Una declaración de principios no es un proyecto, como tampoco lo es el programa máximo de un partido. Un partido puede, por ejemplo, aprobar una resolución en la que se hable de abolir la propiedad, conquistar el Estado, instaurar una república federal, hacer la revolución o cualquier otro objetivo perfectamente inalcanzable en el momento en que se formula. Si no dispone de un plan, ni acopia recursos, ni actúa con miras a la ejecución de esta resolución, nada de eso forma parte de su proyecto; lo más probable es que forme parte de su ideología, de sus creencias o del mundo de sus valores, tal vez de sus metas lejanas, pero no de un proyecto de actuación.
JULIÁ, Santos (2006): «En torno a los proyectos de transición y sus imprevistos resultados», en MOLINERO, Carme (ed.): La Transición, treinta años después. Barcelona: Península, pp. 62-63.
PD 1: A veces, cuando veo a determinados dirigentes políticos hablando ante las cámaras, recuerdo esta cita de Santos Juliá, que en su momento me esclareció muchas cosas. Pero la cita no solo es válida para los partidos políticos (creo que los hemos convertido en cabezas de turco para ocultar que sus defectos son, en gran medida, reflejo de los nuestros como individuos y como sociedad), sino también para los ciudadanos de a pie, para todos nosotros, que muchas veces gastamos saliva en hacer promesas y declaraciones vacías a otras personas, palabras que no significan nada, que solo son fuegos artificiales. Cuesta diferenciar una cosa y otra, pero al final se aprende. Eso espero.
PD 2: Este historiador, por cierto, participa esta tarde en un interesante acto en Bilbao.
PD 3: Si hay alguien de Vitoria en la sala, debería pasarse mañana por el acto de presentación de Cómo pudo pasarnos esto de Idoia Estornes, cuya invitación adjunto.