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«¿Por qué matan los terroristas?», El Correo, 18-IX-2017

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Treinta años después de la masacre de Hipercor, en la que ETA asesinó a veintiuna personas, el terrorismo ha vuelto a golpear Cataluña. Esta vez Dáesh ha causado quince víctimas mortales y más de un centenar de heridos. Aprovechando tan dramáticas circunstancias, hay quien se ha apresurado a buscar un chivo expiatorio. Así, se ha señalado que la culpa de los atentados le corresponde al Islam, a Arabia Saudí, a Israel, a EEUU, a la pobreza, al capitalismo, al fascismo, al racismo, al multiculturalismo, a la inmigración, a la acogida de refugiados, a las FCSE, al Estado, a la Casa Real, al Gobierno español, a la Generalitat catalana, a la alcaldesa de Barcelona, al presidente Trump, a ciertos episodios del pasado… Sin pruebas, por supuesto. Más que de un análisis riguroso, tales acusaciones parecen ser fruto de los prejuicios y, sobre todo, del oportunismo.

Tampoco ha faltado quien presentara a los yihadistas como perturbados o psicópatas, a pesar de que sucesivos estudios han demostrado que los terroristas no tienden a padecer trastornos de este tipo. Es una muestra de la utilidad de la literatura académica: nos permite iluminar las sombras que en ocasiones oscurecen el presente. Hoy más que nunca hace falta divulgar sus resultados para desmontar mitos y bulos.

Los investigadores llevan décadas profundizando en el porqué del terrorismo. Como precondiciones del mismo se suelen nombrar los antecedentes históricos, la tecnología, los cambios socioeconómicos bruscos, el declinar de las autoridades tradicionales, una ruptura generacional, la falta de libertades, la represión, la colonización, la discriminación de una parte de la población, la ineficacia de los cuerpos policiales, la existencia de un modelo internacional, el desarraigo de los descendientes de inmigrantes… Y como causas directas, entre otras, se mencionan la dinámica interna de la banda y sus necesidades tácticas, el estado emocional de sus integrantes, su interpretación de los dogmas religiosos o políticos, su visión de la historia, etc.

En los terroristas influyen tanto el contexto como vectores totalmente subjetivos. Los yihadistas se consideran muyahidines combatiendo en una guerra santa, del mismo modo que los etarras se veían como gudaris luchando en un secular conflicto, los miembros de grupos de extrema izquierda como la vanguardia de la revolución o los de bandas parapoliciales como salvadores de un Estado incapaz de protegerse a sí mismo. Creen servir a un fin tan noble que justifica cualquier medio, por muy sanguinario que sea. Y perciben a sus “objetivos” como enemigos peligrosos, perversos e infrahumanos, a los que es necesario eliminar. Por supuesto, ni los terroristas son héroes ni sus víctimas son villanos, pero tan distorsionadas imágenes tienen consecuencias reales. Esa es la razón por la que es esencial localizar (y neutralizar) las fuentes del discurso del odio. Hay intelectuales que lo elaboran y adoctrinadores, del estilo del imán de Ripoll, que lo transmiten a los jóvenes a los que se pretende radicalizar e incitar a la violencia. También hubo propagandistas de la ira en el caso de ETA: bastantes de ellos anónimos, pero otros tan conocidos como Federico Krutwig o Telesforo Monzón.

Los agentes de radicalización juegan un papel clave en la génesis de la violencia, así como el resto de los factores enumerados en los párrafos precedentes. Todos ellos condicionan a los terroristas. Sin embargo, a la hora de la verdad hacen uso de su libre albedrío. Toman sus propias decisiones. Tal punto de vista no es novedoso. Tiene sus orígenes en el ya clásico artículo “The Causes of Terrorism”, publicado en 1981, en el que Martha Crenshaw defendía el paradigma de la elección deliberada. Siguiendo a dicha autora, en cuanto actores racionales, tanto la organización como los individuos que la componen escogen intencionadamente el terrorismo como estrategia para conseguir sus objetivos.  Y lo hacen de manera consciente, tras desechar otras alternativas que creen más costosas o menos efectivas para sus propósitos. Tal decisión se toma bajo el influjo de unas circunstancias concretas, pero a la postre lo que pesa es la voluntad humana.

El determinismo histórico, la mera contextualización o las teorías monocausales no explican este tipo de violencia. Los terroristas no cumplen con un destino inevitable. No son locos, ni autómatas, ni marionetas, ni víctimas del sistema. Cuando cometen un crimen, suelen escudarse detrás de una u otra excusa. Mienten y se mienten. Ahora bien, por utilizar la expresión de Eric Hoffer, existen algunos fanáticos sinceros. Valga como muestra este fragmento de la carta de despedida que Abdennabi Kounjaa, uno de los terroristas que perpetraron la matanza del 11-M, escribió a sus familiares: “Os habéis puesto en contra de mis pensamientos y de mi deseo. Yo me he sacrificado partiendo de mi total convicción (…). Por ello, ha sido mi voluntad la que ha optado por el camino del yihad”.

Es un camino idéntico al de quienes cometieron los atentados de Barcelona y Cambrils. Por muy condicionados que estuviesen, podían haber tomado una vía diferente, pero no lo hicieron. Lo mismo que los etarras en su momento. Todos ellos son responsables de sus actos.

Los terroristas matan porque deciden matar.

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Relato: «El hombre de Lepanto»

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La revista digital Anatomía de la Historia rescata este viejo relato, que escribí cuando era un jovencito con ínfulas literarias.

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Participo en el XVI Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo

Participo en la jornada del 11 de noviembre en Barcelona del XVI Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo, organizado por la Asociación por la Tolerancia con la colaboración de la Fundación de Víctimas del Terrorismo (FVT), en conmemoración del Día Internacional para la Tolerancia instituido por la UNESCO.

Barcelona, sábado 11 de noviembre

CINES MÉLIÈS. – Calle Villarroel, 102 – METRO L1 (Urgell) – L5 (Hospital Clínic), BUS 37-59-63-H10-V11, NIT BUS N7-N12

16:00El precio de la libertad. Mario Onaindia. Condenado a muerte por Franco. Condenado a muerte por ETA.

Ana Murugarren, España, 2011, 160 min (los 2 episodios). Documental.

Sinopsis: thriller político que retrata Euskadi desde los años 60 a los 80 a través de la figura de Mario Onaindia, militante de la banda ETA durante el franquismo y condenado a muerte en el Proceso de Burgos que, años después, consigue la disolución de ETA p.m. La lucha clandestina de un grupo de jóvenes idealistas que pretende terminar con la dictadura de Franco da forma a una organización que poco tiene que ver con la que hoy conocemos: es la ETA de sus inicios. Mario Onaindía es uno de esos jóvenes, de izquierdas, interesados por la política que, antes de tener tiempo de llevar a cabo grandes acciones, es detenido y condenado a muerte por el Régimen en el conocido Proceso de Burgos. Son años convulsos, que Mario y sus compañeros ven pasar desde la cárcel al conmutarles la pena de muerte gracias a la presión internacional. Al salir, las cosas han cambiado, Franco ya no está y se abren nuevos caminos para otros tipos de lucha; pero no todos comparten las ideas de Mario y su recién fundado partido, ni la derecha reaccionaria, ni sus antiguos compañeros, que se niegan a dejar las armas y son ahora los que lo condenan. Dosier de prensa. Tráiler.

Ana Murugarren: «Cuando decidimos hacer una película basada en parte de la vida de Mario Onaindía, en un ejercicio de memoria recordé una época convulsa, sí, violenta y desgarrada, pero al mismo tiempo de una energía y vitalidad que, con el paso de los años, fueron diluyéndose entre la política rancia, la vida confortable y el sopor cultural. Por eso, cuando empecé a tomar contacto con las concienzudas memorias de Mario, con Esozi, su mujer, con su amigo, Teo, y con mucha más gente que vivió todo aquello en primera persona, pude volver a vibrar con la historia de un puñado de gente de una heroicidad envidiable, que antepusieron el interés de todos al suyo propio, que lucharon con fe y sobrellevaron los numerosos contratiempos con grandes dosis de valentía y un irreductible sentido del humor. Sólo espero que algo de todo esto se haya quedado ahí, en la película, impregnándola de su buen espíritu. Estoy orgullosa de haber compartido con ellos parte de su historia, que es la historia de nuestro país. Se lo agradezco de todo corazón.»

19:00 – Charla «Mario Onaindia: del proceso de Burgos a la medalla al Mérito Constitucional»

Charla a cargo de TEO URIARTE y GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA.

TEO URIARTE: Eduardo «Teo» Uriarte Romero, nacido en Sevilla, en 1945, hijo de vasco, llegó a Euskadi con ocho años al volver su padre en 1953. Doctor en Ciencias de la Comunicación. En 1964 ingresa en ETA. Cinco años después es detenido y encausado en el llamado Proceso de Burgos, en el que se le condena a doble pena de muerte y 60 años de prisión. Recorre durante ocho años diversas cárceles, junto a Mario Onaindía, y se beneficia de la amnistía de 1977. Promueve con Onaindía la disolución de ETA poli-mili y la creación de Euskadiko Ezkerra (EE), que se presenta por primera vez a unas elecciones en 1977. En 1990 abandona el partido y se afilia al PSE-PSOE, tres años antes de la integración total de EE. Ha sido dos veces diputado en el Parlamento vasco por Euskadiko Ezkerra (EE) y teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Bilbao por el PSE. Posteriormente fue nombrado gerente de la Fundación para la Libertad con Nicolás Redondo Terreros y Edurne Uriarte. Teo Uriarte se ha destacado en la defensa del constitucionalismo en numerosos artículos y conferencias. Es autor, entre otros, del libro Tiempo de canallas. La democracia ante el fin de ETA que esta Asociación presentó en su día en Barcelona.

GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA: licenciado en Historia por la Universidad de Deusto (2003) y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (2012), trabaja como responsable del área de Archivo, Investigación y Documentación del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo. Sus líneas de investigación se centran en el estudio de la violencia terrorista y la historia del nacionalismo vasco. Sobre estos temas ha escrito diversos trabajos en obras colectivas y revistas académicas. Ha publicado como autor Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994), La calle es nuestra: la Transición en el País Vasco (1973-1982) y La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA. Es coautor, junto a Raúl López Romo, de Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Pertenece, entre otros al Patronato de la Mario Onaindia Fundazioa. También forma parte del consejo de redacción de la revista Grand Place.

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Novedad editorial: «40 textos fundamentales en la Hª Contemporánea del País Vasco» de Virginia López de Maturana Diéguez

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Más información sobre la obra aquí

 

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Santiago de Pablo: «Reescribiendo la historia»

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GFS: «El nacionalismo radical contra el turismo», El Correo, 26-VIII-2017

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Este verano jóvenes nacionalistas vascos radicales han impulsado una campaña contra el turismo, que ha recibido bastante atención política y mediática. Aunque a veces se ha señalado que solo se trata de una burda y fugaz imitación de la de sus homólogos catalanes, la cruzada de los aberzales desprende un vetusto aroma familiar. Para muestra, un botón.

En septiembre de 1895 el periódico Bizkaitarra, dirigido por Sabino Arana, publicó un artículo del entonces extremista Engracio Aranzadi titulado “La invasión maketa en Gipuzkoa”. Como recoge Santiago de Pablo en La patria soñada, en el texto se “denunciaba la periódica llegada en masa de veraneantes madrileños, incluyendo a la familia real, a San Sebastián, corrompiendo el sano ambiente de la capital guipuzcoana con sus costumbres depravadas”. Los turistas eran tildados, entre otras cosas, de “azote del diablo” y “monstruosas arañas, tan traidoras como repugnantes”.

Cabe preguntarse si hay algo nuevo bajo el sol estival. A fin de cuentas, uno de los rasgos característicos de la rama radical del nacionalismo vasco (en realidad, de casi cualquier nacionalismo) ha sido el rechazo a la figura de “el otro”: por lo general el inmigrante, pero también, puntualmente, el veraneante. Ahora bien, hasta la aparición de ETA hubo pocas muestras públicas de fobia a quienes pasaban las vacaciones en Euskadi. Y ningún ataque organizado.

La primera ofensiva tuvo el sello de Los Cabras, una escisión militarista de ETA. A pesar de sus ínfulas de guerrilla rural, no pasaron de marchar por el monte, hacer sabotajes y provocar incendios forestales. En el verano de 1967 Los Cabras se dedicaron a quemar coches y caravanas de viajeros europeos que pasaban por Vizcaya. En uno de sus pasquines se advertía: “Muerte a los turistas”. El cabecilla, Xabier Zumalde (El Cabra), reconoce en sus memorias que “abandonamos esta práctica porque al silenciarla la prensa (…), nuestro objetivo propagandístico quedaba totalmente anulado. Además, nos parecía una operación bastante fea”.

En 1972 ETA V atacó sendas oficinas turísticas en Vitoria y Zarauz, pero la cosa no pasó a mayores. Los genuinos continuadores de Los Cabras surgieron al otro lado de la frontera: muchos de los atentados cometidos por Iparretarrak tuvieron como blanco al sector turístico vascofrancés. Sus epígonos todavía realizan destrozos de vez en cuando.

Durante la Transición ETA político-militar protagonizó dos campañas contra el turismo para presionar al Gobierno de Adolfo Suárez. En el verano de 1979 esta banda colocó más de una decena de bombas con temporizador en diversas poblaciones de la costa mediterránea, resultando heridos dos ciudadanos belgas. Cuando la dirección de ETApm había dado la operación por concluida, un comando decidió poner artefactos en el aeropuerto de Barajas y las estaciones de tren de Chamartín y Atocha. Explotaron el 29 de julio de 1979, dejando decenas de personas heridas y siete muertas: José Manuel Amaya, Dorothy Fertig, José Manuel Juan, Juan Luna, Jesús Emilio Pérez, Guadalupe Redondo y Dionisio Rey. Pese a la masacre, en el verano de 1980 ETApm puso en marcha una segunda campaña. El ministro del Interior Juan José Rosón reaccionó con rapidez y contundencia, concentrando la acción policial sobre el partido EIA, vinculado a los polimilis. Ahí terminó.

Años después ETA militar copió la idea. Según los propios terroristas, pretendían hacer “el mayor daño posible”. Aterrorizando al turismo internacional, se perjudicaba a uno de los sectores estratégicos de “los intereses económicos españoles”. La banda esperaba que tal amenaza hiciera mella en el Gobierno, que no tendría más remedio que ceder a sus pretensiones. Así, ETAm ha colocado alrededor de dos centenares de bombas en paradores, hoteles, casinos, discotecas, restaurantes, auditorios, parques, centros comerciales, puertos deportivos, playas, ferris, oficinas de información, estaciones de autobús, aeropuertos, autopistas o vías de tren. Lo hizo en toda España, aunque especialmente en la costa y en ciudades emblemáticas. Veamos algunos ejemplos. En agosto de 1993 se produjo una explosión en Barcelona que provocó dos heridos. En abril de 1997 un atentado dejó otro herido en Sevilla. En marzo de 2001 un coche bomba situado frente a un hotel en Rosas (Gerona) mató a Santos Santamaría, agente de los Mossos d’Esquadra. El 22 julio de 2003 sendos artefactos estallaron en Alicante y Benidorm, causando heridas a cuatro personas.

El terrorismo fracasó en su empeño. No obstante, según los cálculos de Florencio Domínguez, entre las dos ramas de ETA realizaron 225 atentados contra el turismo, con un resultado de ocho víctimas mortales. Un saldo espeluznante que conviene recordar, especialmente al 44% de la sociedad vasca que tiene prisa por pasar página.

Por suerte, esa no ha sido la vía por la que ha transitado la campaña de la nueva generación de ultranacionalistas. Tampoco da la impresión de que cambiar el modelo turístico sea su auténtico objetivo. Si aspiran a algo, es a salvaguardar la pureza de la patria y, sobre todo, lograr publicidad gratuita. En este sentido, ya de buscarles un antecedente histórico, la actitud de los jóvenes abertzales radicales recuerda más bien a la de Los Cabras. Nunca mejor dicho.
PS: Algunos pasquines de Los Cabras aquí

 

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Curso «El mundo musulmánn y los islamismos en el tiempo presente» (Universidad de Cantabria)

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José Antonio Pérez y Gaizka Fernández Soldevilla: «La historia sin documentos»

Pueden leer el artículo que nos ha publicado El Español aquí

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El Ayuntamiento de Santoña acoge una exposición dedicada a las víctimas del terrorismo

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Del 7 al 31 de agosto, el Ayuntamiento de Santoña acogerá una exposición dedicada a las víctimas del terrorismo en Cantabria y en otros atentados

 EXPOSICIÓN “DE HIPERCOR A ERMUA” EN SANTOÑA

– La organización de la muestra está realizada por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Víctimas del Terrorismo con la colaboración del Ayuntamiento de Santoña, la Agencia Efe y los diarios del Grupo Vocento, El Diario Montañés y El Correo.

– Las 27 fotografías han sido cedidas gratuitamente por la Agencia Efe, El Diario Montañés, El Correo y Fidel Raso, reportero gráfico del desaparecido Diario 16.

-La exposición incluye un panel con los nombres y apellidos de las 23 víctimas de ETA vinculadas a Cantabria, imágenes de atentados de la banda terrorista y un espacio de documentación con portadas de prensa de la época.

 

2017 es un año de aniversarios de atentados de ETA en Cantabria y en el resto de España. Se cumplen treinta años de los atentados más sangrientos de ETA, en el centro comercial Hipercor de Barcelona, donde se registraron 21 muertos y 45 heridos, y en la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, donde la banda terrorista dejó un siniestro balance de 11 muertos y 88 heridos. Una década más tarde, en 1997, se produjo el secuestro y asesinato de Miguel Angel Blanco, concejal del Partido Popular en la localidad vizcaína de Ermua.

Entretanto, Cantabria también sufrió los efectos de ETA, especialmente en 1992, en el atentado en el popular barrio santanderino de La Albericia, del que se cumplen 25 años. El 19 de febrero de 1992, la explosión de un coche-bomba al paso de una furgoneta de la Policía Nacional dejó como balance tres víctimas mortales y diecinueve heridos. Fue una acción sangrienta más con la que la banda terrorista intentó inútilmente doblegar al Estado para obligarle a negociar sus pretensiones.

La exposición “De Hipercor a Ermua” trata de recordar a las víctimas de aquellos salvajes atentados que estremecieron y conmocionaron a toda España produciendo reacciones sociales e institucionales sin precedentes en nuestra democracia. De la mano de 27 fotografías de la Agencia Efe, El Diario Montañés, Fidel Raso/Diario 16 y El Correo, la muestra busca que estos trágicos acontecimientos no caigan en el olvido y no vuelvan a repetirse. Además de esas imágenes, se exhibe un panel en un roll-up con los nombres de todas las víctimas de ETA en o de Cantabria, y un espacio de información, donde pueden consultarse las primeras páginas de diferentes periódicos de la época.

La lista negra de las 23 víctimas de ETA vinculadas a Cantabria se cierra con el brigada del Ejército de Tierra, Luis Conde de la Cruz, víctima mortal de la explosión de un coche-bomba de ETA, el 22 de septiembre de 2008, frente al Patronato Militar Virgen del Puerto de Santoña, localidad en la que pasaba sus vacaciones.

La inauguración oficial de la muestra tendrá lugar el lunes, día 14 de agosto, a las 12 del mediodía, con presencia del alcalde de Santoña, Sergio Abascal, y el director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, Florencio Domínguez.

Sin embargo, la exposición estará abierta desde el día 7 de agosto, hasta el próximo día 31, en horario de lunes a viernes de 08:00 a 15.00 horas. La entrada será gratuita.

 

DÍAS:     Del 7 al 31 de agosto de 2017.

LUGAR: Ayuntamiento de Santoña. Palacio de Manzanedo

Calle Manzanedo,27

SANTOÑA

 

 ENTRADA GRATUITA

 

 

 

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«Una lección incómoda», El Correo, 28-VII-2017

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Una lección incómoda

Gaizka Fernández Soldevilla

Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo

Rafael Leonisio

Euskobarómetro (UPV/EHU)


 

Por encargo del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, el Euskobarómetro ha elaborado un informe acerca de la actitud de la sociedad vasca ante las víctimas de ETA. Una de las preguntas que se hace a los 1.200 encuestados es cómo abordar nuestro pasado reciente. Un 43% se decanta por cultivar la memoria de las víctimas del terrorismo. Sin embargo, un 44% quiere pasar página. Hacerlo supondría seguir mirando hacia otro lado, actuar como si aquí nunca hubiera ocurrido nada, como si la violencia de ETA no hubiese existido.

El olvido es un escarnio a las víctimas y una oportunidad para la propaganda ultranacionalista que pretende legitimar los crímenes de la banda. Cicerón dejó escrito que la historia es magistra vitae, maestra de la vida. Ignorarla significa negarse a aprender una lección incómoda pero esencial, sobre nuestro pasado y sobre nosotros mismos. En palabras de Primo Levi, “lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”. Si no sabemos lo que ocurrió, corremos el riesgo de repetirlo.

Pasando página, la historia es sustituida por un recuerdo consolador y edulcorado, pero poco fiable. El trabajo del Euskobarómetro lo refleja con claridad. Cuando se pide a la ciudadanía que indique qué actores han contribuido al fin del terrorismo, estos resaltan el protagonismo de la movilización de la sociedad civil en general. Es el agente que más destacan (6,5 en una escala de 1 a 10 donde 10 es la máxima contribución), por delante de la evolución interna de la “izquierda abertzale” (6,1), los movimientos cívicos de resistencia (5,6) y muy por encima de, entre otros, la actuación de la Ertzaintza (4,9) o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (4,7).

Ahora bien, siguiendo el propio informe, únicamente el 37% de los encuestados participaron alguna vez (30%) o en bastantes ocasiones (7%) en iniciativas contra la violencia de ETA. El 59% confiesa que no lo hizo nunca. Podría achacarse este último dato al hecho de que en la actualidad hay muchos jóvenes que no han vivido la etapa en la que los atentados terroristas eran cotidianos. No obstante, si eliminamos de la muestra a los menores de 35 años, los números son prácticamente los mismos: 9% de movilizados habituales, 33% de ocasionales y un 58% que dice que nunca se movilizó.

¿Esa minoría activa es una fiel representación del conjunto de la sociedad vasca? La respuesta es negativa: tiene unas características específicas en cuanto a ideas políticas e identidad. Así, si bien un 51% de la población se declara no nacionalista, ese porcentaje sube a un 64% en el caso de quienes participaron en iniciativas pacifistas. Correlativamente, un 41% de ellos se sienten tan vascos como españoles (frente a un 30% de toda la sociedad), un 13% solo españoles o más españoles que vascos (4 puntos más que el resto) y un 38% se consideran más vascos o solo vascos (cuando en el total esas dos opciones suman el 56%). En otras palabras, los ciudadanos movilizados, aquellos a los que se atribuye el final de ETA, tienen un perfil diferente al del conjunto de la población vasca. Poco mainstream, podríamos decir, ya que la ideología dominante, el nacionalismo, tiene una presencia minoritaria. Es algo que también se ve cruzando esta pregunta con el recuerdo de voto. Siendo la movilización minoritaria en todos los electorados, solo el 3% de quienes apoyaron a EH Bildu en las autonómicas de 2016 se movilizaron habitualmente contra ETA, porcentaje que sube en el electorado del PNV (8%) y Podemos (13%) pero, sobre todo, entre el del PP (17%) y el PSE-EE (18%).

Los datos cuestionan la complaciente imagen de una banda terrorista derrotada por el rechazo activo de la gran mayoría social. Es cierto que casi toda la población vasca estaba contra ETA, pero solo una minoría se atrevió a demostrarlo en la calle, movilizándose con cierta frecuencia. Fue el caso de quienes se pusieron el lazo azul en la solapa o acudieron a los actos organizados por las instituciones democráticas y los grupos pacifistas: Gesto por la Paz, Denon Artean, la Asociación Pro Derechos Humanos, Bakea Orain, etc. En Euskadi hubo miles de ciudadanos que tuvieron el valor de ejercer como tales frente al terror, pero fueron muchos más, una mayoría abrumadora, los que prefirieron quedarse en casa. Lo hicieron por diversas razones, la más poderosa de las cuales fue el miedo a ETA y sus cómplices: los radicales que señalaban, presionaban y atacaban a quienes se sumaban a iniciativas pacifistas.

Guste o no, esa es la cruda realidad acerca de nuestro pasado. ¿Y el futuro? Al respecto el informe arroja resultados esperanzadores. Por un lado, la absoluta mayoría de los encuestados se declaran en contra de los homenajes a presos de ETA excarcelados (74%) y de las pintadas que los enaltecen a ellos y a la banda (79%). Por otro, el 83% de nuestros conciudadanos creen que las víctimas del terrorismo merecen reconocimiento público y memoria. ¿Cómo materializarlos? Mediante programas educativos (62%), documentales y películas (57%), así como trabajos académicos (51%). Ya los está impulsando el Centro Memorial, que es considerado necesario por el 53% de la sociedad vasca.

Leamos la página. Aprendamos la lección.

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