GFS: «El hombre que nunca estaba allí», El Español, 6-IV-2020
Texto original, en El Español
Con la vida en pausa, soportamos un bombardeo constante de noticias nefastas y cifras cada vez más abultadas de personas contagiadas y fallecidas. La pandemia se extiende por el mundo, con un efecto dominó, y las fichas van cayendo al suelo. Tanto las autoridades como los expertos anuncian que lo peor todavía está por venir. Incluso cuando pase el virus, nos recuerdan, seguirán aquí los efectos de la crisis económica que ha provocado: el coste social va a ser terrible. Todo es inevitable, como una condena sin apelación. Además de sentirnos frustrados y angustiados, empiezan a reinar el desánimo y la desesperanza.
¿Para qué sirve un historiador en tales circunstancias? La respuesta honesta es que para muy poco. Ahora bien, incluso así, los investigadores podemos acometer una pequeña tarea: buscar en el pasado algo de utilidad para el presente. Y la verdad es que lo hay. Por ejemplo, ciertas biografías nos demuestran que a menudo los malos pronósticos se equivocan: aun teniéndolo todo en contra, nuestro destino no está escrito. Esa es la lección que se extrae de la historia vital de Max Mazin Brodovka, quien consiguió esquivar a la parca en dos ocasiones. Su segundo golpe de suerte, por eso me he acordado de él estos días, ocurrió hace cuatro décadas en Madrid. No obstante, para comprender el episodio hay que remontarse unos años atrás y viajar miles de kilómetros al este.
En 1974 Fatah sufrió una escisión radical que acusaba a su líder, Yasir Arafat, de haber traicionado a la causa nacionalista palestina. La nueva banda, que tomó el nombre de Fatah-Consejo Revolucionario, estuvo dirigida por Sabri Khalil al-Banna (Abu Nidal) hasta su muerte en 2002. Se dedicó a atacar a intereses de Israel y a personas de religión judía, pero también a sus excompañeros de Fatah y de la Organización para la Liberación de Palestina.
En febrero de 1980 la cúpula de Fatah-Consejo Revolucionario envió a España a un joven palestino, Said Ali Salman, que había recibido entrenamiento militar en Irak. Desde allí un avión lo llevó al aeropuerto de Barajas. Pudo pasar la aduana gracias a un pasaporte de Omán con un visado expedido por el consulado de Bagdad. El terrorista tenía una misión: asesinar a Max Mazin.
¿De quién se trataba? Mazin había nacido en 1923 en el seno de una familia judía de Haradzeya (entonces Polonia, hoy Bielorrusia). Como relata Íñigo Ramírez de Haro en el Diccionario Biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia, “en 1939, tras el pacto Molotov-Ribbentrop la zona pasó a manos de la Unión Soviética, junto con el negocio de lino familiar de la familia Mazin, que fue nacionalizado. Dos años más tarde, la Alemania nazi invadía la URSS y con ella el pequeño Shtetel [asentamiento judío] cuya población fue enteramente exterminada por escuadrones nazis en los bosques adyacentes”.
De acuerdo con la información de Yad Vashem-The World Holocaust Remembrance Center, entre las víctimas mortales estaba la familia de Max Mazin: su padre, Zeev, su madre, Sofia, y su hermana, Ida. Solo se salvaron el propio Max y su hermano Shaul, que se encontraban trabajando en una localidad vecina, Baránavichi.
Mazin huyó y pudo pasar el resto de la II Guerra Mundial trabajando en una fábrica de armamento en la URSS, para luego regresar a Polonia. Antes de que la Guerra Fría cerrase definitivamente las fronteras, emigró a Europa occidental. En 1950 se instaló en España, donde se convirtió en un próspero hombre de negocios en el sector inmobiliario y hotelero, llegando a ocupar la vicepresidencia de la CEOE, de la que fue cofundador. Además, tras obtener los correspondientes permisos de la dictadura, en 1968 logró construir la primera sinagoga en nuestro país desde la expulsión de los judíos de 1492. Fue presidente de la comunidad hebrea de Madrid, apoyó iniciativas a favor de la memoria del Holocausto y lideró la Asociación de Amistad Judeo-Cristiana. Mazin también fomentó las relaciones diplomáticas entre España e Israel. Se trataba, por tanto, de una figura emblemática del judaísmo. Esa era la razón por la que Fatah-Consejo Revolucionario quería acabar con su vida.
El 3 de marzo de 1980 Said Ali Salman se trasladó a las cercanías del domicilio de Mazin, en la madrileña calle Eduardo Dato. Poco después de las 9:00 horas vio salir del garaje un Seat 131 blanco. Lo siguió hasta que se paró ante un semáforo en rojo. En su interior había dos niñas pequeñas y un hombre que guardaba cierto parecido físico con la fotografía de Max Mazin que sus superiores le habían facilitado. El terrorista disparó su metralleta contra él. La víctima murió en el acto.
Sin embargo, no se trataba de Mazin, sino de un vecino: Adolfo Cotelo Villarreal. Abogado y director de los Estudios de doblaje EXA, tenía 51 años, estaba casado con Paloma Oñate Gil y era padre de nueve hijos. En el atentado una de ellas resultó gravemente herida en un ojo, cuya vista jamás recuperó.

Said Ali Salman fue detenido el mismo día del crimen. Al conocerse su identidad y su auténtico objetivo, la OLP se apresuró a condenar el crimen. El terrorista fue condenado a pasar veintinueve años de cárcel por el asesinato de Cotelo Villarreal. Obtuvo la libertad provisional en 1994 y terminó de cumplir su pena en 2002.
Pese al fatal “error” de 1980, Fatah-Consejo Revolucionario continuó cometiendo atentados en España y en el resto de Europa. En septiembre de 1982 un pistolero mató a Najeeb Sayeb Hashem, secretario de la Embajada de Kuwait, a quien había confundido con el embajador. En diciembre de 1985 la banda perpetró dos ataques simultáneos en los aeropuertos de Roma y Viena. Hubo 20 víctimas mortales.
Max Mazin tuvo una gran familia: mujer, cuatro hijos y nueve nietos. En mayo de 2012, con 89 años, falleció en Madrid. Era la tercera vez que la muerte iba a buscarle, pero fue la primera y única en la que él estaba allí para recibirla.
Al contrario que Mazin, al que nadie avisó del ataque nazi ni del atentado terrorista, a nosotros nos han informado de dónde está el peligro: en la calle. Basta con no estar allí. Quedémonos en casa, haciendo más fácil la labor de los profesionales que tanto están dando por los demás. En nuestras manos también está hacer una limitada, pero crucial contribución al bien común. Y, sin duda, habrá más tarea cuando acabe la pandemia. Nos vamos a necesitar mucho unos a otros. Quizá en el futuro, si sucede una crisis similar, un historiador nos pueda utilizar como ejemplo. ¿Se imaginan?
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#JuegaContraElVirus

Para ayudar a niños y jóvenes a soportar mejor el aislamiento mi amigo Martín Ruiz Oceja ha lanzado «Juega contra el virus», una campaña online de videojuegos gratuitos con categorías para primaria, secundaria, fp y universidad.
http://juegacontraelvirus.org
#QuedateEnCasa y #JuegaContraElVirus
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Nuevo informe del Centro Memorial: «Notas sobre una investigación (para escribir Una tumba en el aire)»
Pueden descargarlo aquí
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Cosas que hacer durante el confinamiento
-Leer las publicaciones en pdf que pueden descargarse de manera libre en la web del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo.
-Disfrutar de las descargas gratuitas que han puesto en la web de Desperta Ferro.
-Echarle un ojo a los artículos de opinión que he ido recopilando en este mismo blog.
-Leer la novela Noche y océano, de Raquel Taranilla, que ha ganado el Premio Biblioteca Breve 2020.
-Ver el documental Nacional I.
-Apuntarse a clases online de inglés con una profesora de confianza.
-Esperar al 8 de abril para ver en abierto los primeros dos capítulos de La línea invisible.
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GFS: «La última víctima de ETA», El Correo, 16-III-2020
El círculo se cerraba. La historia criminal de ETA terminó como había comenzado: con el asesinato de un agente de la ley en un encuentro fortuito. Su primera víctima mortal había sido el guardia civil José Antonio Pardines el 7 de junio de 1968. La última fue el brigadier de la Police Nationale Jean-Serge Nérin, al que arrebataron la vida hace ya una década.
Según Florencio Domínguez, desde 2000 a 2011 las FCSE arrestaron a 1.415 presuntos miembros o colaboradores de ETA, a los que se incautaron 1.545 armas de fuego, 811 granadas y 23.881 kilogramos de explosivo. La organización quedó débil, desorientada y sin líderes experimentados. Su letalidad entró en un imparable declive. Además, la Ley de Partidos dejó fuera de las instituciones a su brazo político, decisión que fue ratificada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, lo que comprometía su supervivencia.
ETA había perdido sus apoyos internacionales, su “santuario”, sus comandos, sus cabecillas y su moral de resistencia. Por añadidura, su anteriormente servil entorno civil estaba dejando de serlo. Si bien la banda seguía apostando por el terrorismo, el sector mayoritario de la “izquierda abertzale” deseaba volver a la arena pública. Y la condición sine qua non era el fin de la violencia. En 2009 se inició una sorda lucha por el poder interno en el ultranacionalismo.
En enero de 2010 ETA intentó paralizar el debate sobre su continuidad con un atentado en las torres Kio de Madrid, pero fue frustrado por la Guardia Civil. Tras aquel fiasco, los terroristas entraron en un “parón técnico” que al año siguiente se convertiría en definitivo. Sin embargo, antes de anunciar el “cese definitivo de su actividad armada”, la organización volvió a matar.
El 16 de marzo de 2010 una decena de terroristas robaron varios vehículos de lujo en un concesionario de Dammarie-les-Lys. La Police Nationale recibió el aviso, aunque no se sabía que era un comando de ETA. Una patrulla compuesta por tres agentes y un brigadier interceptó uno de esos BMW en Villiers en Bière, una localidad a unos 50 kilómetros al sur de París. Ahora bien, los policías no habían detectado a los otros automóviles, que no tardaron en aparecer. Superándoles en número, los etarras abrieron fuego contra los agentes y mataron al brigadier Jean-Serge Nérin. Luego huyeron de allí. En un comunicado la banda responsabilizó a los policías franceses de haber iniciado el tiroteo. Una vez más los terroristas pretendían transferir la culpa a la propia víctima.
Jean-Serge Nérin había nacido en Cayenne (Guayana) en 1958. Estaba casado y tenía cuatro hijos. Le quedaban solo dos años para jubilarse. Fue enterrado en su región de origen, adonde se trasladó su viuda. Floryan Nérin, uno de los hijos, contó a El Correo que lo había hecho “para estar a su lado. Todos los días va al cementerio”.
El 5 de septiembre de 2010 ETA decretó un alto el fuego, pero el anuncio había llegado tarde para Nérin. En diciembre de 2017, durante el juicio de apelación contra los cuatro acusados de haber participado en el asesinato, una de ellas, Izaskun Lesaka, leyó un comunicado en nombre de la organización terrorista: “queremos manifestar públicamente que lamentamos sinceramente aquella muerte, y queremos mostrar nuestro pésame a sus familiares. Lo hacemos con todo respeto, pues sabemos que no existen palabras que apacigüen ese dolor”.
Cuando el periodista de El Correo Fernando Iturribarría preguntó a Floryan Nérin si aceptaba la petición de perdón de ETA, declaró que “no, no lo acepto. Porque una parte de nosotros se ha ido con nuestro padre. Intentamos sobrevivir, pero es muy duro soportar ese peso todos los días y no es fácil sostenerse. Llega muy tarde”. Más adelante añadía que “quitar la vida a alguien no es un ‘daño colateral’. Detrás de una vida hay personas. Mi padre era muy querido y apreciado como policía y como persona por sus jefes, colegas, amigos y familia. Una vida no es un ‘daño colateral’ y cuando se pierde es irreversible”. Jean-Serge Nérin había sido la última víctima mortal de la banda, pero “que sea la última, la primera o la 50ª no cambia nada. Evidentemente, habría preferido que depusieran las armas mucho antes. Mejor que no las hubieran cogido y que todo pasara pacíficamente”.
En marzo de 2010 ETA ya era consciente de su derrota operativa. El robo de los coches no era más que un intento desesperado de maquillarla de cara a su público afín. Como todos sus empeños, acabó en una tragedia inútil. Los terroristas podrían haber evitado ese asesinato, al igual que todos los anteriores. No quisieron. ETA es la única responsable de sus más de 850 víctimas mortales y casi 2.600 heridos. Ese es su legado.
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Bilbao, la gente.
Cultura Abierta - Kultura Irekia
Durante más de un año desde la asociación Cultura Abierta y el grupo de investigación de la UPV/EHU Civersity hemos estado trabajando para sacar adelante una publicación que hiciese balance de los cuarenta años transcurridos desde las primeras elecciones municipales democráticas (marzo de 1979) en Bilbao.
El fruto de este trabajo es el libro que presentaremos el 30 de marzo a las 7 de la tarde en Bilborock.
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