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¿Nuevos tiempos? Pasado y presente del nacionalismo vasco radical

¿Nuevos tiempos? Pasado y presente del nacionalismo vasco radical

El jueves 3 de octubre a las 16:30 imparto una charla en la sala de conferencias de la Casa del Estudiante de la Universidad de Cantabria (Santander) con el título: «¿Nuevos tiempos? Pasado y presente del nacionalismo vasco radical»

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25 septiembre, 2013 · 12:06

Aberri y Jagi-Jagi. El nacionalismo vasco radical hasta la Guerra Civil

jagi_f02_039x060Después de la moderada, la extremista ha sido la segunda corriente en número e influencia de la cultura política del nacionalismo vasco. Y, no hay que olvidarlo, la inicial: el primer abertzale radical fue el propio Sabino Arana (hasta 1898). El ultranacionalismo ha estado históricamente representado por un buen número de grupos distintos: la tendencia extremista del PNV, desde 1898 hasta nuestros días, Aberrien los años 1920, los Jagi-Jagi (Arriba-Arriba) durante la II República, el colectivo Ekin (Hacer) en la década de los 50, luego ETA y, desde el tardofranquismo, los partidos que han girado en torno a su órbita (la «izquierda abertzale»), amén de algunas pequeñas y fugaces formaciones como ESB, Euskal Sozialista Biltzarrea (Partido Socialista Vasco).

Radical es un adjetivo que significa «extremista», pero que, por otra parte, etimológicamente nos remite a las raíces. En el caso del nacionalismo vasco radical considero que las dos dimensiones de la palabra son perfectamente adecuadas. Por una parte, es la versión más exaltada e intransigente del abertzalismo y, como tal, defiende el independentismo a ultranza, sin ambigüedades. Por otra parte, trata de regresar a los orígenes de dicha ideología, es decir, a la del fundador del PNV. En palabras de José María Lorenzo, historiador vinculado a la «izquierda abertzale», «es cierto que no todos los nacionalismos vascos son aranistas, pero también lo es que cualquier independentismo tiene su raíces ancladas en Sabino».

La progresiva moderación del PNV, así como su posibilismo autonomista y sus acercamientos a distintos partidos no nacionalistas provocaron que su facción más radical se escindiera en dos ocasiones durante el primer tercio del siglo XX. Ambas disidencias compartieron una serie de características comunes. En primer lugar, eran grupos ultranacionalistas ortodoxos, defensores de la pureza doctrinal del aranismo: acusaban a la dirección jeltzale de haber abandonado los dogmas de su fundador. En segundo lugar, las dos rupturas estuvieron lideradas por Elías Gallastegi (Gudari) y apoyadas por Luis Arana, del que el primero había sido secretario. En tercer lugar, nunca llegaron a amenazar seriamente la primacía del partido, que retuvo a la mayoría de la militancia jeltzale. En cuarto lugar, la base territorial de ambas escisiones se redujo básicamente a Vizcaya, siendo muy débiles en el resto del País Vasco.

La primera ruptura se produjo tras el retroceso electoral y el fracaso de la campaña autonomista de CNV, Comunión Nacionalista Vasca, que había crispado a la tendencia más radical del nacionalismo. Una polémica periodística provocó que la dirección de Comunión expulsara a buena parte de sus juventudes, abanderadas porGudari, que decidieron crear una nueva formación, el PNV (1921-1930), también conocida como Aberri por la cabecera de su órgano de expresión. En 1922 se les unió una pequeña escisión anterior dirigida por Luis Arana, quien fue nombrado presidente del nuevo partido. Gudari y Arana compartían su ideología nacionalista ortodoxa: tradicionalismo, independentismo a ultranza, rechazo a cualquier colaboración con los vascos no nacionalistas, antiespañolismo, integrismo, puritanismo moral y antimaketismo. No obstante, Aberri introdujo dos importantes novedades en el nacionalismo vasco. Por un lado, el grupo, muy influido por el movimiento republicano irlandés, creó organizaciones sectoriales (juvenil, de mujeres, etc.), con lo que se conformó como un partido-comunidad, que durante la II República daría paso a la «comunidad nacionalista vasca». Por otro lado, pactó una fugaz entente con los otros nacionalismos periféricos de España (Triple Alianza, 1923). La trayectoria histórica de la formación de Gudari fue truncada por el golpe militar del general Primo de Rivera, que prohibió su actividad, y la reunificación en 1930 con CNV.

Algunos de los antiguos aberrianos Gudari, Manuel de la Sota Aburto (Txanka), Lezo de Urreztieta, etc.- participaron en la segunda disidencia de la tendencia radical del nacionalismo en 1934: los Jagi-Jagi, que tomaron el nombre de su periódico. En este caso se trató de un  grupo mucho más pequeño que Aberri, formado por la Federación de Mendigoxales (montañeros) de Vizcaya. Aunque probablemente lo hubieran hecho de no estallar la Guerra Civil, los Jagi-Jagi no llegaron a formar un nuevo partido. En realidad, se asemejaban más a una organización paramilitar, fenómeno generalizado durante la II República (los requetés carlistas, las escuadras de Falange, los escamots de ERC, los grupos de autodefensa del PSOE y de ANV, etc.). Ya en unJagi-Jagi de 1932, se podía leer: «Te lo voy a decir en secreto, mendigoxale: tú no eres un deportista. Óyelo bien: tú eres un soldado de la Patria». Según José María Tápiz, mientras estuvieron bajo la órbita del PNV, los mendigoxales se dedicaron principalmente a la propaganda, pero también actuaron como el «servicio de orden» del partido en las concentraciones y en las elecciones. En estas últimas ocasiones era el propio PNV el que les proporcionaba las armas. Por otra parte, muchos de ellos iban habitualmente armados (su dirección así se lo había ordenado públicamente en 1932), realizaban ejercicios de tiro y protagonizaron enfrentamientos violentos con grupos de otras tendencias políticas, especialmente con los izquierdistas. Por último, los mendigoxales mantuvieron relaciones fluidas con las facciones más extremistas de otros movimientos nacionalistas, como el catalán. A decir de Anna Sallés y Enric Ucelay da Cal la Sûreté francesa creía que el grupo de Gallastegi había entrado en contacto con el partido de Hitler en diciembre de 1931. En ese sentido, Xosé Manoel Núñez Seixas ha analizado un memorándum que el catalanismo más radical envió en 1936 a los nacionalsocialistas ofreciéndose para una alianza internacional. En dicho texto se afirmaba que los Jagi-Jagis, que supuestamente se ponían al servicio de la Alemania nazi, contaban con una organización paramilitar preparada para empezar una insurrección armada. No hubo respuesta oficial.

Conocedores de su debilidad y con una visión de la democracia parlamentaria meramente instrumental, no pensaron en sustituir al PNV, como había intentado Aberri, sino que defendieron infructuosamente la firma de un frente abertzale entre los partidos nacionalistas para las elecciones generales de 1933 y 1936. Los diputados elegidos en dicha candidatura serían los legítimos representantes de toda la nación vasca e irían a las Cortes única y exclusivamente para exigir la independencia de Euskadi. El PNV y ANV se negaron siquiera a discutir la propuesta. A pesar de ese fiasco, a partir de entonces los sectores más extremistas del nacionalismo vasco han retomado intermitentemente el proyecto frentista.

Los más destacados referentes ideológicos de los mendigoxales, Gudari y Luis Arana, consideraron que la Guerra Civil era un problema entre «españoles», por lo que las fuerzas nacionalistas vascas debían declararse «neutrales». A pesar de todo, tras cierto debate interno, los Jagi-Jagiformaron dos batallones que lucharon en el bando republicano, aunque con vistas a aprovechar la contienda para organizar una intentona independentista. Cuando las tropas franquistas tomaron Bilbao, los mendigoxales consideraron acabada su guerra y se rindieron.

Los Jagi-Jagi, como antes había hecho Aberri, se autoerigieron en guardianes de la ortodoxia aranista. La verdad revelada por el profeta no podía modificarse. Así, Gudari advertía, tras la reproducción de uno de los artículos más racistas de Sabino Arana, que «desfigurar tan alto pensamiento es traicionarlo (…). Si sembramos, medrosos, pensamientos raquíticos y turbios, el fruto ha de ser turbio y raquítico también». Otra muestra significativa de la devoción hacia el fundador del PNV se puede encontrar en un texto de Pedro de Basaldua: «Los vascos hablan Sabino, escriben Sabino, piensan en Sabino y sueñan con él hasta el extremo que sería ridículo si no mereciera tal admiración». Por supuesto, la narrativa aranista fue asumida en su totalidad. TrifónEchebarría (Etarte), director de Jagi-Jagi, resumía el supuesto enfrentamiento secular entre la nación española y la nación vasca como una «lucha de razas (…). La lucha de siempre se ha convertido hoy en odio de razas, y quien de esta lucha desiste, por muy grandes que sean las razones, es un traidor a la patria». Contra estos «traidores», se anunciaba en un artículo anterior, había declarada una «franca guerra (…). Batamos en todos los rincones de nuestros pueblos, montes y valles de la patria al hermano traidor, capaz de vender su libertad y la nuestra por un plato de lentejas». Este odio, primero dirigido a los «vascos maketizados» (los no nacionalistas), se extendió, tras su negativa a formar un frente abertzale en 1936, a los «españolistas» líderes del PNV y de ANV.

Por otra parte, los Jagi-Jagi heredaron el «anticapitalismo» del primer Sabino Arana, lo que no hay que identificar con una posición de izquierdas (nada más opuesto a la «lucha de clases» que la «lucha de razas»), sino con la asunción de la doctrina social de la Iglesia Católica. En palabras de Etarte, «se nos ha achacado como de enemigos del capital, gran error; no odiamos al capital, no; lo que odiamos es el capitalismo, es decir, el abuso o mal uso del capital, y este odio al capitalismo, lo tenemos refrendado en las encíclicas de los Papas». Lezo de Urreztieta lo expresaba así: «éramos partidarios de una organización social avanzada, como la marcada por el sindicalismo de Utrech, avanzada pero siempre vasca y cristiana. No estábamos en la izquierda, pero se trataba de mantenernos en posiciones honestas».

Para movilizar a sus bases los artículos de Jagi-Jagi apelaban directamente a las emociones y, más concretamente, al «odio purificador», «sobrehumano», al «enemigo moral y material de nuestra patria, que vemos reflejado en cada uno de esa raza que nos domina y nos hiere». Como catalizador para provocar ese odio se recurrió a la mística del sufrimiento heroico: la glorificación de la figura de los presos y los mártires mendigoxales(un discurso victimista y maniqueo que encontraba el necesario enemigo en «el pistolerismo rojo»). Ya en el primer número de Jagi-Jagi Manuel de la Sota asumía que «solamente conseguiremos la libertad de nuestra Patria con nuestro sacrificio y nuestro sufrimiento, y que cuanto mayores sean estos, más rápidamente llegará aquélla». En el siguiente boletín se advertía al mendigoxale que «la cumbre que tú persigues [la independencia de Euzkadi] (…) sabes que termina en una Cruz». Los presos ocuparon un lugar destacado en las páginas de Jagi-Jagi hasta tal punto que Sota propuso la formación de una asociación elitista a la que «pertenecerían exclusivamente, todos aquellos que han tenido la honra de pisar la cárcel por causas patrióticas». Tampoco faltó la construcción de mártires seculares. Ya en octubre de 1932 apareció el primer «cuadro de honor» de «Nuestros muertos», a los que había que tener «grabados en la mente». Se pedía poner «una oración en tus labios por las almas de los que dieron sus vidas sin vacilar en holocausto de la Patria desgraciada y no vaciles en imitarles si llega el momento (…). De la tierra regada por la sangre de sus hijos brotará en un día no lejano, el fruto sazonado que la alimente». Presos y mártires mendigoxales, a través de su sacrificio, se convertían en símbolos de la causa nacionalista radical y en ejemplos que el resto de la militancia había de seguir.

En cierto sentido Aberri y los jagi-jagis pueden ser considerados los precedentes históricos de ETA y la «izquierda abertzale». Incluso algunos líderes ultranacionalistas de los años 20 y 30 del siglo XX actuaron como puente con la banda, en la que sus descendientes han llegado a militar (siendo el caso más conocido el de la saga de los Gallaestegi). No obstante, entre unos y otros hay sustanciales diferencias estratégicas (el terrorismo) y doctrinales (el racismo y el integrismo de los primeros o el autoproclamado socialismo de los segundos) que no conviene pasar por alto. Además, hubo un hecho crucial que separó a la generación de los mendigoxales de la de los etarras: la Guerra Civil (1936-1939).

 

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El triángulo vasco III. El PNV hasta la Guerra Civil

ImagenTras la temprana muerte del máximo dirigente del PNV en 1903, la íntima vinculación entre nacionalismo y religión católica dio lugar a, en palabras de José Luis de la Granja, «un verdadero culto a Sabino Arana», quien llegó a ser considerado por sus discípulos como «un nuevo Jesucristo, elegido por la Providencia para redimir y salvar» a la nación vasca. En consecuencia, el aranismo derivó en una «doble religión: la de Cristo y la de Arana» (pero no en una religión política).

La sacralización de Sabino Arana no impidió que se cerraran las puertas que había abierto su «evolución españolista». Fue enterrada por su sucesor, Ángel Zabala. Sin embargo, el PNV había quedado irremediablemente dividido en dos corrientes enfrentadas. Por una parte, los moderados o euskalerriakos, encabezados por el naviero Ramón de la Sota, partidarios de la vía institucional, la moderación, el gradualismo y el autonomismo. Por otra parte, los radicales o aranistas, dirigidos por Zabala y Luis Arana, independentistas a ultranza y contrarios a cualquier variación en la doctrina del primer Sabino. Desde entonces ambos sectores han competido por conseguir la dirección del PNV y marcar su estrategia, lo que en la afortunada expresión de Santiado de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz, le ha hecho oscilar en un «péndulo patriótico».

Moderados y radicales llegaron a una solución de compromiso en 1906, estableciendo como objetivo final del PNV la restauración de los fueros vascos (lo que podía interpretarse tanto como alguna clase de autogobierno como la separación de España). En 1911, para competir con la socialista UGT (Unión General de Trabajadores), nació el primer sindicato abertzale: SOV (Sindicato de Obreros Vascos), posteriormente denominado ELA-STV, Eusko Langileen Alkartasuna – Solidaridad de Trabajadores Vascos.

Paralelamente a la expansión del partido, con una base social interclasista, la línea moderada de Sota fue ganando posiciones, lo que no se tradujo en una renuncia oficial al legado ideológico de Sabino Arana. Durante la I Guerra Mundial (1914-1918) la formación, denominada desde 1916 CNV (Comunión Nacionalista Vasca), gozó de una etapa de apogeo. En 1917 los jeltzales lograron la presidencia de la Diputación de Vizcaya y la alcaldía de Bilbao. En 1918 CNV obtuvo siete diputados y tres senadores, formando grupo parlamentario en las Cortes. Fue en esos años en los que el nacionalismo desarrolló la primera campaña autonomista en el País Vasco. No obstante, fracasó su apuesta por el autogobierno y en 1919 comenzó el declive electoral de CNV, lo que propició la escisión del sector radical en 1921, Aberri (Patria), capitaneado por Elías Gallastegi (Gudari). Durante todo este periodo, el nacionalismo se alió en diversas ocasiones con las derechas no nacionalistas (católicos, monárquicos o carlistas), a las que le unía su ideología conservadora, tradicionalista e integrista, pero nunca con las izquierdas.

Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) la actividad de CNV, al contrario que la de Aberri, fue tolerada, pero el nacionalismo permaneció estancado. Al finalizar esta, los dos partidos jeltzales se reunificaron en la Asamblea de Vergara (16 de noviembre de 1930), en la que se ratificó la doctrina aranista condensada en su lema JEL y se volvió a la tradicional denominación de PNV. En consecuencia, un pequeño grupo de abertzales moderados y no confesionales se escindió para crear una nueva formación, ANV (Acción Nacionalista Vasca).

Durante los primeros años de la II República (1931-1936), régimen en cuya gestación no quiso participar, el PNV se alió con los enemigos de la nueva democracia, el carlismo y el integrismo, con los que pretendía conseguir un estatuto de autonomía para el País Vasco. El carácter clerical y xenófobo del proyecto, denominado estatuto de Estella, además de su inadecuación al marco legal de la Constitución de 1931, hizo que se malograra por la oposición de las izquierdas vascas, que lo consideraban inaceptable. El PNV tampoco tuvo más suerte durante el bienio en el que gobernaron el Partido Radical de Alejandro Lerroux y la CEDA de José María Gil Robles, ya que estas fuerzas se negaron a avanzar en la descentralización territorial del Estado.

ImagenDe la mano de nuevos dirigentes como José Antonio Aguirre y Manuel Irujo, y siguiendo la estela de ANV, a partir de 1934 el PNV abandonó a las derechas no abertzales, cada vez más extremistas, para aproximarse a las izquierdas, más dispuestas a apoyar la vía autonomista. La nueva colaboración entre jeltzales y frentepopulistas, encarnados por sus líderes José Antonio Aguirre e Indalecio Prieto, dio como fruto el Estatuto de 1936, que definía al País Vasco como una región autónoma dentro de la República Española. Por dicho motivo, José Luis de la Granja considera a Aguirre y Prieto los «dos padres fundadores indiscutibles» del Estatuto vasco y, por consiguiente, del «nacimiento de Euskadi» como comunidad político-administrativa.

Ya iniciada la Guerra Civil se constituyó el Gobierno vasco, formado por una coalición entre el PNV, el PSOE, los partidos republicanos, ANV y el PCE. Estuvo hegemonizado por los jeltzales, que contaron con el lehendakari (presidente) Aguirre y las consejerías más importantes, como la de Justicia y Cultura, de Jesús María Leizaola, y Gobernación, de Telesforo Monzón. Por añadidura, entre 1936 y 1938 Manuel Irujo, dirigente navarro del PNV, fue ministro en el Gobierno republicano, puesto en el que le sustituyó Tomás Bilbao, de ANV.

Simultáneamente, a finales de la II República y especialmente durante el exilio, el PNV evolucionó ideológicamente desde el tradicionalismo de sus orígenes hasta la democracia cristiana, y desde el independentismo al gradualismo. Pero la suya fue una moderación sui generis, puesto que, si por una parte se instaló en una posición de centro-derecha y de política pragmática y autonomista, por otra no revisó ni cuestionó oficialmente los dogmas extremistas de Sabino Arana, figura que continuó siendo sagrada. Como explica José Luis de la Granja, «el aranismo sobrevivió como un sustrato ideológico, que impregnaba tanto al nacionalismo moderado como al radical, no solo durante la Dictadura de Franco sino también desde la Transición democrática (…). [El PNV] nunca ha cuestionado oficialmente el aranismo, porque nunca ha celebrado su Congreso de Bad Godesberg, es decir, no ha hecho con él lo que hicieron los partidos socialdemócratas y socialistas con el marxismo y los partidos eurocomunistas con el leninismo en las décadas de 1960 y 1970. Por ello, cabe hablar del eterno retorno del aranismo en la dilatada historia del PNV».

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

GRANJA, José Luis de la (2002): El nacionalismo vasco. Un siglo de historia. Madrid: Tecnos. (1ª ed.: 1995).

GRANJA, José Luis de la (2003): El siglo de Euskadi. El nacionalismo vasco en la España del siglo XX. Madrid: Tecnos.

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Precedentes de EE: El nacionalismo vasco heterodoxo hasta la Guerra Civil

El nacionalismo vasco heterodoxo

La vía del nacionalismo vasco heterodoxo, terminología acuñada por José Luis de la Granja, en cuyos trabajos me baso para escribir este post, ha estado representada por algunas personalidades durante la Restauración, por ANV en la II República y la Guerra Civil, por ESEI durante la Transición, por EE a partir de la convergencia de EIA con el EPK (1982) y posteriormente por algunas personalidades independientes.

Según José Luis de la Granja, la corriente abertzale heterodoxa, débil y discontinua, está caracterizada por una serie de rasgos político-ideológicos. En primer lugar, el suyo es un nacionalismo no aranista, que rechaza la mayoría de los dogmas del fundador del PNV (el antiespañolismo, el clericalismo, el antimaketismo, la narrativa, la estructura confederal del País Vasco, etc.). Así, su concepción de la nación vasca es voluntarista y subjetiva, integradora y plural. No obstante, los heterodoxos siguen calificando a Euskadi como «la patria de los vascos», por lo que su nacionalismo tampoco puede ser calificado de antiaranista. En segundo término, los abertzales heterodoxos generalmente se han ubicado en la izquierda, ya sea en posiciones liberales (ANV) o socialistas (ESEI y EE). Tercero, dichos grupos se han aliado preferentemente con partidos vascos no nacionalistas, con algunos de los cuales incluso se han fusionado (EIA con el EPK en 1982 y EE con el PSE en 1993). De igual manera, han rechazado cualquier frente abertzale excluyente. En cuarto lugar, el objetivo político prioritario de los heterodoxos ha sido lograr «una Euskadi autónoma en España democrática», ya que consideran que España no es «el enemigo» ni el «Estado opresor», sino una realidad histórica y plurinacional dentro de la cual el País Vasco puede existir manteniendo su personalidad diferenciada. Así, estos han sido los partidos más firmemente autonomistas, renunciando explícitamente al horizonte independentista o relegándolo a la pura retórica. Además, han sido las únicas formaciones abertzales que han aprobado una Constitución española (ANV implícitamente la de 1931 y EE expresamente la de 1978, aunque con diez años de retraso). El nacionalismo heterodoxo nunca ha logrado consolidar un espacio político propio. En tierra de nadie, encajado entre las dos formaciones más influyentes del País Vasco, el PNV y el PSOE, su papel se ha visto reducido a ejercer de «bisagra» entre ambos. Por este motivo, socialistas y jeltzales han terminado por absorber los restos del nacionalismo heterodoxo, cuando este, tras su declive electoral, ha entrado en crisis y ha desaparecido. A pesar de todo, su fiasco político no debe ocultar las aportaciones de la heterodoxia abertzale: su contribución a la modernización y democratización del nacionalismo vasco, su papel en la vertebración de Euskadi y, por último, su actividad a favor de la solución del problema vasco, incluyendo la integración pacífica del País Vasco en la España de las autonomías.

Los pioneros

Durante la Restauración esta corriente del nacionalismo estuvo personificada en unos pocos individuos, vinculados en su mayoría al grupo euskalerriako de Ramón de la Sota: Francisco de Ulacia, Jesús de Sarria y Eduardo Landeta. Ulacia fue uno de los primeros concejales de Bilbao por el PNV (1901 y 1093). El anticlericalismo de este médico y escritor le llevó a criticar duramente el «lastre integrista» del «nacionalismo religioso», que abandonó para fundar dos efímeras formaciones abertzales autonomistas, republicanas y liberales en Bilbao: el Partido Nacionalista Vasco Liberal (1910) y el Partido Republicano Nacionalista Vasco (1911), cuyo lema era «Patria y Libertad». Este último llegó a estudiar fusionarse con el Partido Reformista de Melquíades Álvarez en 1912. Las dos formaciones abertzales heterodoxas se vinieron abajo por la hostilidad del PNV y la escasez de seguidores. Durante la II República Ulacia propuso inútilmente que ANV convergiera con el republicanismo federal, en cuyas filas acabó militando. En los años 30 sus escasos seguidores, como el periodista Pedro Sarasqueta y el historiador Segundo de Ispizua, se unieron a partidos republicanos.

El abogado y escritor Jesús de Sarria fue el director de la importante revista Hermes (1917-1922), en la que colaboraron otros nacionalistas heterodoxos como Landeta y Ramón de Belausteguigoitia e intelectuales no abertzales, como Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset. Su nacionalismo era autonomista, liberal y democrático, así como partidario de la reforma social. Sarria combinaba vasquismo con españolismo, al considerar que la grandeza de España redundaba en beneficio de Euskadi.

Eduardo Landeta, secretario y pariente de Ramón de la Sota, fue el ideólogo del semanario Euskalduna. En 1906 Ángel Zabala, el sucesor de Sabino Arana, lo expulsó del PNV por su heterodoxia. Landeta cuestionó en profundidad toda la doctrina aranista, destacando su conferencia «Los errores del nacionalismo vasco y sus remedios» (1923), por lo que no es extraño que Granja lo denomine «una especie de Bernstein del aranismo». Para Landeta, las ideas del fundador del PNV habían quedado obsoletas, por lo que era conveniente abandonarlas cuanto antes. El nacionalismo debía renunciar al aranismo, a las aspiraciones secesionistas y a la restauración foral, el objetivo oficial del PNV desde 1906. La razón estribaba en que la tesis de la independencia originaria de los territorios vascos, sustento político del mito de la Edad Dorada de Arana, era una «falsedad histórica». Landeta consideraba que la meta final de los abertzales debía ser la mayor autonomía posible de Euskadi dentro de España.

Finalmente hay que nombrar al fugaz Partido Nacionalista Vasco de Baracaldo. De ideas laicas y obreristas, fue fundado por la Juventud Vasca de dicha ciudad en 1922, tras ser primero expulsada de CNV y posteriormente escindida de Aberri. Se trató de uno de los grupos que crearon ANV.

Acción Nacionalista Vasca

Cuando el PNV se reunificó en 1930 reafirmándose en la doctrina aranista, un sector del partido, proveniente de Comunión, se escindió por considerar que el abertzalismo precisaba una renovación ideológica. El 30 de noviembre se fundó ANV, una formación de centro-izquierda, laica, liberal, republicana, no aranista y autonomista, así como abierta a los inmigrantes. Desde sus comienzos la nueva fuerza se coaligó con las izquierdas vascas, participando en sus candidaturas electorales, aunque nunca obtuvo representación parlamentaria. Incluso en 1934 un sector de los republicanos vascos y ANV se acercaron con vistas a una fusión orgánica, paso que no se llevó a cabo por sus diferencias en la cuestión religiosa y en la nacionImagenal. A pesar de las propuestas de algunos de los más destacados dirigentes aneuvistas, como Andrés Perea y Tomás Bilbao, el partido no renunció explícitamente a incluir en su programa de máximos el derecho de autodeterminación para Euskadi. Pero conviene aclarar que esas posiciones soberanistas únicamente aparecieron en algunas declaraciones de principios, puesto que la práctica política de ANV fue netamente autonomista, siendo la obtención del estatuto su principal objetivo. Una buena muestra fue su rechazo a la propuesta de los Jagi-Jagi de formar un frente abertzale a favor de la independencia en 1936 y su preferencia por el Frente Popular con las izquierdas no nacionalistas. Cuando los mendigoxales les acusaron de «colaboracionistas», desde ANV se les respondió que efectivamente, eran colaboracionistas «por programa y por convicción».

Hasta 1936 ANV fue un partido liberal, pero ese año se radicalizó y dio un giro a la izquierda, lo que le llevó a posiciones socialistas, anticapitalistas y antimonopolistas, pero no marxistas. A pesar de que no por ello varió su praxis, sus principales fundadores abandImagenonaron la formación. La actividad política de ANV fue una de las claves de la aprobación del Estatuto de autonomía de 1936 y de la formación ese mismo año del primer Gobierno vasco. El aneuvista Gonzalo Nardiz ocupó una de las consejerías del ejecutivo autónomo de Euskadi hasta su disolución. Otro aneuvista, Tomás Bilbao fue ministro sin cartera en el gabinete republicano del presidente Juan Negrín (1938-1939) en sustitución de Manuel Irujo, del PNV.

ANV fue un partido minoritario y extraparlamentario, que no consiguió consolidarse ni supuso una amenaza electoral para el PNV. Las causas de su fracaso fueron, en opinión de José Luis de la Granja, la falta de espacio político, el retraso del Estatuto, la cuestión religiosa, la ausencia de prensa adicta, los errores propios, etc. Sin embargo, el partido hizo numerosas aportaciones a la historia del nacionalismo vasco que merecen ser reseñadas: 1) «fue el primer partido no aranista del nacionalismo vasco que planteó una alternativa política al PNV por su izquierda»; 2) «contribuyó a la secularización, modernización y democratización de la ideología nacionalista (…), al aportar aconfesionalidad en materia religiosa, el liberalismo en política y la apertura a los inmigrantes»; 3) «renovó la política de alianza del movimiento nacionalista», antes dirigido solo a las derechas no nacionalistas, pactando preferentemente con las izquierdas; 4) aunó el nacionalismo, el liberalismo y el socialismo; 5) anticipó la evolución posterior del PNV; 6) «fue el precedente histórico más importante de la izquierda nacionalista vasca, heterodoxa y estatutista», representada por ESEI (1976-1981) y EE (1982-1993).

El agur de ANV

La historia de ANV no cambió de rumbo hasta la Transición, en la que fracasó electoralmente, lo que la sumió en una crisis interna. Una pequeña facción encabezada por el consejero del Gobierno vasco Gonzalo Nárdiz se escindió para formar la efímera ANV histórica, que apoyó a Euskadiko Ezkerra. El otro sector, mayoritario, mantuvo las siglas, pero cayó en manos de los partidarios de ETA militar, que marginaron a los militantes veteranos y a su dirigente Valentín Solagaistua. ANV se convirtió entonces en un partido fantasma, instrumentalizado como legitimación histórica de la «izquierda abertzale. En 2007 se resucitaron sus siglas para usarlas como pantalla electoral de la ilegalizada Batasuna, pero como escribió José Luis de la Granja («La verdadera historia de ANV», El País, 12-II-2008), «la ANV de la República y la Guerra Civil solo tiene en común el nombre y la bandera con la ANV actual». Poco después la formación fue declarada ilegal.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

GRANJA, José Luis de la (1983): «El doctor Justo Gárate y el nacionalismo vasco», Muga, nº 25.

GRANJA, José Luis de la (1998): «Francisco de Ulacia. Biografía política», en ULACIA, Francisco de: ¡Nere biotza! Bilbao: El Tilo, pp. 9-76.

GRANJA, José Luis de la (2003): El siglo de Euskadi. El nacionalismo vasco en la España del siglo XX. Madrid: Tecnos.

GRANJA, José Luis de la (2008): Nacionalismo y II República en el País Vasco. Estatutos de autonomía, partidos y elecciones. Historia de Acción Nacionalista Vasca: 1930-1936. Madrid: Siglo XXI. (1ª ed.: 1986).

GRANJA, José Luis de la y FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2012): «L´évolution des nationalismes hétérodoxes au Pays basque», en FERNÁNDEZ GARCÍA, Alicia y PETITHOMME, Mathieu (dirs.): Les nationalismes dans l´Espagne contemporaine depuis la transition démocratique (1975-2011). Compétition politique et identités nationales. París: Armand Colin, pp. 166-188.

MEES, Ludger (1989): «La izquierda imposible. El fracaso del nacionalismo republicano vasco entre 1910 y 1913», Historia Contemporánea, nº 2, pp. 249-266.

PABLO, Santiago de (1987): «La izquierda del nacionalismo vasco en Álava: ANV (1931-1936», Kultura, nº 11, pp. 110-122.

PABLO, Santiago de (1993): «La renovación ideológica del nacionalismo vasco en 1930: de la ponencia navarra al manifiesto de San Andrés», Príncipe de Viana, anejo 15, pp. 405-413.

PS: Y esto de regalo.

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«El Roto» hoy

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9 julio, 2013 · 9:18

La función del …

La función del historiador es proporcionar un relato acerca de lo ocurrido en el pasado, basado en el rigor de una localización y crítica de los restos de éste, que permita comprender las claves de cómo y porqué sucedieron las cosas.
La realidad, pasado o presente, se produce por una multiplicidad de causas; las cosas no se producen por un solo motivo.
El historiador da cuenta de la complejidad con que se produce la realidad, expone las diferentes causas que ha localizado como generadoras de los hechos e, importante, formula razonadamente una jerarquía de esas causas, señalando las que entiende como principales y como secundarias, aunque relevantes.

El jueves Raúl López Romo y un servidor celebramos en Vitoria un acto de presentación de dos nuestros libros. Nos presentaron Esozi Leturiondo, presidenta de la Mario Onaindia Fundazioa y el catedrático de Historia Contemporánea por la UPV/EHU Antonio Rivera, quien ha tenido la amabilidad de cederme el texto de su conferencia, que pueden descargarse y leer AQUÍ. Comenzaba, con la cita que abre este post, reflexionando sobre la función del historiador. No está de más, pues es algo que mucha gente olvida. Pero el texto también toca otros temas cruciales (y no me refiero precisamente a nuestras obras, que son solo granos de arena). Feliz lectura sabática.

PS: Y AQUÍ adjunto la Convocatoria para la presentación de ponencias al Congreso Internacional: Himnos y canciones: símbolos de identidad colectiva en perspectiva comparada, que se celebrará en Bilbao, los días 22-23 de mayo de 2014. Organiza la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea.

PS II: Todavía aguanta, pardiez.

Territorios - 29 jun 2013 - Page #7

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29 junio, 2013 · 6:25

Recensión de «Sangre, votos, manifestaciones» en «Historia del Presente»

Fresquita como este verano de tres al cuarto. Aquí se la pueden descargar.

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Hacer patria o hacer historia. Algunos apuntes sobre la literatura histórica de la «izquierda abertzale»

La calidad de las obras sobre la historia del pasado reciente del País Vasco es muy heterogénea. Aunque su número no es tan elevado como nos gustaría, contamos con trabajos notables, escritos con método, rigor y profesionalidad. Pero la escasez de obras historiográficas propiamente dichas se ve agravada porque en el ámbito vasco les ha surgido una seria competidora: la literatura histórica. José Luis de la Granja lo explica mejor que yo: «una cosa es la historiografía militante y partidista, sea laudatoria o denigratoria del nacionalismo, y otra muy distinta es la historiografía sustentada en una investigación objetiva de las fuentes y una metodología científica a cargo de historiadores profesionales, en su mayoría profesores universitarios. En puridad, el nombre de historiografía se debería reservar en exclusiva para esta última, mientras que a aquélla la denominamos literatura histórica».

El uso partidista de la historia, su instrumentalización y manipulación, no es monopolio de ninguna ideología concreta. En el caso vasco encontramos ejemplos tanto de literatura histórica antinacionalista, que ha tenido un claro resurgir en los últimos años, sobre todo de mano de periodistas, como ultranacionalista, que es en la que me centro aquí. Ha sido certeramente descrita por Santiago de Pablo como «historiografía nacional-revolucionaria, muy parcial y preñada de lugares comunes, en las que ETA aparece siempre como un movimiento salvador de una Euskadi oprimida no solo por la dictadura, sino también por España y por el capitalismo». En ese sentido, cada libro es un nuevo capítulo que añadir a la saga narrativa del «conflicto vasco». A pesar de su escasísima calidad y de su evidente propósito publicitario, lo cierto es que la literatura ultranacionalista cuenta con bastante difusión social gracias a la compleja y eficiente industria cultural que ha construido la «izquierda abertzale»: asociaciones «por la memoria histórica» (Euskal Memoria, Ahaztuak 1936-1977, etc.), editoriales (Txalaparta), medios de comunicación (Gara, etc.), una red de librerías, etc. Y, por supuesto, un público lector entregado y dispuesto a leer (y asumir) cualquier cosa que confirme sus creencias y prejuicios, que legitime su apuesta por una opción determinada: el nacionalismo vasco radical. Da igual que la obra carezca de fuentes, esté claramente sesgada o no resista un mínimo análisis crítico. No estamos en el universo de la razón, sino en el de los sentimientos y emociones.

Dentro de la larga lista de escritores de literatura histórica ultranacionalista hay que distinguir dos categorías. En primer lugar hay una mayoría de propagandistas, entre los que cabe citar a Iñaki Egaña Sevilla, José Antonio Egido, Iker Casanova, Luis Núñez, Eduardo Renobales o Txema Urrutia. Se distinguen no solo por desconocer la metodología básica del historiador, sino también por despreciar abiertamente a la historia como disciplina y más cuando tiene alguna relación con la universidad. Por descontado, eso no obsta para que se aprovechen de sus avances, plagiando (literalmente) a los historiadores profesionales, a los que, sin embargo, raramente citan (en realidad, casi nunca citan a nadie ajeno a su minúsculo e intelectualmente autárquico círculo). Lo suyo es apuntalar (o inventar o incluso reinventar) los mitos abertzales. La verdad, a su modo de ver, no tiene que ver con la ciencia, sino con la fe… en Euskal Herria, una patria que es inmemorial y que lleva siglos sojuzgada por el «Estado español». Y, si los documentos dicen lo contrario, qué les zurzan a los documentos. Quien dude de las máximas patrióticas sencillamente se coloca en el bando de los opresores, o sea, es un «fascista». Evidentemente con los propagandistas, que nunca escuchan ni tienen dudas, no cabe ningún debate historiográfico.

Pero no es justo clasificar a todos los productores de literatura histórica ultranacionalista como simples apologetas. Hay una minoría de historiadores y/o cronistas que dominan los rudimentos del oficio. Me refiero, entre otros, a Francisco Letamendia (Ortzi), Emilio Majuelo y José María Lorenzo Espinosa. Gracias a su aparente corrección formal y metodológica, sus obras han de inscribirse en una categoría superior a la de los propagandistas. Desde luego, tienen más calidad. Resultan útiles y son de obligada lectura para quien pretende tratar en serio la historia de ETA y el nacionalismo vasco radical. Mas hay que tener cuidado y comprobar detenidamente algunas de sus afirmaciones antes de darlas por válidas, ya que los cronistas escriben con la misma parcialidad que los panfletos de sus primos: el impulso que en el fondo les guía es hacer patria, no hacer historia. No hay que olvidarlo nunca.

PS: Al César lo que es del César. Por un lado, Letamendia se avino a concederme una (eso sí) breve entrevista para realizar mi tesis doctoral. Sus obras, aunque hay que tomarlas con precaución, me han sido provechosas en mis investigaciones, sobre todo para hacerme una idea general al principio, cuando estaba un tanto perdido. Por otro lado, Lorenzo Espinosa, que fue mi profesor en la Universidad de Deusto, ha escrito algunos libros rigurosos, además de literatura histórica, y sería injusto meter a todas sus publicaciones en el mismo saco. Guardo buen recuerdo suyo como persona. Quizá algún día podamos tomarnos unas cañas y tener un debate historiográfico de verdad. Ojalá.

BIBLIOGRAFÍA
GRANJA, José Luis de la (1992): «El nacionalismo vasco: de la literatura histórica a la historiografía», Historia Contemporánea, nº 7, pp. 209-236.
MOLINA, Fernando (2010): «La eterna “cuestión vasca”. ¡Y vuelta la burra al trigo!», Claves de Razón Práctica, nº 199, pp. 64-71.
MONTERO, Manuel (2011): La forja de una nación. Estudios sobre el nacionalismo y el País Vasco durante la II República, la Transición y la democracia. Granada: Universidad de Granada.
PABLO, Santiago de (2005): «Silencio roto (solo en parte). El franquismo y la transición en la historiografía vasco-navarra», Vasconia, nº 34, pp. 383-406.
RIVERA, Antonio (2004): «Cuando la mala historia es peor que la desmemoria (acerca de los mitos de la Historia contemporánea vasca)», El valor de la palabra, nº 4, pp. 41-72.

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18 junio, 2013 · 19:16

Me acusan de «mesianismo» (y dos buenas noticias para compensar)

Pero España jamás está fuera de la historia. Ni en los detalles. Gaizka Fernández Soldevilla acaba de publicar su tesis doctoral sobre Euskadiko Ezkerra. Ha confeccionado sus conclusiones antes de realizar el trabajo. No es ese el tema, sino su solapa: «una obra que contribuye a una mejor comprensión del pasado reciente del País Vasco y, por ende, de España». ¿Publicidad gratuita? Para nada. Mesianismo.

Iñaki Egaña: «La obsesión», Gara, 8-VI-2013

Ayer Gara publicó un artículo de opinión de Iñaki Egaña Sevilla en el que se me citaba explícitamente. Por cierto, es la segunda vez que aparezco en dicho diario. Hace unos años algo así hubiera sido como para preocuparse mucho. Sea como fuese, el texto se cae por su propio peso, aunque se lo recomiendo, porque es un ejemplo paradInakiEganaigmático de la narrativa de la autodenominada «izquierda abertzale«. Se trata de un ejercicio de literatura militante sin ninguna relación con la Historia como disciplina, cuya metodología y objetivos es evidente que el autor no solo desconoce, sino que desprecia. Al fin y al cabo, Egaña Sevilla no es un historiador, sino un propagandista que intenta legitimar una opción política determinada (el nacionalismo vasco radical) dotándole de argumentos seudohistóricos. Estos no resistirían ningún análisis crítico, pero eso es lo de menos, ya que no apela a la razón del lector, sino a su fe en el supuesto «conflicto secular» que enfrenta a los agresores españoles y los agredidos vascos, «una de las comunidades naturales más antiguas de Europa, presente en el territorio actual desde al menos el último Máximo Glacial». Ahí es nada.

Para escribir mi tesis doctoral he tenido que estudiar bastante de esta literatura sesgada y partidista, incluyendo varias obras de Egaña Sevilla, como su Diccionario histórico-político de Euskal Herria (Txalaparta, 1996). Creo que fue Cervantes quien escribió que incluso los libros malos pueden tener algo bueno. Tenía toda la razón: a veces uno encuentra datos útiles en la propaganda (sea esta del bando que sea, claro está), aunque siempre hay que tomarlos con el debido cuidado para contrastalos , no sea que reproduzcamos acriticamente falsedades, mitos y tergiversaciones interesadas. Espero sacar tiempo esta semana para profundizar más en el tema.

Conociendo el «método» y la «calidad científica» de Egaña Sevilla, a nadie puede sorprender que desdeñe cualquier obra de corte académico, aunque tanto él como otros de sus colegas no han dudado en aprovechar (sin citarlos adecuadamente) los trabajos publicados por la historiografía profesional vasca. Ahora bien, llama poderosamente la atención que un autodenominado «historiador» tenga el valor de tachar una tesis doctoral de «mesianismo» después de leer… su contracubierta. Un gran esfuerzo intelectual, sin duda alguna. Esperemos que algún día se recupere y sea capaz de echarle un ojo al índice. Por cierto, Iñaki Egaña Sevilla, quien por algún motivo suele olvidarse de poner su segundo apellido, confunde en su artículo «solapa» con «contracubierta». Definitivamente los libros no son lo suyo.

Por suerte, este fin de semana trajo otras noticias más gratas, que me acaban de comunicar. Al parecer, Héroes, heterodoxos y traidores figuraba ayer en el número 10 de la lista de los libros más vendidos de no ficción en Territorios, el suplemento cultural de El Correo. Muchas gracias a las personas que lo han comprado, porque me ha hecho muchísima ilusión. Hoy en ese mismo periódico aparece un texto en euskera, «Gorrak eta baturroak», escrito por Roberto Mosso, que espero poder colgar cuanto antes.

Territorios

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9 junio, 2013 · 19:02

El retorno del «antifranquismo»

Interesante artículo, cuya lectura recomiendo:

MANUEL MONTERO: «El retorno del antifranquismo», EL CORREO, 30/05/2013

Y, en otro orden de cosas, he aquí un clarísimo ejemplo de instrumentalización nacionalista del pasado. La Generalitad de Cataluña ha organizado un simposio sobre «Espanya contra Catalunya». O como intentar que la historia responda a los intereses políticos del presente.

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30 mayo, 2013 · 13:10