
Vicent Sanz Rozalén me ha entrevistado en el programa «Hablemos de Historia» de Vox UJI Ràdio (Universitat Jaume I). Pueden escucharlo aquí

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En este Sierra Delta Contra, al hilo del 10º aniversario del fin de la violencia de ETA, analizamos cómo la labor de las FCSE logró la derrota operativa de la banda. Sintetizando su artículo en el último número de la revista Grand Place, Inés Gaviria, responsable de comunicación de COVITE, informa acerca de los actos de enaltecimiento del terrorismo que todavía se producen en las calles del País Vasco y Navarra. Y Florencio Domínguez, director del Centro Memorial, explica el problema de los casos sin resolver.
También nos acercamos a los planes de prevención de la radicalización. Moussa Bourekba, investigador de CIDOB, resume lo que se está haciendo (y lo que no se está haciendo) en Europa y en España. Jesús Casquete, profesor de la UPV, se centra en las políticas de memoria en Alemania. Además, el catedrático de la UNED Juan Avilés puntualiza qué fue el terrorismo de ultraderecha en la Italia de los años de plomo.
Para terminar, el escritor Borja Ortiz de Gondra nos habla de su trilogía teatral sobre la violencia etarra, que se está representando en el teatro Valle Inclán.
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Se emitirá el jueves 28 de octubre, el documental «Ramón Rubial. Un vasco
universal». Será a las 23.30 horas a través del canal ETB2.
El espíritu que anima esta producción audiovisual es destacar cómo
Ramón Rubial, el que fuera primer Lehendakari de la democracia, con su
presidencia del Consejo General Vasco, gracias a una impecable
trayectoria, se convirtió con el paso de los años, en el ejemplo de la
reconciliación, el perdón sin olvido y en el paradigma de una
generación que perdió la guerra y ganó la democracia.
La vida de Ramón Rubial fue larga y prolija. Cargada de emoción,
sentimiento, compromiso, ideología y, sobre todo, humanidad. La vida
de Ramón Rubial es la del propio siglo XX; el paso del PSOE de la
Guerra Civil al de la clandestinidad, el paso del PSOE de Suresnes al
PSOE que cambió y modernizó España, ya en el ocaso del siglo.
Por este documental, discurre la vida de Ramón Rubial, su historia
personal y política y su legado e impronta en el socialismo español
del siglo XX.
Figuras como Felipe González, Alfonso Guerra, Joaquín Almunia y
personas militantes representadas en Jesús Gil, Carmen Retenaga, Santi
Barroso o Txema R. Orrantia, describen la semblanza de un hombre que
no dejó nunca indiferente a quienes le conocieron.
«Ramón Rubial. Un vasco universal» es una producción audiovisual
dirigida por Antonio Cristóbal y Ander Landaburu. El documental ha
contado con la participación de más de una treintena de personas y la
colaboración del ente público Euskal Irrati Telebista (EITB) y de la
Fundación Ramón Rubial/Ramón Rubial Fundazioa.
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El anuncio del “cese definitivo” de la “actividad armada” de octubre de 2011 confirmó lo que hasta unos años antes parecía imposible: la derrota operativa de la banda. También significaba el fiasco de la “socialización del sufrimiento”, su última gran ofensiva contra la democracia.
La caída de su cúpula en Bidart (1992), que dejó a la organización muy debilitada, el desgaste electoral de HB y el temor a perder la calle ante las cada vez más nutridas manifestaciones pacifistas fueron algunas de las razones por las que la “izquierda abertzale” dio un viraje que se plasmó en dos vertientes. Por una parte, procuró recomponer sus relaciones con el PNV y EA, lo que acabó derivando en el excluyente y frentista Pacto de Estella.
Por otra, adoptó la estrategia de “socialización del sufrimiento”, inaugurada con el asesinato de Gregorio Ordóñez en 1995. Con el sostén de su órgano de comunicación oficioso, Egin, y de HB (y sus siglas herederas), ETA y su brazo juvenil se dedicaron a amenazar, hostigar, atemorizar, herir y matar a afiliados, líderes y cargos electos del PP, el PSOE, UPN y Unidad Alavesa, es decir, a los representantes de la mitad de los vascos y navarros. Los ultranacionalistas también pusieron en su diana a intelectuales, artistas, profesores, periodistas, juristas y otro tipo de profesionales. Y a las familias de todos sus objetivos.
Entre 1995 y 2011 ETA cometió 602 atentados. Aun siendo una cifra menor que la registrada en etapas anteriores, fue suficiente como para que los terroristas acabaran con la vida de 95 personas. Al menos un tercio de ellas, 33, respondían al perfil de la “socialización del sufrimiento”.
No solo hubo atentados. Para compensar el agotamiento de ETA, su entorno juvenil intensificó el acoso, la intimidación y la kale borroka. Según la agencia VascoPress, si en 1994 se habían registrado 287 incidentes de este tipo en el País Vasco y Navarra, al año siguiente se multiplicaron hasta los 924. En total, desde 1995 a 2011 hubo 6.541 ataques, de los cuales 1.105 fueron dirigidos contra sedes de partidos políticos. El repertorio violento de estos grupos también incluía el lanzamiento de objetos y cócteles molotov, la rotura y el incendio de mobiliario urbano y vehículos, las acciones contra edificios institucionales y domicilios particulares, etc. No es de extrañar que, como reveló el Euskobarómetro, el 90% de los vascos lo considerara un problema bastante o muy grave.
La violencia de persecución, que no cesó durante las breves treguas que declaró la organización terrorista (junio de 1996, finales de 1998 y 2006), dio resultado: aisló a sus víctimas potenciales. Raúl López Romo cuenta que en 2002 había 963 personas escoltadas por la amenaza de ETA en el País Vasco, aparte de los 11.483 agentes de la ley (descontados los policías municipales), objetivos habituales de la banda. Además, este tipo de violencia sirvió para adiestrar y luego reclutar nuevos integrantes de la organización con los que suplir a los arrestados.
La ausencia de libertad, los atentados terroristas, la kale borroka y el acoso sistemático obligaron a un número indeterminado de ciudadanos a abandonar Euskadi. Pese a que se trata de un fenómeno innegable, todavía no contamos con ningún estudio riguroso que nos permita calcular el número exacto de los transterrados por culpa de ETA y de su entorno. Sí podemos medir variables concretas, como hicieron en el primer informe del Memorial Rafael Leonisio y Francisco J. Llera con el miedo a hablar de política libremente, que siempre fue significativamente mayor entre los vascos no nacionalistas que entre los nacionalistas.
En un Zutabe de 1995 ETA afirmó que la “socialización del sufrimiento” demostraba “uno de los frutos de nuestra dinámica: la voluntad de ir adelante, la postura de ir a ganar”. El paso del tiempo, las movilizaciones cívicas y pacifistas, la resistencia de los cargos públicos no nacionalistas, la insubordinación de un sector de la hasta entonces servil “izquierda abertzale” y, sobre todo, la acción judicial y policial hicieron desaparecer esa voluntad. Se cuenta detalladamente en el informe “Las claves de la derrota de ETA” y el nuevo número de la revista Grand Place.
“Está claro que a medida que el conflicto armado ha evolucionado, la eficacia de la lucha armada ha cambiado y se ha desgastado”, reconocía la banda en su último Zutabe (2018). “Está a la vista que todavía nuestros objetivos no se han cumplido”. La “socialización del sufrimiento” fue su última apuesta sangrienta. ¿Sirvió de algo toda la muerte y el dolor que causó? ¿Mereció la pena? Ojalá algún día el nacionalismo radical tenga el valor de hacerse estas preguntas. Y de actuar en consecuencia.
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