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La “Marcha por la Libertad” y la ruptura de la primera KAS en agosto de 1977

En julio de 1977 las gestoras pro amnistía convocaron la «Marcha por la libertad»: cuatro columnas que, tras recorrer el País Vasco y Navarra, desembocaron en Pamplona. Se trataba de una iniciativa unitaria y transversal, apoyada por numerosos partidos nacionalistas y de izquierdas (pero no por el PNV ni el PSE), cuyo objetivo oficial era exigir un estatuto de autonomía para Euskadi y la amnistía general para los «presos políticos». No obstante, la concentración de miles de jóvenes entusiastas, receptivos e impresionables en una coyuntura de exaltación patriótica, fue aprovechada por la «izquierda abertzale» para difundir su discurso. Siguiendo a Florencio Domínguez, hasta ETAm se dedicó a reclutar nuevos activistas. Durante la Marcha afloró la rivalidad entre EIA, por un lado, y HASI, LAIA y ETAm, por el otro. El precipitante de la querella fue el papel de los extrañados, que, tras regresar clandestinamente a España, se habían convertido en las fulgurantes estrellas del nacionalismo radical, un inestimable capital simbólico. Mas, como comprobó HASI, «no eran personas neutrales sino mayoritariamente pertenecientes a la tendencia EIA». Equilibrando la balanza, Telesforo Monzón, que ejerció motu proprio como patriarca de la Marcha, se inclinaba hacia ETAm. Los extrañados reaparecieron públicamente en un acto conjunto en el colegio de los jesuitas de Durango. Luego, acudieron en peregrinaje a las tumbas de los mártires de ETA (Txabi, Txiki, Otaegi, etc.), ante las que cantaron el Eusko Gudariak. Tampoco faltaron al homenaje a Pertur en el velódromo de Anoeta que organizó EIA, y en el que, según la prensa, hubo entre quince y veinte mil asistentes, prueba del atractivo popular que habían adquirido los héroes de ETA. A finales de agosto, tuvo lugar el acto de clausura de la marcha a las afueras de Pamplona. A pesar de la irregular situación de los extrañados, el Gobierno Suárez se abstuvo de intervenir.
La Marcha había sido una prueba de los progresos de la «izquierda abertzale», pero también había demostrado su irreparable descomposición. KAS había fallecido con las elecciones de junio, solo restaba oficiar su funeral. ETAm ya había advertido en un Zutik de julio que EIA «camina hacia la ruptura de la unidad del sector abertzale». El 16 de agosto se convocó un encuentro con el pretexto de discutir, entre otras cuestiones, una propuesta sobre los futuros comicios municipales. Pero el orden del día fue alterado, ya que la reunión era, en realidad, una encerrona contra EIA y ETApm. Acaudillados por ETAm, el resto de miembros de la coordinadora (HASI, LAIA, ASK, los berezis, etc.) dieron un ultimátum a EIA: o se sometía a KAS y acababa con sus relaciones con las «organizaciones españolistas» o iba a ser expulsado. Al partido se le concedió un plazo de quince días para tomar una decisión. No obstante, la decisión ya estaba tomada: la dirección de HASI, como queda reflejado en Barnekoa, decidió «suspenderlos, no echarlos (no crear mártires)». En el siguiente boletín legitimaba ante sus bases la suspensión de relaciones con EIA con el apoyo de ETAm y los berezis y planteaba una estrategia conjunta con LAIA contra EIA.
El día 30 tuvo lugar la última reunión de KAS en la iglesia de Sokoa (País Vasco francés). Los berezis atacaron a EIA y ETAm exigió su inmediata salida. Según Uriarte, Dolores González Katarain (Yoyes), la entonces mano derecha de Argala, afirmó que «si [los de EIA] se quieren marchar, que se marchen. No son más que unos traidores». Los delegados del partido, con el respaldo de ETApm y la mayoría de LAB, se aferraron a su autonomía: «EIA está de acuerdo con la política realizada hasta el momento y no se va a echar para atrás de nada y no admitiremos que se nos fiscalice (…). No estamos dispuestos a renunciar a Euskadiko Ezkerra de ninguna forma». Tras un receso, los representantes de LAIA y HASI leyeron un comunicado preparado de antemano. «Suspendían» sus relaciones con EIA. En otras palabras, la formación había sido desalojada de la coordinadora, que quedó bajo control de ETAm. Unos meses después, Mario Onaindia zanjaba el asunto: no estar en KAS «es algo que no nos preocupa en absoluto. Creemos que la iniciativa de la Koordinadora (…) acabó el 15 de junio».
Dentro de EIA la ruptura de KAS no supuso ningún trauma. Por ejemplo, la sección vizcaína del partido aprobó positivamente la salida de KAS, ya que «es hoy inoperante y fiscalizador (…). El KAS es hoy un chantaje al pueblo, ya no sirve para la unidad». Unos meses después delegados de EIA y ETAm tuvieron una entrevista. Los milis acusaron al partido de hacer una política «cada día más reformista». Los representantes de EIA explicaron que intentaban llegar «a otros sectores sociales» y que «aceptar el programa y volver a KAS les encerraría de nuevo en un marco muy estrecho para actuar y además esto último lo ven casi imposible por todo lo que ha sucedido, pero sobre todo porque les encerraría». LAIA también se reunió con el partido de Onaindia. Su acertada conclusión fue que «no vimos ni la menor intención por parte de EIA de cambiar de postura respecto al KAS, sino que se reafirmarán en romper con tal organismo e intentar ser ellos el epicentro de todas las alianzas y no el KAS.

Bibliografía básica
APALATEGI, Jokin (dir.) (1978): Marcha de la Libertad. Zarauz: Elkar.
DOMÍNGUEZ IRIBARREN, Florencio (1998): ETA: Estrategia organizativa y actuaciones, 1978-1992. Bilbao: UPV-EHU.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y LÓPEZ ROMO, Raúl (2012): Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.
LETAMENDIA, Francisco (1994): Historia del nacionalismo vasco y de ETA. San Sebastián: R&B. 3 vols.
ONAINDIA, Mario (2004): El aventurero cuerdo. Memorias (1977-1981). Madrid: Espasa.
URIARTE, Eduardo (2005): Mirando atrás. Del proceso de Burgos a la amenaza permanente. Barcelona: Ediciones B.

Documentación básica sobre la ruptura de KAS
La versión de la facción maximalista de la «izquierda abertzale» en «HASI y LAIA informan sobre KAS», X-1977, y en Punto y Hora, nº 53, 15 al 21-IX-1977. Los cuatro miembros de LAB que acudieron a la reunión de KAS defendieron a EIA y cuestionaron las actas que había tomado el otro sector de la «izquierda abertzale» («Correcciones al acta del KAS de la reunión del 30 de agosto de 1977»). La versión de ETApm en Kemen, nº 16, 1977. La versión de EIA en Boletín interno de EIA, nº 6, 1977, e «Informe de la reunión de KAS del 30 de agosto», 1-IX-1977.

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‘Memorias de la violencia’ reúne testimonios de intelectuales víctimas de atentados, las amenazas y el acoso de ETA

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Los orígenes de KAS, la Koordinadora Abertzale Sozialista

KAS, Koordinadora Abertzale Sozialista (Coordinadora Patriota Socialista), procedía de un «comité coyuntural» creado en el verano de 1975 por ELI, Eusko Langile Indarra (Fuerza Trabajadora Vasca), un efímero grupúsculo de Rentería, para organizar la campaña contra las ejecuciones de Txiki y Otaegi. Tras constatar las posibilidades que brindaban esos encuentros, se decidió consolidar la relación. KAS estaba formado por tres miembros de pleno derecho: LAIA, Langile Abertzale Iraultzaileen Alderdia (Partido de los Trabajadores Patriotas Revolucionarios), EHAS, Euskal Herriko Alderdi Sozialista (Partido Socialista de Euskal Herria), y ETA político-militar. Además, contaba con algunos miembros consultivos (con voz, pero sin voto): los sindicatos LAB y LAK. Posteriormente EIA, Euskal Iraultzarako Alderdia (Partido para la Revolución Vasca), se unió a los primeros y a los segundos se sumó ASK, Abertzale Sozialista Komiteak (Comités Patriotas Socialistas). El estatus de ETA militar no estaba tan claro. Aunque, en consonancia con la marginación de la actividad política que había anunciado en 1974, oficialmente se conformaba con dar su apoyo externo, lo cierto es que los delegados milis participaban activamente en muchas de las reuniones de KAS y su influencia, como queda bien reflejado en las actas, era más que notable. Al fin y al cabo, todos coincidían en que el liderazgo carismático de la «izquierda abertzale» correspondía legítimamente a ETA. Bien es cierto que esta se hallaba dividida en dos ramas, pero para LAIA y EHAS sus preferencias estaban bastante claras: mientras que ETAm les cedía la arena política, ETApm no hacía lo propio. En cualquier caso, ni unos ni otros fueron capaces de consensuar las funciones de KAS. Para LAIA y ETAm la coordinadora debía convertirse en un órgano soberano con la atribución de marcar la estrategia de todo el nacionalismo radical. En cambio para ETApm únicamente se trataba de un foro de discusión cuyas decisiones no eran vinculantes. Reflejando la correlación de fuerzas del momento, la propuesta de los polimilis acabó imponiéndose: KAS se definió en agosto de 1975 como una «coordinadora consultiva preferente para la acción» y una «mesa permanente de debate1.

Un año después, el 18 de agosto de 1976, se formalizó con la firma de un manifiesto, basado en un borrador que había presentado ETApm. Se expuso por primera vez un documento que posteriormente iba a tener un largo recorrido, muy ligado a la trayectoria de ETAm, aunque por aquel entonces no se le dio excesiva importancia. Se trataba de la denominada «Alternativa KAS», el programa táctico de la coordinadora para «Euskadi sur», que recogía las condiciones mínimas que se exigían al Gobierno para dar por válida la Transición: libertades democráticas, amnistía, disolución de los «cuerpos represivos», reconocimiento del derecho de autodeterminación, autonomía provisional, bilingüismo y mejora de condiciones laborales y de vida de los trabajadores2.

Antes, en diciembre de 1975, cuando las críticas del resto de grupos a algunos de sus últimos atentados se hicieron públicas, ETApm había hecho una primera valoración de KAS: «Ya es hora», se quejaban los polimilis, «de decir claramente que la izquierda abertzale no está a la altura de sus responsabilidades frente a Euskadi», porque «constituye un mosaico de tendencias», que son «tan diferentes» que «resulta imposible aglutinarlas tras unos objetivos comunes». La desilusión de ETApm estaba justificada. En palabras de Jon Idigoras, «el trauma de las escisiones y las diferencias personales brotaban muchas veces en las reuniones, hasta el punto de que las discusiones terminaban en un monumental escándalo de gritos». Según Natxo Arregi, líder de EHAS, los encuentros consistían en «eternas y estériles discusiones entre ETAm, ETApm y LAIA, no precisamente sobre la política a seguir, pues se derivaba así como casi siempre a culpas pasadas que unos y otros se imputaban y echaban a la cara». Durante sus tormentosos dos primeros años de vida, lejos de convertirse en la alianza estratégica del nacionalismo radical, KAS consistió en una serie de tormentosos encuentros entre organizaciones y partidos enfrentados por las heridas del pasado, las rivalidades del presente y los divergentes proyectos para el futuro. De hecho, KAS no funcionó con efectividad hasta que, tras la expulsión de ETApm y EIA en 1977 y de LAIA en 1979, ETAm consiguió tomar el control absoluto3.

Bibliografía

ARREGI, Natxo (1981): Memorias del KAS (1975-1978). San Sebastián: Hordago.

CASANELLAS, Pau (2014): Morir matando. El franquismo ante la práctica armada, 1968-1977. Madrid: Los Libros de la Catarata.

CASTRO, Raúl (1998): Juan María Bandrés. Memorias para la paz. Madrid: Hijos de Muley-Rubio.

FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.

FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y LÓPEZ ROMO, Raúl (2012): Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos.

IDIGORAS, Jon (2000): El hijo de Juanita Gerrikabeitia. Tafalla: Txalaparta.

JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Juan Carlos y LÓPEZ ADAN, Emilio (1989): Organizaciones, sindicatos y partidos políticos ante la Transición: Euskadi 1976. San Sebastián: Eusko Ikaskuntza.

LETAMENDIA, Francisco (1994): Historia del nacionalismo vasco y de ETA. San Sebastián: R&B. 3 vols.

SULLIVAN, John (1988): El nacionalismo vasco radical, 1959-1986. Madrid: Alianza.

1 «Nota a KAS» y «Comunicado de fundación del KAS», 1-VIII-1975, en Hordago (1979, vol. XVII: 482 y 483). Las distintas propuestas sobre KAS en Hordago (1979, vol. XVII: 507-515) y Sugarra, nº 3, IV-1976. Hay constancia de que dos pequeños colectivos no vinculados a ETA pidieron la entrada en KAS: EKAB como miembro y ESEI como observador. Ambos fueron rechazados, como se puede ver en Arregi, las actas de la dirección de EHAS, XI-1976, y Asteroko, nº 2, 1977. Por otra parte, a pesar de la victoria inicial de ETApm, se mantuvieron las diferentes concepciones de la función de KAS, lo que salió a la luz en la primera mitad de 1977. Así, para EIA, KAS era «una coordinadora y nada más que una coordinadora de partidos de la Izquierda Abertzale (…) que quedan totalmente libres para tomar las decisiones que mejor crean que se ajustan a las necesidades del pueblo» («EIA ante las elecciones», 1977). Pero, para el resto de esa misma «izquierda abertzale» KAS era un órgano decisorio al que, por tanto, EIA debía someterse («Acta de KAS», 12-XI-1976).

2 «Manifiesto y alternativa del KAS», 18-VIII-1976. Según Juan Mari Bandrés, el documento fue improvisado por algunos polimilis (ebrios) el día anterior a su aprobación. La alternativa provocó la ruptura de LAIA. Un sector la firmó y pasó a denominarse LAIA bai (LAIA sí), luego simplemente LAIA, mientras que el otro, LAIA ez (LAIA no), se negó a hacerlo por considerar que era un programa asumible por la burguesía y abandonó la coordinadora. Algunos de sus miembros acabaron en los CAA.

3 Hautsi, nº 8, XII-1975.

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Sobre la central nuclear de Lemóniz

Son entrevistados en el reportaje mi amigo Raúl López Romo y el abogado y exparlamentario de EE Javier Olaverri

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Esclarecedora entrevista al exetarra Iñaki Recarte Ibarra

Pueden leerla aquí

 

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¿Cómo se recordará el terrorismo en el País Vasco? ETA y la (des)memoria

-José María Ortiz de Orruño/José Antonio Pérez (coords.), Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo. Madrid: Los Libros de la Catarata 2013.

-Martín Alonso (coord.), El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática. Bilbao: Bakeaz 2012.

-Galo Bilbao/Francisco Javier Merino/Izaskun Sáez de la Fuente, Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética. Bilbao: Bakeaz 2013.

Ignorada por un creciente sector de la ciudadanía vasca, aislada internacionalmente, cercada por las fuerzas policiales y con su brazo político estrangulado por la Ley de Partidos, el 20 de octubre de 2011 ETA, Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad), anunció el “cese definitivo de su actividad armada”: desistía de continuar protagonizando la tragedia que durante 52 años ha asolado España y cuya consecuencia más visible han sido sus alrededor de 850 víctimas mortales. La disolución de la banda todavía no se ha materializado, mas todo parece indicar que se trata de un paso irreversible. Tarde o temprano este tipo de terrorismo desaparecerá definitivamente de escena, dejando de ocupar las portadas de los diarios y el discurso de los políticos. Entonces ETA no será más que un recuerdo, pero ¿qué tipo de recuerdo exactamente?

En un escenario adverso para la democracia parlamentaria (crisis económica, alto índice de paro, descrédito de los partidos y las instituciones, etc.), el fin de la violencia etarra ha colocado a la ciudadanía vasca ante una compleja disyuntiva, la de qué hacer con su pasado. Se distinguen, como poco, tres salidas a tal encrucijada. En primer lugar, una tentadora amnesia colectiva, que se resume en una conocida metáfora: pasar página cuanto antes, sin haberla leído primero. El olvido supone repetir aquel gesto cobarde que caracterizó a una parte de los vascos y navarros mientras algunos de sus conciudadanos eran perseguidos y asesinados durante los “años de plomo”: mirar hacia otro lado, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.

El segundo camino pasa por la asunción acrítica de la narrativa del “conflicto vasco”, cuyo argumento central consiste en que los (invasores) españoles y los (invadidos) vascos llevan siglos sosteniendo una intermitente guerra étnica de la que ETA sería la última manifestación. Tal relato se presenta en dos variantes. Por un lado, la versión dura, que está en los cimientos intelectuales del terrorismo etarra y que lleva años propagándose desde el entorno cultural de la “izquierda abertzale” (patriota), que ha logrado extenderla a determinados ambientes a nivel internacional. Por otro lado, la versión blanda: la ambigua equidistancia entre “todas las violencias” (la de ETA y la del Estado) simétricas e igualmente responsables del drama, teoría que, utilizando el término de Martín Alonso, han promocionado organizaciones “etnopacifistas”1 como Elkarri, Lokarri y Baketik y luego han hecho suya el PNV, Partido Nacionalista Vasco, y el lehendakari (presidente) Iñigo Urkullu al colocar a Jonan Fernández al frente del área de Paz y Convivencia del Gobierno vasco.

La tercera alternativa es hacer un (eventualmente doloroso, pero cauterizador) examen crítico de nuestro pasado reciente. Para lograrlo, entre otras cosas, es indispensable divulgar lo máximo posible los trabajos que al respecto elaboran los historiadores y otros científicos sociales. Gracias a su seriedad, rigor y método, están entre los mejor capacitados profesionalmente para contar a la sociedad vasca las verdades incómodas, evitando que estas queden sepultadas por una visión del pasado sesgada y parcial: la ya mencionada narrativa del “conflicto vasco”. En tal sentido, durante el último lustro se han publicado bastantes obras de calidad referentes a ETA y sus secuelas, aunque la mayoría no han tenido la repercusión mediática que se merecen. En esta recensión nos centraremos en tres de las últimas y más interesantes novedades editoriales.2

Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo (2013) es una obra coordinada por José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez que recoge las actas de un simposio organizado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda en junio de 2012. La introducción se abre con interrogantes sobre el futuro del País Vasco como los que siguen: “¿Se hablará de terrorismo, de su retórica y del sufrimiento de las víctimas o se vindicará el nombre de los victimarios y se les exculpará del daño causado en aras de la construcción nacional”. Por otra parte, “¿de qué lado se pondrá la historia? Es más, ¿se recurrirá a la historia para dar cuenta del pasado reciente?” (p. 7) Este libro no pretende resolver tales dudas, pues únicamente el tiempo lo hará, pero sí nos brinda una valiosa orientación basada en experiencias relativamente similares a la de Euskadi, lugares que, a lo largo de todo el planeta, también han sufrido los traumas provocados por la violencia armada y el cambiante recuerdo a ella asociado. El objetivo de Construyendo memorias es, pues, dar a conocer desde una perspectiva multidiscplinar (sociología, ciencias políticas, filosofía e historia) “cómo han sido los combates por la memoria librados en otras partes. En concreto, (…) los contextos, los promotores, las estrategias y los resultados con la intención de trasladas las enseñanzas obtenidas a la realidad vasca” (p. 9). De tal manera, en sus páginas se realiza un estudio comparado de casos que arroja luz sobre lo que ocurre y puede llegar a ocurrir en un futuro cercano con la memoria y la historia del terrorismo en el País Vasco.

En el primero de los capítulos de Construyendo memorias Reyes Mate indaga en la relación entre la brutalidad y la deshumanización durante el siglo XX, apostando por la centralidad de las víctimas sobre las que se ha construido la historia. Más adelante Elisabeth Jelin reflexiona sobre la conflictividad y las dictaduras militares que ha sufrido América Latina y las disputas por la memoria que se han entablado en las posteriores etapas democráticas. En el tercer epígrafe José María Faraldo analiza las diferentes y divergentes relatos que tras el final de la II Guerra Mundial se han ido imponiendo desde el poder en Polonia, uno de los países de Europa con un pasado reciente más convulso. En el cuarto, Carmen Magallón se centra en las mujeres como sujeto colectivo, así como en su experiencia como objeto de abusos contrarios a los derechos humanos. El quinto apartado, escrito por Eduardo González Calleja, trata sobre la Lost Cause, la nostalgia por la derrota sudista en la Guerra de secesión de los EEUU, su mutación y su instrumentalización política. Rogelio Alonso nos muestra las consecuencias del fin del terrorismo en Irlanda del Norte: la impunidad (jurídica, pero también moral) de los victimarios, la amnesia para con las víctimas, la perpetuación de una subcultura del odio sectario… De este caso extrae dicho autor una lección para el País Vasco: si se quieren evitar los errores cometidos en el Ulster, deslegitimar el terrorismo debe ser una prioridad absoluta. En el séptimo capítulo Santos Juliá examina la incompatibilidad entre memoria, historia y política en referencia al pasado reciente de España, destacando los usos espurios de las dos primeras por parte de la tercera. Luis Castells dedica el octavo epígrafe a deliberar acerca de la escritura de la historia del terrorismo en el País Vasco, haciendo una serie de propuestas metodológicas: disociar la investigación de la gestión pública de la memoria, sustituir el recuerdo del pasado por la de su examen y priorizar la búsqueda de la verdad sin que de ello se colija esquivar el compromiso cívico. Ander Gurrutxaga escribe sobre los lugares de memoria insertos en las particulares circunstancias de Euskadi. El último apartado consiste en un breve epílogo de Juan Pablo Fusi en el que enfoca a ETA como problema histórico pero también moral que exige “una historiografía plenamente independiente, una historiografía crítica, ajena a las exigencias emocionales del nacionalismo” (pp. 276-277).

Al compartir hasta cierto punto temática y enfoque, Construyendo memorias encuentra su complemento natural en El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática, obra colectiva coordinada por Martín Alonso. Al igual que la anterior, recoge las actas de un seminario celebrado en 2012, organizado esta vez por la Fundación Fernando Buesa, la Fundación de Víctimas del Terrorismo y Bakeaz. Esta última, que también editó el libro, era una ONG que desde 1992 venía ejerciendo una excelente labor en el campo de la investigación y reflexión sobre pacifismo, derechos humanos y medio ambiente en el País Vasco. La falta de financiación ha obligado a cerrar Bakeaz en 2013, todo un (preocupante) síntoma de las prioridades de las instituciones públicas.

Volviendo a las páginas de El lugar de la memoria, hay que señalar dos bloques temáticos. Por un lado, los capítulos iniciales y finales del libro, que constituyen profundas y lúcidas reflexiones teóricas. En el primero, el prólogo, Martín Alonso aborda las nociones esenciales para adentrarnos en el complejo y controvertido debate sobre violencia, memoria y víctimas, al que regresa en el anteúltimo apartado, dedicado a las “Controversias en torno a la pedagogía política de le memoria democrática”. En el segundo, Xabier Etxeberria delimita el marco de referencia ético-filosófico de la construcción de un centro de memoria desde la perspectiva de la centralidad de las víctimas. Dado que, al igual que en Construyendo memorias, se han escogido situaciones con cierto grado de paralelismo con el fenómeno terrorista que ha sufrido el País Vasco, de las conclusiones de esta obra, recogidas por el propio Alonso, se derivan enseñanzas muy útiles para el asunto que nos ocupa. Los poderes públicos deberían tomarlas muy en cuenta si, atendiendo a las demandas de verdad, justicia y reparación, se plantean la creación de alguna especie de memorial sobre el drama acontecido en Euskadi.

La segunda parte del libro es un análisis comparado de diferentes lugares de memoria erigidos para dar testimonio de lo ocurrido, reconocer a las víctimas de la violencia política y, por medio de una metodología pedagógica, evitar la repetición de la barbarie. Pese a los muy diferentes contextos y formatos, las experiencias que se compendian en la presente obra no son más que las respuestas que distintas sociedades han dado a las mismas preguntas. ¿Cómo enfrentarse a un pasado oscuro? ¿Qué recordar? ¿Qué olvidar? ¿Quién lo debe hacer? ¿Cómo materializar esa memoria? ¿Para qué? ¿Para quiénes? ¿Qué escollos se han de evitar? No hay espacio para profundizar en ellos, pero merece la pena nombrar lo estudios de caso y sus autores. Eduardo Jozami escribe sobre el Centro Cultural de la Memoria Haraldo Conti de Buenos Aires. Ekaterina Abzalova nos guía por el Centro Conmemorativo de la Historia de la Represión Política “Perm-36”, un gulag soviético cerca de los Urales. Ricardo Brodsky relata la experiencia del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago de Chile. Con Nataša Joviĉić nos adentramos en el Museo Conmemorativo de Jasenovac, un campo de exterminio nazi que funcionó en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. Guido Vaglio nos acerca al Museo Extendido de la Resistencia, la Deportación, la Guerra, los Derechos y la Libertad de Turín. Y, por último, Montserrat Iniesta da cuenta de la configuración del Memorial Democrático de Cataluña.

Como El lugar de la memoria, nuestro siguiente libro fue editado de forma póstuma por la extinta Bakeaz. Se trata de Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, cuya autoría corresponde a Francisco Javier Merino, Izaskun Sáez de la Fuente y Galo Bilbao, con Josu Ugarte como prologuista. Al contrario que las otras dos obras, esta no versa sobre la memoria de la violencia, sino sobre una importante organización que durante más de dos décadas y media ha impulsado en las calles del País Vasco las protestas populares contra los atentados terroristas de ETA, así como contra cualquier otra forma de violencia política: Gesto por la Paz de Euskal Herria3, nacida en 1986 gracias a la inquietud de un sector de la ciudadanía que se movía en ciertos ambientes cristianos y/o de izquierdas, y disuelta en 2013 al considerar sus promotores que había terminado la razón de su existencia, o sea, que estaba próximo el fin de la banda etarra.

Francisco Javier Merino se ha ocupado de indagar en las líneas maestras de la historia de Gesto por la Paz: sus antecedentes (como las pioneras movilizaciones pacifistas del Partido Comunista de Euskadi en 1977), el contexto histórico en el que se generó este movimiento, su progresiva consolidación hasta 1992, su eclosión a partir de tal fecha, con las movilizaciones de masas contra los secuestros llevados a cabo por ETA, la pérdida de visibilidad que sufrió en la crispada etapa del lehendakari Juan José Ibarretxe, etc. Izaskun Sáez de la Fuente, responsable del proyecto de investigación que dio pie a Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, firma dos capítulos. En uno de ellos analiza el discurso ético-político de Gesto por la Paz, su evolución y adaptación, así como sus límites y ambigüedades. En el otro estudia el papel protagonista que ha jugado esta organización para sensibilizar a la ciudadanía de la existencia de la violencia de persecución que el nacionalismo radical ha ejercido contra sus adversarios políticos y determinados colectivos profesionales en el País Vasco. Se trataba de un drama que, a pesar de estar extendido y ser fenómeno cotidiano, se mantenía oculto, siendo sus víctimas ignoradas. Por último, Galo Bilbao medita sobre el particular universo conceptual y moral de Gesto por la Paz, lo que nos permite comprender las actuaciones de sus miembros, su posicionamiento y su compromiso.

Con el mismo espíritu multidisciplinar, idéntica rigurosidad y un único hilo conductor, el de la memoria y la desmemoria de la violencia terrorista que ha infectado el País Vasco, los tres títulos reseñados son una muestra de lo que la historiografía y las ciencias sociales son capaces de aportar a la sociedad en un momento en el que, como ahora, se debate en la disyuntiva de cómo cerrar las heridas y qué hacer con su espinoso pasado. Todos estos libros resultan útiles: nos dan pistas sobre el camino más idóneo y nos advierten sobre aquellos que deberíamos evitar. Escucharlos o no está en manos de los ciudadanos y sus representantes políticos, siempre y cuando antes les haya llegado el mensaje, lo que, por desgracia, no es tan común. He aquí el nudo gordiano: la divulgación. Cierro, pues, con las palabras que Luis Castells le dedica al asunto en su epígrafe de Construyendo memorias advirtiendo de:

la ausencia de una fluida comunicación entre la producción historiográfica académica y la opinión pública, que de modo notorio en el País Vasco circulan por caminos distintos. De este modo, si con respecto a la consideración de lo que ha significado el terrorismo la interpretación historiográfica es abrumadora y demoledoramente crítica, en cambio, en la ciudadanía en general no ocurre otro tanto (…). Es una cuestión cada vez más relevante, y que en el caso de Euskadi se refleja dramáticamente en el divorcio entre el conocimiento histórico generado desde la academia, y esa suerte de vulgata de nuestro pasado, sesgada y sin ningún rigor, pero que no es óbice para que tenga una gran inserción social (p. 237).

Fuente: Iberoamericana, nº 54, 2014.

1 Martín Alonso, “La razón desposeída de la víctima. La violencia en el País Vasco al hilo de Jean Améry”, Escuela de Paz, nº 18, 2009.

2 Jesús Casquete, En el nombre de Euskal Herria. La religión política del nacionalismo vasco radical. Madrid: Tecnos 2009. Raúl López Romo, Años en claroscuro. Nuevos movimientos sociales y democratización en Euskadi, 1975-1980. Bilbao: UPV-EHU 2011. Raúl López Romo, Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemóniz como símbolo de la Transición vasca. Bilbao: Fundación Euskadi 2012 2012. Santiago de Pablo et al. (coords.), Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco. Madrid: Tecnos 2012. Gaizka Fernández Soldevilla y Raúl López Romo, Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos 2012. Fernando Molina, Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria. Madrid: Siglo XXI 2012. Gaizka Fernández Soldevilla, Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos 2013. Fernando Molina y José Antonio Pérez (eds.), El peso de la identidad: mitos y ritos de la historia vasca. 2014, en preparación. Véase también el monográfico coordinado por Fernando Molina en Cuadernos de Historia Contemporánea, nº 35, 2013.

3 Sobre esta asociación existe otra obra reciente: Ana Rosa Gómez Moral, Un gesto que hizo sonar el silencio. Bilbao: Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria 2013.

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Reseña de «Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60», de Idoia Estornes

Idoia Estornes Zubizarreta: Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60, Erein, San Sebastián, 2013, pp. 572.

Bastantes de los políticos e intelectuales vascos que tuvieron cierta presencia en la arena pública durante la Transición y la etapa democrática han publicado sus memorias. Es el caso de José Luis Álvarez Enparantza (Txillardegi), Jon Idigoras, Carlos Garaikoetxea, Mario Onaindia, Eduardo Uriarte (Teo), Joseba Azkarraga, Jon Juaristi, José Ramón Recalde, Xabier Arzalluz, José Antonio Ardanza, Marcelino Oreja, etc. Significativamente la mayoría de ellos comparte dos rasgos: ser nacionalistas vascos (o exnacionalistas) y hombres. Se echan en falta más autobiografías tanto de los vascos no nacionalistas como de las mujeres, sean estas de la ideología que sean. Al escribir las suyas, Cómo pudo pasarnos esto, la editora, historiadora y articulista Idoia Estornes Zubizarreta se ha propuesto no solo mostrarnos su reveladora trayectoria vital, sino también abrir una puerta para que otras profesionales vascas sigan su camino: «Hay que salir a la calle, muchachas, contar lo que nosotras sentíamos, hacíamos o no, mientras ellos eran los principies de las tinieblas. Necesitamos memoria, en rotunda primera persona, de chicas también» (p. 14).

Lo primero que sorprenderá al lector es que Estornes no ha escrito unas memorias al uso. Investigadora avezada, no ha renunciado al método científico que ha seguido durante su larga carrera. Así pues, en un ejercido de egohistoria e historia, la autora ha cotejado sus propios recuerdos con bibliografía especializada, documentación de la época y más de cien entrevistas personales. Enriquecido por el contraste de todos estos puntos de vista, el libro a veces parece la crónica coral de toda una generación, la que vivió su juventud durante la década de los sesenta del siglo XX. Por añadidura, al ser Estornes una «juntadora de letras» con un estilo ameno y ágil, Cómo pudo pasarnos esto tiene la virtud de hacer disfrutar al lector.

La autora repasa con profundidad todas las etapas de su vida atendiendo a distintos planos (biológico, familiar, afectivo, profesional, político, etc.). Comienza con una descripción de su infancia y adolescencia en Chile, a donde los Estornes, una conocida familia de editores de tendencia abertzale (patriota), habían emigrado. De esta manera, se nos dan valiosas pinceladas sobre la situación de los nacionalistas vascos de a pie en el exilio americano y las vías (en forma de relato oral, sobre todo, pero no solo) a través de las cuales esta doctrina se transmitía de padres a hijos.

En 1958 la familia regresó al País Vasco, lo que permite a Estornes hacer una interesante comparativa entre la situación de Chile y España, atenazada esta última por el régimen franquista. Ahora bien, como comprobó la joven Idoia, la dictadura no se sostenía únicamente por la represión policial y el apoyo de la Iglesia Católica. Tampoco era cierto que toda la población de Euskadi, que ni de lejos era homogéneamente abertzale, se opusiera frontalmente al denominado «Caudillo». Al contrario, descubrió la aquiescencia de buena parte de los vascos y navarros, incluyendo a no pocos nacionalistas que habían prosperado durante el desarrollismo. Por ejemplo, Estornes recuerda los veraneos de Franco en San Sebastián: «las sirenas de los barcos saludándole en la bahía y puerto, el gentío que le aplaudía. Muchos donostiarras engalanaban entonces, sin complejos, los balcones con la rojigualda. En el resto de la provincia, allí por donde pasaba la comitiva surgía un mar de pancartas, banderas, colgaduras, gallardetes. Se cerraban factorías y escuelas para dar suelta a proletarios y chiquillos» (p. 102). Una imagen, como se ve, que concuerda poco con la memoria idealizada y distorsionada del pasado reciente de Euskadi que ha construido y difundido exitosamente el nacionalismo vasco. Y es que, como historiadora, a lo largo de sus memorias Idoia Estornes no duda en desmitificar la versión más simplista de la narrativa abertzale, que tiene tan poco que ver con la realidad histórica como la narrativa franquista.

La autora también escribe sobre la época del desarrollismo (los años cincuenta y, sobre todo, sesenta) y su impacto en la sociedad, el paisaje y la geografía urbana del País Vasco. Así, por ejemplo, se nos presenta la industrialización (o reindustrialización) y la pujanza económica que trajo aparejada. Por supuesto, ocupa un lugar destacado el reflote del negocio editorial familiar en San Sebastián, que tomó el nombre de editorial Auñamendi. La consecuencia directa del desarrollismo fue la inmigración de miles de trabajadores desde la España rural a los núcleos industriales, entre ellos al País Vasco. Este movimiento de población provocó el rebrote de la xenofobia de un sector de los autóctonos contra los «maketos», ahora tildados de «coreanos», «cacereños» o «manchurianos». Ecos de aquel sentimiento de rechazo son perceptibles en el debate que entonces sostuvo un sector del nacionalismo vasco radical, en ocasiones muy relacionado con (o dentro de) la Iglesia, que intentó que se sustituyera el criterio racista de exclusión de Sabino Arana por el puramente idiomático (o sea, que el euskera hiciera al vasco y no los apellidos).

Ni el vascuence ni la cultura en vascuence, que era diversa, tenían la culpa de que algunos intelectuales estuviesen planeando un monolingüismo tan excluyente como el de la dictadura franquista. En esta época, precisamente, el euskera experimentó un renacimiento, gracias a su unificación (batua), la labor de las ikastolas y la renovación cultural en el País Vasco, en el que el sector editorial fue una pieza clave.

Las consecuencias del desarrollismo fue más allá, ya que, gracias a la puerta que abrió al influjo europeo, trajo un importante cambio de costumbres. Ahí entran, por ejemplo, los producidos en la vida social, afectiva y sexual, que muchas veces pasan desapercibidos al historiador, pero que la autora trata con detalle. Por supuesto, aquella marejada se enredó en el casi inevitable choque generacional entre padres e hijos, que también afectó a Idoia Estornes, ya que la familia tiene un lugar prominente a lo largo de las páginas de Cómo pudo pasarnos esto.

Su paso por la Universidad de Navarra sirve para darnos un panorama muy amplio de esta institución, así como de la Pamplona de los años sesenta. Es aquí donde Estornes inició su militancia política, en este caso en el movimiento estudiantil, y entró en contacto con la nueva oposición antifranquista. Aquellos primeros pasos le llevaron a ser detenida por la policía. Contra lo que pudiera parecer leyendo o escuchando ciertas obras, el compromiso militante contra la dictadura no era una experiencia tan común como se pretende. En palabras de Estornes, «ser antifranquista no era en absoluto popular, peor aún, era molesto y peligroso; el prestigio llegaría más tarde» (p. 211), una vez muerto el dictador. También fue en Navarra donde la autora tomó conciencia del machismo imperante y de la relegación de la mujer. Más adelante tomaría parte activa en organizaciones y movilizaciones feministas. El contraste entre España y la Europa democrática se hizo más evidente gracias a sus viajes a Francia, Gran Bretaña e Italia.

1968 fue un año crucial en todo el mundo, pero también en la historia del País Vasco en general y en la biografía de Estornes en particular. Poco después del Mayo francés, ETA causaba sus primeras víctimas mortales (el guardia civil José Antonio Pardines y Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-social de San Sebastián) y, en un enfrentamiento con la Guardia Civil, caía abatido el etarra Txabi Etxebarrieta. La entonces joven generación de la autora, la misma que la de Txabi, sufrió un choque tremendo que le llevó tanto a simpatizar con el miembro de ETA muerto como a ignorar a Pardines o congratularse por el asesinato de Manzanas, al que se acusaba de ser un torturador profesional. Para Idoia Estornes hubo un antes y un después. «En 1968 dejé de ser una chica antifranquista con veleidades euzkadianas para subirme en el vagón del nuevo nacionalismo, el que nada-tenía-que-ver-con-el-de-los-viejos y los rechazaba por pusilánimes, agotados, por “burgueses”» (pp. 248-249).

No entró en ETA ni en su entorno civil, sino en ELA-MSE (Eusko Langileen Alkartasuna-Movimiento Socialista de Euskadi), luego ELA berri (nueva). Dicho colectivo, entre sindicato y partido, intentaba aunar socialismo con un abertzalismo moderado. Además, se declaraba contrario a la actividad de ETA, que consideraba contraproducente. Ahora bien, los miembros de ELA-MSE no dudaron en respaldar a la ETA nacionalista frente sus escisiones obreristas. El proceso de Burgos y, sobre todo, su hábil escenificación por algunos de los condenados, como Mario Onaindia, fue otro escalón más en la nacionalización de una significativa parte de la juventud vasca. «El Eusko Gudariak final de los procesados, puño en alto, nos hundió en la mística del sufrimiento heroico-estético» (p. 335). El juicio, además, provocó indirectamente la división de ELA-MSE. El sector en el que se encuadraba Estornes, tras la división del universo etarra en 1970, colaboró con ETA V, la rama nacionalista, contra la obrerista, ETA VI. «Nuestra ayuda fue una ingenuidad, un error» (p. 341), reconoce Estornes. Y es que en esta obra, cosa poco habitual en unas memorias, no falta la autocrítica. Así, el tema de la responsabilidad de la legitimización del terrorismo en Euskadi ocupa un lugar específico. «El activismo de ETA –primero inerme, luego armado- fue rechazado por muy pocos antifranquistas de mi generación, unos por razones ético pragmáticas, otros por miedo. Sin embargo, entre ambas posiciones se extendió un amplio vergel: el de los militantes del ETA, mátalos, la gran mayoría de los coetáneos concienciados» (p. 366).

Cómo pudo pasarnos esto se centra igualmente en la Transición en Euskadi, proceso convulso (mucho más que en el resto de España). En el plano político, por destacar algunos puntos, Estornes asistió a la reunificación de ELA-STV o a los intentos de crear una alternativa nacionalista de izquierdas. Primero las efímeras formaciones socialistas ESB y ESEI y luego EE, Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi), en cuyas listas se presentó a las elecciones municipales de 1979. Asimismo, la autora narra el lento despertar de la conciencia crítica contra los atentados terroristas de ETA. Por ejemplo, ayudó a recoger bastantes de las 33 firmas del manifiesto de los intelectuales de 1980. Por otra parte, el 23-F tuvo para ella «un efecto colateral importante: había que arropar aquel amago de democracia, dejarse de pamplinas. Podía ser “eso” o “lo de antes” (…). Me atreví a hacer mía, por primera vez sin aprensión, la Constitución» (p. 433). No fue la única: muchos de los militantes de EE, así como algunos de los miembros de ETA político-militar, reflexionaron en una dirección muy similar. No es de extrañar, ya que su evolución es paralela en muchos sentidos a la secularización ideológica que experimentaron los euskadikos y que llevó a estos del nacionalismo radical al autonomismo y del apoyo a ETA al pacifismo.

El análisis del universo intelectual del País Vasco, visto desde la perspectiva de una historiadora y editora es otro de los aspectos a los que más atención presta Estornes. Así, asistimos a su labor en Auñamendi, empresa familiar en la que entró a trabajar en 1967. Tuvo un destacado papel en la compleja y fascinante elaboración del Diccionario Enciclopédico Vasco, una obra tan monumental como pionera de la que, por cierto, se nutrieron muchas de las enciclopedias que otras editoriales publicaron posteriormente, ya fuera en euskera o castellano. Es significativo cómo Auñamendi inventó de la nada una metodología propia: la búsqueda de especialistas que pudieran escribir las entradas, la autoelaboración de las mismas cuando era imposible encontrarlos, los ficheros, las imágenes, las correcciones, los añadidos… Todo ello se llevó a cabo tanto en la época en la que todavía no se usaban los ordenadores personales como luego, durante la progresiva introducción de la informática en la profesión. Se trató de una empresa que tardó décadas en completarse, cerrándose con el acuerdo de digitalización de la Enciclopedia con la Sociedad de Estudios Vascos, que para Estornes tuvo un resultado agridulce.

Un último apunte merece el análisis que la autora hace del mundo cultural en el País Vasco y especialmente de los cambios de calado en el sector editorial durante la etapa democrática. Así, se estudia la expansión de la (generosamente subvencionada con dinero público) industria cultural asociada a la «izquierda abertzale», cuya competencia desleal ha perjudicado en ocasiones a las otras editoriales (y no tan subvencionadas). La politización e instrumentalización económica de la cultura en euskera, un tema casi tabú en Euskadi, aparece con toda su crudeza. «Caí en cuenta de que, para algunos –demasiados- la lengua se había convertido en un negocio, el único negocio» (p. 522).

Cómo pudo pasarnos esto interesa al lector medio, pero, desde luego, interesará mucho más al especializado, ya que en sus páginas el historiador puede encontrar abundante material para sus propias investigaciones. Se trata, por tanto, de un libro lúcido, que nos ayuda a entender desde un prisma original y enriquecedor el pasado reciente del País Vasco y Navarra.

Fuente: Historia del Presente, nº 23, 2014

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Reseña de «Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011)» en la revista italiana «Spagna Contemporanea»

En el número 43 de la revista Spagna contemporanea aparece la siguiente recensión de Sangre, votos, manifestaciones. Pueden descargarla aquí

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ETA y el 18 de julio de 1961

El 18 de julio de 1961 ETA intentó hacer descarrilar un tren de veteranos requetés guipuzcoanos que, como cada año, acudían a San Sebastián a conmemorar la efeméride de la sublevación franquista que había dado comienzo a la Guerra Civil en 1936. Como he explicado en un artículo, el acto era todo un símbolo: los «nuevos gudaris» continuaban la guerra de sus padres atacando a los viejos «excombatientes vascos franquistas» y «traidores a Euzkadi» que los habían derrotado. Todavía no era más que un ensayo de la vía armada, sobre la que se siguió discutiendo hasta la primera víctima mortal de la banda en 1968.

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La primera víctima mortal de ETA no fue Begoña Urroz

Hoy se celebra el Día de las víctimas del terrorismo en recuerdo a Begoña Urroz, niña asesinada por la explosión de una bomba en la estación de tren de Amara (San Sebastián) que el 27 de junio de 1960. José Antonio Pagola, basándose en el testimonio de una catequista vecina de la familia (El País, 31-I-2010), atribuyó a ETA la autoría del atentado, versión que recogió Ernest Lluch («El problema de mi querida tierra vasca», El Correo, 19-IX-2000), y fue la que el Congreso institucionalizó. No obstante, como ya advirtió el historiador Santiago de Pablo, todo parece indicar que se trató del DRIL (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación), un efímero grupo hispanoluso antifranquista y antisalazarista fundado en 1959 y cuya acción más conocida fue el secuestro del buque portugués Santa María a principios de 1961.

A pesar de lo dicho, no hay duda de que Begoña Urroz Ibarrola fue una víctima del terrorismo, por lo que el 27 de junio parece una fecha tan buena como tantas otras para celebrar el Día de las víctimas. No obstante, merece la pena recordar cual fue la primera víctima mortal de ETA.
El 2 de junio de 1968 el Biltzar Ttipia de ETA tomó una decisión trascendental: asesinar a los jefes de la Brigada Político-Social de Bilbao y de San Sebastián. Este último era el comisario Melitón Manzanas, contra el que debía atentar Txabi Etxebarrieta. No lo pudo hacer. El 7 de junio de 1968 el automóvil robado en el que iban Txabi y su compañero Iñaki Sarasketa fue detenido en un control rutinario de tráfico por el guardia civil José Antonio Pardines. El agente comprobó que los números de la documentación y del bastidor del coche no coincidían. Sarasketa sugirió desarmarlo, ya que se encontraba solo. No obstante, Etxebarrieta, probablemente alterado por la toma de anfetaminas, disparó a Pardines por la espalda. Una vez en el suelo, lo remató de cuatro tiros. En la huida posterior, Txabi y Sarasketa fueron interceptados en Benta Haundi (Tolosa) por agentes de la Benemérita. Se inició un tiroteo en el que murió Etxebarrieta. Sarasketa fue detenido poco después. Juzgado y condenado a muerte, se le conmutó la pena máxima y permaneció en prisión hasta 1977.
Gracias a un testigo presencial, la prensa del Movimiento expuso el asesinato de Pardines sin alejarse demasiado a la realidad. El hacer público que el primer acto de la «lucha armada» de ETA se había reducido a un asesinato por la espalda suponía deslegitimar su «guerra revolucionaria». Con el fin de evitar el desprestigio, la organización difundió su particular versión de los acontecimientos en la que Txabi, en vez de como el asesino, aparecía como la víctima sacrificada por la Guardia Civil (cuerpo que interpretaba en el imaginario antifranquista el papel simbólico de antagonista o villano). De esta manera, Etxebarrieta aparecía a la altura del Ché Guevara: era un héroe que había sacrificado su vida por la patria, es decir, «el Primer Mártir de la Revolución». Se trataba de una clara muestra de la técnica de propaganda que Maurice A. J. Tugwell ha denominado «transferencia de culpabilidad». A su decir, la «transferencia de culpabilidad» es «una desviación de la atención pública, la cual se aparta de los actos comprometedores del que inició el conflicto para dirigirse hacia los del adversario, de manera que puedan ser olvidados o perdonados, mientras que los últimos desgasten la confianza y la legitimidad de la otra parte (…). Pero cuando la actuación de la propaganda llega a su máximo la transferencia de culpabilidad va más lejos: justifica el acto original transformándolo desde ser una responsabilidad psicológica hasta convertirse en un triunfo, mientras simultáneamente se despoja a las acciones del oponente de su contenido de rectitud moral y de utilidad práctica».

El relato del Gobierno y el de ETA, totalmente incompatibles, pugnaron por el espacio público, pero acabó imponiéndose el de la organización por cuatro razones. Por la desconfianza de la población hacia los medios de comunicación oficiales. Por la cobertura propagandística de ciertos sectores del clero, cada vez más identificados con ETA. Por la «lógica narrativa» del relato abertzale. Una vez más, los detalles que no encajaban con la «verdad narrativa» (el asesinato de Pardines) eran ignorados mecánicamente por los nacionalistas, mientras que la muerte trágica de Txabi a manos de la Guardia Civil se reinterpretaba como un nuevo episodio del «conflicto». En cuarto lugar, las últimas dudas sobre la culpabilidad última de la violencia se disiparon en cuanto la dictadura reaccionó con una dureza inusitada.

FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos. Prólogo de José Luis de la Granja.

PABLO, Santiago de et alii (2012): Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco. Madrid: Tecnos.

PAGOLA, José Antonio (1992): Una ética para la paz. Los obispos del País Vasco, 1968-1992. San Sebastián: Idatz.

TUGWELL, Maurice A. J. (1985): «Transferencia de culpabilidad», en RAPOPORT, David C. (ed.): La moral del terrorismo. Barcelona: Ariel. pp. 73-93.

PS: La Tribuna del País Vasco ha tenido la gentileza de reproducir este post.

 

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