero, en El Imparcial

-Rafael Núñez Florencio, en Revista de Libros

-José Luis Ibáñez, en Nueva Tribuna


Vídeos

-Presentación en Vitoria

-Presentación en San Sebastián

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Presentación de Grand Place en Bilbao

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11 septiembre, 2022 · 13:32

¿Piezas que no encajan? La incómoda figura delvictimario-víctima en el relato del terrorismo

Resumen
Consideramos victimarios-víctimas a aquellas personas que primero vulneraron los derechos humanos fundamentales de otros individuos mediante el empleo de la violencia ilegítima y luego sufrieron ellos mismos una violencia ilegítima con el resultado de su fallecimiento. Se trata de una figura complicada y polémica, más en el contexto de la historia reciente del terrorismo en España. El objetivo de este artículo es distinguir y examinar las distintas tipologías de victimarios-víctimas a través de ejemplos ilustrativos de cada una de ellas. Tras el análisis de tales casos, intentaremos responder a dos cuestiones esenciales. Por un lado, ¿cómo encajar al victimario-víctima en un relato histórico del terrorismo elaborado de forma rigurosa? Por otro, ¿qué política de la memoria seguir con esta figura?
Palabras clave: Victimario-víctima, víctima, terrorismo, franquismo, violencia política


Abstract
We consider perpetrator-victims to be those persons who first violated the fundamental human rights of other individuals through the use of illegitimate violence and then suffered illegitimate violence themselves, resulting in their death. This is a complicated and controversial figure, more so in the context of the recent history of terrorism in Spain. The aim of this article is to distinguish and examine the different typologies of victim-victims through illustrative examples of each of them. After analyzing such cases, we will try to answer two essential questions. On the one hand, how to fit the victim-victimizer into a rigorously elaborated historical account of terrorism? On the other hand, what memory policy should be followed with this figure?
Keywords: Perpetrator-victim, victim, terrorism, Francoism, political violence

Pueden descargar el artículo aquí

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GFS y María Jiménez: «Las cicatrices de ETA», El Correo, 25-VIII-2022

En diciembre de 1963 tres miembros de ETA propinaron una paliza al maestro de Zaldibar. En febrero de 1964, en Sestao, un guardia civil fue atacado por la espalda con un objeto contundente por dos individuos que luego le robaron el arma. En junio de 1965 una pareja del mismo cuerpo dio el alto a cinco jóvenes sospechosos. A medio camino al puesto de Vera de Bidasoa los etarras golpearon a los agentes hasta dejar inconsciente a uno de ellos. En 2006, 41 años después de los hechos, uno de los dos guardias civiles fue reconocido por la Dirección General de Apoyo a Víctimas del Terrorismo (Ministerio del Interior). A efectos oficiales, se trata del primer herido por ETA.

Gracias a la colaboración entre dicha Dirección General y el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, pudimos consultar el registro de las personas que han sido indemnizadas por lesiones físicas o psicológicas sufridas en atentados de la banda y su entorno juvenil. El trabajo, que sigue la estela del libro Heridos y olvidados y ha sido publicado en la revista Historia y Política, arroja una cifra escalofriante: ETA causó al menos 2.632 heridos desde 1965. Dos tercios fueron leves, pero a 858 (el 32% del total) se les diagnosticó una incapacidad permanente total o absoluta o una gran invalidez. Este último grupo, integrado por los supervivientes con secuelas más graves, lo conforman 40 ciudadanos.

Con excepciones como la de Irene Villa, apenas recordamos a los heridos, así que merece la pena bosquejar su perfil. Confirmando que ETA jamás fue una organización antifranquista, solo el 1,06% de los heridos lo fueron antes de la muerte de Franco; el resto, después. El 95,7% eran de nacionalidad española. Jóvenes en su mayoría, en torno al 55% tenía menos de 40 años y su edad media era de 34,5 años. Entre los damnificados había 174 menores de edad.

Hubo atentados en toda España, pero los afectados se concentran en Madrid (663), Guipúzcoa (476), Vizcaya (393) y Navarra (201). Solo se computa uno fuera de nuestras fronteras: el italiano Marco Formichella, lesionado por la explosión de una bomba adosada al automóvil del teniente coronel Fernando Sacristán Ruano, agregado militar en la Embajada española en Roma, en febrero de 1995.

El 32% de los heridos pertenecían a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y al Ejército. Hay que recordar que durante años policías, guardias civiles y militares fueron el blanco predilecto de ETA, que buscaba presionar al Gobierno para que, ante el creciente peligro de un golpe de Estado, se viese obligado a ceder a sus demandas. Tal estrategia explica por qué durante la Transición los uniformados suponían el 52,3% de los afectados, porcentaje que iría disminuyendo hasta llegar al 21,1% en la etapa de “socialización del sufrimiento” (1995-2011).

Hay que advertir que no están todos los que son. Basten como muestra dos botones. En marzo de 1968 hubo una explosión en la sede central de El Correo que provocó lesiones leves a un operario de composición y caja. Fue la primera vez que un artefacto de tales características producía un herido, pero no está recogido en el listado del Ministerio del Interior. De acuerdo con el sumario, el atentado de la cafetería Rolando (septiembre de 1974) dejó 13 víctimas mortales y 73 heridos. No obstante, solo se ha indemnizado a 13 de estos últimos. La razón estriba en que el prolongado tiempo transcurrido entre los atentados perpetrados durante las primeras décadas y la regulación de las ayudas ha dificultado el acceso a las mismas. Muchos damnificados no sobrevivieron hasta ver aprobada esa legislación, no se enteraron de que podían hacer una solicitud o no habían guardado pruebas documentales del origen de sus lesiones. De media, los que fueron reconocidos tuvieron que esperar 6,5 años.

El estudio del terrorismo de ETA y su entorno implica necesariamente la atención a los heridos, un colectivo compuesto por un mínimo de 2.632 personas que no dispusieron de un mecanismo legal, sistematizado y sin restricciones temporales para responder a sus necesidades hasta 2011. Tanto los afectados directos como sus familiares, que les han atendido y cuidado a lo largo de los años, han padecido y muchos todavía padecen las consecuencias de la violencia.

Las heridas que causó ETA no han cicatrizado. Por un lado, por la gravedad de bastantes de ellas. Por otro, porque el nacionalismo radical está empeñado en reabrirlas. Sus llamativas promesas de enmienda han resultado falsas. Como está demostrando este verano, la “izquierda abertzale” sigue justificando el terrorismo, homenajeando a quienes lo perpetraron y humillando a las víctimas. Y así las heridas nunca sanarán.

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Monográfico sobre violencia política en la revista «Araucaria»

La Universidad de Sevilla acaba de publicar el último nº de la revista Araucaria. Se trata de un doble monográfico sobre violencia política coordinado por David Mota, Alberto Martin, Jerónimo Ríos y un servidor.
Pueden leerlo aquí

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GFS y Pablo García Varela: El asesinato de Carrero Blanco. Historia, teorías conspirativas y ficción

Palabras clave: 

Luis Carrero Blanco, ETA, terrorismo, franquismo, 1973.

RESUMEN

El 20 de diciembre de 1973 un atentado de ETA acabó con las vidas del presidente del Gobierno franquista, su chófer y su escolta. Tuvo importantes consecuencias tanto para la dictadura como para la banda terrorista. Basándose en las fuentes disponibles, los historiadores han elaborado un relato bastante verosímil de los acontecimientos. Sin embargo, el hecho de que ETA hubiese logrado asesinar a una figura tan prominente, algunos cabos sueltos en la investigación policial y la ausencia de una sentencia dieron pie a todo tipo de especulaciones. Además, el caso de Carrero Blanco ha inspirado narraciones de calidad desigual. En este trabajo examinamos la interrelación entre historia, teorías de la conspiración y ficción alrededor del atentado

Pueden leerlo aquí

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GFS: «Fanáticos sinceros», El Correo, 27-VII-2022

El 2 de abril de 1947 el Tribunal Supremo Polaco declaró culpable a Rudolf Höss de crímenes de guerra y contra la humanidad. Había esclavizado, torturado, saqueado y asesinado a alrededor de tres millones de personas. Dos semanas después fue ahorcado en Oświęcim (Polonia). El nombre de aquella localidad quizá no nos diga nada, pero su versión en alemán sí lo hace: Auschwitz. Höss había sido uno de los oficiales de las SS que convirtieron ese topónimo en sinónimo del horror.

Nacido en Baden-Baden (Alemania) en noviembre de 1900 y criado en el seno de una familia católica, se esperaba que Höss se ordenase sacerdote. No obstante, las circunstancias, el nacionalismo y su voluntad le llevaron por una senda muy distinta: en 1917, todavía adolescente, se alistó en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. De vuelta a casa, como tantos otros veteranos “patriotas”, se unió a los paramilitares Freikorps y al Partido Nazi. En 1922 Höss asesinó a un maestro de escuela al que acusaba de ser un espía comunista. En 1924 el Tribunal para la Defensa de la República le condenó a diez años de prisión, a cuyas rígidas reglas se amoldó. Esa sería su universidad hasta que fue amnistiado en 1928.

En sus memorias, recién reeditadas, Höss mantiene que, aunque se casó, formó una familia y quería dedicarse a la agricultura, la “posibilidad real de un rápido ascenso, con todas las ventajas materiales que ello implicaba” hizo que en 1934 aceptase un puesto como SS en el campo de concentración de Dachau. Su experiencia carcelaria, su habilidad gestora y su obediencia ciega le permitieron encadenar un ascenso tras otro hasta llegar a comandante del campo de exterminio de Auschwitz.

Höss se quejaba amargamente de la falta de medios materiales y humanos, de bastantes de sus superiores y subordinados e incluso de sus víctimas, pero no cuestionaba su misión: primero, aislar a los enemigos internos del III Reich; después, eliminar a los comisarios políticos soviéticos; finalmente, exterminar a judíos, gitanos, presos políticos, homosexuales, etc. Incapaz de dudar, Höss siguió las directrices de Heinrich Himmler al pie de la letra: “las órdenes que daba en nombre del Führer eran sagradas. Se ejecutaban sin piedad y sin atender a las consecuencias”. Y él lo hacía de manera no solo eficiente, sino también innovadora: Höss fue uno de los introductores de las cámaras de gas.  

El superviviente del Holocausto Primo Levi escribió el prólogo de esta obra que, advertía, está llena “de infamias contadas con una torpeza burocrática que perturba; su lectura oprime, su nivel literario es mediocre y su autor, a pesar de sus esfuerzos por defenderse, aparece tal cual es: un canalla estúpido, verboso, basto, engreído y, por momentos, manifiestamente falaz”. Sin embargo, añadía Levi, “es uno de los libros más instructivos que se hayan publicado nunca”. Explica cómo, en ciertas condiciones, la radicalización ideológica puede transformar a un personaje gris con vocación de funcionario en un auténtico genocida. En palabras de Höss, “mi amor por la patria y mi conciencia nacional me condujeron al partido nacionalsocialista y a las SS”.

En Yo, comandante de Auschwitz Höss reconocía que “me he pintado tal como soy”. Pese a que se dejó algunas cosas en el tintero, podemos clasificarle como un “fanático sincero”, por emplear el título de la obra de Eric Hoffer. No es un caso único. Si bien en coyunturas muy diferentes, pues casi nada es comparable al Holocausto, otros perpetradores y alentadores de la violencia política se han pintado (más o menos) como eran.

En España se han publicado memorias de dirigentes franquistas y/o ultraderechistas como Francisco Franco Salgado-Araujo, José A. Girón de Velasco, Raimundo Fernández-Cuesta o Blas Piñar y líderes de ETA como Txillardegi, Julen Madariaga, Federico Krutwig, Alfonso Etxegarai, etc. Por desgracia, al contrario que el libro de Höss, no se trata de ediciones críticas, con anotaciones de especialistas en la materia, sino de las obras tal cual las elaboraron sus autores, los cuales carecían de empatía con las víctimas y estaban orgullosos de su pasado, aunque no dudan en manipularlo a su favor. Para evitar sus trampas, el lector ha de adquirir previamente cierto conocimiento histórico.

Más fidedignas y pedagógicas resultan las memorias de quienes, partiendo del extremismo violento, tuvieron el valor de dejarlo atrás: el exfalangista Dionisio Ridruejo, los exetarras Mario Onaindia, Teo Uriarte, Jon Juaristi, Mikel Azurmendi e Iñaki Rekarte, el exmiembro de los GRAPO Félix Novales, etc. Son lecturas recomendables para un verano en el que todavía hay quien intenta blanquear o borrar determinadas páginas del pasado.

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