
GFS: «ETA en la televisión», El Correo, 11-XII-2019

Hace un par de meses pasé un día en el rodaje de la serie La línea invisible, de Movistar+, que cuenta la historia de la ETA de los años sesenta y de sus primeras víctimas mortales. Me habían invitado su creador, Abel García Roure, y el productor, Rafa Portela. Allí conocí a parte del equipo, a algunos de los actores y al director, Mariano Barroso. Fue una experiencia inolvidable por varios motivos. Por un lado, comprobé la magia del cine: aunque los hechos reales habían transcurrido en las afueras de Tolosa, la grabación se realizaba cerca de Vera de Bidasoa. Habían conseguido que la diferencia entre un lugar y otro apenas se apreciara. Por otro lado, me encontré con dos de las motocicletas que usaban los guardias civiles de Tráfico, el mismo modelo que conducía José Antonio Pardines el día que lo asesinaron. Por último, asistí a un espectáculo fascinante: varias cuadrillas distintas, unas cincuenta personas en total, trabajaban y se movían al unísono, en perfecta armonía, como en el ballet.
Ahora bien, lo más impactante fue ser testigo de cómo se reproducía un suceso que se había producido 51 años antes y que, basándonos en fuentes coetáneas, habíamos analizado en la obra Pardines. Cuando ETA empezó a matar. Las palabras cobraban vida, los muertos se transformaban en seres de carne y hueso, y la violencia se hacía dolorosamente palpable. Como era inevitable, la escena no transcurría exactamente como yo la había imaginado: de alguna manera, en el rodaje todo parecía mucho más real.
Supongo que los espectadores que vean la serie albergarán una sensación similar. Desde la perspectiva de muchos de ellos, al ser un producto televisivo de evidente calidad, tendrá visos de ser históricamente cierto. Así, es probable que el relato acerca de la primera ETA que perdure en su memoria no sea el que está escrito en los libros académicos de historia, cuyos lectores suelen ser una ilustrada pero exigua minoría, sino el que les transmite la pequeña pantalla.
Al igual que el cine, la televisión es una herramienta de divulgación muy poderosa. Y, como tal, plantea algunos dilemas. El primero tiene que ver con el rigor histórico. A un buen documental se le exige estar basado en pruebas, pero a la ficción audiovisual le están permitidas ciertas licencias. Es más, suelen resultar inevitables: la documentación e incluso las fuentes orales dejan demasiados huecos que es imposible cubrir. Tal vez podamos tener la certeza de qué medidas se aprobaron en determinada reunión, pero no sabemos el tono del discurso de este o aquel individuo, si alguien aplaudió, gritó o hizo señas, la naturaleza de las relaciones entre unos y otros en ese preciso momento, sus pensamientos íntimos, sus sentimientos, qué comieron o cómo iban vestidos.
Otro problema surge cuando la narrativa audiovisual se pone al servicio de una causa política: irremediablemente cae en un maniqueísmo tosco, dibujando personajes antagónicos, los “buenos” contra los “malos”, sin conflictos internos, contexto ni matices. Un fenómeno parejo se detecta cuando se pretende construir un relato hipersimplificado y presentista para hacerlo más fácilmente digerible por un público amplio. Tampoco resulta raro que se retraten episodios o personajes complejos de manera distorsionada, casi caricaturesca. Valgan como muestra series como Trotskiy (2017) o The Spanish Princess (2019).
Por suerte, no todas las producciones cometen esos errores. Cuando cuentan con un trabajo de investigación previo y sus impulsores están comprometidos con la verdad histórica, el cine y la televisión pueden convertirse en una extraordinaria herramienta de difusión y pedagogía. El efecto funciona especialmente cuando son capaces de poner rostro humano a un drama sangriento. El mejor ejemplo es Holocausto, la serie televisiva de la cadena NBC creada por Gerald Green y dirigida por Marvin J. Chomsky. Relata la historia de dos familias alemanas, una de judíos y otra de “arios”, que acaban en los campos de exterminio, los primeros como víctimas, los segundos como verdugos. Su estreno en EEUU en 1978 tuvo un éxito sin precedentes, alcanzando una cuota de pantalla cercana al 50%. Al año siguiente se emitió en la República Federal de Alemania, donde la vieron 20 millones de telespectadores. Allí, donde un sector significativo de la clase política y la sociedad había intentado pasar la página del nazismo sin haberla leído primero, Holocausto causó una honda conmoción: la ciudadanía alemana empatizó con los judíos y se hizo preguntas en voz alta, lo que le ayudó a enfrentarse con la brutal realidad histórica.
En España se han creado numerosas series y telefilmes sobre ETA, aunque no tantas sobre sus víctimas, como refleja la reciente y excelente obra Testigo de cargo, de los historiadores Santiago de Pablo, Virginia López de Maturana y David Mota. De factura desigual, ninguno de estos productos ha alcanzado la repercusión que Holocausto tuvo en Alemania. No obstante, la ficción televisiva tiene por delante un largo recorrido. El estreno el próximo año de series como la ya mencionada La línea invisible y Patria, de HBO, es una noticia esperanzadora. Si están bien documentadas y ejecutadas, pueden suponer un punto de inflexión para la memoria de las víctimas del terrorismo. Estamos deseando verlas.
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‘Yo sobreviví al terrorismo,’ el primer videojuego dedicado a deslegitimar el terrorismo
Pueden jugar aquí
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Nuevo podcast del Centro Memorial: «Los 8 de Irak. El asesinato de los agentes del CNI»

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Juan Avilés: «El caso Gladio: Una red militar clandestina en la Italia de la Guerra Fría»

Resumen:
Durante la Guerra Fría existió una red clandestina vinculada a la OTAN, denominada Stay-Behind, cuya misión habría sido actuar tras las líneas enemigas en caso de invasión soviética. Puesto que la invasión nunca se produjo, esta red nunca actuó y su existencia habría permanecido oculta si el presidente del Gobierno italiano Giulio Andreotti, no la hubiera revelado en 1990. La rama italiana de Stay-Behind era conocida como Gladio y, aunque las investigaciones judiciales y parlamentarias no han hallado prueba alguna de su implicación en actividades delictivas, se ha difundido una teoría de la conspiración que la implica en el terrorismo de los “años de plomo”. Este artículo refuta dicha teoría sobre la base de la amplia documentación sobre el tema hoy accesible a los investigadores, y plantea también cuáles son los puntos todavía no esclarecidos en la historia de Gladio.
Palabras Clave: Gladio, Stay-Behind, OTAN, Guerra Fría, servicios secretos, teorías de la
conspiración.
Resumen:
During the Cold War, Stay-Behind was a clandestine network connected to NATO whose mission would have been to act behind enemy lines in the event of a Soviet invasion. Since the invasion never took place, this network never acted and its existence would have remained hidden if the president of the Italian government, Giulio Andreotti, had not disclosed it in 1990. The Italian branch of Stay-Behind was known as Gladio and, although judicial and parliamentary inquiries have not found any evidence of its involvement in criminal activities, a conspiracy theory that maintains its responsabilty in the terrorism of the “lead years” has been spread. This article refutes that theory on the basis of the extensive documentation on the subject now available to researchers and addresses the points that have not yet been clarified in Gladio’s story.
Key Words: Gladio, Stay-Behind, NATO, Cold War, secret services, conspiracy theories.
Pueden acceder aquí al artículo
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