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¡Viva Cantabria, viva el plumero!

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Hoy es la patrona de Cantabria, la Virgen de la Bien Aparecida. ¡Qué mejor momento para proponer un cambio en la hasta ahora insulsa bandera! El anticuado escudo ha de ser sustituido por el que, gracias a la ineptitud de los sucesivos gobiernos regionales, es el símbolo de facto de la comunidad, ya que está en todas partes: ¡el plumero!

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15 September, 2014 · 6:58

Reseña de “Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60”, de Idoia Estornes

Idoia Estornes Zubizarreta: Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60, Erein, San Sebastián, 2013, pp. 572.

Bastantes de los políticos e intelectuales vascos que tuvieron cierta presencia en la arena pública durante la Transición y la etapa democrática han publicado sus memorias. Es el caso de José Luis Álvarez Enparantza (Txillardegi), Jon Idigoras, Carlos Garaikoetxea, Mario Onaindia, Eduardo Uriarte (Teo), Joseba Azkarraga, Jon Juaristi, José Ramón Recalde, Xabier Arzalluz, José Antonio Ardanza, Marcelino Oreja, etc. Significativamente la mayoría de ellos comparte dos rasgos: ser nacionalistas vascos (o exnacionalistas) y hombres. Se echan en falta más autobiografías tanto de los vascos no nacionalistas como de las mujeres, sean estas de la ideología que sean. Al escribir las suyas, Cómo pudo pasarnos esto, la editora, historiadora y articulista Idoia Estornes Zubizarreta se ha propuesto no solo mostrarnos su reveladora trayectoria vital, sino también abrir una puerta para que otras profesionales vascas sigan su camino: «Hay que salir a la calle, muchachas, contar lo que nosotras sentíamos, hacíamos o no, mientras ellos eran los principies de las tinieblas. Necesitamos memoria, en rotunda primera persona, de chicas también» (p. 14).

Lo primero que sorprenderá al lector es que Estornes no ha escrito unas memorias al uso. Investigadora avezada, no ha renunciado al método científico que ha seguido durante su larga carrera. Así pues, en un ejercido de egohistoria e historia, la autora ha cotejado sus propios recuerdos con bibliografía especializada, documentación de la época y más de cien entrevistas personales. Enriquecido por el contraste de todos estos puntos de vista, el libro a veces parece la crónica coral de toda una generación, la que vivió su juventud durante la década de los sesenta del siglo XX. Por añadidura, al ser Estornes una «juntadora de letras» con un estilo ameno y ágil, Cómo pudo pasarnos esto tiene la virtud de hacer disfrutar al lector.

La autora repasa con profundidad todas las etapas de su vida atendiendo a distintos planos (biológico, familiar, afectivo, profesional, político, etc.). Comienza con una descripción de su infancia y adolescencia en Chile, a donde los Estornes, una conocida familia de editores de tendencia abertzale (patriota), habían emigrado. De esta manera, se nos dan valiosas pinceladas sobre la situación de los nacionalistas vascos de a pie en el exilio americano y las vías (en forma de relato oral, sobre todo, pero no solo) a través de las cuales esta doctrina se transmitía de padres a hijos.

En 1958 la familia regresó al País Vasco, lo que permite a Estornes hacer una interesante comparativa entre la situación de Chile y España, atenazada esta última por el régimen franquista. Ahora bien, como comprobó la joven Idoia, la dictadura no se sostenía únicamente por la represión policial y el apoyo de la Iglesia Católica. Tampoco era cierto que toda la población de Euskadi, que ni de lejos era homogéneamente abertzale, se opusiera frontalmente al denominado «Caudillo». Al contrario, descubrió la aquiescencia de buena parte de los vascos y navarros, incluyendo a no pocos nacionalistas que habían prosperado durante el desarrollismo. Por ejemplo, Estornes recuerda los veraneos de Franco en San Sebastián: «las sirenas de los barcos saludándole en la bahía y puerto, el gentío que le aplaudía. Muchos donostiarras engalanaban entonces, sin complejos, los balcones con la rojigualda. En el resto de la provincia, allí por donde pasaba la comitiva surgía un mar de pancartas, banderas, colgaduras, gallardetes. Se cerraban factorías y escuelas para dar suelta a proletarios y chiquillos» (p. 102). Una imagen, como se ve, que concuerda poco con la memoria idealizada y distorsionada del pasado reciente de Euskadi que ha construido y difundido exitosamente el nacionalismo vasco. Y es que, como historiadora, a lo largo de sus memorias Idoia Estornes no duda en desmitificar la versión más simplista de la narrativa abertzale, que tiene tan poco que ver con la realidad histórica como la narrativa franquista.

La autora también escribe sobre la época del desarrollismo (los años cincuenta y, sobre todo, sesenta) y su impacto en la sociedad, el paisaje y la geografía urbana del País Vasco. Así, por ejemplo, se nos presenta la industrialización (o reindustrialización) y la pujanza económica que trajo aparejada. Por supuesto, ocupa un lugar destacado el reflote del negocio editorial familiar en San Sebastián, que tomó el nombre de editorial Auñamendi. La consecuencia directa del desarrollismo fue la inmigración de miles de trabajadores desde la España rural a los núcleos industriales, entre ellos al País Vasco. Este movimiento de población provocó el rebrote de la xenofobia de un sector de los autóctonos contra los «maketos», ahora tildados de «coreanos», «cacereños» o «manchurianos». Ecos de aquel sentimiento de rechazo son perceptibles en el debate que entonces sostuvo un sector del nacionalismo vasco radical, en ocasiones muy relacionado con (o dentro de) la Iglesia, que intentó que se sustituyera el criterio racista de exclusión de Sabino Arana por el puramente idiomático (o sea, que el euskera hiciera al vasco y no los apellidos).

Ni el vascuence ni la cultura en vascuence, que era diversa, tenían la culpa de que algunos intelectuales estuviesen planeando un monolingüismo tan excluyente como el de la dictadura franquista. En esta época, precisamente, el euskera experimentó un renacimiento, gracias a su unificación (batua), la labor de las ikastolas y la renovación cultural en el País Vasco, en el que el sector editorial fue una pieza clave.

Las consecuencias del desarrollismo fue más allá, ya que, gracias a la puerta que abrió al influjo europeo, trajo un importante cambio de costumbres. Ahí entran, por ejemplo, los producidos en la vida social, afectiva y sexual, que muchas veces pasan desapercibidos al historiador, pero que la autora trata con detalle. Por supuesto, aquella marejada se enredó en el casi inevitable choque generacional entre padres e hijos, que también afectó a Idoia Estornes, ya que la familia tiene un lugar prominente a lo largo de las páginas de Cómo pudo pasarnos esto.

Su paso por la Universidad de Navarra sirve para darnos un panorama muy amplio de esta institución, así como de la Pamplona de los años sesenta. Es aquí donde Estornes inició su militancia política, en este caso en el movimiento estudiantil, y entró en contacto con la nueva oposición antifranquista. Aquellos primeros pasos le llevaron a ser detenida por la policía. Contra lo que pudiera parecer leyendo o escuchando ciertas obras, el compromiso militante contra la dictadura no era una experiencia tan común como se pretende. En palabras de Estornes, «ser antifranquista no era en absoluto popular, peor aún, era molesto y peligroso; el prestigio llegaría más tarde» (p. 211), una vez muerto el dictador. También fue en Navarra donde la autora tomó conciencia del machismo imperante y de la relegación de la mujer. Más adelante tomaría parte activa en organizaciones y movilizaciones feministas. El contraste entre España y la Europa democrática se hizo más evidente gracias a sus viajes a Francia, Gran Bretaña e Italia.

1968 fue un año crucial en todo el mundo, pero también en la historia del País Vasco en general y en la biografía de Estornes en particular. Poco después del Mayo francés, ETA causaba sus primeras víctimas mortales (el guardia civil José Antonio Pardines y Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-social de San Sebastián) y, en un enfrentamiento con la Guardia Civil, caía abatido el etarra Txabi Etxebarrieta. La entonces joven generación de la autora, la misma que la de Txabi, sufrió un choque tremendo que le llevó tanto a simpatizar con el miembro de ETA muerto como a ignorar a Pardines o congratularse por el asesinato de Manzanas, al que se acusaba de ser un torturador profesional. Para Idoia Estornes hubo un antes y un después. «En 1968 dejé de ser una chica antifranquista con veleidades euzkadianas para subirme en el vagón del nuevo nacionalismo, el que nada-tenía-que-ver-con-el-de-los-viejos y los rechazaba por pusilánimes, agotados, por “burgueses”» (pp. 248-249).

No entró en ETA ni en su entorno civil, sino en ELA-MSE (Eusko Langileen Alkartasuna-Movimiento Socialista de Euskadi), luego ELA berri (nueva). Dicho colectivo, entre sindicato y partido, intentaba aunar socialismo con un abertzalismo moderado. Además, se declaraba contrario a la actividad de ETA, que consideraba contraproducente. Ahora bien, los miembros de ELA-MSE no dudaron en respaldar a la ETA nacionalista frente sus escisiones obreristas. El proceso de Burgos y, sobre todo, su hábil escenificación por algunos de los condenados, como Mario Onaindia, fue otro escalón más en la nacionalización de una significativa parte de la juventud vasca. «El Eusko Gudariak final de los procesados, puño en alto, nos hundió en la mística del sufrimiento heroico-estético» (p. 335). El juicio, además, provocó indirectamente la división de ELA-MSE. El sector en el que se encuadraba Estornes, tras la división del universo etarra en 1970, colaboró con ETA V, la rama nacionalista, contra la obrerista, ETA VI. «Nuestra ayuda fue una ingenuidad, un error» (p. 341), reconoce Estornes. Y es que en esta obra, cosa poco habitual en unas memorias, no falta la autocrítica. Así, el tema de la responsabilidad de la legitimización del terrorismo en Euskadi ocupa un lugar específico. «El activismo de ETA –primero inerme, luego armado- fue rechazado por muy pocos antifranquistas de mi generación, unos por razones ético pragmáticas, otros por miedo. Sin embargo, entre ambas posiciones se extendió un amplio vergel: el de los militantes del ETA, mátalos, la gran mayoría de los coetáneos concienciados» (p. 366).

Cómo pudo pasarnos esto se centra igualmente en la Transición en Euskadi, proceso convulso (mucho más que en el resto de España). En el plano político, por destacar algunos puntos, Estornes asistió a la reunificación de ELA-STV o a los intentos de crear una alternativa nacionalista de izquierdas. Primero las efímeras formaciones socialistas ESB y ESEI y luego EE, Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi), en cuyas listas se presentó a las elecciones municipales de 1979. Asimismo, la autora narra el lento despertar de la conciencia crítica contra los atentados terroristas de ETA. Por ejemplo, ayudó a recoger bastantes de las 33 firmas del manifiesto de los intelectuales de 1980. Por otra parte, el 23-F tuvo para ella «un efecto colateral importante: había que arropar aquel amago de democracia, dejarse de pamplinas. Podía ser “eso” o “lo de antes” (…). Me atreví a hacer mía, por primera vez sin aprensión, la Constitución» (p. 433). No fue la única: muchos de los militantes de EE, así como algunos de los miembros de ETA político-militar, reflexionaron en una dirección muy similar. No es de extrañar, ya que su evolución es paralela en muchos sentidos a la secularización ideológica que experimentaron los euskadikos y que llevó a estos del nacionalismo radical al autonomismo y del apoyo a ETA al pacifismo.

El análisis del universo intelectual del País Vasco, visto desde la perspectiva de una historiadora y editora es otro de los aspectos a los que más atención presta Estornes. Así, asistimos a su labor en Auñamendi, empresa familiar en la que entró a trabajar en 1967. Tuvo un destacado papel en la compleja y fascinante elaboración del Diccionario Enciclopédico Vasco, una obra tan monumental como pionera de la que, por cierto, se nutrieron muchas de las enciclopedias que otras editoriales publicaron posteriormente, ya fuera en euskera o castellano. Es significativo cómo Auñamendi inventó de la nada una metodología propia: la búsqueda de especialistas que pudieran escribir las entradas, la autoelaboración de las mismas cuando era imposible encontrarlos, los ficheros, las imágenes, las correcciones, los añadidos… Todo ello se llevó a cabo tanto en la época en la que todavía no se usaban los ordenadores personales como luego, durante la progresiva introducción de la informática en la profesión. Se trató de una empresa que tardó décadas en completarse, cerrándose con el acuerdo de digitalización de la Enciclopedia con la Sociedad de Estudios Vascos, que para Estornes tuvo un resultado agridulce.

Un último apunte merece el análisis que la autora hace del mundo cultural en el País Vasco y especialmente de los cambios de calado en el sector editorial durante la etapa democrática. Así, se estudia la expansión de la (generosamente subvencionada con dinero público) industria cultural asociada a la «izquierda abertzale», cuya competencia desleal ha perjudicado en ocasiones a las otras editoriales (y no tan subvencionadas). La politización e instrumentalización económica de la cultura en euskera, un tema casi tabú en Euskadi, aparece con toda su crudeza. «Caí en cuenta de que, para algunos –demasiados- la lengua se había convertido en un negocio, el único negocio» (p. 522).

Cómo pudo pasarnos esto interesa al lector medio, pero, desde luego, interesará mucho más al especializado, ya que en sus páginas el historiador puede encontrar abundante material para sus propias investigaciones. Se trata, por tanto, de un libro lúcido, que nos ayuda a entender desde un prisma original y enriquecedor el pasado reciente del País Vasco y Navarra.

Fuente: Historia del Presente, nº 23, 2014

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Reseña de “La oxidada Transición”, de José Manuel Roca

José Manuel Roca: La oxidada Transición, La Linterna Sorda, Madrid, 2013, 115 pp. Prólogo de Luis García Montero.

 

El profesor José Manuel Roca tiene una amplia producción bibliográfica en la que encontramos tanto libros de historia propiamente dichos, tal que El proyecto radical. Auge y declive de la izquierda revolucionaria en España (1994) o El Lienzo de Penélope. España y la desazón constituyente (1999), como ensayos de contenido político con una fuerte carga histórica, entre los que destacan La Derecha furiosa (2005), La Iglesia furiosa (2008) o La reacción conservadora (2009). Pertenece a esta última categoría La oxidada Transición, una breve y amena obra en la que el autor reflexiona sobre el pasado reciente de España, el proceso de democratización y la actual crisis.

 

José Manuel Roca achaca la dramática situación que atraviesa el país, entre otras cosas, a las limitaciones que detecta en la Transición democrática, que considera estuvo lastrada por la herencia de la dictadura franquista. Así, desde su perspectiva, la etapa democrática ha sido una oportunidad histórica perdida para España. La enésima, teniendo en cuenta los intentos fallidos con anterioridad. «No ha podido ser; tampoco hemos acertado esta vez. Nos cuesta salir del siglo XIX» (p. 14).

 

El autor analiza muy críticamente el «idealizado» relato oficial sobre la Transición democrática, que ha discurrido «entre los dos carriles de la desmemoria social y el consenso doctrinal» (p. 21) y que, en su opinión, elude las sombras del proceso (como las tensiones sociales o la violencia) y desprecia el papel de la presión popular, centrándose en las élites y especialmente en las provenientes del régimen franquista. Según Roca, tal canónica interpretación también obvia que el objetivo de la derecha y el centro derecha no era tanto lograr una democracia parlamentaria (mucho menos una avanzada) cuanto modernizar el mercado económico, y que, si la reforma fue algo más allá de un cambio de fachada de la dictadura, se debió a las movilizaciones auspiciadas por las izquierdas. Es decir, porque a los exfranquistas no les quedó más remedio. El resultado de la Transición no fue indiscutiblemente positivo y quedó muy lejos de lo que la oposición democrática venía reclamando. Roca argumenta que se había inaugurado un sistema poco plural que pivotaba sobre un «bipartidismo de hecho» (p. 24), constreñido por un Gobierno demasiado fuerte y una sociedad y unas Cortes demasiado débiles.

 

La oxidada Transición cuestiona el discurso «dominante» sobre la Constitución de 1978, de la que destaca sus sombras, como la generosidad de la izquierda, que «concedió a la derecha el olvido de su pasado dictatorial y el de los muchos agravios recibidos, y el impagable regalo de la legitimidad democrática; y le dio al país una mano de barniz civil, moderno y moderadamente laico» (p. 32). De la Carta Magna se deriva, a decir de Roca, «un régimen político de acusadas tendencias autoritarias y opaco, con una democracia restringida por una representación política sesgada, donde el ciudadano quedaba tolerado como un súbdito con ciertos derechos antes que tenido (y temido) como un exigente soberano» (p. 34). Entre las «hipotecas» del nuevo sistema el autor señala a la Corona y su (crecientemente discutido) papel, el Ejército, la policía, la judicatura, la oligarquía («un capitalismo anticuado de rostro brutal, y una desigualitaria forma de repartir la riqueza», p. 41) o la Iglesia Católica y sus numerosos privilegios.

 

La presente obra también denuncia una supuesta desmemoria y reinvención del franquismo que, en opinión del autor, responde tanto a la pasividad de las izquierdas, que «se privaron de la oportunidad de defender tanto los valores modernos y democráticos, como los valores de la izquierda y del movimiento obrero» (p. 47), como a la acción de la derecha, ya que Roca acusa a los sucesivos gobiernos del PP de promover «la rehabilitación del franquismo y de Franco» (p. 49), llegando a denominar las etapas de José María Aznar y de Mariano Rajoy como «neofranquismo».

 

En la segunda parte del ensayo se realiza un somero estudio sobre las diferentes crisis que afectan a España actualmente (desde la económica a la desafección ciudadana respecto a la política y las instituciones), buscando la raíz de todos los problemas en los déficits de la Transición y en la inercia de las décadas posteriores. El panorama que pinta es, desde luego, desolador. Para José Manuel Roca «uncida a una Unión Europea en proceso de descomposición, España camina hacia una descivilización programada; hacia un tipo de sociedad asocial, desigual y empobrecida, con la vida más difícil para la mayoría y un futuro muy dudoso, regido por una lógica darwiniana que genera tiburones y víctimas, y por una autoritaria estructura de poder que facilita el dominio de los más fuertes y los más astutos, que no suelen ser los más justos ni los más honrados» (p. 111).

 

La tesis central de este combatiente libro se puede resumir en que la democracia está viciada de origen y el origen no es otro que la muy defectuosa y oxidada Transición, que la derecha pervirtió gracias, entre otras cosas, a la cómplice pasividad de las fuerzas progresistas. A pesar de que es una obra documentada sobre nuestro pasado reciente, no se trata de una obra historiográfica (ni se presenta como tal), sino de un libro de denuncia. Es un ensayo escrito desde una perspectiva muy crítica y netamente de izquierdas, que tiene una proyección muy evidente en la más rabiosa actualidad.

 

¿Los problemas de la España de hoy son consecuencia de los (presuntos) errores de la España de Adolfo Suárez? La oxidada Transición da un rotundo sí como respuesta. «Ha sido bastante ilusorio esperar que las cosas fueran distintas, pues de aquellos mimbres sólo podían salir estos cestos» (p. 113). No obstante, incluso con mimbres defectuosos (y habría que discutir largo y tendido en qué grado lo estaban) se puede hacer muy diferentes tipos de cestos. No hay nada inevitable.

 

El ensayo señala a los hipotéticos culpables de haber tejido mal, ya lo sean por acción (la derecha, la Corona, las clases altas, la Iglesia, etc.) u omisión (la izquierda). Ahora bien, Roca exonera de toda culpa al español de a pie, convertido en víctima inocente de las maquinaciones de unos y otros. Es una teoría muy consoladora, pero cabe preguntarse hasta qué punto el ciudadano está libre de toda responsabilidad en el declive de una democracia parlamentaria como la nuestra (joven e imperfecta, sí, pero democracia al fin y al cabo). Sean o no insuficientes o papel mojado, ¿acaso solo tiene derechos y no deberes? Quizá las élites ocasionaron las faltas de la Transición y la mayoría de los desaguisados posteriores, pero alguna responsabilidad tendrán los ciudadanos que delegaron consciente y libremente en ellas los asuntos de la res publica.

 

Puede que el discurso institucional sobre la Transición sea excesivamente idílico, pero lo cierto es que, al menos en el ámbito académico, el debate sobre las luces y las sombras del proceso lleva ya unos años en el candelero1. La galopante crisis y el descrédito de los políticos profesionales han provocado que la controversia se haya avivado, dando pie a la aparición de cierta producción bibliográfica de calidad, entre la que destaca el libro de José Manuel Roca. Desde luego, incluso cuando no se comparten todas sus ideas, es uno de los que hay que tener cuenta en esta discusión, en esta encrucijada que relaciona directamente el presente con nuestro pasado reciente.

Fuente: Historia del Presente, nº 23, 2014

 

1 Por poner un ejemplo reciente, cabe citar Juan Carlos Monedero: La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2011.

 

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Sectarismos patrios

“¿Tú qué eres, etarra o chavista? Por ahí empieza cualquier intento de discusión política para la derecha política y mediática española. Y ahí termina”.
El autor de la cita que recojo, Isaac Rosa, tiene bastante razón. Lo he visto, lo he oído y no solo referido a Podemos y su líder. No obstante, Rosa se ha olvidado conscientemente de que para un gran sector de las izquierdas cualquier persona de centro-derecha o derecha es sencillamente “fascista” o “franquista” mientras que ya sabemos qué son los no nacionalistas (periféricos) a ojos de muchos nacionalistas (periféricos).

Si algo nos caracteriza a los ciudadanos españoles, si algo compartimos, es nuestro patético nivel de odio, intolerencia y sectarismo, así como la total ausencia de autocrítica que campea en todas las culturas políticas. 

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24 June, 2014 · 18:23

La lección de un monumento

La lección de un monumento

En mayo se inauguró en el Paseo Marítimo de Santoña un monumento con motivo de la celebración del Bicentenario de la capitulación de la Plaza Napoleónica (entonces conocida como “la Gibraltar del norte”) a las tropas españolas tras la Guerra de Independnecia. La verdad es que, ya sea por los recortes o por la falta de imaginación, deja bastante que desear. Se trata de un sencillo bloque de hormigón con una placa y tres banderas. Yo mismo ironicé al respecto en su momento. No obstante, ayer me fijé mejor y comprendí que tan humilde lugar de memoria transmitía una lección valiosa y original, nada común en este tipo de símbolos. No sobre la Guerra de Independencia, ni sobre la importancia estratégica de las fortificaciones de Santoña, sino sobre el sectarismo y el revanchismo. O, mejor, sobre la ausencia de los mismos. Sobre el monumento ondean tres banderas: la de la invasora y perdedora Francia, la de la invadida y expoliada España y la de la vencedora Gran Bretaña. Las tres y no solo una. ¿En qué otro lugar sería esto posible? Hace doscientos años de aquella guerra y ya es pura y simpre historia. No un arma política, como tan habitual es en España. Siempre que se mira con los ojos adecuados, es posible aprender algo nuevo. A mí me ha costado un mes, lo confieso con rubor.

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13 June, 2014 · 10:04

Redes sociales y cabezas de turco

Alguna vez he criticado por aquí la manía, tan extendida en las redes sociales, de reproducir noticias y acusaciones falsas sin comprobarlas primero, como si bastara con que apareciesen en una pantalla. Unamos ese elemento de estúpida ingenuidad a otra manía, igualmente humana, la de buscar chivos expiatorios para nuestras frustaciones colectivas e individuales: desde la quema de brujas en siglos pasados a la xenofobia y el ultranacionalismo que siguen en boga en la actualidad. El resultado de tal cóctel puede ser un drama, como lo que ha ocurrido en Brasil con una mujer confundida con una secuestradora de niños.
PD: Otra de prejuicios, en este caso contra los colores. Dice mucho de la situación mental de cierto sector del nacionalismo vasco. Que el neurótico sea el Consejero de Salud es como para echarse a temblar.

 

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Toreros y doctores

El diario El Mundo informa de que durante el próximo curso el torero El Juli va a ejercer de profesor en distintas universidades españolas. “Las materias que impartirá serán cultura taurina y métodos para motivar a los estudiantes recurriendo a su experiencia personal”. Todo lo cual me lleva a plantearme mi vida reciente como un absurdo fracaso. Me he pasado ocho años haciendo una tesis doctoral en Historia Contemporánea para acabar con la certeza de que no voy a trabajar en la universidad ni de bedel. Qué pérdida de tiempo. ¡Tenía que haberme hecho torero, pardiez!

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