La historia es una disciplina académica que estudia el pasado de manera seria y rigurosa. También es una herramienta útil para el presente. Nos proporciona un conocimiento básico para comprender la cultura, el arte, el urbanismo, el paisaje, la política, la economía, la sociedad, las relaciones internacionales… Quien ignora la historia, advertía Cicerón, siempre será niño. Por añadidura, si está bien contada, compone un relato fascinante.
Los alumnos de Secundaria aprenden de la asignatura de historia y bastantes, además, disfrutan en clase. A otros la musa Clío les cautiva más tarde, ya de adultos: en su tiempo libre leen novelas históricas, juegan a videojuegos históricos y ven películas y series ambientadas en otras épocas. A la hora de viajar en vacaciones, buscan en internet información sobre el pasado de la zona que visitan, atienden a las explicaciones de los guías y exploran ruinas, museos, monumentos y edificios emblemáticos.
Hay una creciente minoría cuya curiosidad le lleva a ir más allá. Los documentales históricos y programas radiofónicos comoDocumentos RNE tienen éxito de audiencia. De acuerdo con la Federación de Editores de España, sin contar los libros de texto ni las enciclopedias, en 2021 la venta de obras de ciencias sociales y humanidades facturó 124,86 millones de euros, un crecimiento del 10,9% respecto a 2020. Por añadidura, cada mes decenas de miles de personas compran revistas como Desperta Ferro o La Aventura de la Historia.
Bastantes de estos proyectos son fruto de la iniciativa empresarial. Otros, del empuje de aficionados que conjugan pasión con erudición. También hay historiadores profesionales que dedican parte de sus energías a la divulgación.
Dicha tendencia, que se enmarca en lo que denominamos historia pública, es esperanzadora. Ahora bien, se enfrenta a ciertos escollos. Primero, la escasa atención que los medios de comunicación tienden a prestar a la investigación académica. Segundo, la falta de tiempo de los profesores universitarios, abrumados por labores burocráticas. Tercero, el temor de algunos de ellos a exponerse demasiado. Cuarto, la tendencia de otros a aislarse en una cómoda (y en ocasiones arrogante) torre de marfil. Quinto, la dinámica académica: como al resto de científicos, para progresar en su carrera al historiador se le exige publicar artículos en revistas especializadas de escasísima circulación, que acaban olvidadas en las estanterías de las bibliotecas.
Este último obstáculo desaparecerá cuando las universidades y las agencias de evaluación computen la divulgación como un mérito académico relevante. El resto de los factores dependen, sobre todo, de nosotros mismos. Requiere un gran esfuerzo, pero hay razones de peso para tratar de difundir el conocimiento que generamos de una forma atractiva. Por un lado, porque la historia es importante. Por otro, porque se lo debemos a una ciudadanía que financia con sus impuestos la mayoría de nuestros proyectos y nóminas.
Por último, porque, si no, corremos el riesgo de que se expandan y asienten versiones tergiversadas. Como acertadamente advertía mi profesora María Jesús Cava en estas mismas páginas (22-10-22), no es oro todo lo que reluce. Algunos divulgadores, lejos de documentarse, repiten mitos ya desmentidos por la historiografía. O desvirtúan los hechos hasta la vulgarización. También hay errores intencionados: los de quienes propagan mentiras para blanquear dictaduras o bandas terroristas, alimentando los discursos de odio. ¿Y qué decir de los canales de televisión obsesionados con las teorías de la conspiración y los alienígenas?
En el ámbito divulgativo los historiadores tenemos mucho que aportar: formación, fuentes, bibliografía, método, interpretación, nuevas tendencias, comparaciones a distintas escalas…; en definitiva, nuestro oficio. No se trata de sustituir a los buenos divulgadores, de los que tanto podemos aprender, sino de colaborar con ellos en una hermosa tarea que nos incumbe a todos.
Hace un tiempo pasé una tarde con Álvaro Corazón Rural en Barcelona tomando cervezas y hablando de historia del nacionalismo y del terrorismo. El resultado es esta entrevista que acaba de publicar la revista Jot Down
El pasado 12 de noviembre falleció en Bilbao nuestro compañero y amigo Ricardo Miralles Palencia, catedrático del Departamento de Historia Contemporánea de la UPV/EHU. Nacido en San Sebastián en 1954, y tras licenciarse en Historia en la Universidad de Deusto, se incorporó en 1978 a la actual Facultad de Ciencias Sociales y Comunicación en Leioa, que entonces era una unidad docente recién nacida, dependiente de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su trabajo sobre el socialismo vasco durante la Segunda República (1987) fue una de las primeras tesis doctorales en Historia Contemporánea defendidas y publicadas en la UPV/EHU.
Enseguida se convirtió en uno de los mejores especialistas en la historia del socialismo en el País Vasco del siglo XX, dedicando especial atención a su principal líder, Indalecio Prieto, sobre el que publicó su último libro el año pasado. Pero también amplió su mirada investigadora hacia otros temas, como la figura del presidente del Gobierno republicano Juan Negrín, las relaciones internacionales entre 1870 y 1945 y, en especial, su incidencia en la Guerra Civil española.
Fue un buen compañero y un excelente profesor, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Sus estudiantes contaban cómo, cuando había fichas con fotos de cada uno, se aprendía sus nombres para dirigirse a ellos en clase directamente, de modo que no se sintieran un elemento anónimo de una lista. Lo mismo hacía con sus doctorandos, para los que era un maestro –en el sentido original de la palabra– y no un mero director.
Su pasión por la docencia se hizo aún más palpable desde que, hace dos años, le diagnosticaron una enfermedad incurable. Cualquier otro hubiera pedido la baja, pero él decidió seguir impartiendo sus clases, que los estudiantes recibían con un agradecimiento especial, al ser conscientes de lo que le costaba. Cuando no pudo hablar, debido a su enfermedad, siguió dando su curso de máster online. Se jubiló el pasado mes de octubre, cuando vio que ya no podía continuar, tras cuarenta y cuatro años de trabajo en la UPV/EHU, y falleció apenas un mes después.
Otra vocación suya, que vivió con pasión, aunque estuviera alejada de la historia contemporánea, fue el estudio del románico en La Rioja. Para ello promovió una asociación de recuperación y puesta en valor de ese arte medieval en esa comunidad autónoma. Su principal fruto fue el Centro del Románico abierto en el pueblo riojano de Treviana, localidad natal de su mujer, Mariana, con la que tuvo tres hijas.
Inés Olaizola. Vicerrectora de Profesorado de la UPNA Javier Remírez. Vicepresidente del Gobierno de Navarra Florencio Domínguez. Director del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo Tomás Caballero. Presidente de la Fundación Víctimas del Terrorismo Raúl López Romo y Marta Rodríguez Fouz, co-directores del curso
16:30-17:30 Conferencia Gesto por la paz y el movimiento pacifista
Ponente: Jesús Herrero
17:30-18:30 Conferencia Elkarri
Ponente: Joseba Eceolaza
18:30-19:00 Pausa
19:00-20:30 Mesa redonda Víctimas del terrorismo y la sociedad
Modera: Representante de la FVT.
Participan:
Cristina Cuesta
José Ignacio Toca
María Sanz Biurrun
Viernes 25 de noviembre de 2022
16:30-17:30 Conferencia Los movimientos cívicos tras Miguel Ángel Blanco