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Último número de la revista de la FVT

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Santiago de Pablo: «Somos culpables nosotros», El Correo, 31-XII-2016

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El próximo 4 de enero se cumplen ochenta años del día en que el encomiable esfuerzo del Gobierno vasco por mantener el orden en su territorio durante la Guerra Civil se fue súbitamente al garete. En solo tres horas, en esa jornada trágica de enero de 1937, 224 personas fueron asesinadas cuando milicianos y civiles armados asaltaron las cárceles de Bilbao. Para entender la trascendencia de este hecho hay que tener en cuenta que en el País Vasco bajo el franquismo nunca se produjo una matanza similar: en la Álava sublevada, por ejemplo, fueron fusiladas durante los tres años de guerra 186 personas.

Si el hecho en sí mismo es sorprendente –dado el empeño del lehendakari Aguirre en hacer realidad el “oasis vasco” de 1936-1937–, aún lo es más que un acontecimiento de este calibre haya desaparecido del recuerdo colectivo, hasta el punto de haberse convertido en un no-lugar de memoria, precisamente ahora que tanto se habla de conservar la memoria histórica de la Guerra Civil.

Si esta tragedia es hoy casi desconocida no es por falta de investigación, pues los hechos básicos son bien conocidos por la historiografía: grupos de manifestantes, enfurecidos tras un bombardeo franquista, se unieron a milicianos de la CNT y asaltaron las prisiones de la villa (Larrinaga, los Ángeles Custodios, el Carmelo y Casa Galera), para dar un escarmiento a los presos. Estos, ayudados por algunos vigilantes, trataron de defenderse, construyendo barricadas frente a unos asaltantes que utilizaban incluso bombas de mano. Entre los asesinados había significados derechistas, como el integrista Juan Olazábal o el exalcalde de Bilbao Adolfo Careaga, pero la mayoría eran personas anónimas, de ideas conservadoras, incluyendo a trece sacerdotes (uno de ellos simpatizante del PNV).

El inicio del asalto pilló por sorpresa a las autoridades vascas, que además tardaron mucho tiempo en detener la matanza. La Consejería de Defensa quiso desplazar un batallón del PNV, pero no había ninguno acuartelado en Bilbao en ese momento, por lo que envió uno de la UGT que, al ver lo que pasaba, se inhibió y en alguna de las cárceles se unió incluso a los agresores. Los asaltos solo terminaron cuando llegaron en persona a las prisiones tres consejeros del Gobierno vasco. La situación era tan dantesca que uno de ellos, el socialista Juan Gracia, no pudo aguantar y se desmayó.

Si el Gobierno vasco fracasó en la prevención de los hechos, tuvo una actitud ejemplar a posteriori, reaccionando de un modo imposible de encontrar en ningún otro caso en los dos bandos durante la guerra. El 10 de enero publicó una nota en la que, sin concretarlos, hablaba de los recientes “crímenes y saqueos” y aseguraba que iba a exigir “con rigor las responsabilidades contraídas por los culpables, reforzando las previsiones adecuadas para que no vuelvan a repetirse semejantes hechos”. El Departamento de Justicia permitió celebrar funerales por los fallecidos y la seguridad de las cárceles fue reforzada por ertzainas y gudaris nacionalistas, que evitaron nuevos asaltos. Además, se nombró un juez especial (el diputado del PNV Julio Jáuregui), que procesó a 61 responsables, aunque el sumario no se había cerrado cuando Bilbao fue conquistada en junio de 1937, por lo que los procesados, que permanecían en libertad provisional, nunca fueron juzgados.

En un gesto que le honra, en el Congreso Mundial Vasco celebrado en París en 1956 Aguirre reconoció valientemente su responsabilidad y la de su ejecutivo en un hecho “que nos avergonzó ante el mundo”: “Somos culpables nosotros. Yo el primero, en nombre del Gobierno, porque nos fallaron los resortes del mando en aquel momento”. Como era de esperar, el franquismo trató de preservar el recuerdo de la masacre, a través de homenajes, mausoleos y publicaciones. Para el nacionalismo vasco fue durante el exilio un tema tabú, del que apenas se hablaba, pese a que la memoria de la guerra era casi omnipresente.

Tampoco en la Transición el nuevo Gobierno vasco hizo nada por conservar la memoria de ese aciago 4 de enero. Solo en 2011, en un artículo publicado en EL CORREO, Idoia Mendia, la consejera de Justicia del Gobierno de Patxi López, recordó –junto a otras matanzas cometidas en la zona franquista– “el hecho represivo más sangriento de la guerra en Euskadi”. Evocando expresamente el coraje de Aguirre al reconocer su error, Mendia señalaba que había “llegado el momento de reivindicar el dolor de todas las víctimas de la guerra civil en Euskadi. De todas, de las que fueron silenciadas durante cuarenta años de dictadura y también de las que con la llegada de la democracia fueron borradas de la memoria colectiva por resultar políticamente incorrectas”.

Sin embargo, cuando en 2015 se organizó en Bilbao una exposición sobre la historia de la cárcel de Larrinaga (1871-1968), con el título “La memoria cautiva”, esta ni siquiera mencionaba los hechos de enero de 1937, pese a que en Larrinaga hubo 55 víctimas. La muestra se centraba en la dictadura franquista y en los cuarenta presos ejecutados a garrote vil en el patio de la prisión en 1937-1939, pero el necesario recuerdo de estos no puede servir para olvidar a otras víctimas de la guerra, como las del 4 de enero. Tampoco es excusa el hecho de que estas últimas fueran conmemoradas por el franquismo (en puridad, ni siquiera puede decirse que fueran “franquistas”, puesto que murieron antes de poder colaborar con la dictadura). De hecho, Aguirre no se escudó en que esos muertos fueran del otro bando.

Por ello, es una pena que –al menos que yo sepa– el actual Gobierno vasco no haya preparado ningún acto en recuerdo de los fallecidos el 4 de enero de 1937, como lo está haciendo con otras matanzas de la Guerra Civil. Al fin y al cabo, también estas son víctimas “del sufrimiento injustamente padecido” en “los últimos cien años”, cuya evocación forma parte de los objetivos de Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos del Gobierno vasco.

Santiago de Pablo, Catedrático de Historia Contemporánea de la UPV/EHU

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Presentación de la película «¿Qué hiciste en la guerra, papi?»

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28 diciembre, 2016 · 8:49

«La voz de Pedro Mari Baglietto», El Correo, 26-XII-2016

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Al principio impactan, hasta duelen físicamente, pero las crónicas, las fotografías y los videos que muestran atentados terroristas acaban perdiendo su poder. No dejan de interesarnos, pero sí dejan de provocarnos emociones profundas. El horror, si es frecuente, razonablemente lejano y no nos amenaza a nosotros ni a nuestros allegados, se transforma en rutina. Este fenómeno de desconexión afecta especialmente a quienes nos dedicamos al estudio de la violencia, que a veces parecemos analistas fríos e impasibles. Así, al asistir hace unas semanas a una mesa redonda en la que participaban tres víctimas del terrorismo, sobre cuyos atentados ya había leído, tenía el convencimiento de que mi coraza profesional impediría que su testimonio me afectara. Me equivocaba. La narración de Pedro Mari Baglietto acerca de la vida y la muerte de su hermano Ramón atravesó mis defensas. Cuando calló su voz, yo tenía un nudo en la garganta. No era el único: toda la sala guardaba un silencio absoluto.

Conviene recordar su historia. El 21 de septiembre de 1962 Ramón Baglietto estaba delante de su tienda de muebles en Azkoitia cuando vio pasar a una mujer con sus dos hijos: uno en brazos, de once meses, y otro de la mano, de dos años. A este niño se le escapó la pelota con la que estaba jugando, por lo que salió corriendo detrás de ella. Tuvo tan mala fortuna que se puso en medio de la trayectoria de un imparable camión pesado. La madre se lanzó sobre él para intentar protegerlo, pero, cuando cruzaba a su lado, Ramón consiguió arrancarle de los brazos al pequeño. La madre y el hijo mayor murieron atropellados. El menor se salvó. Se llamaba Kandido Azpiazu.

El 12 de mayo de 1980 el automóvil de Ramón Baglietto, militante de UCD, fue ametrallado por un comando de ETA militar cerca de Elgoibar. El vehículo se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol. Ramón, aunque malherido, seguía con vida. El etarra encargado de darle el tiro de gracia fue Kandido Azpiazu. No tardó en ser detenido. En 1981 la Audiencia Nacional le condenó a 49 años de prisión, pero fue excarcelado en 1995. Una década después Azpiazu compró la cristalería situada en los bajos del edificio en el que vivía Pilar Elías, la viuda de Ramón Baglietto, que tuvo que soportar su presencia, sumando una nueva victimización a las que ya había padecido.

Antes, en 2001, el periodista alemán Erwin Koch había conseguido que Azpiazu le concediera una entrevista. Entre otras cosas le preguntó cómo había sido capaz de matar a Ramón, el hombre que le había salvado cuando era un niño. Azpiazu se defendió alegando que él no era un asesino: había actuado “por necesidad histórica”. Añadió: “por responsabilidad ante el pueblo vasco, que es magnífico, que tiene una magnífica cultura, que habla una de las lenguas más antiguas de Europa, que nunca fue vencido por los romanos, ni por los visigodos, ni por los árabes. Un pueblo muy distinto al de los españoles” (El País, 14-8-2001).

Uno no nace terrorista. Se hace. Mata porque decide matar. Ahora bien, hay una serie de factores que favorecen esa elección. La voluntad de los etarras fue la chispa que provocó el incendio, pero este hubiera sido imposible si antes alguien no hubiese rociado todo de combustible. Como ha reconocido el exetarra arrepentido Iñaki Rekarte, “el odio era la gasolina que me había hecho vivir durante muchos años”. Tanto a Azpiazu como a él les habían enseñado que entre “invadidos” vascos e “invasores” españoles existía un secular “conflicto” étnico que solo podía terminar con la eliminación física del “enemigo”: la nobleza del fin justificaba la bajeza de los medios. Como otros muchos jóvenes, habían sido adoctrinados en el odio por medio de la tergiversación de la historia. Como escribió Martín Alonso, “está fuera de duda la existencia de un hilo de continuidad que lleva retrospectivamente desde los perpetradores materiales del acto final hasta los orígenes discursivos identificables en la obra de intelectuales de renombre”. En el nacionalismo radical existe una larga lista de propagandistas que se encargaron de crear y divulgar la narrativa del “conflicto vasco”, animando a los jóvenes a matar. Hoy, apoyados por una potente industria cultural, siguen haciendo lo propio, aunque su objetivo sea otro: justificar los crímenes de ETA a posteriori.

Si bien la propaganda ultranacionalista es el caldo de cultivo propicio para la aparición de la violencia, una voz legítima y creíble como la de Pedro Mari produce el efecto contrario: inmuniza contra el fanatismo a las nuevas generaciones. El relato de la experiencia de las víctimas del terrorismo es una vacuna para que en el futuro no suframos las consecuencias de un nuevo brote de violencia. Sin embargo, según los datos del Deustobarómetro de este verano, solo un 51,6% de los vascos estaban de acuerdo con que “los testimonios de las víctimas en las escuelas ayudan a deslegitimar el terrorismo entre los más jóvenes”. El último Deustobarómetro, recién publicado, indica que el 66,3% de la población cree que es “normal y saludable” pasar “la página del pasado de violencia y conflicto político”. ¿Sin haberla leído? ¿Sin haber aprendido nada? Tal vez no sean los estudiantes los únicos que necesitan escuchar la voz de Pedro Mari Baglietto.

Gaizka Fernández Soldevilla

PS: El libro de Pedro Mari Baglietto, en el que se dan bastantes más detalles, está descatalogado, pero puede descargarse de la página de la FVT:

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¡Felices fiestas! Zorionak! Bon Nadal! Bo Nadal!

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Idoia Estornes reseña «La voluntad del gudari» en la revista «Memoria y Civilización» (U. de Navarra)

8269-32369-1-pbIdoia Estornes ha escrito esta amable recensión sobre La voluntad del gudari en el último número de la revista Memoria y Civilización (Universidad de Navarra), que pueden leer aquí

 

 

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Último número de la revista «Testimonio del silencio» de la Asociación para la Dignidad Humana

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Néstor Banderas Navarro publica en su blog una reseña de «La voluntad del gudari»

Es habitual escuchar a los historiadores afirmar que hacer historia del presente es realmente difícil, dado que no se tiene la perspectiva suficiente como para aplicar el método de investigación pr…

Origen: LA VOLUNTAD DEL GUDARI

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What does Radicalisation Look Like? Four Visualisations of Socialisation into Violent Extremism

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Diego Muro publica este interesante trabajo, que les recomiendo.

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Conferencia: “¿Nos vimos en Berlín? Los agentes del Servicio Vasco de Información en la lucha contra el nazismo”

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20 diciembre, 2016 · 16:11