GFS: «Aires de familia», El Correo, 2-IX-2019

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Según una leyenda, las mafias italianas hunden sus raíces en España. En el siglo XV tres caballeros toledanos, Osso, Mastrosso y Carcagnosso, mataron al noble que había violado a su hermana. Obligados a huir, su barco naufragó, pero consiguieron arribar a la isla de Favignana, donde idearon las reglas de conducta sobre las que se asentaría el hampa meridional. Osso fue a Sicilia y creó la Cosa Nostra; Mastrosso, a Calabria y dio vida a la ‘Ndrangheta; y Carcagnosso, a Nápoles, donde apareció la Camorra. Evidentemente, es solo un mito fundacional: los sindicatos del crimen tienen un origen autóctono.

Las mafias han marcado de manera trágica la historia reciente del sur de Italia. Su violencia ha dejado un reguero de miles de víctimas, propagando un terror que se ha reforzado por medio de amenazas: pintadas, cartas anónimas, llamadas telefónicas o restos de animales. La omertá y el control social de muchas comunidades han sido la base sobre la que se ha erigido un estado paralelo, con sus propias leyes, justicia, castigos o impuestos. Como indica Iñigo Domínguez en Paletos salvajes, el 27% de la población de Calabria tiene algo que ver con la ‘Ndrangheta; el 12% de la napolitana, con la Camorra; y el 10% de la siciliana, con la Mafia propiamente dicha. Nos centraremos en esta última.

El entorno mafioso felicita a quien es admitido en una familia como soldato (en euskera: gudari), ya no digamos a quien asciende a capo. A menudo, cuando es arrestado, se le despide como a un benefactor del pueblo. Durante su condena en la cárcel no es raro que se le rinda homenaje: procesiones religiosas paran delante de su casa, músicos neomelódicos le dedican canciones o se cuelgan pancartas en los partidos de fútbol. Ahora bien, al ser liberado, el preso no es recibido en un acto público. Nada de ongi etorri. Todavía hay límites.

En la isla se registran sacerdotes afiliados al sindicato del crimen, incluso como capos locales, desde el siglo XIX. La jerarquía eclesiástica ha sido tolerante con la Mafia, cuya mera existencia se negaba a reconocer. Sin embargo, sería injusto olvidar que otros curas se han opuesto a esta lacra. Fue el caso del padre Pino Puglisi, asesinado en septiembre de 1993.

El objetivo del hampa es el lucro, pero en ocasiones lo esconde tras los rituales, un código del honor o una bandera. Así, tras la II Guerra Mundial, alentó el independentismo siciliano, encarnado por el bandido Salvatore Giuliano. Fue responsable de la matanza de once comunistas en Portella della Ginestra (1947). Desde un prisma mafioso, un eventual ascenso del PCI era una amenaza para su poder. Durante décadas la organización criminal mantuvo relaciones fluidas con sectores de diversos partidos políticos, pero muy especialmente de la Democracia Cristiana, hegemónica tanto en Sicilia como en el conjunto de Italia. Cuando esta conexión se rompió a principios de los años noventa, la Mafia inició una campaña de atentados terroristas en la península. Únicamente cesaría cuando se cumpliesen condiciones como el fin de la legislación especial y la mejora en las condiciones penitenciarias de sus presos. También impulsó la formación independentista Sicilia Libera, de corto recorrido.

Una de las fuentes de financiación de la Cosa Nostra es el pizzo: la extorsión a empresarios y profesionales. Si no pagan, se exponen a la persecución y la muerte. En enero de 1991 Libero Grassi, dueño de una fábrica textil, se negó a hacerlo en una carta publicada en la prensa. Acabaron con su vida en agosto de aquel mismo año, pero el valor de Grassi sirvió de simiente. Inspiró a los fundadores de Addiopizzo, una asociación que agrupa ya a más de 1.000 negocios que se rebelan contra la extorsión. Otra de espíritu similar es Libera, creada en 1995 con el propósito de construir una sociedad alternativa a la Mafia.

En Sicilia abundan los héroes cívicos. Los malhechores los odian a muerte. En 1978, después de torturarle, los mafiosos hicieron explotar con dinamita a Giuseppe Impastato. Se trataba de un izquierdista de Cinisi que en tono de sátira denunciaba los crímenes de la Cosa Nostra en su radio libre. Al año siguiente se convocó en su municipio la primera manifestación contra la organización criminal. Un hito en la historia de Italia. Otro fue la investigación que estaba llevando a cabo el juez Giovanni Falcone cuando en mayo de 1992 fue asesinado junto a su esposa y escoltas. Su sucesor, Paolo Borsellino, corrió la misma suerte, al igual que cientos de policías, magistrados, políticos, periodistas y ciudadanos.

Es inevitable detectar cierto aire de familia entre ETA y el hampa. Independientemente de sus fines, casi todas las organizaciones clandestinas que emplean la violencia sistemática se parecen. Como poco, generan dinámicas similares, dañan la economía, degradan la democracia, causan miedo y dolor, acaban con vidas humanas… Desde la perspectiva de quienes sufren su violencia, ¿hay diferencia entre la omertá y la espiral de silencio? ¿Entre el pizzo y el “impuesto revolucionario”? ¿Entre los atentados de la Mafia y los de la banda terrorista? Como el capo Nicola Nick Gentile le señaló al recientemente fallecido escritor Andrea Camilleri, “para matar vale cualquiera”. Por eso debemos recordar a los etarras como lo que fueron: criminales.

 

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Diogo Noivo reseña «Pardines» en la revista portuguesa R:I

 

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Pueden leerla aquí

 

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Número 8 de Cuadernos del Memorial: «El terrorismo yihadista en la encrucijada. Oportunidades y riesgos tras el derrumbe del Califato»

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7 agosto, 2019 · 8:19

Heriotza Amaran. DRILen indarkeria Begoña Urrozen argitan

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7 agosto, 2019 · 8:15

Presentación de «Después del 68: la deriva terrorista de Occidente» en Madrid

El próximo 3 de octubre en el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado

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Dos nuevas reseñas en el último número de la revista «Grand Place»

-JIMÉNEZ RAMOS, María y MARRODÁN CIORDIA, Javier (2019): Heridos y olvidados. Los supervivientes del terrorismo en España

-RUIZ SOROA, José Mª (2018): Elogio del liberalismo

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Abierto el plazo para la presentación de comunicaciones para la mesa «El impacto del terrorismo en la política española durante los gobiernos centristas, 1976-1982» en el Congreso «Perfiles del centro político (1976-1986)»

Congreso internacional «Perfiles del centro político (1976-1986)»

Madrid, 18 y 19 de noviembre de 2019. Más información, aquí.

Envío de propuesta de comunicación para la mesa: «El impacto del terrorismo en la política española durante los gobiernos centristas, 1976-1982».

Remítase antes del 1 de octubre una copia de la propuesta de comunicación a las siguientes direcciones: javiles@geo.uned.es y jmartinez@geo.uned.es  y a la secretaría del Congreso  pcentrop19@gmail.com


La propuesta debe de contener los siguientes datos:

 

Título:

Apellidos y nombre del autor(a) o autores(as):

Filiación académica:

Dirección de correo electrónico:

Dirección postal:

Fecha de remisión:

Resumen (hasta 300 palabras, con referencia a las fuentes empleadas y a las hipótesis planteadas).

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Santiago de Pablo: «Una fecha controvertida», El Correo, 15-VII-2019

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15 julio, 2019 · 13:14

Congreso OIET «Terrorismo pasado, presente y futuro: cómo hacer frente a su amenaza»

 

Más información, aquí 

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GFS: «Conspiranoicos», El Correo, 8-VII-2019

No hay ninguna descripción de la foto disponible.En 1908 el escritor británico Gilbert K. Chesterton publicó su novela El hombre que fue jueves. El argumento gira en torno a Gabriel Syme, un poeta reclutado por el anónimo responsable de una sección especial de Scotland Yard para infiltrarse en un grupo terrorista que planea destruir la civilización. El protagonista consigue que la célula local le designe como uno de los siete miembros del Consejo Anarquista Central. Ahora bien, tras una serie de peripecias, Syme (Jueves) va descubriendo que cinco de los otros seis líderes del Consejo también son agentes encubiertos. Solo parece haber un auténtico terrorista entre ellos. ¿De verdad lo es? Tampoco. Al final, los seis topos descubren que el líder supremo de la conspiración, Domingo, es el mismo cargo de Scotland Yard que previamente les había contratado.

El hombre que fue jueves es una obra de ficción, pero los conspiranoicos elaboran tramas similares en sus narraciones. En ellas niegan o relativizan la existencia de las bandas terroristas, reinterpretando sus atentados como producto de fuerzas misteriosas, que maquinan en las sombras. Se trata de un fenómeno universal. Por ejemplo, en las décadas de los setenta y ochenta sectores progresistas italianos afirmaron que las Brigadas Rojas estaban dirigidas por poderes ocultos. Como recuerda Juan Avilés en el libro Después del 68: la deriva terrorista en Occidente, la de “los años de plomo es una página oscura que se preferiría expulsar de la historia de la izquierda”. Y algunos siguen intentando expulsarla. No obstante, el hecho es que 159 personas fueron asesinadas en Italia por terroristas “revolucionarios”. Otras 228, por los de ultraderecha.

Este tipo de relato también hizo fortuna en España. Durante la Transición la teoría de la conspiración en torno a las Brigadas Rojas se reprodujo aquí con el FRAP, los GRAPO y otras organizaciones terroristas, no pocas de cuyas acciones fueron tachadas de provocación policial. No era cierto: la violencia de extrema izquierda causó más de un centenar de víctimas mortales, que, como todas, tienen derecho a la verdad.

La primera fue del DRIL, un grupo hispanoluso que pretendía derrocar a Franco y a Salazar, pero cuyos únicos “logros” fueron dos asesinatos: el de la niña Begoña Urroz en un atentado en la estación de Amara de San Sebastián (junio de 1960) y el del tercer piloto João José do Nascimento Costa durante el asalto al trasatlántico Santa María (enero de 1961). Las dos dictaduras ibéricas achacaron estas acciones a los partidos comunistas, para estigmatizarlos. A modo de defensa, el PCE acusó a los integrantes del DRIL de ser agentes franquistas que incitaban a la represión. En otras versiones, incluso se les vinculaba a la CIA. Siguiendo su estela, ciertos propagandistas abertzales han retomado la teoría de la conspiración. Mientras tanto, contra toda evidencia, todavía hay quien mantiene que ETA puso la bomba de Amara. Ninguna de estas hipótesis se sostiene. Una investigación impulsada por el Centro Memorial ha corroborado que los crímenes del DRIL fueron responsabilidad del DRIL.

La larga trayectoria terrorista de ETA ha servido de terreno abonado para los conspiranoicos. En diciembre de 1973 la banda asesinó al almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno franquista. La cercanía del lugar del crimen a la Embajada de los Estados Unidos fue aprovechada por los fabuladores para intentar implicar a la CIA o a una facción de la dictadura. Mientras unos creían ver connivencias de ETA con EEUU, otros, el sector “eladio” del PNV, acusaban al grupo de ser un instrumento de la URSS. Irónicamente, en esto coincidían con algunos altos cargos del régimen, que siempre habían sospechado que detrás de sus atentados estaba la mano del PCE. Falso.

La propia ETA y su entorno han creado teorías de la conspiración. Una, la más conocida, que las FCSE introducían drogas en Euskadi para acabar con la supuesta “combatividad” de la juventud vasca. Aquí los terroristas reciclaban una leyenda urbana que, con variantes regionales, ya se había extendido por toda Europa. El mito ha sido derribado por trabajos como ¿Nos matan con heroína? de Juan Carlos Usó y la tesis doctoral que el historiador Pablo Varela está a punto de presentar en la UPV/EHU.

También se han urdido relatos morbosamente falsos acerca de la masacre yihadista del 11M en Madrid. Se llegó a presentar como un atentado de falsa bandera en el que estaban envueltos ETA, servicios secretos extranjeros e incluso partidos políticos. Pese a la claridad de las sentencias judiciales y a estudios como el de Fernando Reinares, aún hay quien se resiste a creer que no hubo un complot.

El terrorismo no es el único ámbito en el que florecen las teorías de la conspiración. Hay defensores de que las vacunas son venenosas, de que la Tierra es plana, de que está dominada por los reptilianos o de que nuestra civilización fue creada por alienígenas (los “antiguos astronautas”). Parafraseando a Tácito, inventan mentiras y a la vez se las creen. Que una parte de la ciudadanía desprecie explicaciones científicas para decantarse por otras fantasiosas es preocupante. No solo porque algunos jueguen con su salud, sino porque todos ellos ponen en riesgo el elemento que más nos ha hecho avanzar como Humanidad: el conocimiento.

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