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Recensión de «Sangre, votos, manifestaciones» en la revista «Iberoamericana»

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El triángulo vasco III. El PNV hasta la Guerra Civil

ImagenTras la temprana muerte del máximo dirigente del PNV en 1903, la íntima vinculación entre nacionalismo y religión católica dio lugar a, en palabras de José Luis de la Granja, «un verdadero culto a Sabino Arana», quien llegó a ser considerado por sus discípulos como «un nuevo Jesucristo, elegido por la Providencia para redimir y salvar» a la nación vasca. En consecuencia, el aranismo derivó en una «doble religión: la de Cristo y la de Arana» (pero no en una religión política).

La sacralización de Sabino Arana no impidió que se cerraran las puertas que había abierto su «evolución españolista». Fue enterrada por su sucesor, Ángel Zabala. Sin embargo, el PNV había quedado irremediablemente dividido en dos corrientes enfrentadas. Por una parte, los moderados o euskalerriakos, encabezados por el naviero Ramón de la Sota, partidarios de la vía institucional, la moderación, el gradualismo y el autonomismo. Por otra parte, los radicales o aranistas, dirigidos por Zabala y Luis Arana, independentistas a ultranza y contrarios a cualquier variación en la doctrina del primer Sabino. Desde entonces ambos sectores han competido por conseguir la dirección del PNV y marcar su estrategia, lo que en la afortunada expresión de Santiado de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz, le ha hecho oscilar en un «péndulo patriótico».

Moderados y radicales llegaron a una solución de compromiso en 1906, estableciendo como objetivo final del PNV la restauración de los fueros vascos (lo que podía interpretarse tanto como alguna clase de autogobierno como la separación de España). En 1911, para competir con la socialista UGT (Unión General de Trabajadores), nació el primer sindicato abertzale: SOV (Sindicato de Obreros Vascos), posteriormente denominado ELA-STV, Eusko Langileen Alkartasuna – Solidaridad de Trabajadores Vascos.

Paralelamente a la expansión del partido, con una base social interclasista, la línea moderada de Sota fue ganando posiciones, lo que no se tradujo en una renuncia oficial al legado ideológico de Sabino Arana. Durante la I Guerra Mundial (1914-1918) la formación, denominada desde 1916 CNV (Comunión Nacionalista Vasca), gozó de una etapa de apogeo. En 1917 los jeltzales lograron la presidencia de la Diputación de Vizcaya y la alcaldía de Bilbao. En 1918 CNV obtuvo siete diputados y tres senadores, formando grupo parlamentario en las Cortes. Fue en esos años en los que el nacionalismo desarrolló la primera campaña autonomista en el País Vasco. No obstante, fracasó su apuesta por el autogobierno y en 1919 comenzó el declive electoral de CNV, lo que propició la escisión del sector radical en 1921, Aberri (Patria), capitaneado por Elías Gallastegi (Gudari). Durante todo este periodo, el nacionalismo se alió en diversas ocasiones con las derechas no nacionalistas (católicos, monárquicos o carlistas), a las que le unía su ideología conservadora, tradicionalista e integrista, pero nunca con las izquierdas.

Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) la actividad de CNV, al contrario que la de Aberri, fue tolerada, pero el nacionalismo permaneció estancado. Al finalizar esta, los dos partidos jeltzales se reunificaron en la Asamblea de Vergara (16 de noviembre de 1930), en la que se ratificó la doctrina aranista condensada en su lema JEL y se volvió a la tradicional denominación de PNV. En consecuencia, un pequeño grupo de abertzales moderados y no confesionales se escindió para crear una nueva formación, ANV (Acción Nacionalista Vasca).

Durante los primeros años de la II República (1931-1936), régimen en cuya gestación no quiso participar, el PNV se alió con los enemigos de la nueva democracia, el carlismo y el integrismo, con los que pretendía conseguir un estatuto de autonomía para el País Vasco. El carácter clerical y xenófobo del proyecto, denominado estatuto de Estella, además de su inadecuación al marco legal de la Constitución de 1931, hizo que se malograra por la oposición de las izquierdas vascas, que lo consideraban inaceptable. El PNV tampoco tuvo más suerte durante el bienio en el que gobernaron el Partido Radical de Alejandro Lerroux y la CEDA de José María Gil Robles, ya que estas fuerzas se negaron a avanzar en la descentralización territorial del Estado.

ImagenDe la mano de nuevos dirigentes como José Antonio Aguirre y Manuel Irujo, y siguiendo la estela de ANV, a partir de 1934 el PNV abandonó a las derechas no abertzales, cada vez más extremistas, para aproximarse a las izquierdas, más dispuestas a apoyar la vía autonomista. La nueva colaboración entre jeltzales y frentepopulistas, encarnados por sus líderes José Antonio Aguirre e Indalecio Prieto, dio como fruto el Estatuto de 1936, que definía al País Vasco como una región autónoma dentro de la República Española. Por dicho motivo, José Luis de la Granja considera a Aguirre y Prieto los «dos padres fundadores indiscutibles» del Estatuto vasco y, por consiguiente, del «nacimiento de Euskadi» como comunidad político-administrativa.

Ya iniciada la Guerra Civil se constituyó el Gobierno vasco, formado por una coalición entre el PNV, el PSOE, los partidos republicanos, ANV y el PCE. Estuvo hegemonizado por los jeltzales, que contaron con el lehendakari (presidente) Aguirre y las consejerías más importantes, como la de Justicia y Cultura, de Jesús María Leizaola, y Gobernación, de Telesforo Monzón. Por añadidura, entre 1936 y 1938 Manuel Irujo, dirigente navarro del PNV, fue ministro en el Gobierno republicano, puesto en el que le sustituyó Tomás Bilbao, de ANV.

Simultáneamente, a finales de la II República y especialmente durante el exilio, el PNV evolucionó ideológicamente desde el tradicionalismo de sus orígenes hasta la democracia cristiana, y desde el independentismo al gradualismo. Pero la suya fue una moderación sui generis, puesto que, si por una parte se instaló en una posición de centro-derecha y de política pragmática y autonomista, por otra no revisó ni cuestionó oficialmente los dogmas extremistas de Sabino Arana, figura que continuó siendo sagrada. Como explica José Luis de la Granja, «el aranismo sobrevivió como un sustrato ideológico, que impregnaba tanto al nacionalismo moderado como al radical, no solo durante la Dictadura de Franco sino también desde la Transición democrática (…). [El PNV] nunca ha cuestionado oficialmente el aranismo, porque nunca ha celebrado su Congreso de Bad Godesberg, es decir, no ha hecho con él lo que hicieron los partidos socialdemócratas y socialistas con el marxismo y los partidos eurocomunistas con el leninismo en las décadas de 1960 y 1970. Por ello, cabe hablar del eterno retorno del aranismo en la dilatada historia del PNV».

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

GRANJA, José Luis de la (2002): El nacionalismo vasco. Un siglo de historia. Madrid: Tecnos. (1ª ed.: 1995).

GRANJA, José Luis de la (2003): El siglo de Euskadi. El nacionalismo vasco en la España del siglo XX. Madrid: Tecnos.

GRANJA, José Luis de la (2007): El oasis vasco. El nacimiento de Euskadi en la República y la Guerra Civil. Madrid: Tecnos.

GRANJA, José Luis de la (2009): El nacionalismo vasco. Claves de su historia. Madrid: Anaya.

GRANJA, José Luis de la (2009): «La doctrina fundacional del nacionalismo vasco: el aranismo», en AVILÉS, Juan (coord.): Historia, política y cultura. Homenaje a Javier Tusell. Madrid: UNED, vol. I, pp. 147-181.

JUARISTI, Jon y PINO, María (2011): A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942). Barcelona: Tusquets.

PABLO, Santiago de (2003):«La guerra civil en el País Vasco: ¿un conflicto diferente?», Ayer, nº 50, pp. 115-141.

PABLO, Santiago de, GRANJA, José Luis de la y MEES, Ludger (eds.) (1998): Documentos para la historia del nacionalismo vasco. De los Fueros a nuestros días. Barcelona: Ariel.

PABLO, Santiago de, MEES, Ludger y RODRÍGUEZ RANZ, José Antonio (1999 y 2001): El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco. Barcelona: Crítica. 2 vols. (Reed. abreviada y actualizada: 2005).

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Una esvástica sobre el Bidasoa

Una esvástica sobre el Bidasoa

El sábado 21 de septiembre en el Festival de San Sebastián es el estreno mundial de «Una esvástica sobre el Bidasoa», un largometraje documental cinematográfico en el que han participado como asesores históricos los catedráticos (UPV-EHU) Santiago de Pablo y Ludger Mees.
Más información aquí.

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15 septiembre, 2013 · 9:10

27 años del asesinato de «Yoyes»

Hoy hace 27 años que fue asesinada en la localidad de Ordizia María Dolores González Katarain, alias Yoyes. Más información aquí.

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10 septiembre, 2013 · 19:18

Errepublika Plaza

Recomendable blog sobre la historia de los republicanos vascos.

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10 septiembre, 2013 · 6:37

Reseña en «El Imparcial»

Luis de la Corte ha reseñado mi libro en El Imparcial. Pueden leer su texto aquí.

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8 septiembre, 2013 · 22:05

El triángulo vasco II. La izquierda obrera en Euskadi hasta la Guerra Civil

El triángulo vasco II. La izquierda obrera en Euskadi hasta la Guerra Civil

Las otras dos culturas políticas del País Vasco, la izquierda y el nacionalismo, aparecieron de forma más tardía, durante la Restauración. Este régimen coincidió con la intensa industrialización que experimentó Vizcaya a finales del siglo XIX. La agricultura tradicional fue sustituida en dicha provincia por un sistema capitalista muy productivo, lo que convirtió al Señorío en una de las zonas más prósperas de toda España. Destacó la minería del hierro y el sector siderometalúrgico, así como la banca y el comercio. La vizcaína se convirtió en una sociedad moderna, de clases, que tenía en su cúspide a una auténtica oligarquía, la alta burguesía políticamente vinculada al liberalismo monárquico. Sin embargo, el resto del País Vasco y de Navarra, con la excepción de determinados enclaves de Guipúzcoa, continuó siendo mayoritariamente rural, agrario y tradicional.
Paralelamente surgió en Vizcaya la clase obrera, nutrida por la primera oleada de inmigrantes que, provenientes del resto de España, dejaron su tierra natal en busca de un puesto de trabajo. Como era común en la época, el proletariado sufría muy malas condiciones de vida y una situación laboral deplorable, con pocos derechos, largas jornadas y escasos salarios. No es de extrañar, por tanto, que el movimiento obrero se extendiese con relativa rapidez desde otras provincias al Señorío, gracias a la actuación de propagandistas como el socialista toledano Facundo Perezagua.
Al contrario que en Cataluña, la otra gran región industrial de España, el anarquismo no llegó a cuajar en el País Vasco. El socialismo se convirtió en la ideología hegemónica entre los trabajadores, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en su partido y la UGT (Unión General de Trabajadores) en su sindicato. Sólo siete años después de la fundación del PSOE (1879), el 11 de julio de 1886, se constituyó la Agrupación socialista de Bilbao. En 1890 el movimiento obrero impulsó la primera gran huelga en Vizcaya, que se saldó también con su primer éxito. Se inició así una etapa de dura conflictividad laboral entre los socialistas, encabezados por Perezagua, y los patronos. Se trataba de la fase inaugural del socialismo, en la que éste destacó por su anticlericalismo, el recurso a la huelga revolucionaria, su aspiración a una sociedad sin clases, su desprecio a las elecciones y su oposición a cualquier acercamiento a los partidos republicanos «burgueses», que contaban con cierta presencia en las zonas urbanas, como ha estudiado Jon Penche.
En las elecciones locales de 1891 el PSOE consiguió cuatro concejales en Bilbao y uno en La Arboleda. Eran los primeros de toda España. En 1898 Pablo Iglesias, líder y fundador del partido socialista y de la UGT, se presentó a diputado por el distrito de Bilbao, obteniendo un 22% de los votos, resultado sorprendente teniendo en cuenta los constantes fraudes electorales que realizaban los partidos dinásticos. En 1900 se constituyó la Federación Socialista de Vizcaya, integrada en el PSOE. En 1901 eran doce los concejales socialistas en la capital del Señorío. En 1911 Indalecio Prieto resultó elegido diputado provincial de Vizcaya en una coalición electoral con los republicanos, que también le permitió ganar un escaño de diputado a Cortes en 1918. En 1920 Rufino Laiseca se convirtió en el primer alcalde socialista de Bilbao. Estos resultados han de enmarcarse en la segunda gran fase del socialismo vasco, iniciada en los años de la I Guerra Mundial (1914-1918), en la que el partido, dirigido por Prieto, moderó sus postulados y adoptó un proyecto democrático, liberal, reformista y no revolucionario, aliándose electoralmente con los republicanos.
Podemos sacar algunas conclusiones básicas respecto a la cultura política de las izquierdas. En primer lugar, el País Vasco, junto a Asturias y Madrid, fue uno de los focos principales del socialismo español. En segundo lugar, el PSOE y la UGT, siguiendo a Juan Pablo Fusi, conformaron a la clase obrera en Vizcaya, que quedó íntimamente unida a dicha ideología. En este sentido, es importante constatar que, como afirma Manuel Montero, «el socialismo actuó como vehículo de integración de los inmigrantes en la sociedad local. Les proporcionó un ideario, una estructura organizativa y unos instrumentos de participación política».
En tercer lugar, la hegemonía del socialismo vasco entre el proletariado fue incontestable. Tampoco llegó a cuestionar su primacía el comunismo, surgido de entre las filas del PSOE. En 1921 el ala izquierda de los socialistas constituyó el PCE (Partido Comunista de España) que en el País Vasco y Navarra adoptó en 1935 la denominación de PCE-EPK, Partido Comunista de Euskadi-Euskadiko Partidu Komunista. A pesar de servir de cantera para algunos de los líderes más importantes del comunismo español, como Dolores Ibárruri (La Pasionaria), el EPK nunca pasó de ser una formación marginal en Vasconia.
Por lo general hasta 1936 las relaciones entre el socialismo y el nacionalismo fueron pésimas. Incluso en determinados momentos, como los primeros años de la II República, hubo frecuentes enfrentamientos armados entre grupos de militantes de los dos movimientos. Las causas de esta enemistad ideológica eran profundas. Por una parte, el PSOE y la UGT eran doctrinalmente internacionalistas y antinacionalistas, lo que les llevó a oponerse por principio a cualquier tipo de patriotismo por «burgués» (el español incluido, como quedó patente en su oposición a las guerras coloniales, incluyendo la de 1898). Por otra parte, la doctrina de Sabino Arana se basaba en el racismo y la xenofobia, por lo que el PNV mantenía una actitud muy hostil hacia los inmigrantes que formaban una alta proporción de la base del PSOE. Por último, el socialismo y el nacionalismo defendían principios antagónicos: clase obrera contra nación, anticlericalismo contra clericalismo, tolerancia moral contra puritanismo, modernización contra tradicionalismo, industrialismo contra agrarismo, cosmopolitismo o identidad española (lo que no equivale necesariamente a nacionalismo español) contra antiespañolismo, socialismo contra antisocialismo, etc.
Mucho de lo referido para el PNV, cambiando lo que hay que cambiar (el nombre de la patria, de Euzkadi a España), es aplicable a las otras derechas vascas, las no nacionalistas. El carlismo y el fuerismo, por ejemplo, también mantenían posiciones xenófobas. Precisamente eran también, junto al nacionalismo, las fuerzas que demandaban algún tipo de autogobierno para el País Vasco. El socialismo identificó el proyecto autonomista o fuerista con sus promotores, que eran sus adversarios políticos. Por tanto, se desatendió de dicha cuestión, a la que consideraba «burguesa» y ajena a la clase obrera. Por idénticas razones el socialismo vizcaíno no supo o no quiso acercarse al euskera o a una buena porción de la cultura autóctona, lo que llevó a alguno de sus líderes al extremo de despreciar símbolos tan arraigados en el País Vasco como el Árbol de Guernica.
Diferente fue el caso del socialismo eibarrés, dirigido por hombres como el doctor José Madinabeitia y Toribio Echevarría, autor de La Liga de Naciones y el problema vasco (1918) y fundador de la cooperativa Alfa (1920). El PSOE guipuzcoano, nutrido mayoritariamente por autóctonos euskaldunes (vascoparlantes), defendía posiciones vasquistas, es decir, el mantenimiento del pluralismo lingüístico y cultural y una descentralización del Estado que conllevara algún tipo de autonomía para Vasconia. Lo cual no suponía en absoluto una cercanía al PNV, ya que el socialismo eibarrés también era firmemente antinacionalista.
Hubo que esperar a la I Guerra Mundial para que el PSOE empezara a aproximarse a la idea del autogobierno. Durante la II República el socialismo vasco fue partidario de la descentralización de España y uno de los impulsores de las campañas a favor de un estatuto de autonomía para el conjunto de Vasconia. Con ese telón de fondo hay que entender que, a partir de 1934 el PNV y las izquierdas se acercaran políticamente, algo que nunca había ocurrido hasta entonces. El fruto de la entente fue la autonomía para el País Vasco (pero no para Navarra). Podemos personalizar el éxito en Indalecio Prieto, al que José Luis de la Granja considera, junto a José Antonio Aguirre, uno de los «dos padres fundadores indiscutibles» del Estatuto vasco (1936) y, por tanto, de Euskadi como realidad político-administrativa.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
AIZPURU, Mikel (1996): «La imagen del “otro” en la Historia contemporánea del País Vasco: Nacionalismo Vasco y Socialismo», en DUPLÁ, Antonio, FRÍAS, Piedad y ZALDUA, Iban (eds.): Occidente y el otro: Una historia de miedo y rechazo. Vitoria: Ayuntamiento de Vitoria. pp. 185-196.
COMONTE SANTAMARÍA, Ángel (2010): Juan de los Toyos González. Biografía de un pequeño gran hombre. Bilbao: Juan de los Toyos Fundazioa.
CORCUERA, Javier (2001): La patria de los vascos. Orígenes, ideología y organización del nacionalismo vasco (1876-1903). Madrid: Taurus. (1ª ed.: 1979).
EGUIGUREN, Jesús (1994): El socialismo y la izquierda vasca, 1886-1994. Madrid: Fundación Pablo Iglesias.
FUSI, Juan Pablo (1975): Política obrera en el País Vasco (1880-1923). Madrid: Turner.
FUSI, Juan Pablo (1979): El problema vasco en la II República. Madrid: Turner.
FUSI, Juan Pablo (1984): El País Vasco. Pluralismo y nacionalidad. Madrid: Alianza.
FUSI, Juan Pablo (1988): «El socialismo vasco (1886-1984)», en JULIÁ, Santos (coord.): El socialismo en las nacionalidades y regiones. Madrid: Fundación Pablo Iglesias, pp. 41-70.
GRANJA, José Luis de la (2002): El nacionalismo vasco. Un siglo de historia. Madrid: Tecnos. (1ª ed.: 1995).
GRANJA, José Luis de la (2003): El siglo de Euskadi. El nacionalismo vasco en la España del siglo XX. Madrid: Tecnos.
GRANJA, José Luis de la (coord.) (2013): Indalecio Prieto. Socialismo, democracia y autonomía. Madrid: Biblioteca Nueva.

IBAÑEZ, Norberto y PÉREZ PÉREZ, José Antonio (2005): Ramón Ormazábal: Biografía de un comunista vasco (1910-1982). Madrid: Latorre Literaria.
MIRALLES, Ricardo (1988): El socialismo vasco durante la II República. Organización, ideología, política y elecciones, 1931-1936. Bilbao: UPV-EHU.
MIRALLES, Ricardo (2002): «El socialismo vasco», en GRANJA, José Luis de la y PABLO, Santiago de (coords.): Historia del País Vasco y Navarra en el siglo XX. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 227-248. (Reed.: 2009).
PENCHE GONZÁLEZ, Jon (2010): Republicanos en Bilbao (1868-1937). Bilbao: UPV-EHU.
RIVERA, Antonio (2003): Señas de identidad. Izquierda obrera y nación en el País Vasco, 1880-1923. Madrid: Biblioteca Nueva.
RIVERA, Antonio (2008): La utopía futura. Las izquierdas en Álava. Vitoria: Ikusager.
RIVERA, Antonio (2009a): «La izquierda y la cuestión vasca. Segunda parte: 1923-1960. Acercamiento y disolución», en CASTELLS, Luis y CAJAL, Arturo (eds.): La autonomía vasca en la España contemporánea (1808-2008). Madrid: Marcial Pons, pp. 257-284.

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6 septiembre, 2013 · 16:46

El triángulo vasco I. Las derechas en Euskadi hasta la Guerra Civil

En el País Vasco del siglo XX encontramos tres grandes culturas políticas: la derechas, la izquierdas y el nacionalismo vasco. Con estos vértices Juan Pablo Fusi, quien junto a Caro Baroja planteaba en 1984 que el rasgo constituyente de Euskadi era y es su pluralidad interna, formó una figura geométrica: un triángulo. La división entre las tradiciones ideológicas de Euskadi proviene de su confrontación en dos campos muy diferentes. Por una parte, el de la rivalidad de izquierda-derecha, derivado de las políticas socio-económicas. Por otra parte, el de la colisión de nacionalismo-no nacionalismo, consecuencia del choque de identidades territoriales que originó el nacimiento del PNV. Antonio Rivera mantiene que tras la dictadura la actuación de ETA introdujo un nuevo campo de confrontación: la de «demócratas vascos vs. partidarios/justificadores de la violencia de intenciones políticas». Así pues, considera que la “izquierda abertzale” (izquierda patriota) forma una cuarta cultura (o subcultura) política. Por consiguiente, “el triángulo es hoy y desde hace algunos años un auténtico cuadrado”.

Las tres grandes culturas políticas que conforman el triángulo nacieron durante el XIX. Se trata de una geometría política que apareció en Bilbao, se extendió luego a Vizcaya y sólo se generalizó a la totalidad del País Vasco y Navarra durante la II República (1931-1936).

La primercopy_of_ZMTomasZumalakarregia cultura política que emergió fue la que posteriormente ha sido conocida como la derecha o, mejor (para evitar confusiones con la derecha nacionalista vasca, el PNV), como la derecha no nacionalista. En el siglo XIX, lejos de formar un bloque homogéneo, las derechas estaban divididas entre los liberales, partidarios de la modernización de España, y los carlistas, defensores del Antiguo Régimen. Se trataba de dos bandos irreconciliables que se enfrentaron en sucesivas guerras civiles (1833-1839, 1846-1849 y 1872-1876), cuyo principal escenario se situó en Vasconia, uno de los bastiones de los carlistas. La victoria definitiva de los liberales, consagrada con la Restauración de la dinastía borbónica, trajo consigo la sustitución de la dicotomía ideológica entre el carlismo y el liberalismo por la de derechas/izquierdas, relativamente distorsionada por la aparición posterior del nacionalismo. Otra importante consecuencia de la última guerra carlista fue la abolición de los fueros de las provincias vascas (1876-1877), que en compensación recibieron los conciertos económicos (1878), similares al convenio del que Navarra gozaba desde 1841. Se trataba de unos regímenes provinciales diferentes a los del resto de España, que dotaban a las diputaciones de una gran autonomía fiscal y administrativa.

230px-Alfonso_XIIIdeEspañaLas derechas, a pesar de su constante división interna y de su diversidad ideológica (conservadores, progresistas, fueristas, etc.), mantuvieron el dominio de las instituciones en el País Vasco y Navarra durante la mayor parte del reinado de Alfonso XII y Alfonso XIII, incluyendo la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Mientras, el tradicionalismo (el carlismo y su escisión integrista) conservó buena parte de su arraigo en Vasconia, especialmente en Álava y Navarra, y no renunció a la idea de organizar una nueva insurrección contrarrevolucionaria para acabar con el Estado liberal.

Como prueba de la aplastante primacía de las derechas se puede repasar la lista de los parlamentarios vascos y navarros elegidos para las Cortes durante la etapa de la Restauración en la que estuvo vigente el sufragio universal (1891-1923). De un total de 331 diputados, según José Luis de la Granja, 68 fueron carlistas, 22 integristas, 22 católicos independientes, 17 urquijistas, 131 conservadores, 43 liberales, 11 nacionalistas vascos, 13 republicanos y 4 socialistas. Agrupándolos en las tres grandes culturas políticas: 303 parlamentarios de las derechas no nacionalistas, 11 del nacionalismo vasco y 17 de las izquierdas. Sin embargo, no conviene olvidar que los resultados electorales de la Restauración estaban distorsionadas por el caciquismo y los fraudes electorales, sobre todo la compra de votos.

La proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 supuso la pérdida de poder político de las derechas no nacionalistas y la consolidación del triángulo vasco, ya que los tres grandes bloques (derechas, izquierdas y nacionalistas) mantuvieron un inestable equilibrio de fuerzas. Según los datos que presenta José Luis de la Granja, los diputados a Cortes elegidos durante la II República (1931-1936) en el conjunto vasconavarro, de un total de 72, fueron: 1 monárquico, 16 tradicionalistas, 3 de la CEDA, 7 católicos independientes, 27 nacionalistas, 10 republicanos, 7 socialistas y 1 comunista. Agrupándolos en las tres grandes culturas políticas: 27 parlamentarios de las derechas no nacionalistas, 27 del nacionalismo vasco y 18 de las izquierdas.

El programa laicista y progresista republicano enervó a los partidos conservadores vascos, que se radicalizaron. Justo la evolución contraria de la seguida por la derecha nacionalista vasca, el PNV, que aunque estuvo aliado al tradicionalismo hasta 1932, desde esa fecha se acercó a las izquierdas. Para 1936 la mayoría de las formaciones vascas de derechas habían pasado a posiciones extremistas y centralistas, cuando no ultranacionalistas españolas. Por tanto no es extraño que participaran activamente en la conspiración del general Mola y posteriormente se adhirieran a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, que triunfó en Álava y Navarra, precisamente donde las derechas vascas tenían más fuerza (no por casualidad fueron dos de las provincias que más voluntarios aportaron al bando franquista), pero fracasó en Guipúzcoa y Vizcaya, donde cientos de sus militantes fueron asesinados junto a 59 religiosos, dato que se suele olvidar. Tras la Guerra Civil (1936-1939), se impuso una larga dictadura encabezada por el general Francisco Franco. Se proscribió a las izquierdas y al nacionalismo vasco, y se permitió que durante casi cuarenta años la cultura política de las derechas volviera a monopolizar el poder institucional en el País Vasco y Navarra, exactamente igual que ocurrió en el resto de España.

BIBLIOGRAFÍA

BARBERÀ, Oscar (2009): «Los orígenes de la Unión del Pueblo Navarro (1979-1991)», Papers, nº 92, pp. 143-169.

CANALES SERRANO, Antonio Francisco (2006): Las otras derechas. Derechas y poder local en el País Vasco y Cataluña en el siglo XX. Madrid: Marcial Pons.

FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, Javier (1995): «La derecha escamoteada. Desvanecimiento y reaparición de un espacio político en el País Vasco, 1975-1995»,  Leviatán, nº 61, pp. 5-26.

FUSI, Juan Pablo (1984): El País Vasco. Pluralismo y nacionalidad. Madrid: Alianza.

GRANJA, José Luis de la (2002): El nacionalismo vasco. Un siglo de historia. Madrid: Tecnos. (1ª ed.: 1995).

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LANDABEREA, Eider (2012): «“España, lo único importante”: el centro y la derecha española en el País Vasco», Historia del Presente, nº 19, pp. 53-68.

MOLINA, Fernando (2005): La tierra del martirio español. El País Vasco y España en el siglo del nacionalismo. Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

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MOLINA, Fernando (2009): «El nacionalismo español y la “guerra del Norte”, 1975-1981», Historia del Presente, nº 13, pp. 41-54.

ORELLA, José Luis (1996): «La historia de una relación turbulenta: carlismo y nacionalismo vasco», Aportes, nº 32, pp. 115-131.

ORELLA, José Luis (2003): Los otros vascos. Historia de un desencuentro. Bilbao: Grafite.

RIVERA, Antonio (2004): «El triángulo vasco. Precisiones, perfiles y evolución de una geometría política», Cuadernos de Alzate, nº 31, pp. 173-193.

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Jornadas de debate: Por una Paz con memoria.

Jornadas de debate: Por una Paz con memoria.

El programa completo aquí.

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4 septiembre, 2013 · 11:59

X aniversario del fallecimiento de Mario Onaindia

X aniversario del fallecimiento de Mario Onaindia

Hoy hace diez años que murió Mario Onaindia. En un artículo de 1979 el escultor Jorge Oteiza le denominó un «aventurero cuerdo», título escogido para su segundo libro de memorias. No pudo ser más acertado. Conozco personas que se enorgullucen abiertamente de no haber cambiado nada, de pensar exactamente lo mismo con 15 años que con 65. En otra palabras, de no haber reflexionado, de no haber aprendido absolutamente nada. Al contrario que ellas, Onaindia se pasó la vida evolucionando, explorando nuevos terrenos, ya fuera con mayor o menos fortuna. Así, su camino heterodoxo le llevó sucesivamente por las filas del PNV, CCOO, ETA, EIA, EE y el PSE-EE. Una senda, por cierto, en la que le siguieron bastantes miembros de su generación, como su amigo Teo Uriarte. La de Onaindia es una figura clave para entender el pasado reciente de Euskadi y, por ende, el de España. Pero no solo la historia política, sino también la cultural ya que, con sus traducciones, sus novelas en euskera, sus guiones, sus ensayos, sus tropecientas carreras y sus dos doctorados, fue más un intelectual que un político. Fue rara avis en los años setenta y ochenta, pero hoy en día, momento en el que en todos los partidos se echan en falta líderes políticos documentados y letrados, sería un auténtico marciano. He leído casi todo lo que escribió y he entrevistado a muchos de los que compartieron con él militancia, incluyendo a aquellos con los que se enfrentó, pero no lo conocí en persona, así que no me atrevo a extenderme en esta semblanza. Cualquiera que esté interesado en saber algo más puede echarle un ojo a esta breve biografía en castellano, aquí, o a esta otra distinta, en euskera, aquí. O, si no, consultar alguna de las siguientes obras, la bibliografía básica sobre Mario Onaindia

FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.

MOLINA, Fernando (2012): Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria. Madrid: Biblioteca Nueva.

ONAINDIA, Mario (2001): El precio de la libertad. Memorias (1948-1977). Madrid: Espasa.

ONAINDIA, Mario (2004): El aventurero cuerdo. Memorias (1977-1981). Madrid: Espasa.

URIARTE, Eduardo (2005): Mirando atrás. Del proceso de Burgos a la amenaza permanente. Barcelona: Ediciones B.

VVAA (2009): Mario Onaindia. Jornadas de homenaje. Ezkertoki de Zarautz (2004-2008). Zarauz: Mario Onaindia Fundazioa.

Y no se pierdan este número monográfico de la revista El valor de la palabra, de la Fundación Fernando Buesa.

PS: Sobre este mismo tema, pueden leer el artículo de Augusto Borderas: «Diez años», El Correo, 31-VIII-2013

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31 agosto, 2013 · 7:45