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Libros contra el olvido. ETA, las víctimas del terrorismo y Gesto por la Paz

-José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez (coords.) (2013): Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo. Madrid: Los Libros de la Catarata.

-Eduardo Mateo y José Antonio Pérez (coords.) (2014): Políticas de memoria. Qué, cómo y para qué recordar. Vitoria: Fundación Fernando Buesa e Instituto de Historia Social Valentín de Foronda.

-Martín Alonso (coord.) (2012): El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática. Bilbao: Bakeaz.

-Galo Bilbao, Francisco Javier Merino e Izaskun Sáez de la Fuente (2013): Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética. Bilbao: Bakeaz.

-José Ángel Etxaniz (2014): Rompiendo el silencio: 25 urte bakegintzan (1988-2013). Bilbao: Gesto por la Paz (Gernika-Lumo) – Bakearen Arbola.

-Javier Marrodán (dir.) (2013): Relatos de plomo. Historia del terrorismo en Navarra, 1960-1986. Pamplona: Gobierno de Navarra.

Ignorada por un creciente sector de la ciudadanía vasca, aislada internacionalmente, cercada por las fuerzas policiales y con su brazo político estrangulado por la Ley de Partidos, el 20 de octubre de 2011 ETA anunció el “cese definitivo de su actividad armada”: desistía de continuar protagonizando la tragedia que durante 52 años ha asolado España y cuya consecuencia más visible han sido sus alrededor de 850 víctimas mortales. La disolución de la banda todavía no se ha materializado, mas todo parece indicar que se trata de un paso irreversible. Tarde o temprano este tipo de terrorismo desaparecerá definitivamente de escena, dejando de ocupar las portadas de los diarios y el discurso de los políticos. Entonces ETA no será más que un recuerdo, pero ¿qué tipo de recuerdo exactamente?

En un escenario adverso para la democracia parlamentaria (crisis económica, alto índice de paro, descrédito de los partidos y las instituciones, etc.), el fin de la violencia etarra ha colocado a la ciudadanía vasca y navarra ante una compleja disyuntiva, la de qué hacer con su pasado. Se distinguen, como poco, cuatro salidas a tal encrucijada. En primer lugar, ligar el terrorismo etarra con el nacionalismo vasco en su conjunto, como si uno fuera consecuencia directa del otro. En segundo término, una tentadora amnesia colectiva, que se resume en una conocida metáfora: pasar página cuanto antes, sin haberla leído primero. El olvido supone repetir aquel gesto cobarde que caracterizó a una parte de los vascos y navarros mientras algunos de sus conciudadanos eran perseguidos y asesinados durante los “años de plomo”: mirar hacia otro lado, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.

El tercer camino pasa por la asunción acrítica de la narrativa del “conflicto vasco”, cuyo argumento central consiste en que los (invasores) españoles y los (invadidos) vascos llevan siglos sosteniendo una intermitente guerra étnica de la que ETA sería la última manifestación. Tal relato se presenta en dos variantes. Por un lado, la versión dura, que está en los cimientos intelectuales del terrorismo etarra y que lleva años propagándose desde el entorno cultural de la “izquierda abertzale” (patriota). Por otro lado, la versión blanda: la ambigua equidistancia entre “todas las violencias” (la de ETA y la del Estado) simétricas e igualmente responsables del drama, teoría que, utilizando el término de Martín Alonso, han promocionado organizaciones “etnopacifistas”1 como Elkarri, Lokarri y Baketik.

La cuarta alternativa es hacer un (eventualmente doloroso, pero cauterizador) examen crítico de nuestro pasado reciente. Para lograrlo, entre otras cosas, es indispensable divulgar lo máximo posible los trabajos que al respecto elaboran los historiadores y otros científicos sociales. Gracias a su seriedad, rigor y método, están entre los mejor capacitados profesionalmente para contar a la sociedad vasca las verdades incómodas, evitando que estas queden sepultadas por una visión del pasado sesgada y parcial: la ya mencionada narrativa del “conflicto vasco”. En tal sentido, durante el último lustro se han publicado bastantes obras de calidad referentes a ETA y sus secuelas, aunque la mayoría no han tenido la repercusión mediática que merecían. En esta recensión nos centraremos en seis de las últimas y más interesantes novedades editoriales.

Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo (2013) es una obra coordinada por José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez que recoge las actas de un simposio organizado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda en junio de 2012. La introducción se abre con interrogantes sobre el futuro del País Vasco como los que siguen: “¿Se hablará de terrorismo, de su retórica y del sufrimiento de las víctimas o se vindicará el nombre de los victimarios y se les exculpará del daño causado en aras de la construcción nacional”. Por otra parte, “¿de qué lado se pondrá la historia? Es más, ¿se recurrirá a la historia para dar cuenta del pasado reciente?” (p. 7) Este libro no pretende resolver tales dudas, pues únicamente el tiempo lo hará, pero sí nos brinda una valiosa orientación basada en experiencias relativamente similares a la de Euskadi, lugares que, a lo largo de todo el planeta, también han sufrido los traumas provocados por la violencia armada y el cambiante recuerdo a ella asociado. La finalidad de Construyendo memorias es, pues, dar a conocer desde una perspectiva multidiscplinar (sociología, ciencias políticas, filosofía e historia) “cómo han sido los combates por la memoria librados en otras partes. En concreto, (…) los contextos, los promotores, las estrategias y los resultados con la intención de trasladas las enseñanzas obtenidas a la realidad vasca” (p. 9). De tal manera, en sus páginas se realiza un estudio comparado de casos que arroja luz sobre lo que ocurre y puede llegar a ocurrir en un futuro cercano con la memoria y la historia del terrorismo en el País Vasco y Navarra.

En el primero de los capítulos de Construyendo memorias Reyes Mate indaga en la relación entre la brutalidad y la deshumanización durante el siglo XX, apostando por la centralidad de las víctimas sobre las que se ha construido la historia. Más adelante Elisabeth Jelin reflexiona sobre la conflictividad y las dictaduras militares que ha sufrido América Latina y las disputas por la memoria que se han entablado en las posteriores etapas democráticas. En el tercer epígrafe José María Faraldo analiza los diferentes y divergentes relatos que tras el final de la II Guerra Mundial se han ido imponiendo desde el poder en Polonia, uno de los países de Europa con un pasado reciente más convulso. En el cuarto, Carmen Magallón se centra en las mujeres como sujeto colectivo, así como en su experiencia como objeto de abusos contrarios a los derechos humanos. El quinto apartado, escrito por Eduardo González Calleja, trata sobre la Lost Cause, la nostalgia por la derrota sudista en la Guerra de secesión de los EEUU, su mutación y su instrumentalización política. Rogelio Alonso nos muestra las consecuencias del fin del terrorismo en Irlanda del Norte: la impunidad (jurídica, pero también moral) de los victimarios, la amnesia para con las víctimas, la perpetuación de una subcultura del odio sectario… De este caso extrae dicho autor una lección para el País Vasco: si se quieren evitar los errores cometidos en el Ulster, deslegitimar el terrorismo debe ser una prioridad absoluta. En el séptimo capítulo Santos Juliá examina la incompatibilidad entre memoria, historia y política en referencia al pasado reciente de España, destacando los usos espurios de las dos primeras por parte de la tercera. Luis Castells dedica el octavo epígrafe a deliberar acerca de la escritura de la historia del terrorismo en el País Vasco, haciendo una serie de propuestas metodológicas: disociar la investigación de la gestión pública de la memoria, sustituir el recuerdo del pasado por la de su examen y priorizar la búsqueda de la verdad sin que de ello se colija esquivar el compromiso cívico. Ander Gurrutxaga escribe sobre los lugares de memoria insertos en las particulares circunstancias de Euskadi. El último apartado consiste en un breve epílogo de Juan Pablo Fusi en el que enfoca a ETA como problema histórico pero también moral que exige “una historiografía plenamente independiente, una historiografía crítica, ajena a las exigencias emocionales del nacionalismo” (pp. 276-277).

Políticas de memoria. Qué, cómo y para qué recordar recoge las actas del XI Seminario Fernando Buesa, organizado por la Fundación Fernando Buesa y el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, que se celebró en Vitoria en noviembre de 2013. Su objetivo, como se advierte en sus primeras páginas consistía en empezar a “dedicar todos los esfuerzos posibles a construir el relato de lo que ha sucedido y elaborar una memoria colectiva plural, compartida y no manipulada. La memoria es el reconocimiento social y político de las injusticias y sufrimientos padecidos por las víctimas del terrorismo”. Como tal, la memoria servirá tanto para “ayudar una convivencia democrática plena” como para “la deslegitimización ética, social y política del terrorismo”, así como para reforzar “los principios y valores de un Estado de Derecho” (p. 6).

En la obra, coordinada por Eduardo Mateo y José Antonio Pérez, se transcriben las conferencias y los debates generados en torno a las cuatro mesas en las que se dividió el XI Seminario Fernando Buesa. En la primera Eduardo González Calleja y Martín Alonso, moderados por Raúl López Romo, dialogaron en torno a las políticas de memoria. En la segunda Jesús Loza y José Antonio Pérez, ejerciendo de moderador Antonio Rivera, lo hicieron sobre cómo abordar la memoria en el País Vasco. La mesa 3, presidida por José Ángel González, estuvo centrada en la reflexión sobre el largo y dificultoso camino del terrorismo a la convivencia. Participaron en ella Adriana Faranda y Manlio Milani. En la última mesa, la dedicada a las víctimas y los victimarios en la construcción de la memoria, Iñaki García Arrizabalaa e Iñaki Rekarte Ibarra expusieron sus recuerdos más personales, siendo acompañados por Gorka Landáburu. La invitación a Iñaki Rekarte, quien ha pasado una larga temporada en la cárcel por su pertenencia al comando Mugarri de ETA, puede resultar un tanto chocante, pero, a pesar de breve, se trata de un testimonio muy esclarecedor: acogido a la vía Nanclares, Rekarte es uno de los pocos etarras que se han arrepentido públicamente de su pasada militancia terrorista.

Al compartir hasta cierto punto temática y enfoque, Construyendo memorias y Políticas de memoria encuentran su complemento natural en El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática, obra colectiva coordinada por Martín Alonso. Al igual que las anteriores, recoge las actas de un seminario celebrado en 2012, organizado esta vez por la Fundación Fernando Buesa, la Fundación de Víctimas del Terrorismo y Bakeaz. Esta última, que también editó el libro, era una ONG que desde 1992 venía ejerciendo una excelente labor en el campo de la investigación y reflexión sobre pacifismo, derechos humanos y medio ambiente en el País Vasco. La falta de financiación ha obligado a cerrar Bakeaz en 2013, todo un (preocupante) síntoma de las prioridades de las instituciones públicas.

Volviendo a las páginas de El lugar de la memoria, hay que señalar dos bloques temáticos. Por un lado, los capítulos iniciales y finales del libro, que constituyen profundas y lúcidas reflexiones teóricas. En el primero, el prólogo, Martín Alonso aborda las nociones esenciales para adentrarnos en el complejo y controvertido debate sobre violencia, memoria y víctimas, al que regresa en el anteúltimo apartado, dedicado a las “Controversias en torno a la pedagogía política de le memoria democrática”. En el segundo, Xabier Etxeberria delimita el marco de referencia ético-filosófico de la construcción de un centro de memoria desde la perspectiva de la centralidad de las víctimas. Dado que, al igual que en Construyendo memorias, se han escogido situaciones con cierto grado de paralelismo con el fenómeno terrorista que ha sufrido el País Vasco, de las conclusiones de esta obra, recogidas por el propio Alonso, se derivan enseñanzas muy útiles para el asunto que nos ocupa. Los poderes públicos deberían tomarlas muy en cuenta si, atendiendo a las demandas de verdad, justicia y reparación, se plantean la creación de alguna especie de memorial sobre el drama acontecido en Euskadi.

La segunda parte del libro es un análisis comparado de diferentes lugares de memoria erigidos para dar testimonio de lo ocurrido, reconocer a las víctimas de la violencia política y, por medio de una metodología pedagógica, evitar la repetición de la barbarie. Pese a los muy diferentes contextos y formatos, las experiencias que se compendian en la presente obra no son más que las respuestas que distintas sociedades han dado a las mismas preguntas. ¿Cómo enfrentarse a un pasado oscuro? ¿Qué recordar? ¿Qué olvidar? ¿Quién lo debe hacer? ¿Cómo materializar esa memoria? ¿Para qué? ¿Para quiénes? ¿Qué escollos se han de evitar? No hay espacio para profundizar en ellos, pero merece la pena nombrar lo estudios de caso y sus autores. Eduardo Jozami escribe sobre el Centro Cultural de la Memoria Haraldo Conti de Buenos Aires. Ekaterina Abzalova nos guía por el Centro Conmemorativo de la Historia de la Represión Política “Perm-36”, un gulag soviético cerca de los Urales. Ricardo Brodsky relata la experiencia del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago de Chile. Con Nataša Joviĉić nos adentramos en el Museo Conmemorativo de Jasenovac, un campo de exterminio nazi que funcionó en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. Guido Vaglio nos acerca al Museo Extendido de la Resistencia, la Deportación, la Guerra, los Derechos y la Libertad de Turín. Y, por último, Montserrat Iniesta da cuenta de la configuración del Memorial Democrático de Cataluña.

Como El lugar de la memoria, nuestro siguiente libro fue editado de forma póstuma por Bakeaz. Se trata de Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, cuya autoría corresponde a Francisco Javier Merino, Izaskun Sáez de la Fuente y Galo Bilbao, con Josu Ugarte como prologuista. Al contrario que las otras dos obras, esta no versa sobre la memoria de la violencia, sino sobre una importante asociación que durante más de dos décadas y media ha impulsado en las calles del País Vasco las protestas populares contra los atentados terroristas de ETA, así como contra cualquier otra forma de violencia política: Gesto por la Paz de Euskal Herria2. Nacido en 1986 gracias a la inquietud de un sector de la ciudadanía que se movía en ciertos ambientes cristianos y/o de izquierdas, Gesto se disolvió en 2013 al considerar sus promotores que había terminado la razón de su existencia, o sea, que estaba próximo el fin de la banda etarra.

Francisco Javier Merino se ha ocupado de indagar en las líneas maestras de la historia de Gesto por la Paz: sus antecedentes (como las pioneras movilizaciones pacifistas del Partido Comunista de Euskadi en 1977), el contexto histórico en el que se generó este movimiento, su progresiva consolidación hasta 1992, su eclosión a partir de tal fecha, con las movilizaciones de masas contra los secuestros llevados a cabo por ETA, la pérdida de visibilidad que sufrió en la crispada etapa del lehendakari Juan José Ibarretxe, etc. Izaskun Sáez de la Fuente, responsable del proyecto de investigación que dio pie a Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, firma dos capítulos. En uno de ellos analiza el discurso ético-político de Gesto por la Paz, su evolución y adaptación, así como sus límites y ambigüedades. En el otro estudia el papel protagonista que ha jugado esta organización para sensibilizar a la ciudadanía sobre la existencia de la violencia de persecución que el nacionalismo radical ha ejercido contra sus adversarios políticos y determinados colectivos profesionales en el País Vasco. Se trataba de un drama que, a pesar de estar extendido y ser un fenómeno cotidiano, se mantenía oculto, siendo sus víctimas ignoradas. Por último, Galo Bilbao medita sobre el particular universo conceptual y moral de Gesto por la Paz, lo que nos permite comprender las actuaciones de sus miembros, su posicionamiento y su compromiso.

Si Una historia de coraje y coherencia ética era un acercamiento general, macro, a lo que ha supuesto Gesto por la Paz en el País Vasco, en Rompiendo el silencio: 25 urte bakegintzan (1988-2013) se hace un recorrido a pequeña escala por sus veinticinco años de actividad en Guernica-Lumo, donde adoptó el inequívoco nombre de Bakearen Arbola (Árbol de la Paz). José Ángel Etxaniz (Txato) se ha encargado del texto de este cuidado libro de 190 páginas y edición bilingüe, que destaca visualmente por sus numerosas fotografías e ilustraciones, lo que es de agradecer. Rompiendo el silencio trata, sobre todo, de la larga historia del grupo local de Gesto, desde su fundación en 1988 a su disolución oficial en 2013, aunque este trabajo es prueba patente de que sus antiguos miembros siguen militando por la paz. En sus páginas se describen los actos y campañas del movimiento pacifista guerniqués, como la denuncia de los secuestros de ETA mediante el lazo azul, sus relaciones con las instituciones, sus cuentas, etc. También hay espacio para un riguroso recuento de la violencia de persecución que sufrieron numerosos ciudadanos, entre ellos los que impulsaban Gesto, en un lugar tan emblemático como Guernica: la kale borroka, las pintadas, los insultos, las amenazas, etc. Por descontado, también se recuerdan los atentados mortales cometidos por la banda terrorista entre 1975 y 1987: nueve personas con nombre y apellidos.

A la obra le acompaña un cd-room en el que, además de la versión digital del libro, podemos encontrar diversas publicaciones de Gesto por la Paz, así como material documental y gráfico. Es, sin duda, una herramienta útil para los investigadores que pretendan estudiar este convulso periodo de nuestro pasado reciente, pero también para que, si tiene curiosidad, cualquier ciudadano conozca la intrahistoria de ese puñado de hombres (y mujeres) buenos que formaron Gesto por la Paz.

El lector de esta obra comprobará, si afina el oído, que los ecos de los atentados terroristas todavía no se han apagado. En ese sentido, es sintomático que, ignorando lo que es habitual cuando se trata del aniversario de otros grupos y asociaciones guerniqueses, la alcaldía de Guernica-Lumo, en manos de EH Bildu desde 2011, se haya negado a otorgar una subvención para publicar Rompiendo el silencio: 25 urte bakegintzan (1988-2013). Que el ayuntamiento de la “Ciudad de la Paz y la Cultura” desprecie hasta tal punto al movimiento pacifista es, por desgracia, reflejo fiel del sectarismo y la intolerancia que todavía anida en una parte de la sociedad vasca. Finalmente la obra pudo ser sufragada con una ayuda del Gobierno Vasco, la aportación desinteresada de antiguos socios y diversos donativos.

Relatos de plomo. Historia del terrorismo en Navarra, 1960-1986, es el primer fruto del trabajo de un equipo de investigación de la Universidad de Navarra dirigido por Javier Marrodán y compuesto por Gonzalo Araluce, Rocío García de Leániz y María Jiménez. Se trata de una obra realmente magnífica. Por un lado, por su visual, atractivo y imaginativamente diseñado continente, en el que destacan el uso de diferentes colores en cada página, la completísima selección de fotografías, las cronologías de cada fase histórica y los mapas de atentados. Por otro lado, por el estilo tan ágil y ameno con el que están escritas las crónicas, que es muy de agradecer en un tema como el que nos ocupa. Por último, por su contenido, en el que se hace un retrato al natural de la violencia etarra que ha sufrido la ciudadanía navarra.

Gracias al uso de abundantes fuentes bibliográficas, hemerográficas, judiciales y policiales (muchas veces inéditas), en Relatos de plomo se ha plasmado una relación pormenorizada de los atentados terroristas perpetrados en la comunidad foral desde 1960 a 1986, pasando por el primero de índole mortal: el que acabó con la vida del comandante de la Policía Armada Joaquín Imaz (26 de noviembre de 1977). Además, siguiendo la estela de la ya indispensable Vidas rotas (2010)3, el presente libro también enfoca su atención en las grandes olvidadas, las víctimas y muy especialmente en las familias de las cuarenta y dos personas asesinadas por ETA en la comunidad foral. En ese sentido, uno de los puntos fuertes del estudio es la inclusión de numerosas entrevistas personales que nos dibujan la dura realidad, pasada y presente, de las víctimas del terrorismo.

Con el mismo espíritu multidisciplinar, idéntica rigurosidad y un único hilo conductor, el de la memoria y la desmemoria de la violencia terrorista que ha infectado el País Vasco y Navarra, los títulos reseñados son una muestra de lo que la historiografía, las ciencias sociales y el periodismo de investigación son capaces de aportar a la sociedad en un momento en el que, como ahora, se debate en la disyuntiva de cómo cerrar las heridas y qué hacer con su espinoso pasado. Todos estos libros resultan útiles: nos dan pistas sobre el camino más idóneo y nos advierten sobre aquellos que deberíamos evitar. Escucharlos o no es una decisión que queda en manos de los ciudadanos y sus representantes políticos.

Gaizka Fernández Soldevilla

Fuente: Grande Place, nº 2, 2014.

1 Martín Alonso (2009): “La razón desposeída de la víctima. La violencia en el País Vasco al hilo de Jean Améry”, Escuela de Paz, nº 18.

2 Sobre esta asociación existe otra obra reciente: Ana Rosa Gómez Moral (2013): Un gesto que hizo sonar el silencio. Bilbao: Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria. Además, la doctoranda de la UPV Irene Moreno está actualmente realizando una tesis doctoral sobre el mismo tema.

3 Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García (2010): Vidas rotas. Historia de los hombres, mujeres y niños víctimas de ETA. Madrid: Espasa.

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Documental «Los años de plomo» sobre la Transición y el terrorismo

Pueden verlo aquí

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Convocatoria del VI CONGRESO INTERNACIONAL «HISTORIA DE LA TRANSICIÓN EN ESPAÑA»

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La segunda parte de la VI Asamblea de ETApm y sus consecuencias (1975)

En enero de 1975 ETApm celebró la segunda parte de la VI Asamblea, en la que se aprobó la reestructuración de la organización de acuerdo con el modelo político-militar y se asumió oficialmente que la situación de España, lejos de ser prerrevolucionaria, como se sostenía con anterioridad, era la antesala de una «democracia burguesa», que se suponía iba a ofrecer unas condiciones «infinitamente preferibles al fascismo». Siguiendo el ejemplo de los tupamaros, ETApm apostó por combinar dos líneas de actuación: «política de masas» y «lucha armada». Por un lado, el grupo debía incidir primordialmente en el movimiento obrero y promover la creación de «movimientos de masas» que fueran conformando un contrapoder popular al Gobierno. Aparecía así bosquejado el proyecto de un Estado vasco paralelo a la Administración española, con su propia recaudación, su justicia, etc. Así se explica el nuevo vocabulario que se introdujo: «impuesto revolucionario» (la extorsión económica a los empresarios vascos, que dio comienzo en 1975), «cárceles del pueblo», etc. Por otro lado, la dirección de ETApm consideró que «la concentración de las fuerzas enemigas» en Euskadi hacía inviable una «insurrección general». A corto plazo se descartaba el objetivo que se había propuesto la línea anticolonialista desde mediados de la década de 1960: derrotar militarmente al «Estado español». Los polimilis abandonaron oficialmente la estrategia de acción-reacción y adoptaron la de «la guerra de desgaste», que consistía en presionar al Gobierno por medio de atentados terroristas hasta forzar una negociación política. Únicamente después, desde una posición de fuerza, se pasaría a una segunda etapa: la guerra convencional .
No obstante, la dirección de ETApm no interiorizó el análisis político que había hecho en la asamblea (ni sus consecuencias). Por ejemplo, poco después se afirmaba que «la situación actual (…) es francamente pre-revolucionaria». Además, no consiguió avances ni en la «política de masas» ni en la «lucha armada». La organización era incapaz de tener una presencia significativa en el movimiento obrero, en el que compartían protagonismo el EPK y la extrema izquierda, que estaba pasando por una etapa de apogeo en Euskadi y contaba con una notable influencia en CCOO, los centros de enseñanza y las asociaciones de vecinos. Por ejemplo, en diciembre de 1974 se convocaron dos huelgas generales en el País Vasco, cuyos resultados sirven de radiografía de la diferente implantación de los polimilis y de los partidos leninistas: la primera convocatoria (los días 2 y 3), auspiciada por ETApm y secundada por LAIA, tuvo una respuesta tibia; sin embargo, la del 11 de diciembre, organizada por el MCE, la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) y otros grupos, pero sin el apoyo del EPK (ni del nacionalismo radical), alcanzó una gran trascendencia. Incluso el Gobierno Civil de Guipúzcoa tuvo que admitir que «desde un punto de vista realista» había resultado «un éxito» . También lo consideraron así algunos dirigentes de la «izquierda abertzale», como Pertur, que quedaron deslumbrados por la disciplina, la preparación política y la capacidad de movilización de la extrema izquierda. Se achacaron los buenos resultados de la huelga del 11 de diciembre a dos modelos organizativos ajenos a la tradición etarra: el de las CCOO y el del partido de corte bolchevique .
A ETApm tampoco le fue mejor en el campo de la «lucha armada». Incapaces de asumir el novedoso giro estratégico de «la guerra de desgaste», los polimilis se dejaron llevar por la inercia de la espiral de acción-reacción que habían heredado de ETA V. Siguiendo dicha lógica, la organización comenzó 1975 con ataques a la Guardia Civil. En abril fue detenido Goiburu, miembro del Comité Ejecutivo de la banda. El gabinete de Arias Navarro aprovechó tal circunstancia para declarar un estado de excepción en Vizcaya y Guipúzcoa. Abandonando toda cautela, los polimilis se marcaron el objetivo de llevar a cabo una intensa campaña terrorista en toda España. Reeditando la Triple Alianza (1923) en la que había participado Aberri, el 1 de mayo ETApm había firmado con otros dos grupos nacionalistas radicales de la periferia peninsular una declaración conjunta en la que se apostaba por una estrategia y una alternativa comunes. Sus socios eran el catalán PSAN-p, el Partit Socialista d’Alliberament Nacional-provisional (Partido Socialista de Liberación Nacional-provisional), una escisión extremista del PSAN, y la UPG, Unión do Povo Galego (Unión del Pueblo Gallego). Con todo, bajo la fachada de la solidaridad «internacionalista» contra el enemigo común, ETApm ocultaba el plan de extender su base de operaciones a otros puntos de España. Se trataba de fomentar focos insurreccionales alejados del País Vasco para descentralizar la represión policial, un proyecto inspirado en las teorías de Ernesto Ché Guevara. Con el fin de reproducir el «conflicto» la organización envió comandos a Madrid, Cataluña y Galicia, donde, con la colaboración del PSAN-p y de la UPG, se prepararon una serie de atentados terroristas. Sin embargo, de entre todas las acciones planeadas, únicamente se llevó a cabo la fuga de la cárcel de Segovia (la operación Pontxo) que, a la postre, resultó un estrepitoso fiasco. En el verano de 1975 el resto de la campaña de ETApm fue súbitamente abortada por un acontecimiento imprevisto, que explica por qué el año terminó con solamente dieciséis víctimas mortales del terrorismo abertzale (los polimilis causaron cuatro, los milis doce) .
A principios de 1974 el SECED (Servicio Central de Documentación) había conseguido infiltrar en ETA a uno de sus agentes, Mikel Lejarza (Gorka para sus compañeros etarras, Lobo para la agencia de espionaje). Cuando milis y polimilis se separaron, sus superiores decidieron que Lobo permaneciera en ETApm, ya que era la rama mayoritaria y con más potencial. En poco tiempo Lejarza logró ser nombrado responsable de la infraestructura de la organización. Por consiguiente, el servicio secreto estaba perfectamente informado de los planes y la ubicación de los comandos desplegados por ETApm para la campaña terrorista de 1975. A finales de julio las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pusieron en marcha la operación Lobo y el 26 de agosto el Gobierno de Arias Navarro aprobó un nuevo Decreto-ley antiterrorista que concedía poderes excepcionales a la policía. El resultado global fue la casi total desarticulación de ETApm, así como de las fuerzas nacionalistas radicales de la periferia con las que se había aliado. Se detuvo a decenas de polimilis, entre los cuales destacaban los principales líderes de la organización, Mujika Arregi y Pérez Beotegui. Tocada y casi hundida, ETApm apenas mantenía operativo un comando. Al año siguiente tuvo que admitir que en 1975 «cometimos el error de intentar dar golpe por golpe y perdimos» .
ETApm necesitó sentir en su propia piel las dentelladas de la operación Lobo para comprender que Euskadi no era Uruguay. Importar esquemas revolucionarios de Latinoamérica a Europa llevaba al desastre. Sobre todo, como era el caso, cuando se elegía un modelo que ya había fracasado en su lugar de origen. Y es que, gracias a la labor del servicio secreto, la infiltración policial, la defección de algunos de sus miembros y la actuación del ejército uruguayo, la guerrilla urbana de los tupamaros había sido prácticamente aniquilada en 1972. (Tampoco Uruguay era Cuba. Es más, como había descubierto el Ché Guevara en 1967, ni siquiera Bolivia era Cuba).

Tres polimilis fueron sentenciados a muerte, aunque a uno de ellos, José Antonio Garmendia (Tupa), que sufría las graves secuelas de una herida en la cabeza, se le conmutó la pena capital por cadena perpetua. La oposición antifranquista orquestó una masiva campaña de movilizaciones para salvarles la vida. Las protestas se extendieron por toda Europa e incluso el Vaticano pidió clemencia para los condenados. Sin embargo, al contrario de lo que había ocurrido durante el proceso de Burgos, el tan ansiado indulto no llegó nunca. El crepúsculo del franquismo era un remedo de sus sangrientos orígenes: en acertada expresión de Pau Casanellas, la dictadura murió matando. Los polimilis Juan Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegi (Azpeiti) fueron fusilados el 27 de septiembre junto a tres militantes del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota).

Según la Memoria del Gobierno Civil de Guipúzcoa de 1975, AHPG, c. 3680/0/1, durante el mes de septiembre se vio agitada por numerosos paros y huelgas auspiciadas por «la gran campaña propagandística desatada en esta Provincia por los diferentes partidos y organizaciones políticas de la oposición». La más numerosa fue la del día 29, en la que participaronn un total de 47.568 personas. Los asesinatos legales de septiembre fueron inmortalizados por el cantautor Luis Eduardo Aute, que se inspiró en los fusilamientos para componer «Al alba». Según un informe policial, ETApm estudió la posibilidad de liberar a los condenados, aunque el plan fue frustrado por la detención del comando.

Si bien la actuación policial casi había acabado con la rama más potente de ETA, la polimili, la falta de piedad de Franco había proporcionado una valiosa baza al nacionalismo radical, que recuperó el apoyo de las fuerzas de izquierda, reforzó su discurso victimista e incrementó su popularidad entre la juventud vasca2. Las balas del pelotón de fusilamiento transformaron a Txiki y Otaegi en símbolos extremadamente útiles para la «izquierda abertzale». Ya en septiembre una carta de la dirección etarra a la familia de Paredes Manot, parafraseando a Tertuliano, lo nombraba «un héroe del pueblo, cuya sangre será fértil simiente». Txiki era precisamente la figura más atractiva para la publicidad política. Había nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz) y, por tanto, encarnaba al inmigrante comprometido con ETA, al «español» transformado en «vasco». Telesforo Monzón, su más ferviente propagandista, instrumentalizó su sacrificio como ejemplo a seguir para los otros muchos trabajadores provenientes del resto de España. La elevación de Txiki y Otaegi a la categoría de mártires de la patria dio comienzo en 1976, en el primer aniversario de los fusilamientos, cuando las fuerzas de oposición a la dictadura declararon una huelga general unitaria.

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Iñaki Martínez, finalista del Premio Nadal

El bilbaíno Iñaki Martínez, exdirigente de EIA, es uno de los finalistas del Premio Nadal, que se fallará esta medianoche en Barcelona. Más información aquí. Portavoz de EIA y luego dirigente de la guerrilla salvadoreña (entre otras muchas cosas, como abogado, consul, escritor, etc.), el testimonio de Iñaki fue crucial para mi tesis doctoral. Fue generoso con su tiempo y sus recuerdos y, sobre todo, muy sincero. Tuve el placer de leer su primera novela y pude constatar la calidad con la que escribe, así que le deseo mucha suerte desde aquí para esta nueva obra, que ojalá reciba el premio Nadal esta noche.

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Felix Ovejero: «La Historia contra la termodinámica», El País, 5-I-2015

Interesante artículo de Felix Ovejero que pueden leer aquí.

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No sólo fue “Rock Radical Vasco”. La situación socio-política de la década de 1980 a través de las canciones de Eskorbuto, La Polla, R.I.P y Cicatriz

Eclectica3En el último número de la revista Ecléctica aparece este interesante artículo de David Mota y Eneko Segura.

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Reseña de «Héroes, heterodoxos y traidores» en el último número de la revista «Nazioni e Regioni»

Nazioni-e-Regioni-42014-2El historiador italiano Marco Perez ha escrito una amabilísima recensión de mi tesis Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994) que pueden leer aquí, en el último número de la revista Nazioni e Regioni

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Recensión de «Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Álava» de Javier Gómez

Javier Gómez Calvo: Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Álava, Madrid, Tecnos, 2014, 381 pp. Prólogo de Antonio Rivera

portadamatarpurgarsanarTodo lo que rodea a las víctimas de la Guerra Civil y la inmediata posguerra está envuelto en la polémica. Al igual que otros episodios sórdidos de nuestro pasado reciente, como ha sido el caso del terrorismo etarra, se trata de una herida abierta. Según algunos, nunca llegó a cerrarse. Según otros, curó en la Transición, pero la han vuelto a infectar. De cualquier manera, no es raro que el tema aparezca en discursos políticos y mediáticos, que a menudo tienden a la simplificación y el maniqueísmo, lo que resulta arriesgado siempre, pero más en lo que se refiere a una cuestión tan delicada como la que nos ocupa. Quienes mejor capacitados están para escribir y divulgar un relato fidedigno sobre la contienda y sus dramáticas consecuencias son, o deberían ser, los historiadores.

No son pocos los que se han enfrentado al reto, aunque lo han hecho con muy desigual fortuna. Así, encontramos de todo en la amplísima bibliografía sobre la maquinaria punitiva de los sublevados. Por un lado, a escala local y regional ha ido apareciendo un creciente número de trabajos académicos sobre la represión franquista, aunque todavía hay zonas por investigar y hacen falta obras de síntesis. Por otro lado, también existe una literatura que transmite una versión distorsionada de nuestro pasado reciente. Pese a su escaso rigor metodológico, este tipo de lectura tendenciosa de los acontecimientos cuenta con un público fiel: aquel que busca ver confirmadas sus ideas preconcebidas. La instrumentalización de las víctimas de la Guerra Civil no es patrimonio exclusivo de ningún movimiento político, pero es evidente que tal tendencia fue inaugurada por la propaganda franquista, que estuvo siempre empeñada en minimizar las represalias de los sublevados y magnificar las desatadas en la zona controlada por el bando republicano. Con argumentos similares, aunque décadas después, han surgido, a decir de Javier Gómez Calvo, “profesionales de la polémica que, desde una historia militante caduca y poco edificante, han resucitado tesis neofranquistas” (p. 34).

En el caso concreto del País Vasco y Navarra, además, topamos con la maquinaria publicitaria del entorno del nacionalismo vasco radical, que ha editado cuantiosas publicaciones sobre el conflicto bélico. Su objetivo último es reinventar la historia de Euskadi para que encaje en los estrechos márgenes de la narrativa de un secular “conflicto” entre vascos y españoles. Desde tal perspectiva, la Guerra Civil no fue más que una nueva invasión española: el penúltimo capítulo de la larga lucha de la nación vasca por recuperar su perdida independencia. En ese sentido, la literatura y algunas asociaciones vinculadas a la autodenominada “izquierda abertzale” han pretendido “vampirizar”, por emplear la expresión de Jesús Casquete, la memoria de los perdedores: a los gudaris del PNV, ELA o ANV se los presenta como antecesores directos de los militantes de la organización terrorista ETA mientras que no se duda en tomar prestados a los milicianos republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas vascos a la hora de contar sus propias víctimas para demostrar la naturaleza étnica de la conquista y el posterior genocidio a manos de los “españoles”.

Aunque su caso es diferente a las dos corrientes anteriormente descritas, ya que no se engloba en la categoría de literatura histórica militante, tampoco son satisfactorias las conclusiones de la que Gómez Calvo denomina “historiografía exterminista”. Obsesionada por las cifras de muertos, mantiene que “el franquismo fue inmutable en el ejercicio de la represión por terminar como empezó (matando)”, aunque irónicamente otra de sus máximas es que, tras la contienda, “no queda nadie” a quien eliminar (p. 33).

En Euskadi la historiografía profesional ha tardado en acercarse al tema que nos ocupa, con la excepción de los magníficos trabajos de Pedro Barruso y un artículo de Francisco Espinosa1. Se suma a ellos Matar, purgar, sanar, la versión divulgativa de la tesis de Javier Gómez Calvo, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco e investigador postdoctoral en el Instituto Universitario de Lisboa. Como advierte Antonio Rivera en el prólogo de la obra, es uno de los más brillantes representantes de la nueva generación de historiadores vascos. Lo ha demostrado en capítulos de libros colectivos y artículos publicados en revistas académicas como Sancho el Sabio o Historia Contemporánea.

Sólidamente anclado en la heterogeneidad de las fuentes, muchas de ellas inéditas (como las custodiadas en la prisión de Vitoria o el archivo militar de Ferrol), esta obra nos aclara cómo, cuándo y por qué se desarrolló la revancha de los rebeldes en la provincia de Álava durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra. Por ejemplo, Gómez Calvo señala que la represión franquista no fue uniforme en el tiempo y en el espacio. Tampoco, pese a lo que mantienen algunos defensores de la tesis exterminista, los sublevados pretendían llevar a cabo un auténtico genocidio. Entre otras cosas, les habría resultado materialmente imposible. No hubo, por tanto, un “Holocausto” propiamente dicho. Y es que prescindir de este tipo de palabras no implica relativizar los efectos de la represión, sino apostar por un muy necesario rigor conceptual. Verbigracia, entre 1936 y 1945 la maquinaria represiva asesinó al 0,18% de la población total de Álava. No se trata de minimizar el dato, porque un solo muerto ya es demasiado: fueron 193 víctimas mortales con nombre y apellidos. Ahora bien, no es de rigor comparar tal cifra con los millones de judíos asesinados por el III Reich alemán, el genocidio armenio o el “autogenocidio” camboyano a manos de los jemeres rojos.

En palabras de Javier Gómez, “es incuestionable que la violencia fue un pilar del régimen franquista, duro e implacable con el enemigo, pero Franco no perseguía la aniquilación de éste, si por aniquilar se entiende, volviendo al diccionario, destruir o arruinar enteramente, sino en otro sentido: reducir a la nada. Parece lo mismo, pero no lo es. Porque de lo que se trataba era de afirmar una realidad nacida a la contra, sin que fuera necesario matar al conjunto de la población desafecta. Por el contrario, era preciso que todos se integraran en ella asumiéndola para dar lugar a un país de vencedores y vencidos” (p. 41).

Gómez Calvo no se dedica exclusivamente a “contar muertos”, entre otras cosas porque la represión franquista no se limitó a las ejecuciones. Según el autor de Matar, purgar, sanar, existió un relativamente amplio repertorio de medidas punitivas que no siempre traían aparejada la muerte del considerado como enemigo. Con el paso de los meses, la represión evolucionó desde los asesinatos extrajudiciales (la “justicia en caliente”) a la judicialización, pasando por multas, destierros y procesos de depuración profesional. La mutación de los castigos respondió a diversos factores que aquí me limito a enumerar, pero que el autor trata con detalle: el contexto (tanto externo como interno), la arbitrariedad de algunos de los sujetos implicados, las conveniencias sociales, las necesidades del ejército sublevado o la política de las nuevas autoridades que habían sustituido a las legalmente constituidas.

Los ajustes de cuentas del franquismo tampoco afectaron por igual a todos aquellos alaveses a los que los vencedores tenían como adversarios. Los republicanos sufrieron una dura represión económica y física. Esta última también afectó al movimiento obrero: muchos socialistas y, sobre todo, comunistas y anarquistas, fueron encarcelados y/o ejecutados. Debido a su conservadurismo y catolicismo, el trato que recibieron los nacionalistas vascos fue relativamente más benigno que el reservado a los vascos de izquierdas. “Sólo un militante del PNV, partido que representaba electoralmente al 20 por 100 de la población alavesa a la altura de 1936, fue asesinado por orden directa del mando militar. Las “raíces del Mal” las encarnaban quienes alteraban el orden y no quienes tenían tantos motivos para abrazar la causa de los sublevados como para rechazarla: los nacionalistas vascos. Por eso nunca convino al régimen tratar a los nacionalistas de la misma manera que a los militantes de los partidos que componían el Frente Popular” (p. 322). Ahora bien, la persecución económica en forma de multas, incautación de bienes y sanciones impuestas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas se cebó especialmente en los jeltzales, quienes fueron obligados a pagar en mayor medida que el resto de expedientados.

Gómez Calvo esquiva hábilmente trampas en las que otros trabajos sobre la represión franquista han caído: la justificación, minimización o relativización de las medidas punitivas de los sublevados; las simplificaciones, los maniqueísmos o el presentismo; la utilización de la historia (o la memoria) como arma política; y, por último, “los libros en los que se explica con minuciosidad de forense y recreación sensacionalista en el detalle (…), en los que no se ahorra en la descripción de los pormenores de cada crimen, pero sin ninguna vocación interpretativa” (p. 24). Tal y como afirma Antonio Rivera, el autor vuelve “a los principios de nuestra profesión: explicar el porqué de las cosas (…) atendiendo a sus contextos espaciales y temporales” (p. 15). Sin dobles intenciones. No es tarea sencilla, sobre todo en un tema tan espinoso como este. No obstante, el autor lo logra con creces, ya que Matar, purgar, sanar es un libro de historia honesto, serio, riguroso y bien documentado: en síntesis, una obra académica. Sin embargo, Javier Gómez demuestra que el método científico no tiene por qué estar reñido con un estilo literario atractivo. Resultará una lectura amena no solo a los especialistas, sino también a un público bastante más amplio. Matar, purgar, sanar combina, por tanto, la divulgación de unos contenidos imprescindibles para conocer la Guerra Civil y la posguerra en el País Vasco con el placer de la lectura.

Fuente: Spagna Contemporanea, nº 45, 2014.

1Pedro BARRUSO BARES (2005): Violencia política y represión en Guipúzcoa durante la guerra civil y el primer franquismo (1936-1945), San Sebastián, Hiria; y «La represión en las zonas republicana y franquista del País Vasco durante la Guerra Civil», Historia Contemporánea, nº 35, 2007, p. 653-681. Véase también Francisco ESPINOSA MAESTRE: «Sobre la represión en el País Vasco», Historia Social, nº 63, 2009, p. 59-75. Puede consultarse una versión revisada y mejorada de este último artículo en <http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2914416>

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