Aniversario del asesinato de Carrero Blanco

52A principios de los años setenta ETA protagonizó una escalada de violencia sin precedentes. Entre 1970 y 1975 se registraron 145 atentados. Causó una víctima mortal en 1972, seis en 1973, diecinueve en 1974 y catorce en 1975. También creció el número de etarras fallecidos: dieciocho entre 1968 y 1975, sobre todo en tiroteos con las FCSE. Como consecuencia tanto de la violencia de ETA como de las movilizaciones del pujante movimiento obrero, el País Vasco y Navarra sufrieron continuos estados de excepción y se disparó la cantidad de detenidos: 831 en 1970, un número indeterminado en 1971, 616 en 1972, 572 en 1973, 1.116 en 1974 y 4.625 en 1975. La mayoría de aquellas personas no tenían nada que ver con ETA. En 1974 había 315 “presos políticos” (incluyendo a los condenados por delitos de sangre), que al año siguiente se elevaron a 632.

La acción más espectacular de ETA fue la Operación Ogro: el 20 de diciembre de 1973 el comando Txikia asesinó en Madrid al almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, y a sus dos escoltas. El magnicidio no acabó con el régimen y tampoco era eso lo que buscaban los etarras. Ahora bien, agravó aún más su crisis terminal, que se pretendió ocultar mediante la convocatoria de movilizaciones multitudinarias. Dos días después del atentado miles de vascos se manifestaron en Bilbao para mostrar su apoyo a Franco. El acto terminó con los asistentes entonando el “Cara al sol” con el brazo en alto.

Carrero

La muerte de Carrero tuvo otros dos efectos de largo recorrido. Por un lado, el magnicidio desbarató la estrategia de las CCOO: ese mismo día comenzaba el llamado Proceso 1.001 contra diez dirigentes del sindicato, entre ellos el vasco Pedro Santisteban, que se había planeado convertir en un juicio-denuncia. No tuvieron oportunidad de hacerlo. La explosión eclipsó los avances del movimiento obrero.

Por otro, como admitió el Gobierno Civil de Guipúzcoa en su memoria anual, el asesinato de Carrero supuso “un motivo propagandístico excepcional”, que provocó “el alza de cara al exterior” de ETA. Había logrado un enorme capital simbólico, que se tradujo en el respaldo del resto de la oposición antifranquista y, sobre todo, en la creciente admiración de un notable sector de los vascos, que empezó a percibir a ETA como una especie de Mesías armado. En las fiestas de los pueblos se hizo habitual que se entonara el “Voló, voló/, Carrero voló” mientras se lanzaban prendas al aire.

Este texto es un fragmento del libro de reciente aparición La calle es nuestra: la transición en el País Vasco (1973-1982).

La imagen del “Zutik” pertenece a Lazkaoko Beneditarren Fundazioa

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