Cazarabet conversa con… Mikel Toral, editor de “La calle es nuestra. La transición en el País Vasco (1973-1982)”

La Librería de El Sueño Igualitario

Cazarabet conversa con…   Mikel Toral, editor de “La calle es nuestra. La transición en el País Vasco (1973-1982)” (autoedición)

Aquello que nos cuentan los que están detrás de este libro:

Escribe Mikel Toral:

Siguiendo las inéditas fotos de Mikel Alonso y los precisos y depurados textos del historiador Gaizka Fernández Soldevilla

hacemos un rápido recorrido por la década (1973-1982) que cambió radicalmente la historia de España y la de Euskadi. Y, sinceramente, creo que para bien. Muchos de los que con más ahínco empujábamos en la calle –combatividad, lo llamábamos–soñábamos con ir más lejos, con aquella ruptura democrática. Nosotros también queríamos tomar el cielo por asalto.

Escribe Raúl López Romo sobre la transición:

“La Transición no fue sólo un escenario de recambio institucional. Fue un proceso fundamentalmente político, sacudido por fuertes dinámicas sociales y culturales. Hubo una transición de una dictadura a una democracia, un paso de un ‘Caudillo por la gracia de Dios’ a una monarquía parlamentaria y un salto de un régimen centralista a un Estado de las autonomías. Pero hubo mucho más”.

Escribe Antonio Rivera:

Aquellos años intensos del tardofranquismo y la Transición nos resultan extraordinariamente cercanos. Quizás porque fueron los años de nuestra frenética, saludable y combativa juventud. Quizás porque entonces teníamos sueños que no cabían en ninguna historia.

En todo caso, seguro, porque forman parte esencial de nuestras biografías y memorias, y las tenemos por eso todavía presentes. Pero son también hechos y procesos que, acumulativamente y al margen de nuestros deseos, conforman la historia general de un país. Y esta segunda dimensión solo es explicable con rigor, adustamente, con arreglo a la historia y no a la memoria, ni al recuerdo fácil, ni a la convicción extendida.
Cada cosa en su sitio. Y, además, si han pasado cuarenta años de aquello es que ya no somos unos niños, más necesitados de recuerdos amables que de explicaciones razonables. Pero, ¡qué noche la de aquel día! Nunca desde entonces hemos tenido, de uno en uno y en colectivo, tantos deseos y fuerzas para cambiarlo todo.

Interesante:

https://cambiandodetercio.wordpress.com/2015/10/26/la-calle-es-nuestra-la-transicion-en-el-pais-vasco-1973-1982/

 

 

Cazarabet conversa con Mikel Toral:

-¿Qué diferencias adviertes entre el período de transición en el País Vasco y la que tiene lugar en el resto de España?

-En general, respecto a la lucha en la calle, no hay grandes diferencias con los otros grandes núcleos de la lucha antifranquista: Cataluña, Madrid, Asturias… Obviamente, la existencia de ETA marca la gran diferencia. Si entramos en matices, el propio Gaizka [Fernández Soldevilla] remarca en el libro la mayor influencia de la extrema izquierda, que le disputaba el liderazgo al propio PCE, cuestión impensable en el resto de España.

-Estudiáis e investigáis el período de transición de 1973 a 1982. ¿Por qué os centráis en este período de tiempo?

-En mi caso, reivindico el valor de la lucha de masas para conseguir cambios democráticos. La democracia heredera del 78, de baja calidad para muchos, les debe un reconocimiento a los que sacrificaron sus vidas por conquistarla. El libro “La calle es nuestra” es nuestro pequeño homenaje a tanta gente anónima que contribuyó a acelerar el final de la dictadura y a la restauración democrática. Las 135 fotografías de Mikel Alonso así lo atestiguan. Otra cosa es lo que se haya hecho después con ese punto de partida de cambio.

-¿Desde qué colectivos ciudadanos se trabajó más hacia la democracia plena en el País Vasco?

-Salvo algunos sectores vinculados a la doctrina social de la Iglesia, quien mantuvo la llama de la resistencia democrática fue la clase obrera. Es innegable reconocer el liderazgo de las organizaciones obreras, fundamentalmente CCOO, en la lucha por la democracia plena. Su experiencia sirvió a otros colectivos, como el estudiantil, que dio mucha visibilidad al descontento social que generaba la dictadura en su último tramo. Pero quien ponía en jaque al sistema era una dura huelga general de la construcción, por ejemplo, y no una de estudiantes. Aunque todo sumaba y abría espacios para la democracia.

En el caso de Euskadi fue importante el movimiento ciudadano, que aprovechando los resquicios legales del franquismo sirvió para abrir un nuevo frente de lucha. Pero a mi modo de ver su mayor contribución fue servir de escuela de participación democrática para mucha gente de los barrios populares y, algo que no se ha reconocido lo suficiente, su función de plataforma para la lucha de liberación de la mujer. El mérito se lo ha llevado el movimiento feminista clásico, y es justo, si hablamos de generar conciencia feminista y poner en la agenda los derechos de la mujer. Pero el movimiento ciudadano empoderó a miles de mujeres y les hizo tomar conciencia de su situación y papel en la sociedad.

-Políticamente hablando ¿Cómo se fueron formando los grupos políticos en los años finales de la dictadura y primeros pasos de la transición y de la democracia?

-Si pienso en primera persona, hubo mucha ilusión, mucho esfuerzo, mucho sacrificio para una generación de jóvenes que ni siquiera pudimos votar en las primeras elecciones democráticas del 77; la mayoría de edad era a los 21. No pudimos votar pero participamos en la construcción de las organizaciones democráticas que habían empujado al régimen a poner las urnas de la democracia. Nosotros en esos momentos solo intuíamos que estábamos viviendo un momento único, histórico. Y lo vivimos con pasión y satisfacción. Fue un máster acelerado sobre la vida.

-Nos esforzamos en adaptar los partidos a la realidad, pero la realidad nos pasó por encima. Si nos fijamos bien, todos los partidos que fueron la vanguardia de la lucha antifranquista desaparecen en pocos años, incluido el PCE…

-Parte de los males del actual sistema de partidos se incuban en el periodo de la transición. En el ámbito de la izquierda el paso de organizaciones clandestinas a estructuras legales se hace en un tiempo record y el precio a pagar es la calidad democrática de esas estructuras. Sí la clandestinidad podía “justificar” el centralismo democrático (mucho centralismo y poca democracia) de las organizaciones de corte leninista (la mayoría) la legalidad democrática lo invalidaba. Sin embargo, las inercias leninistas pesaban demasiado. Los “aparatos” surgían con vocación de perpetuarse.

La realidad fue que, pasada la euforia de los primeros congresos en la legalidad, a pesar de que la vocación explicita era que las ideas fluyesen de abajo hacia arriba y viceversa, las organizaciones se construyeron de arriba abajo, y no necesariamente por la maldad de sus dirigentes. Era inevitable, el eterno dilema entre efectividad organizativa y participación democrática. Todo ello unido a la tradicional querencia de la izquierda por la fragmentación y el sectarismo. La película de La vida de Brian es una magnífica crítica a esa tendencia general, que no es solo española, como puede verse.

Y claro, para que íbamos a buscar la confluencia en un gran partido de izquierdas. Cada una de las siglas de la extrema izquierda (PTE, ORT, LCR, MC…) se reclamaba el verdadero partido de la clase obrera. Lo mismo pasaba en el ámbito sindical y, ya puestos, en cualquiera de los incipientes movimientos sociales: feminismo, ecologismo…

El PCE, que era el partido con mayor implantación, hacia un llamamiento a que todos se unieran en torno a él. Refiriéndose a los partidos a su izquierda ya dijo despectivamente Carrillo: “Prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león”. Casi como hoy en día.  

Y los ciudadanos, que a nivel personal querían participar en “derribar la dictadura” y participar en la transición para conquista una “democracia plena”, ¿cómo lo pudieron hacer, cómo lo hacían? Me supongo que no debía de ser nada fácil en aquellos días….

-Del 70 al 75 el régimen recrudece la represión; son numerosos los estados de excepción y la represión es generalizada. Por eso eran grandes las dificultades para unirse a la lucha antifranquista.

A partir del año 75 la incorporación a la lucha antifranquista fue vertiginosa, sobre todo entre los jóvenes. La extensa sopa de letras de las organizaciones antifranquistas era muy activa en la captación de militantes, aun en un ambiente todavía de extrema clandestinidad. Las organizaciones sindicales habían pasado de un cerrado hermetismo a una clara apertura. Los que querían participar sin encuadrarse partidariamente tenían las múltiples opciones de los llamados organismos de masas sectoriales: organizaciones estudiantiles, vecinales, culturales…

Eso no quiere decir que comprometerse en la lucha antifranquista fuese una fiesta. Detenciones, encarcelamientos, torturas, despidos, apaleamientos, heridos y hasta muertos eran el pan de cada día. La represión era intensa y extensa, pero el régimen a finales del 75 estaba desbordado. En uno de los estados de excepción la represión fue tan indiscriminada que tuvieron que habilitar la plaza de toros de Bilbao para llevar a los detenidos; la comisaria de Indautxu estaba saturada. En los barrios obreros se abrían las viviendas a cualquiera que huía de una carga policial.

A finales del 76 y comienzos del 77 los partidos, sobre todo el PCE, hacen una política de salida de la clandestinidad para forzar su legalización. Esto facilita la adhesión de muchos ciudadanos a los partidos antifranquistas. Se vislumbra la democracia y se le pierde el respeto a la dictadura. Creo que Sartorius dijo aquello de que “Franco murió en la cama, pero la dictadura se derrocó en la calle”.

Por otra parte, las constantes convocatorias de huelgas y luchas del 76 al 78 facilitan la participación al menos puntual de una amplia base social.

Porque en la calle, a nivel de acera, hormigón y adoquín, la cosa no debía de estar nada, nada fácil… ¿Cómo era la calle y “el ambiente entre las gentes”?

-Yo puedo hablar de mi experiencia en el ecosistema de un barrio cien por cien obrero, como era Otxarkoaga, en Bilbao. Allí la conciencia de clase era muy alta, nuestros padres eran trabajadores de las grandes empresas industriales de la época (Etxebarria, WB, la Naval, Altos Hornos, la histórica fábrica de Bandas y muchos obreros de la construcción y de pequeñas empresas). El ambiente era muy propicio al compromiso político antifascista. Nuestros padres participaban activamente en las luchas obreras y nuestras madres, amas de casa, se incorporaron activamente al movimiento vecinal. La AFO (Asociación de Familias de Otxarkoaga) fue junto con la Asociación de Familias de Rekalde una de las más activas en la lucha ciudadana.

En pocos años el testigo de la resistencia antifranquista pasa de manos de los sectores más progresistas de la Iglesia (JOC, HOAC ) a los jóvenes partidos revolucionarios como la ORT y el MC.

A finales del 75 el ambiente era de efervescencia, había muchas ganas, la gente miraba con simpatía a los jóvenes que hacían las pintadas, regaban las calles de panfletos, convocaban interminables asambleas, charlas, semanas culturales…

En un barrio como Otxarkoaga, donde existía una delegación de la Guardia de Franco, ocho casetas de vigilantes de Falange y un cuartel de la guardia civil, el régimen había perdido el control de la calle casi antes de morir el dictador.

-Es de suponer que ya debía de respirarse cierto desasosiego, tal como ETA iba incrementando su escalada represiva…

-En la Transición todavía se veía a ETA como un aliado en la lucha antifranquista. Algunos no compartíamos sus métodos; desde nuestra ideología nos parecía aventurerismo y ya lo caracterizábamos de terrorismo, individualismo pequeño burgués frente a la lucha de masas, etcétera. Es conocido el rechazo al atentado de Carrero por el PCE y la ORT, mas por la obstrucción a las movilizaciones del Proceso 1001 que por la condena del tiranicidio.

Dada la gran ferocidad con la que se despidió el régimen fascista (fusilamientos, asesinatos indiscriminados…), los atentados de ETA no se cuestionaba desde un punto de vista ético sino táctico, y esta valoración estaba sentando las bases para la comprensión y la legitimidad que buscaban para desencadenar su ofensiva sangrienta, precisamente cuando comenzaba la democracia en España.

El debate en los organismos unitarios era constante. Para nosotros, los atentados de ETA eran una intromisión en la lucha de masas; para ellos, ETA marcaba el camino y se enfrentaba al régimen con las armas apropiadas.

En cierta ocasión en un debate en la Universidad de Deusto un conocido sacerdote franciscano, persona respetadísima por su bondad y espíritu solidario, al enterarse de la desarticulación del aparato de propaganda de nuestro partido, nos dijo condescendientemente que la lucha pacífica a base de carteles, pintadas y panfletos no era eficaz para enfrentarse al régimen; lo dicho, según ellos lo apropiado era responderles con sus mismas armas. Así estaban las cosas.

En plena dictadura, mientras la influencia solo se medía en la capacidad de movilización en la calle, la izquierda radical pudo competir con la izquierda abertzale; era mucho más fuerte que esta. Paradójicamente, cuando la democracia incorporó lo institucional al terreno de juego, la influencia de ETA se multiplicó exponencialmente. Cuanto más sangrienta era su actuación más influencia institucional y social adquiría.

– ¿Creéis que las bases que tomaron la calle quedaron satisfechas con la Constitución? ¿En qué punto, quizás, no hubo tanta satisfacción o incluso decepción durante el proceso y en el proceso de transición?

-Obviamente la Constitución del 78 no reflejó las propuestas de máximos de los que más empujaron en la calle. Nada de extrañar porque los resultados de las urnas del 15 de junio del 77 ya nos habían puesto en antecedentes: ningún diputado para la izquierda del PCE y una veintena escasa para el propio PCE.

La Constitución del 78 es el paradigma del llamado “consenso”. La calle había cumplido su papel; ahora era el turno de los despachos. Y allí no estábamos nosotros. Y como dice [Antonio] Rivera en el prólogo del libro, “no estábamos solos”, y PSOE, UCD, AP, CD, PNV… representaban la voluntad electoral de millones de españoles, aunque no hubieran dado la cara para derribar a la dictadura.

Para la extrema izquierda la Constitución fue una decepción y en esa medida pidieron el voto negativo. Casi todos, salvo la ORT, en un incomprendido ejercicio de responsabilidad, que pidió un sí a la Constitución para seguir avanzando en la construcción de una democracia que nacía frágil y amenazada, como se comprobó en el 23-F. Visto en perspectiva creo que fue una decisión acertada.

-Factores como la Central Nuclear de Lemóniz o el euskera, ¿qué papel “jugaron” en esto del proceso de transición?

-El libro de Raúl López Romo, “Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemóniz como símbolo de la transición vasca”, explica con claridad el papel de la lucha contra el intento de construir esa central nuclear y el papel usurpador de ETA, intentando subordinar a un amplio movimiento de masas a su estrategia terrorista. En el prólogo del libro se hace esa pregunta a los que defendieron que gracias a ETA se paralizó Lemóniz: “¿Fue licito, ético, sustituir la palabra y la acción democrática para imponer a la sociedad una decisión con la única fuerza de su capacidad de destrucción y la muerte de cinco personas?”.

El euskera en la transición vasca juega un papel esencial en la construcción del imaginario simbólico del nacionalismo. La defensa del euskera como la lengua propia, la “auténtica”, de los vascos, sienta las bases del constructor identitario en torno al cual se iba a construir en democracia el sistema educativo, el cultural y de empleo público de la Comunidad Autónoma Vasca. Dada su evidente persecución anterior, toda la oposición antifranquista asumió una cerrada defensa para su recuperación. Todo lo euskérico se revestía de un halo de prestigio y legitimidad incuestionable, llevando el tema a extremos absurdos.   Era más guay llamarse Andoni que Antonio, acababa una manifestación y cantábamos el Eusko Gudariak [himno del “Soldado Vasco”] sin entender su significado, etcétera. Creo que no supimos defender la pluralidad cultural del País Vasco, pecamos de ingenuidad y actuamos acomplejados hasta tal punto que la justa reivindicación de los euskaldunes al derecho a estudiar en su lengua materna se la negamos luego a nuestros hijos en democracia a estudiar en lo que quisieran.

-El Estatuto de Gernika, me imagino y supongo, marcó un antes y un después

-“Libertad, amnistía y estatuto de autonomía” eran las consignas centrales y ampliamente respaldadas de la Transición. Para la gran mayoría de nosotros el Estatuto era la consecuencia lógica de la restauración de la democracia, aunque creo que en aquellos momentos el Estatuto no era una prioridad de la izquierda.

Obviamente los nacionalistas moderados lo tenían más claro que nadie: el Estatuto de Gernika sentaba las bases de sus aspiraciones… y de su poder posterior. Para los no nacionalistas era el compromiso, el punto de encuentro intermedio entre la independencia de los más radicales y el Estado centralista del franquismo.

Después, todos, nacionalistas y no, comprobamos en la práctica que era un buen instrumento para el desarrollo de País. Atrás iban quedando la cuestión Navarra y otras.

-No podemos, creo, hablar de qué asesinatos fueron o “sentaron más precedente” en los tiempos de la transición, pero siempre ha habido asesinatos, atentados, secuestros y extorsiones que “han marcado”, por lo que sea, más que otros. ¿Por qué?, ¿qué nos puedes comentar?

-A mi modo de ver, aunque no sea justo, porque todos los crímenes políticos debieran habernos interpelado por igual, sí hubo sucesos sangrientos que marcaron más que otros el devenir de la historia. En el libro “La calle es nuestra” el texto de Gaizka Fernández Soldevilla recoge los más significativos: el atentado de Carrero, los fusilamientos de Txiki y Otaegi y los tres del FRAP, los asesinatos del 3 de marzo en Vitoria, la matanza de Atocha, el asesinato del periodista Portell, el de Arregi torturado, el del ingeniero Ryan, etcétera.

El atentado de Carrero altera los planes de recomposición del régimen, aunque desde mi punto de vista sus consecuencias sobre la Transición están sobrevaloradas.

Los fusilamientos de 27 de setiembre del 75 es uno de los grandes errores del régimen: su crueldad pone en evidencia su catadura fascista a nivel interno e internacional. En Euskadi los apoyos a la dictadura descienden al mínimo imaginable.

El asesinato del 3 de marzo en Vitoria no solo genera la mayor huelga general de la historia vasca, sino que acelera la unificación de las dos plataformas antifranquistas hasta dar lugar a la popularmente conocida como “Platajunta”.

Y, por supuesto, ya es historia, la matanza de Atocha, que supone una gran demostración de fuerza de la oposición democrática y es determinante para la legalización del PCE y para constatar –lo hace Suárez- que no se podía hacer una transición a una democracia limitada como había pretendido Arias Navarro.

El asesinato de Portell supone la primera manifestación contra ETA, aunque tardarían muchos años para que fuesen masivas.

La muerte por torturas del militante de ETA Joxe Arregi da oxígeno y legitimidad para una década a la organización terrorista.

Todos estos sucesos sangrientos no solo marcaron sino que durante mucho tiempo dieron lugar a consecuencias políticas de gran alcance.

– ¿Cómo se vivió el golpe de Estado, el 23-F, en Euskadi?

-La tarde de invierno del 23-F del 81 heló la vida ciudadana, la gente se refugió en sus casas, las calles quedaron desiertas, el recuerdo aun cercano de la crueldad de la dictadura representada por sus brazos armados más temidos, el ejército y la guardia civil, atemorizó a ciudadanos y representantes. Inmovilizó el País Vasco. Supongo que en una situación similar a la española.

La tímida alegría de una democracia recién conquistada se venía abajo. El miedo era generalizado. Y como mucho, recurriendo a los tics de la clandestinidad recién abandonada, destruimos pruebas de nuestro pasado antifascista -¡santa ingenuidad!- y los más fichados durmieron fuera de casa.

En mi caso, y no parece que fue muy generalizado, montamos reuniones de coordinación con veteranos militantes, en muchos casos ya retirados, para ver qué respuesta dar si triunfaba el golpe de Estado.

– ¿Y las elecciones generales del 82 en las que el socialismo se hacía con la mayoría absoluta para gobernar?

-Algunos no nos dejamos seducir por el voto útil. Sin embargo, celebramos con alegría la llegada de un gobierno de izquierdas. Para algunos de los que veníamos de la lucha antifranquista desde una década antes (1973-1982), comenzó el tiempo de regresar a la “vida civil” y como mucho seguir participando en organizaciones sociales. La política tan domestica de los partidos “burgueses” no nos atraía demasiado, nos iba más la épica revolucionaria. Pero ya había pasado nuestro tiempo…

 

 

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