GFS: «Un héroe en monopatín», El Correo, 18-II-2020

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Ignacio Echeverría Miralles de Imperial nació en 1978 en El Ferrol, se crio en As Pontes de García Rodríguez y pasó el resto de su infancia y juventud en Las Rozas. Se licenció en Derecho Hispano Francés e hizo un máster en La Sorbona. Tras pasar por varias entidades financieras buscó fortuna en Londres, donde le contrató el banco HSBC como analista en prevención de blanqueo de capitales.​

Era católico practicante y había padecido acoso laboral, lo que reforzó su predisposición a salir en defensa de cualquiera que sufriera maltrato. En palabras de una amiga, “ante situaciones injustas, no se podía contener”. También destacaba por su carácter solidario, al que su padre, Joaquín, da el hermoso nombre de “bondad”. En su biografía sobran los ejemplos. En una ocasión, cuando estaba haciendo surf, rescató a un matrimonio que se había quedado atrapado por la corriente en la cántabra playa de Oyambre. Otra muestra: a menudo Ignacio visitaba a un joven marroquí pasaba una larga convalecencia en un hospital londinense y estaba solo. Se habían conocido compartiendo su afición al monopatín.

Ignacio era un hombre bueno con una vida normal que tuvo que enfrentarse a una situación inesperada y excepcional. La noche del sábado 3 de junio de 2017 un automóvil atropelló a varios peatones en la acera del puente de Londres. Tres hombres bajaron del vehículo y empezaron a apuñalar a los viandantes tanto allí como en un mercado cercano. Causaron ocho víctimas mortales y 48 heridos. Aunque al principio hubo dudas acerca de la autoría, el Dáesh no tardó en reivindicar el atentado terrorista.

Alrededor de las 23:00 horas Ignacio y unos amigos estaban yendo en bicicleta cuando vieron a un tipo atacando a una chica. No sabían lo que estaba ocurriendo, pero fue suficiente para Ignacio: tiró la bici, cogió su monopatín y arremetió contra el yihadista. Lo golpeó, evitando que rematara a su víctima. Inmediatamente entró en escena un policía, pero fue herido. Ignacio se había quedado solo frente a los tres terroristas. Superado numéricamente, fue acuchillado. En el suelo aún intentó utilizar el monopatín como escudo, pero ellos eran más. Lo mataron. Tanto la muchacha como el agente sobrevivieron.

La Policía británica encontró el DNI de Ignacio entre sus ropas, por lo que lo identificaron esa misma noche. Sin embargo, tardaron cuatro días en confirmar muerte a la familia. Demasiados. Esta frialdad institucional contrasta, según su padre, con la atención más humana que se dispensa en España a los damnificados, gracias a la labor de organismos como la Dirección General de Apoyo a Víctimas del Terrorismo y las diversas asociaciones de víctimas.

En el Génesis, cuando Dios anuncia que va a destruir Sodoma y Gomorra, Abraham intercede. Yahveh accede a perdonarlas, siempre que encuentre a diez hombres justos. Pese a sus esfuerzos, no lo consigue y ambas ciudades son borradas de la faz de la tierra. Quizá a Abraham no le hubiera costado tanto hallar justos en Londres en junio de 2017.

No es de extrañar que la prensa haya convertido a Ignacio en “el héroe del monopatín”. Encaja perfectamente en la definición que da el Diccionario de la RAE: una “persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble”. Y no hay causa más noble que proteger a otro ser humano. Como leemos en el Talmud, “quien salva una vida salva al mundo entero”.

El heroísmo de Ignacio ha sido reconocido a título póstumo con condecoraciones como la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo y la Medalla de Jorge que entregó a sus padres la reina Isabel II de Reino Unido. También ha recibido distinciones como el Premio Internacional COVITE. Además, el instituto donde cursó bachillerato ha sido rebautizado con su nombre. A estos reconocimientos se sumará el del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo: el monopatín de Ignacio ocupará un lugar especial en nuestra sede de Vitoria, que abrirá sus puertas este año.

Ahora bien, probablemente el mejor homenaje que ha recibido es el libro que ha publicado su padre, Joaquín Echeverría, y que se presenta hoy en el hotel Abando de Bilbao: Así era mi hijo Ignacio. El héroe del monopatín. Da cuenta de la vida de Ignacio, del atentado y de todo lo que vino después. También recoge los testimonios de quienes lo conocieron y las reflexiones del propio Joaquín. “No te puedes imaginar cuánto bien has hecho al entregar tu vida como lo hiciste. Claro que habrá quien piense que fue una estupidez dar tu vida por unos desconocidos, en tierras extrañas, pero muchos comprenden y valoran tu bondad y eso los hace mejores”.

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Presentación de «Del final del terrorismo a la convivencia» en Vitoria

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13 febrero, 2020 · 10:12

Conferencia de María Jesús Cava

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11 febrero, 2020 · 17:44

Presentación de «Nunca hubo dos bandos» en Vitoria

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10 febrero, 2020 · 8:37

Presentación de «Así era mi hijo Ignacio» en Bilbao

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7 febrero, 2020 · 10:47

Presentación de «Aquí mando yo» en Guecho

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4 febrero, 2020 · 17:10

Jesús Casquete: «Herri Batasuna. Esbozo para una historia», El Viejo Topo, I-2020

Pueden leer aquí el artículo de Jesús Casquete, que les recomiendo.

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GFS: «Ispáster», El Correo, 1-II-2020

ImagenUbicada en Markina, la fábrica Esperanza y Cía. producía morteros. Para probarlos, un convoy escoltado por la Guardia Civil se desplazaba hasta la playa de Laga dos veces por semana. ETA conocía la rutina. Llevaba vigilando aquellos viajes desde septiembre de 1979. El ataque estaba previsto para el 24 de enero de 1980, pero ese día no hubo transporte. Se pospuso una semana.

El 1 de febrero, a las 7:30 horas de la mañana, una caravana partió de la factoría. Estaba formada por tres Land Rover. En medio, uno de Esperanza y Cía, en el que iban el armamento y un par de guardas jurados. Al principio y al final, sendos automóviles de la Guardia Civil, cada uno de ellos con tres agentes en su interior. Parafraseando a Federico García Lorca, aunque supiesen los caminos, nunca llegarían a Laga.

Los movimientos de los tres Land Rover habían sido advertidos por los ojeadores de ETA, que dieron aviso al comando: nueve terroristas pertrechados con todo tipo de armas y chalecos antibalas, que estaban escondidos a ambos lados del kilómetro 53 de la carretera BI-V-1249, que va de Ispáster a Ea. Los tres vehículos llegaron a ese punto sobre las 8:15 horas. Los etarras abrieron fuego cruzado contra los dos Land Rover de la Guardia Civil. Utilizaron fusiles de asalto, metralletas, una escopeta y granadas de mano. Una lluvia de fuego, más de un centenar de proyectiles, acribilló a los funcionarios, que no pudieron salir de los coches. Acto seguido, según dicta la sentencia, los miembros de ETA remataron a los seis agentes de uno en uno, mediante un disparo en la cabeza. Como constatan los informes forenses, se trató de una carnicería: los cuerpos quedaron totalmente destrozados por las detonaciones, la metralla y los impactos de bala.

Uno de los guardas jurados declaró que “sentimos unos fuertes tiros y al de un rato los tiros de metralletas, así como diez o doce explosiones de granadas. Nosotros cuando comenzaron los tiros paramos el Land Rover y nos agachamos dentro del mismo, desde donde escuchábamos los tiros, así como la primera explosión. Estando así agachados se abrió la puerta y un chico nos dijo que nos tirásemos al barranco, cosa que así hicimos mi compañero y yo. Estando en el barranco sentimos todavía tiros y explosiones”. ¿Por qué no hicieron nada? En pocas palabras, porque “estábamos cagados de miedo”.

Las víctimas eran Alfredo Díez Marcos (24 años), natural de Fermoselle (Zamora), casado y con un hijo de nueve meses; José Gómez Martiñán (24 años), nacido en Algeciras (Cádiz), casado; José Gómez Trillo (30 años), de Xirivella (Valencia), casado y con un hijo; Antonio Marín Gamero (27 años), natural de Oliva de la Frontera (Badajoz), casado y con dos hijos; José Martínez Pérez-Castillo (26 años), nacido en Oria (Almería), soltero; y Victorino Villamor González (41 años), de Quecedo de Valdivielso (Burgos), soltero. Además, dos de los terroristas quedaron malheridos tras estallarles una de las granadas que estaban lanzando contra los vehículos. Fallecieron poco después.

A decir de los autores de Vidas rotas, “el asesinato de los seis guardias civiles y las características del atentado provocaron una conmoción sin precedentes en la vida pública española”. Los partidos democráticos lo interpretaron como un intento de desestabilización ante las primeras elecciones autonómicas vascas, previstas para marzo de aquel año. El mismo día de la emboscada el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, creó la Delegación Especial de Seguridad para el País Vasco y Navarra, a cuyo frente colocó al general José Antonio Sáenz de Santamaría. Asimismo, se enviaron a Euskadi dotaciones tanto del GEO de la Policía Nacional como de la Unidad Antiterrorista Rural de la Guardia Civil. Era un gesto para reforzar la delicada moral de los miembros de las FCSE, que sufrían continuas bajas y soportaban unas condiciones de vida deplorables. En aquel momento, como reconoce en sus memorias Andrés Cassinello, por aquel entonces al mando del Servicio de Información de la Guardia Civil, “las unidades estaban mal, muy mal”. En el cuartel de Lekeitio le enseñaron la habitación de uno de los guardias asesinados en Ispáster: “Una bombilla colgada del techo, una cama cubierta con una manta de Intendencia y la ropa, repartida en pequeños montones, pegada a la pared. Ni un armario, ni una silla, ni un rastro humano o sobre el cual construir el ocio, ni tan siquiera una fotografía familiar: allí había vivido un hombre abandonado a su suerte”.

El funeral por los seis agentes se celebró en la comandancia de La Salve. En la calle esperaban varios centenares de personas, algunas con los ánimos caldeados. “Tras la misa los féretros fueron sacados en furgones, con coronas de flores, por una puerta opuesta a la que estaban los congregados y fueron conducidos cada uno a los respectivos lugares de nacimiento de los agentes muertos, donde serán inhumados”, informó El Correo. El diario recogió las palabras que un abuelo le dijo a su nieto de nueve meses: “Ven, ven a ver a tu padre, que te lo han matado”.

Aquel niño era el hijo del agente Alfredo Díaz. Ahora es un hombre de cuarenta años. No le conozco, pero me pregunto qué pensará de las prisas de algunos por pasar página o de los homenajes de la izquierda abertzale a asesinos como los que le arrebataron a su padre.

Más información en la obra 1980. El terrorismo contra la Transición

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Presentación del libro «Aves del paraíso»

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Irene Moreno Bibiloni reseña «Pardines» en la revista Cuadernos de Historia Contemporánea

Cubierta de Cuadernos de Historia Contemporánea Vol. 41 (2019): Dosier: Entre libros y ferias: espacios y (des)equilibrios en el campo editorial

Pueden leerlo aquí

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