
GFS: «En el 30º aniversario de la revolución rumana», El Correo, 17-XII-2019
La distancia en línea recta que separa Madrid de Bucarest es de 2.475 kilómetros. Por carretera, 3.352 km. Ahora bien, España y Rumanía están ligadas desde que Trajano, el primer emperador de origen hispanorromano, conquistó lo que entonces se llamaba la Dacia a principios del siglo II. Dos milenios después, el INE contabiliza 669.434 rumanos en nuestro país. Tras la marroquí, se trata de la nacionalidad extranjera más numerosa. Su trabajo y su calidad humana nos enriquecen como sociedad. También su cultura: Rumanía ha dado al mundo autores de la talla de Camil Petrescu, Mircea Eliade, Emil Cioran o Herta Müller, Premio Nobel de Literatura en 2009.
Pese al prestigio de su obra, en España apenas sabemos nada del pasado de este país. A lo sumo, tópicos y tergiversaciones. Deberíamos remedirlo, ya que nos ayudaría a comprender mejor no solo a nuestros nuevos vecinos, sino también a Europa en su conjunto, que es mucho más que su porción occidental. Aprovechando la efeméride, podemos acercarnos a la historia reciente de Rumanía a través de un episodio crucial: la revolución de 1989.
Para explicar lo que ocurrió en aquella fecha, es necesario echar la vista aún más atrás. Al igual que gran parte de Europa, durante el siglo XX Rumanía sufrió un desastre tras otro. Entre 1940 y 1944 estuvo acaudillada por el dictador Ion Antonescu. Se trataba de un firme aliado de Hitler, por lo que participó tanto en el Holocausto como en la fracasada invasión de la URSS. Una vez detenida, Stalin pasó a la contraofensiva. Con el Ejército Rojo a las puertas, el rey Miguel I destituyó a Antonescu y pidió un armisticio. Vae victis: Rumanía perdió territorios en beneficio de Bulgaria y la URSS, que se quedó lo que hoy es la República de Moldavia.
La ocupación soviética condujo a una nueva dictadura, esta de corte comunista. El país había pasado de un extremo del totalitarismo al otro. Sin apoyo popular, sus cimientos se sustentaron en una despiadada represión contra cualquier tipo disidencia. En 1967 se hizo con el poder Nicolae Ceaușescu, quien instauró un régimen que combinaba nacionalismo, estalinismo, culto a la personalidad, control policial, corrupción y miseria generalizada. Si quieren enterarse de los crímenes de la Securitate, su policía secreta, les recomiendo Las redes del terror, del historiador José M. Faraldo, o Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío, de Herta Müller, una de sus víctimas.
El Muro de Berlín cayó en noviembre de 1989, síntoma de que el bloque soviético se estaba desmoronando. El 16 de diciembre de aquel año la ciudad rumana de Timișoara fue escenario de protestas exigiendo libertad. Pese a la sangrienta represión, se extendieron a Bucarest. La revolución contra el régimen fue imparable. El 22 de diciembre la presión de los manifestantes y la desafección de un creciente sector de sus subordinados obligó al dictador a huir en helicóptero. Fue arrestado en Târgovişte. El día de Navidad Ceaușescu y su mujer fueron fusilados ante las cámaras de televisión. Su derrocamiento había tenido un alto precio. De acuerdo con las cifras oficiales, hubo 1.104 víctimas mortales y 3.352 heridos. Podrían sumarse al cómputo los brutales disturbios protagonizados por mineros en Bucarest entre 1990 y 1991 (la Mineriadă), que causaron seis fallecidos, según la versión gubernamental, o más de 100, según otras fuentes.
Pese a las promesas de 1989, la democracia plena se hizo esperar en Rumanía. Durante mucho tiempo han seguido gobernando las mismas viejas élites, ahora poscomunistas, representadas por el Partidul Social Democrat (PSD). Esta formación ha sido acusada por la oposición de ineficacia, falta de compromiso democrático y una escandalosa corrupción. El capitalismo, por cierto, tampoco resultó ser un paraíso: gravísimos problemas económicos empujaron a los jóvenes a emigrar al extranjero.
La transición a un sistema pluripartidista ha sido lenta y problemática, pero los progresos son evidentes. En enero de 2007 Rumanía entró en la UE, cuya presidencia ha ostentado de enero a junio de este año. También es de esa nacionalidad la primera fiscal europea contra el fraude, Laura Codruta Kövesi, una destacada figura en la lucha contra la corrupción y azote de los gobiernos del PSD. Según Freedom House, Rumanía es un país libre. Figura en el puesto 52º del Índice de Desarrollo Humano: muy alto. Está por delante de los estados de su entorno en casi todos los parámetros. Por ejemplo, en el formativo. Es modélico el curso de lengua, cultura y civilización rumanas que se imparte en muchos colegios de otros países, incluyendo España.
Es cierto que en Rumanía quedan nostálgicos de las dictaduras, tanto de la ultraderechista como de la comunista, pero las instituciones han empezado a lidiar con su traumática historia. Cabe destacar aquí la labor de organismos como Memorialul Victimelor Comunismului şi al Rezistenţei.
El mes pasado se produjeron dos acontecimientos trascendentales. Tras una moción de censura, se formó un nuevo gobierno conservador. Poco después el presidente Klaus Iohannis, de esa misma tendencia, revalidó su cargo en las urnas. En el 30º aniversario de la revolución, la clase política y la ciudadanía se enfrentan a grandes retos: reactivar la economía, erradicar la corrupción y consolidar la democracia. Rumanía se lo merece.
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Reseña del libro de Daniel Macías Fernández: «Franco «nació en África»: Los africanistas y las Campañas de Marruecos», en REVISTA UNIVERSITARIA DE HISTORIA MILITAR
Reseña de la obra de Daniel MACÍAS FERNÁNDEZ: Franco «nació en África»: Los africanistas y las Campañas de Marruecos, Madrid, Tecnos, 2019, 497 pp., ISBN: 978-84-309-7635-5.Archivado bajo Sin categoría
GFS: «ETA en la televisión», El Correo, 11-XII-2019

Hace un par de meses pasé un día en el rodaje de la serie La línea invisible, de Movistar+, que cuenta la historia de la ETA de los años sesenta y de sus primeras víctimas mortales. Me habían invitado su creador, Abel García Roure, y el productor, Rafa Portela. Allí conocí a parte del equipo, a algunos de los actores y al director, Mariano Barroso. Fue una experiencia inolvidable por varios motivos. Por un lado, comprobé la magia del cine: aunque los hechos reales habían transcurrido en las afueras de Tolosa, la grabación se realizaba cerca de Vera de Bidasoa. Habían conseguido que la diferencia entre un lugar y otro apenas se apreciara. Por otro lado, me encontré con dos de las motocicletas que usaban los guardias civiles de Tráfico, el mismo modelo que conducía José Antonio Pardines el día que lo asesinaron. Por último, asistí a un espectáculo fascinante: varias cuadrillas distintas, unas cincuenta personas en total, trabajaban y se movían al unísono, en perfecta armonía, como en el ballet.
Ahora bien, lo más impactante fue ser testigo de cómo se reproducía un suceso que se había producido 51 años antes y que, basándonos en fuentes coetáneas, habíamos analizado en la obra Pardines. Cuando ETA empezó a matar. Las palabras cobraban vida, los muertos se transformaban en seres de carne y hueso, y la violencia se hacía dolorosamente palpable. Como era inevitable, la escena no transcurría exactamente como yo la había imaginado: de alguna manera, en el rodaje todo parecía mucho más real.
Supongo que los espectadores que vean la serie albergarán una sensación similar. Desde la perspectiva de muchos de ellos, al ser un producto televisivo de evidente calidad, tendrá visos de ser históricamente cierto. Así, es probable que el relato acerca de la primera ETA que perdure en su memoria no sea el que está escrito en los libros académicos de historia, cuyos lectores suelen ser una ilustrada pero exigua minoría, sino el que les transmite la pequeña pantalla.
Al igual que el cine, la televisión es una herramienta de divulgación muy poderosa. Y, como tal, plantea algunos dilemas. El primero tiene que ver con el rigor histórico. A un buen documental se le exige estar basado en pruebas, pero a la ficción audiovisual le están permitidas ciertas licencias. Es más, suelen resultar inevitables: la documentación e incluso las fuentes orales dejan demasiados huecos que es imposible cubrir. Tal vez podamos tener la certeza de qué medidas se aprobaron en determinada reunión, pero no sabemos el tono del discurso de este o aquel individuo, si alguien aplaudió, gritó o hizo señas, la naturaleza de las relaciones entre unos y otros en ese preciso momento, sus pensamientos íntimos, sus sentimientos, qué comieron o cómo iban vestidos.
Otro problema surge cuando la narrativa audiovisual se pone al servicio de una causa política: irremediablemente cae en un maniqueísmo tosco, dibujando personajes antagónicos, los “buenos” contra los “malos”, sin conflictos internos, contexto ni matices. Un fenómeno parejo se detecta cuando se pretende construir un relato hipersimplificado y presentista para hacerlo más fácilmente digerible por un público amplio. Tampoco resulta raro que se retraten episodios o personajes complejos de manera distorsionada, casi caricaturesca. Valgan como muestra series como Trotskiy (2017) o The Spanish Princess (2019).
Por suerte, no todas las producciones cometen esos errores. Cuando cuentan con un trabajo de investigación previo y sus impulsores están comprometidos con la verdad histórica, el cine y la televisión pueden convertirse en una extraordinaria herramienta de difusión y pedagogía. El efecto funciona especialmente cuando son capaces de poner rostro humano a un drama sangriento. El mejor ejemplo es Holocausto, la serie televisiva de la cadena NBC creada por Gerald Green y dirigida por Marvin J. Chomsky. Relata la historia de dos familias alemanas, una de judíos y otra de “arios”, que acaban en los campos de exterminio, los primeros como víctimas, los segundos como verdugos. Su estreno en EEUU en 1978 tuvo un éxito sin precedentes, alcanzando una cuota de pantalla cercana al 50%. Al año siguiente se emitió en la República Federal de Alemania, donde la vieron 20 millones de telespectadores. Allí, donde un sector significativo de la clase política y la sociedad había intentado pasar la página del nazismo sin haberla leído primero, Holocausto causó una honda conmoción: la ciudadanía alemana empatizó con los judíos y se hizo preguntas en voz alta, lo que le ayudó a enfrentarse con la brutal realidad histórica.
En España se han creado numerosas series y telefilmes sobre ETA, aunque no tantas sobre sus víctimas, como refleja la reciente y excelente obra Testigo de cargo, de los historiadores Santiago de Pablo, Virginia López de Maturana y David Mota. De factura desigual, ninguno de estos productos ha alcanzado la repercusión que Holocausto tuvo en Alemania. No obstante, la ficción televisiva tiene por delante un largo recorrido. El estreno el próximo año de series como la ya mencionada La línea invisible y Patria, de HBO, es una noticia esperanzadora. Si están bien documentadas y ejecutadas, pueden suponer un punto de inflexión para la memoria de las víctimas del terrorismo. Estamos deseando verlas.
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‘Yo sobreviví al terrorismo,’ el primer videojuego dedicado a deslegitimar el terrorismo
Pueden jugar aquí
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