En este primer Sierra Delta Contra, Gaizka Fernández Soldevilla conversa con Carlos Igualada, director del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo, acerca de la situación del yihadismo tras la vuelta al poder de los talibán en Afganistán. Además, entrevistamos al historiador David Mota acerca de su último libro, En manos del tío Sam, ETA y Estados Unidos. Para terminar, el responsable de exposiciones del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, Raúl López Romo, nos habla de este museo inaugurado recientemente en Vitoria, el primero de sus características en toda Europa,
Curso de otoño «Memoria y prevención. El terrorismo y sus víctimas en las aulas»
Más información, aquí
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Entrevista a Eduardo Mateo al hilo del libro «El movimiento de víctimas del terrorismo»

https://www.ivoox.com/relatos-memorial-vt-eduardo-mateo-movimiento-audios-mp3_rf_75992141_1.html
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Novedades en la web de la Mario Onaindia Fundazioa

Durante este tiempo de pandemia, hemos querido aprovechar para renovar nuestra presencia
en medios digitales, tanto de la revista Grand Place como de la web de la Fundación.
Brevemente os informamos de las principales novedades, animándoos a que las comprobéis
por vosotros mismos conectándoos mediante los enlaces que os señalamos a pie de página.
El objetivo que hemos pretendido es permitir un mejor acceso a la revista Grand Place,
actividad clave de la Fundación, y ampliar su difusión. Y, además, englobar en una única y
nueva web toda la Mario Onaindia Fundazioa, incluyendo Grand Place.
- la revista sigue siendo de edición impresa, y para recibirla en la dirección postal que nos
indiquéis, os animamos a suscribiros a los dos números anuales que editamos.
Además, y ésta es la novedad, va a estar consultable desde la web de la fundación. Cada nuevo
número se incorporará a la consulta digital a los 6 meses de su publicación impresa. - La nueva web contiene la revista y toda la información sobre la Fundación. Os animamos a
comprobarlo, hemos incorporado un buen buscador y cómodo formato de lectura a modo
libro. Merece la pena que le dediquéis unos minutos para familiarizaros y acceder en cualquier
momento a su contenido.
Para suscribirse a la revista Grand Place basta rellenar este impreso
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Alberto Agirrezabal y Felipe Juaristi: «Al patriota Joseba»

El 1 de Setiembre de 2003, el día siguiente de su fallecimiento, Joseba Arregi dedicaba a Mario Onaindia un artículo en El Correo con ese titular. “Al patriota Mario”. Era premeditado, quiso reivindicar desde el inicio su condición de ciudadano, amante de su patria, condición tan cuestionada en ambientes políticos y “culturales” que él tan bien conocía.
Así hemos querido comenzar hoy este IN MEMORIAM dedicado a Joseba, convencidos de que en muchos aspectos de su vida recorrieron caminos paralelos, caminos sin retorno que los llevaron a alejarse del nacionalismo, y ya no volvieron nunca más al hogar.
Joseba pudo optar por una vida más cómoda, mantenerse en el más alto nivel político e institucional donde había llegado por méritos propios, recibir el cariño y los halagos de los suyos, pero prefirió convertirse antes en un traidor que traicionarse a sí mismo.
Se dio cuenta de que el nacionalismo tradicional al que pertenecía empezaba a transcurrir por una deriva de difícil retorno, como poco más tarde se comprobó en el funeral de Fernando Buesa, en el Pacto de Lizarra con ETA, o en el Plan Ibarretxe, aquel proyecto de estatus de libre asociación. Y defendía que “para acabar con ETA hay que deslegitimar su discurso político y eso obliga también a reformular el propio nacionalismo” (El País, mayo de 2002).
Fue uno de los fundadores e impulsores de Aldaketa, con el objetivo de activar un movimiento ciudadano por el cambio. En una sociedad como la nuestra, tan dada a valorar y ensalzar el estancamiento de las ideas, Joseba reclamaba el valor del cambio, de la evolución, de la adaptación a los nuevos tiempos que operaban en el mundo. Reclamaba el diálogo y el entendimiento para lo cual era necesario, eso sí, que existiera lo que llamaba gramática compartida que, en democracia, decía, es la Constitución y son las Leyes.
Sabía que la sociedad vasca se había convertido en sujeto político gracias al pacto que supuso el Estatuto de Gernika y que era necesaria su defensa, su fortalecimiento ante quienes lo daban por muerto, ante quienes querían acabar con él y ante quienes se colocaban fuera de él.
Joseba se dio cuenta mejor que nadie de la soledad de las víctimas, de su inmenso dolor, de su soledad, del indispensable reconocimiento hacia ellas, que tanto tardó en llegar desde las instituciones, de su necesario protagonismo en el camino hacia un futuro en libertad. Y se convirtió en uno de sus mayores aliados, colaboró con ellas en multitud de iniciativas. Dedicó gran parte de su tiempo y de su talento a desmontar los argumentos de los terroristas, de sus aliados y de sus valedores, escribió innumerables artículos en innumerables medios, participó en debates y conferencias con distintas asociaciones y publicó el 2015 “El terror de ETA, la narrativa de las víctimas”, un alegato frente a los que querían olvidar la historia de terror de ETA, y pasar página sin leerla.
Joseba era miembro de Mario Onaindia Fundazioa, miembro destacado, colaborador habitual y desinteresado de los que han hecho posible nuestra existencia con su trabajo y ha prestigiado nuestra Fundación con su presencia. Colaborador habitual de nuestra revista Grand Place, hasta en el ultimo número dedicado al 50 aniversario del Consejo de Guerra de Burgos. Participó con nosotros en decenas de actos desde Madrid, Bilbao, Donostia, Vitoria-Gasteiz y sobre todo en nuestra sede de Zarautz, en el ZAZPI.
Allí le mostramos nuestro mayor agradecimiento al entregarle el 28 de octubre de 2017 el Premio Mario Onaindia Saria.
Zure lanean, zure saiakera intelektualean goi mailara iritsi zarelako, batetik, eta demokrazia, askatasuna defendatzeko erakutsi izan duzun konpromezu eta borondate tinkoagatik….
Gogoan izango zaitugu, Joseba. Esker mila adiskide. Izan dezazula atseden.
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GFS: «Veinte años del 11-S», El Correo, 10-IX-2021
Era una mañana perfecta para dar un paseo por Bilbao. Aún era verano, no habían comenzado las clases y hacía una temperatura agradable. Iba con una amiga. Nos reíamos bastante, aunque no sé de qué, ni de dónde veníamos ni a dónde íbamos. Sí recuerdo que algo cortó la conversación: las imágenes que emitía la televisión de un bar frente al que estábamos pasando. Nos dejaron aturdidos. ¿Eran reales? Sí. Aquel día todas las pantallas del mundo reprodujeron una y otra vez las mismas escenas, que se han quedado grabadas a fuego en nuestra memoria.
Yo estaba estudiando Historia y leía revistas y periódicos, pero no entendía nada de lo que había ocurrido. Por curiosidad, busqué información sobre el yihadismo. No había mucha disponible, ya que se trataba de un fenómeno aparentemente ajeno a nuestra realidad. (El 11-M nos sacaría del error de la peor manera posible). Me hice muchas preguntas sobre los victimarios, aunque pocas sobre sus víctimas. Si hoy tuviese que sintetizar las respuestas, lo haría como sigue.
Los acontecimientos que sirvieron de catalizador a la cuarta oleada de terrorismo, en la que se inscribe el 11-S, fueron la revolución iraní (1979) y, sobre todo, la guerra de Afganistán (1978-1992). Acosado por la insurgencia, el débil régimen comunista afgano recurrió al ejército de la URSS. En el marco de la Guerra Fría, los rebeldes recibieron el apoyo de estados como Arabia Saudí, Paquistán y EEUU. También se unieron a la lucha muyahidines de otros países, mayoritariamente del mundo árabe. Uno de ellos fue el millonario saudí Osama bin Laden, que tuvo un papel importante en el traslado de los voluntarios extranjeros a Afganistán, así como en su entrenamiento militar.
Bin Laden fue el fundador y principal dirigente de la organización terrorista Al Qaeda, en la que convergieron dos tradiciones doctrinales del islamismo radical: la de los Hermanos Musulmanes egipcios y la wahabí de Arabia Saudí. Desde que en 1996 los talibán se hicieron con el poder en Afganistán, los yihadistas tuvieron un “santuario” desde el que operar, pero su perspectiva siempre fue internacional. Si bien durante los años anteriores los muyahidines se habían enfrentado a un “enemigo cercano”, el gobierno “ilegítimo” y su aliado soviético, Bin Laden orientó la violencia de Al Qaeda contra el “enemigo lejano”, es decir, contra EEUU, Europa e Israel, presentados como culpables de todos los males del islam. En febrero de 1998 anunció la creación de un Frente Islámico Mundial contra “cruzados y judíos”.
Las amenazas de Bin Laden se tradujeron en atentados tanto en los países de mayoría musulmana que contaban con presencia de EEUU como en Occidente. Al Qaeda logró perpetrar ataques devastadores como los que sufrieron las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania de agosto de 1998, con más de 220 víctimas mortales y miles de heridos. Ahora bien, su objetivo no era la conquista mundial, sino la expulsión de “cruzados y judíos” de las tierras que reclamaban como musulmanas.
El 11 de septiembre de 2001 integrantes de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones que estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, El Pentágono (Virginia) y un campo de Pensilvania (los pasajeros evitaron que llegara a su objetivo, el Capitolio). Hubo 2.977 víctimas mortales, procedentes de 115 países. Entre ellas se hallaban un norteamericano de ascendencia burgalesa, el empleado de banca Edelmiro Abad Elvira, y una chica con doble nacionalidad española y estadounidense, Silvia de San Pío. Casada y embarazada, trabajaba como analista en una firma que tenía sus oficinas en el World Trade Center. Su marido, John Resta, también falleció en el ataque.
Los aviones habían colisionado a las 8:46 y a las 9:02 horas, pero las torres aguantaron 56 y 102 minutos respectivamente antes de derrumbarse. En el ínterin cientos de bomberos, policías y sanitaros habían acudido al lugar de los hechos. 403 trabajadores públicos murieron intentando salvar vidas. Uno de los agentes, Jerónimo Domínguez Meza, era de origen zamorano.
El presidente de EEUU George W. Bush no tardó en declarar la “guerra contra el terror”. El primer paso fue la invasión de Afganistán en 2001. De manera indirecta, aquella estrategia desembocó en la Guerra de Irak en 2003. Ni las victorias militares ni el asesinato de Osama bin Laden en 2011 acabaron con la amenaza yihadista. Hoy, cientos de miles de muertos después, los talibán han vuelto a controlar Afganistán, con todo lo que eso supone, especialmente para las mujeres. Y, aunque mermados, los terroristas de Al Qaeda y Dáesh siguen en activo. Por desgracia, el mundo no parece un lugar mucho más seguro que aquel fatídico 11 de septiembre de 2001.
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