GFS: «Cuando estuvimos al borde del abismo», El Correo, 22-I-2020

Apenas había pasado un lustro desde la muerte del dictador y la Transición ya estaba haciendo aguas. Las grietas que habían aparecido después de la euforia de las elecciones de 1977 no hicieron sino ensancharse. En 1980 la joven democracia española se enfrentó a una crisis generalizada: había enormes dificultades económicas, se alcanzó la cifra récord de un millón de desempleados, la delincuencia y el consumo de drogas comenzó a crecer, el Gobierno y la UCD se descomponían y el presidente Adolfo Suárez estaba en entredicho. Parte sustancial de la sociedad se sumió en el pesimismo y el “desencanto”.

Aquella inestabilidad alentó a los enemigos de la democracia: el golpismo, un sector de las FCSE y el terrorismo. Potenciado por los atentados de ETA y los GRAPO contra oficiales, en 1980 el “ruido de sables” era cada vez más audible: militares “nostálgicos” estaban urdiendo las tramas que culminarían en el 23-F. Otro factor negativo fueron los excesos y delitos que cometieron ciertos agentes de “gatillo fácil” que habían protagonizado hechos como la matanza de cinco obreros el 3 de marzo de 1976 en Vitoria. Aunque no llegaron a desaparecer, en los años posteriores se redujeron notablemente. Si bien 15 personas fallecieron en incidentes policiales en 1980, la absoluta mayoría de los casos carecía de connotaciones ideológicas.

Sin desestimar el peso de las anteriores, la mayor amenaza para el proceso de democratización fue el terrorismo, que entre 1976 y 1982 segó 498 vidas y causó 450 heridos. No por casualidad, el año en que se acumularon más damnificados fue 1980: se trató no solo del más cruento de la Transición, sino también del segundo de toda nuestra historia reciente: en las seis décadas que van desde 1960 a 2020 únicamente le superó en número de víctimas mortales 2004, a consecuencia de la masacre yihadista del 11-M. Como se indica en la obra 1980. El terrorismo contra la Transición, a lo largo de esos 366 días (era bisiesto) se perpetraron 395 atentados, que arrojaron un saldo de 132 asesinatos, 100 heridos y 20 secuestros. No es de extrañar que, de acuerdo con una encuesta de la empresa ICSA-Gallup, la ciudadanía considerara que el terrorismo era el mayor problema de España detrás del paro.

Numerosas bandas operaban en el país durante 1980, pero el grueso de los actos de violencia llevaba la firma del brazo armado del nacionalismo vasco radical: ETA causó 95 víctimas mortales (el 71,9% del total), 73 heridos (el 73%) y 17 secuestros (el 85%). La más letal de sus ramas fue ETA militar, que acabó con 81 vidas. Le seguían los Comandos Autónomos Anticapitalistas, que cometieron nueve asesinatos, y ETA político-militar, cinco. La segunda posición en este macabro ranking la ocupó el terrorismo ultraderechista y parapolicial. Escondiéndose bajo marcas como la Triple A o el BVE, dejó 28 víctimas mortales (el 21,2%). Las siglas de extrema izquierda, como los GRAPO, mataron a seis personas (el 4,5%). El palestino Fatah-Consejo Revolucionario perpetró un asesinato. Hay otros dos crímenes sobre cuya autoría existen dudas.

Las tensiones acumuladas durante 1980 estallaron a principios de 1981, hace ahora cuatro décadas. El 29 de enero el presidente Suárez dimitió: “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España”. El mismo día ETAm había secuestrado a José María Ryan, el ingeniero jefe del proyecto de la central de Lemóniz, que sería asesinado el 6 de febrero. El 13 de ese mes el miembro de ETAm Joseba Arregi falleció a consecuencia de las torturas sufridas a manos de la Policía. Una semana después ETApm secuestró a los cónsules de Austria, Uruguay y El Salvador. El 23 de febrero el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los diputados mientras que en Valencia el capitán general Jaime Milans del Bosch sacaba los tanques a la calle.

Podría haber sido el fin. Durante unas horas la democracia pendió de un hilo. No se rompió porque aquel día el rey Juan Carlos I hizo valer su autoridad y porque posteriormente las manifestaciones y el voto de la ciudadanía española dejaron claro que no estaba dispuesta a volver al pasado.

Irónicamente, el 23-F supuso un punto de inflexión. El golpe de Estado no solo fracasó, sino que permitió acallar el “ruido de sables”. ETApm liberó a sus rehenes y declaró una tregua. Tras su autodisolución en 1982, los expolimilis volvieron a casa. Ni ETAm ni los CAA aceptaron acogerse a aquella amnistía encubierta, pero, gracias a las FCSE, tampoco consiguieron mantener el nivel de violencia. Pese al embate combinado de golpismo y terrorismo, la democracia no fue un paréntesis en la historia de España.

Fuente: El Correo

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Martín Alonso: «La Transición en vilo», Revista de Libros

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Pueden leerlo aquí

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Nuevas reseñas de «1980. El terrorismo contra la Transición»

Luis R. Aizpeolea en Babelia (El País)

Alfredo Crespo en El Imparcial

Martín Alonso en Revista de Libros

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Presentación del libro «El TOP. La represión de la libertad (1963-1977)»

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7 enero, 2021 · 13:18

Premio Gregorio Balparda a Manu Montero

La imagen puede contener: texto que dice "Spocielad "El Sitio La Sociedad "El Sitio" se complace en invitarle al I1 Homenaje entrega del Premio Gregorio Balparda, que tendrá lugar el dia 15 de enero de 2021, las 18 horas en Hotel Indautxu de Bilbao. Sitio Elkarteak atsegin handiz Gregorio Balpardaren I1. Omenaldi eta Sari-banaketara gonbidatzen zaitu. Ekitaldia 2021-eko urtarrillaren 15ean arratsaldeko seietan ospatuko da, Bilboko Indautxu Otelan. Por razones relativas la situación sanitaria, la asistencia presencial será limitada, con posibilidad de seguir el acto través de la plataforma Zoom. Rogamos envien un email de confirmación de sistencia la dirección: homenajebalparda@gmail.com"

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4 enero, 2021 · 11:40

¡Felices fiestas!

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23 diciembre, 2020 · 9:01

GFS: «La violencia en la Transición», El País, 23-XII-2020

Pese a que contamos con una amplia bibliografía sobre la violencia política durante la Transición, sus conclusiones apenas han trascendido del ámbito académico. En general, todavía nos aferramos a interpretaciones simplistas y poco documentadas. Por un lado, un relato en el que se resaltan el protagonismo de las élites y las luces del proceso de democratización mientras se minimizan sombras como las del terrorismo y la actuación de algunos altos funcionarios y de una parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Esta imagen de una Transición pacífica y modélica ha sido utilizada como una especie de mito fundacional de la monarquía parlamentaria. Otra narrativa oculta el papel desestabilizador de bandas terroristas como ETA y los GRAPO para acentuar la violencia de un sector de las FCSE, supuestamente orquestada (o amparada) por el Gobierno de Adolfo Suárez, al cual también se responsabiliza del terrorismo ultraderechista y parapolicial. Con el mito de la Transición sangrienta se pretende desmentir que hubiera un cambio real: la dictadura habría prevalecido en el subsuelo, por lo que jamás hemos disfrutado de una auténtica democracia. En definitiva, por enésima vez, nuestra historia es percibida como una anomalía.

Adjetivos como “pacífica” o “sangrienta” no califican tanto a la Transición como a las intenciones de quienes los emplean. Aunque contengan una dosis de verdad, ambas versiones están distorsionadas por los prejuicios ideológicos y los intereses partidistas. Tal vez valgan para el debate político o las tertulias televisivas, pero no nos ayudan a conocer mejor el pasado.

En la obra 1980. El terrorismo contra la Transición, que he coordinado con María Jiménez, se indica que desde 1976 a 1982 (ambos años incluidos) los atentados causaron 498 víctimas mortales y 450 heridos. Las diferentes ramas de ETA acabaron con la vida de 340 personas (el 68% del total) y ocasionaron lesiones a otras 305. En la clasificación les siguieron el terrorismo de extrema izquierda, como los GRAPO, con 73 asesinatos (15%); el de ultraderecha y parapolicial, como la Triple A o el Batallón Vasco-Español, con 62 (12%); el de organizaciones palestinas y armenias, con ocho (2%); y el del independentismo catalán y canario, con cuatro (0,8%).

El terrorismo fue la principal fuente de violencia, pero no la única. En su tesis doctoral El mito de la transición pacífica Sophie Baby atribuye 178 fallecimientos a la acción de agentes de la ley. Hubo 32 víctimas mortales en manifestaciones, siete a consecuencia de torturas y 139 en incidentes policiales, aunque entre estos últimos abundan los casos cuyo cariz político es más que discutible: accidentes, negligencias, actos en defensa propia ante delincuentes comunes, etc.

Sea como fuere, los datos son incontestables: los de la Transición española fueron “años de plomo”. ¿Cabe hablar, por tanto, de una Transición sangrienta? ¿Si la comparamos con qué exactamente? ¿Con otras etapas de nuestra historia o con sucesos similares en otros países? Empezaremos por esto último. Al ampliar el foco a escala internacional confirmamos que durante la segunda mitad del siglo XX numerosas dictaduras desaparecieron de manera relativamente incruenta. No obstante, sí se registraron altos índices de violencia en países como Perú, Rumanía o Yugoslavia, cuya desintegración arrojó un saldo de 140.000 víctimas mortales. Ya en el siglo XXI la Primavera Árabe ha venido acompañada de terrorismo y guerras civiles. Baste pensar en Siria, Libia o Yemen. Por supuesto, no hay que olvidar que también hubo pasos atrás, golpes de estado y dictaduras que se perpetuaron ahogando en sangre al incipiente movimiento civil a favor de las reformas, como ocurrió en la masacre de la plaza de Tiananmén (Pekín) en junio de 1989.

Además, no hay leyes universales en la historia: algunas dictaduras que cayeron pacíficamente dieron paso a democracias fallidas o regímenes autoritarios; otras que lo hicieron con trágicas perturbaciones han acabado transformándose en democracias plenas. La existencia de violencia política no es prueba suficiente de la escasa viabilidad o calidad de una democracia. Valga como ejemplo nuestra anterior experiencia parlamentaria, la II República. En Cifras cruentas Eduardo González Calleja calcula que entre abril de 1931 y julio de 1936 la violencia de distinto signo arrebató la vida a 2.629 seres humanos en España. Es un número muy superior al de las víctimas mortales que hubo durante la Transición que, sin embargo, fue un periodo más largo y en el que el país contaba con una población mayor. Ahora bien, sería injusto hablar de una República sangrienta. Entre otras cosas porque la paramilitarización de la política y el auge de los movimientos totalitarios no fue un fenómeno español, sino que afectó a gran parte de la Europa de entreguerras.

De igual modo, para entender la violencia que asoló la Transición es indispensable tener en cuenta el contexto en el que se desarrolló. En los últimos años sesenta había comenzado lo que David C. Rapoport denominó la tercera oleada internacional de terrorismo, cuyo culmen se alcanzaría entre finales de la década de los setenta y principios de la de los ochenta. De acuerdo con la Global Terrorism Database, entre 1970 y 1989 organizaciones de extrema izquierda, ultraderechistas y nacionalistas radicales asesinaron a 75.310 personas e hirieron a otras 56.932 en todo el planeta. Los países más afectados fueron El Salvador (11.258 víctimas mortales), Nicaragua (10.449), Perú (8.917), Colombia (6.305), Sri Lanka (5.786), Guatemala (4.879), Filipinas (3.291), India (3.131), Gran Bretaña (2.841) y Líbano (2.801).

España se sitúa en la decimocuarta posición de la tabla de la GTD: en las décadas de los setenta y ochenta los terroristas perpetraron 851 asesinatos. No parece casualidad que la mayoría de estos crímenes, 498, sucediesen en los siete años que van de 1976 a 1982. Siguiendo a Juan Avilés, la violencia política que se sufrió en la Transición española es achacable, entre otros factores, a la tormenta perfecta que provocó el cruce entre el proceso de democratización y el punto álgido de la tercera oleada internacional de terrorismo: el momento de mayor debilidad del Estado de Derecho coincidió con el de mayor vigor de los enemigos de la democracia.

La violencia no fue producto de la Transición, sino de quienes se oponían a ella: algunos guardias y policías nostálgicos de “gatillo fácil” y, sobre todo, bandas terroristas que buscaban una involución, una revolución o la secesión de un territorio, entre las que descolló ETA. Pese a su embate combinado, al que se sumaron las tramas golpistas que culminaron en el 23-F, la ciudadanía y sus representantes consiguieron que el joven sistema parlamentario sobreviviese y se consolidase. Según los indicadores internacionales, hoy España goza de una democracia plena y estable. Todo un hito.

Fuente: El País

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Josefina Martínez Cuesta reseña «1980» en Revista Internacional de Estudios sobre Terrorismo

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Luis Roca reseña «1980» en Rebelion.org

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GFS: «KKK: el nacimiento del terrorismo moderno», The Conversation, 21-XII-2020

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