Recensión de “El laboratorio del miedo. Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa’ida”

-GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo: El laboratorio del miedo. Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa’ida, Crítica, Barcelona, 2013, 876 pp.

En España, debido a la actuación de organizaciones como los GRAPO o ETA, el terrorismo ha sido un objeto de estudio muy frecuentado por investigadores de todo tipo de disciplinas. Ahora bien, la mayor parte de la amplia bibliografía existente, exceptuando algunos diccionarios o enciclopedias, se centra en aspectos concretos del fenómeno. Escasean, en cambio, las historias universales y, desde luego, era necesario un estado de la cuestión. Eso es precisamente El laboratorio del miedo, la ambiciosa y monumental obra de Eduardo González Calleja, profesor titular de la Universidad Carlos III de Madrid que viene a culminar así su extensa lista de publicaciones sobre violencia política.
El libro, escrito desde la perspectiva de un historiador, cuenta con un amplio soporte bibliográfico y documental y demuestra la capacidad de síntesis del autor, que comienza su relato en el siglo I d. C. y llega hasta nuestros días. Tan amplia escala geográfica y cronológica le permite analizar de una forma profunda el terrorismo, que entiende como una táctica empleada tanto por organizaciones subversivas como por determinados gobiernos con el fin de intimidar a la sociedad. Así, González Calleja señala las similitudes, interrelaciones y diferencias entre los distintos casos a lo largo del tiempo y en todo el planeta. Esta mirada macro se combina con referencias pormenorizadas a las organizaciones más significativas, ilustradas con cuadros explicativos y tablas con el número de atentados y víctimas mortales. Ahora bien, aunque quizá sea algo inevitable, hay que señalar que a veces en la pequeña escala se cuelan algunos errores (verbigracia, el pasado de ETA), aunque esto no deteriora el resultado en su conjunto.
Lejos de considerar el fenómeno como estático y monolítico y siguiendo la perspectiva cíclica de David C. Rapoport, González Calleja distingue hasta cinco oleadas históricas de violencia terrorista. Cada una de ellas ha estado protagonizada por hombres y, más raramente, mujeres, condicionados por una serie de factores: su religión o ideología, sus objetivos a corto y largo plazo, sus planteamientos estratégicos y, de fondo, la coyuntura o estructura de oportunidades disponible (las influencias internacionales, sus bases sociales, el tipo de régimen político al que se enfrentaban o el grado de avance tecnológico de la industria armamentística). Igualmente, cada generación de terroristas ha suscitado distintas respuestas gubernamentales.
La obra sitúa los antecedentes remotos de la «lucha armada» en las sectas terroristas premodernas: los sicarios judíos en Palestina (s. I d. C.), los asesinos ismaelitas comandados por «El viejo de la Montaña» (ss. XI-XIII) o los thugs hindús (ss. VII-XIX). Aunque también los estados han empleado el terror desde la más remota antigüedad, no fue reivindicado como instrumento de control social hasta que lo hicieron suyo los jacobinos durante la Revolución francesa.
La primera oleada terrorista (1877-1900) tuvo mucho que ver tanto con la represión del movimiento obrero como con los avances tecnológicos: progresos en el transporte, aparición de medios de comunicación de masas y determinados inventos (verbigracia, la dinamita en 1862). Durante esta fase surgieron movimientos clandestinos (y laicos) que utilizaban como arma revolucionaria el atentado individual, especialmente el magnicidio. La nihilista y populista Naródnaia Vólia, que mantuvo un sangriento enfrentamiento ritual con el zarismo, suele ser considerada la primera organización terrorista «moderna», pero hubo otras poco después: desde los social-revolucionarios rusos a la «propaganda por el hecho» defendida por cierta corriente del anarquismo.
La segunda oleada histórica del terrorismo (1905-1945) estuvo protagonizada por movimientos nacionalistas radicales. Entre todos ellos destacan los de los Balcanes (la Ustasha croata, la VMRO macedonia o la Mano Negra serbia, que estuvo detrás del magnicidio detonante de la I Guerra Mundial) y los republicanos irlandeses (Sinn Féin e IRA). Al mismo tiempo, en la Europa de entreguerras se asistió a la paramilitarización de la vida política en las democracias parlamentarias y a la brutalidad incesante del terror totalitario de las dictaduras soviética, fascista y nazi. Estos dos últimos regímenes se expandieron militarmente durante la II Guerra Mundial, iniciándose así la acción violencia de la Resistencia clandestina en los países ocupados.
La tercera oleada de terrorismo (1945-1965) fue promovida por los movimientos anticolonialistas del Tercer Mundo (Palestina, Chipre, Argelia, Vietnam, África subsahariana, etc.) y su exitosa lucha contra las metrópolis occidentales. Bajo influencias doctrinales como la «guerra revolucionaria» de Mao Zedong, la obra de Frantz Fanon y, a partir de los años 60, el «foquismo» del Che Guevara, surgieron guerrillas que entablaban un combate irregular contra ejércitos regulares. Excepto en casos puntuales, en este paradigma el terrorismo solo jugaba un papel secundario. Tuvo, sin embargo, mayor importancia en las guerrillas urbanas que, una vez fracasado el experimento boliviano del Che, se establecieron a lo largo y ancho de Latinoamérica (ALN y VPR en Brasil, los Tupamaros uruguayos, los Montoneros argentinos o el MIR chileno), aunque tampoco faltaron las de base rural (FARC en Colombia y Sendero Luminoso en Perú).
Los movimientos antisistema herederos de la agitación estudiantil de 1968 fueron los actores principales de la cuarta oleada terrorista (1965-1980), que tuvo como escenario Europa occidental. A diferencia de las guerrillas del Tercer Mundo y debido, hasta cierto punto, a su exiguo apoyo social, su menor tamaño y las características del armamento (más accesible, la miniaturización de explosivos y la combinación de estos con la electrónica), un sector de la extrema izquierda adoptó el terrorismo como estrategia central. De esta manera la banda «Baader-Meinhof» en la República Federal Alemana, las Brigadas Rojas en Italia o los FRAP y los GRAPO en España pretendían suplir a una revolución obrera indefinidamente postergada. Simultáneamente apareció el terrorismo publicitario de alcance trasnacional, con espectaculares acciones como el secuestro de aviones o la toma de rehenes. Asimismo, hay que incluir aquí a la violencia de ultraderecha, un sector electoralmente marginal que en lugares como en Italia optó por la estrategia de la tensión para provocar un golpe de Estado.
La quinta y última oleada de terrorismo, que llega hasta nuestros días, ha estado fomentada por dos tipos distintos de movimientos primordialistas y fundamentalistas. Por un lado, el terrorismo étnico-nacionalista, que, debido al amplio respaldo social que en ocasiones es capaz de concitar, ha solido tener mayor duración que su homólogo de extrema izquierda. Cabe citar la violencia sectaria en el Ulster entre republicanos y unionistas desde mediados de los años 60 hasta finales del siglo XX o la trayectoria de ETA, cuya relevancia propició que otros ultranacionalismos periféricos intentasen emularla tanto en España (el más conocido de los cuales fue Terra Lliure) como en Francia (Iparretarrak), que también padeció la violencia del secesionismo bretón y corso. El terrorismo nacionalista no se circunscribe a Europa. También ha estado presente en Asia. Basten como muestra el PKK kurdo, ASALA en Armenia o los Tigres Tamiles en Sri Lanka.
Por otro lado, cabe clasificar en esta quinta oleada al terrorismo religioso activado tras el derrumbe del bloque soviético. Se trata de una violencia, que en cierto modo retorna a las raíces sectarias y sagradas del fenómeno, que tiene un fuerte componente martirial y autoinmolatorio. Aunque a esta tipología pertenecen diversos movimientos (el de Identidad Cristiana y el supremacismo en EEUU, la secta Aum en Japón o el fundamentalismo judío), el más notable es el integrismo islámico y, dentro de dicha rama, Al Qa’ida. Esta red global, responsable del atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York sigue una estrategia de terrorismo indiscriminado a escala trasnacional con el fin de conseguir un Estado integrista unificado para todos los musulmanes.
En conclusión, El laboratorio del miedo es una obra sólida, rigurosa y muy sugerente, fruto de un encomiable esfuerzo de síntesis y con vocación divulgativa. Resulta de consulta indispensable para todo especialista en la materia, y es muy recomendable para cualquier persona interesada en la historia contemporánea, en la que el terrorismo a menudo ha jugado un papel tan destacado.

Fuente: Historia Contemporánea, nº 48, 2014, pp. 365-368.

1 comentario

17 junio, 2014 · 13:32

Una respuesta a “Recensión de “El laboratorio del miedo. Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa’ida”

  1. Josu

    Somos muchos, quienes tenemos demasiadas dudas sin resolver, sobre la autoría real, de los atentados del 11S, las mismas que cuando vemos fotos de la represión a los opositores en Venezuela, y resultan ser fotos de hace tres años en Libia o en Egipto, Cuando estalla el Maine en el puerto de la Habana en 1898 y el magnate de la prensa Hearst, el de (yo pongo la guerra) desata su campaña, allá dejan la vida miles de españoles y Cuba, Puerto Rico, Guam, Filipinas…cambian de manos, permítanme que no me crea apenas nada de lo que me cuenten sobre terrorismo, y aún menos de los intereses que lo impulsan, debieran al menos dividir la obra en dos, la lucha de los oprimidos que no tienen otra salida y hablo de opresión, que poco tiene que ver con la pretendida represión cultural o identitaria en donde tienen el mejor nivel de vida de todo el país…y la que siempre han ejercido hasta hoy los Estados autoritarios, dictaduras y especialmente los imperios para perpetuar su dominación del mundo, ese terrorismo aún teniéndolo al lado, lo ocultan los medios…

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