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Curso de verano «De Hipercor a Ermua. El terrorismo de ETA y sus víctimas» (UIMP, Santander)

C_3sGLEXgAAoBK9.jpgEste año de 2017 se cumplen treinta años del atentado de ETA contra el centro comercial Hipercor, en Barcelona, que causó la muerte de 21 personas y que representa la mayor matanza de esta banda terrorista. No fue la única acción terrorista de ETA en 1987 en las que este grupo buscó -y a veces consiguió- el asesinato en masa mediante el empleo de coches bomba. Ahí están, entre otros, los atentados perpetrados aquel año contra la Comandancia de la Guardia Civil de Zaragoza o la Dirección General del instituto armado en Madrid. Se cumplen también veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, símbolo de la estrategia de socialización del sufrimiento que puso en marcha ETA y que buscaba acosar a los adversarios políticos de los partidos y organizaciones sociales constitucionalistas. Tanto la estrategia de la banda de los años ochenta como la de los noventa tenía una cosa en común: el propósito de provocar la derrota del Estado.

El recuerdo de las víctimas del terrorismo de las épocas pasadas es importante, pero no es el único objetivo del curso. Se pretende sacar lecciones del pasado que sean válidas para el presente. Reflexionar sobre las responsabilidades políticas y sociales de los terroristas y sobre la necesidad de que la sociedad y sobre todo quienes recurrieron a las armas asuman una visión crítica del terrorismo. Hay que reconocer la relevancia que tuvieron las movilizaciones sociales y la capacidad de resistencia cívica de quienes estuvieron amenazados por el terrorismo como ejemplos de comportamiento ciudadano frente a la violencia.

El curso, además de ofrecer una perspectiva amplia sobre la presencia del terrorismo en las sociedades occidentales, quiere ofrecer una reflexión sobre el papel de la justicia en el triunfo del Estado de Derecho frente a ETA. En este marco, el curso quiere reunir la voz de víctimas de distintas épocas y dar a conocer un estudio de opinión pública sobre las víctimas y las políticas de memoria.

Miércoles, 5 de julio

Fernando Savater

Florencio Domínguez

Mesa de Víctimas moderada por Montserrat Torija: José Vargas, Santos Santamaría y Pascual Grasa.

 Jueves, 6 de julio

Eduardo González Calleja

Carlos Totorika

Mesa moderada por Manuel Ventero: Cristina Cuesta, Philipe Labbé y Santiago González.

 Viernes, 7 de julio                                                  CLAUSURA  

Laurence Le Vert                                                   Florencio Domínguez

Francisco Llera                                                       Mari Mar Blanco

 Más información y matrícula aquí

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«Cacereños», El Correo, 14-V-2017

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Según el INE, 24.603 personas tienen Paredes como primer apellido en España. El porcentaje más alto corresponde a los extremeños: el 2,26% de los habitantes de Badajoz y el 0,61% de los de Cáceres se apellidan así. También el 0,43% de los guipuzcoanos. Estos últimos, en su mayoría, son inmigrantes provenientes de Extremadura o descendientes de los mismos. Hay que recordar que durante los años cincuenta y sesenta, a raíz de la oleada de trabajadores que se desplazó desde el campo a la ciudad, la xenofobia reapareció en una parte del nacionalismo vasco. Así, aunque procedieran de otra provincia, los inmigrantes fueron despectivamente denominados “cacereños”, término que sustituyó al que empleaba Sabino Arana, “maketos”. Nuevas etiquetas para viejos prejuicios. Raúl Guerra Garrido lo recogió en una de sus novelas, precisamente titulada Cacereño.

La inmigración convergió trágicamente con el terrorismo en la muerte de dos hombres apellidados Paredes. Compartían origen: ambos habían nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz). Desde allí sus familias se trasladaron a Zarauz y a San Sebastián respectivamente. La dictadura ejecutó a un Paredes por pertenecer a ETA y, quince años después, ETA asesinó al otro por su supuesta relación con la droga. Sus vidas terminaron de la misma manera, a manos de los enemigos de la democracia. Ahora bien, el recuerdo que ha dejado su existencia ha sido muy diferente.

El primero fue Juan Paredes Manot, alias Txiki. Militante de ETA político-militar, un tribunal franquista lo juzgó y condenó a la pena capital. Se le acusaba de haber participado en un atraco en Barcelona durante el cual fue asesinado el policía Ovidio Díaz López. Pese a las movilizaciones de protesta, Txiki fue fusilado el 27 de septiembre de 1975, a la vez que otro polimili, Ángel Otaegui, y tres miembros del FRAP.

El hecho de que Juan Paredes fuera inmigrante suponía una oportunidad para ETA, que deseaba atraerse las simpatías de ese sector de la población vasca. En una carta de consolación a su familia, la organización terrorista parafraseaba a Tertuliano al nombrar a Txiki “un héroe del pueblo, cuya sangre será fértil simiente”. El sentido estaba claro. Desde entonces, la propaganda abertzale publicitó su figura como la del buen “cacereño”, el que sacrificaba su vida por la causa de ETA. Se trataba de un modelo que contraponer a los malos “cacereños”, los “colonos” que no abrazaban el nacionalismo y, por consiguiente, eran vistos como enemigos. A decir del dirigente de HB Miguel Castells, “los euskaldunes deben pensar que cada inmigrante podría llegar a ser un nuevo Txiki” (1978). Otro líder ultranacionalista, Telesforo Monzón, les animó a alistarse en la banda: “Tu hermano Txiki fue nuestro hermano./ Ven a suplirlo con devoción./ Una mañana murió en euskara/ brotando sangre de su canción”. Desde su ejecución, cada 27 de septiembre, el entorno civil de ETA celebra el Gudari Eguna en memoria de Paredes y Otaegui. Por utilizar la expresión de Jesús Casquete, se trata de una doble vampirización: la “izquierda abertzale” usurpó al PNV la conmemoración del Gudari Eguna y a ETApm (y a EE) el uso propagandístico de dos emblemáticos polimilis. Hoy Paredes se ha convertido en un símbolo que trasciende el ámbito del nacionalismo radical. A menudo asociaciones por la memoria histórica e instituciones han homenajeado a Txiki como víctima del franquismo, que lo fue, olvidando que era miembro de una organización terrorista, que también lo fue.

Además del Paredes “mártir” de ETA, hubo otro Paredes víctima de ETA. El 6 de abril de 1990 en la parte vieja de San Sebastián, a la salida de un bar que irónicamente se llamaba Txiki, un pistolero de ETA asesinó a Miguel Paredes García y a su mujer, Elena María Moreno Jiménez. La calle estaba abarrotada de gente, pero nadie intentó detener al terrorista cuando huyó del lugar de los hechos. La joven pareja tenía dos hijas de corta edad. ETA justificó el crimen acusando a las víctimas de ser toxicómanos vinculados al tráfico de drogas, algo que repitieron algunos medios de comunicación. El historiador Pablo García Varela señala que con esa excusa la banda ha acabado con la vida de unas cuarenta personas. Como el resto de ellas, la familia Paredes-Moreno quedó doblemente estigmatizada: sus allegados no solo eran víctimas del terrorismo, sino también, se decía, drogadictos y delincuentes comunes. “Algo habrían hecho”.

La sociedad no estuvo a la altura, pero tampoco las instituciones. Juanfer F. Calderín reveló en Agujeros del sistema que el caso se había cerrado en tan solo seis meses. Nunca se resolvió el crimen, que acabó prescribiendo. Hasta la publicación de su libro no supimos que los informes forenses demostraban que en la sangre de las víctimas no había ni rastro de droga. No se trataba de toxicómanos. Como tantas otras veces, ETA mató y mintió.

En octubre de 2014 Covite colocó una placa en recuerdo del matrimonio en San Sebastián, que el ayuntamiento, gobernado por Bildu, no tardó en quitar. El acto se repitió en diciembre, con idéntico resultado. Antes de morir, mi amigo Fernando Altuna expresó su deseo de reponerla. No pudo: lo enterraron el mismo día que tenía previsto hacerlo. Su pareja, Ana Berlanga, todavía guarda en su casa la placa de Miguel Paredes y Elena María Moreno.

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CONGRESO INTERNACIONAL «LA GUERRA CIVIL EN EL PAÍS VASCO. HISTORIA Y MEMORIA»

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En los últimos años se han realizado valiosas aportaciones en la investigación sobre la Guerra Civil en el País Vasco, pero este crucial acontecimiento sigue reclamando preferente atención historiográfica. Desde que en 1987 se celebrara el primer congreso académico sobre el tema, han sido escasos los encuentros científicos organizados para debatir y presentar los avances en su investigación. El pasado año se cumplieron ocho décadas del estallido de la guerra, y éste se conmemora el ochenta aniversario del bombardeo de Gernika; es una buena ocasión para convocar de nuevo a los investigadores. La Universidad del País Vasco y la Fundación Sancho el Sabio unen sus esfuerzos para celebrar un congreso que permita explorar tanto la
dimensión histórica de la guerra como la construcción de diversas memorias en torno
a ella.
Pueden consultar el programa aquí

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Jornada de homenaje a López de Lacalle

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5 mayo, 2017 · 10:54

Curso de verano: «El movimiento yihadista global ante el declive del Califato en Orinte Medio» (El Escorial)

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4 mayo, 2017 · 14:25

Reseña de «Cambio y continuidad en el discurso político. El caso del Partido Socialista de Euskadi (1977-2011)» de Rafael Leonisio

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En el último número de la revista Historia Contemporánea aparece esta reseña sobre la tesis de Rafael Leonisio, que ha sido un placer leer y comentar. Una obra muy recomendable para cualquiera que quiera conocer mejor la historia reciente del País Vasco.

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Documental: «La red Gladio y España»

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Raúl López Romo: «¿Por qué un Memorial?», El Correo, 3-III-2017

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¿Por qué un Memorial?

Raúl López Romo

Historiador, Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo

El “cese definitivo” del terrorismo de ETA en 2011 ha abierto nuevas posibilidades para conocer qué ha ocurrido y por qué. La creación de un Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo pretende abordar esa labor teniendo en cuenta la experiencia de las víctimas, que son la consecuencia más trágica del empleo de la violencia. La elección de Vitoria-Gasteiz como sede de esta entidad, que será un museo y también un archivo y un centro de investigación, no es fruto del azar. Con más de 800 asesinatos, ETA ha sido la principal amenaza terrorista a la que se ha enfrentado la democracia española. De modo que, en primer lugar, se trata de contribuir a su deslegitimación allí donde sigue concitando el apoyo o la comprensión de cierto sector de la sociedad. Valgan como ejemplo los recibimientos que todavía se prodigan a los etarras cuando salen de prisión: su entorno los recibe como si fueran héroes.

Este Memorial se ocupa de las víctimas de todos los terrorismos que han actuado en España entre 1960, fecha de la primera víctima reconocida como tal (la niña Begoña Urroz, asesinada por el DRIL), y la actualidad. Todas ellas son iguales: no merecieron el daño que les causaron. El terrorismo no es una violencia privada, sino que ataca al corazón de la convivencia de todos. En este sentido, como no se cansa de explicar Joseba Arregui, tiene un innegable componente político, pues trata de imponer un proyecto de parte al conjunto de la población.

La sociedad tiene una deuda con las víctimas del terrorismo. Solo desde hace relativamente poco, en España existe una atención institucional específica para ellas. La idea de construir un Memorial figura en la Ley 29/2011 de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo, que fue aprobada con un amplio consenso parlamentario. Votaron a favor 339 diputados de los grupos socialista, popular, nacionalistas catalanes (CiU), vascos (PNV), Esquerra Republicana-Izquierda Unida-Iniciativa per Catalunya-Verds y grupo mixto. Este acuerdo, alcanzado por encima de barreras partidistas, es clave para fundar un Memorial que sea la casa de todos los demócratas.

No se trata, por tanto, de crear una institución que avive una identidad o una ideología determinada, sino de buscar y difundir la verdad. Tony Judt advirtió que “el siglo XX que hemos elegido conmemorar tiene un carácter muy selectivo”, con representaciones a menudo “nostálgico-triunfalistas” y fragmentarias. Conviene tener presente este problema para construir un relato sobre el pasado, o mejor, unos relatos, que no estén fundados sobre criterios de oportunidad política, sino sobre principios sólidos. Así se refleja en el informe publicado por la comisión de expertos que definió los cimientos intelectuales del Memorial. Entre ellos figura la necesidad de contextualizar la historia del terrorismo, narrando los padecimientos de las víctimas, las características de los perpetradores y de sus entornos de apoyo, así como las diferentes actitudes sociales en relación con la violencia a lo largo del tiempo, y las respuestas políticas, judiciales y policiales a ese fenómeno, sin esquivar el caso del terrorismo parapolicial.

El patronato del Memorial cuenta con una representación plural: la Administración General del Estado, el Gobierno Vasco, el Gobierno de Navarra, los gobiernos de las demás comunidades autónomas, el ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz y las víctimas del terrorismo. El organigrama de la entidad se completa con un consejo asesor en el que estarán representadas las víctimas del terrorismo.

Lejos de ser una iniciativa local, nos sumamos a una tendencia internacional. La historiadora Coro Rubio contabiliza 40 museos dedicados a la Resistencia en Francia, 30 al Holocausto en Alemania, 16 a los campos de concentración y exterminio de Polonia… Muchos de ellos han sido impulsados desde la década de 1990. En cuanto al fenómeno específico del terrorismo, hay un centro señero, el Memorial del 11-S de Nueva York, en cuyo espejo nos miramos, también por lo que respecta al recuerdo de los atentados del 11-M, la mayor masacre terrorista cometida en España.

Para su futura exposición y su archivo, el Memorial de Vitoria-Gasteiz está recogiendo todas las fuentes sobre la historia del terrorismo en España: bibliografía, documentos de organizaciones pacifistas, del movimiento cívico, de ETA y otras organizaciones terroristas, informes policiales y judiciales, fondo de entrevistas, autobiografías, películas… Todo ello irá ayudando a reconstruir el pasado de forma fiel y rigurosa.

Las víctimas no son un resultado inevitable de la evolución de la historia. No son una fatalidad del destino, sino que se señala la responsabilidad de los perpetradores y se legisla para protegerlas, partiendo de una tríada tradicional de demandas: verdad, justicia y reparación, a la que se ha añadido un cuarto elemento que ha llegado para quedarse: la memoria. El terrorismo provoca consecuencias irreversibles que no debemos ignorar y de las que podemos extraer una lección moral útil para toda la sociedad. El Memorial de Vitoria-Gasteiz se guía por este propósito. Vale la pena emprender el esfuerzo.

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3 mayo, 2017 · 7:52

Novedad editorial: «La huella del terror franquista en Bizkaia. Jurisdicción militar, políticas de captación y actitudes sociales (1937-1945)» de Erik Zubiaga

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“La huella del terror franquista en Bizkaia” trata sobre el funcionamiento y el impacto de la jurisdicción militar tras la entrada de las tropas sublevadas en la villa de Bilbao. Los primeros tres bloques de la obra ofrecen una radiografía integral de la represión jurídico militar, que no se limita a consignar únicamente las sentencias de cárcel y de muerte sino que aborda también el desenlace de aquellos expedientes que finalizaron tanto con el sobreseimiento de la causa, la absolución, así como con la conmutación de la pena, proporcionando además un retrato completo del perfil político y social de los procesados.

Ahora bien, pese a que la represión fue elemento configurador de la identidad del régimen franquista y el pilar donde se fundamentó su asentamiento, la consolidación del nuevo régimen no pivotó exclusivamente sobre las estrategias del miedo y la represión. La pervivencia y la longevidad del nuevo Estado requirieron inexorablemente tanto la neutralización de la disidencia como la adhesión o, al menos, el consentimiento de una gran parte de la sociedad civil.

La presente obra dedica también un espacio a analizar las políticas de captación implementadas y las actitudes sociales acontecidas en Bizkaia durante la inmediata posguerra.

Erik Zubiaga Arana (1983) es doctor en Historia por la Universidad del País Vasco (2016). Actualmente es beneficiario de la convocatoria de contratación de doctores recientes hasta su integración en programas de formación postdoctoral en la Universidad del País Vasco. Es autor de varias publicaciones en libros colectivos y revistas como «Historia y Política», «Historia Actual» y «Uztaro». Asimismo ha participado en diversos seminarios y congresos celebrados en Lisboa, Valencia, Barcelona y Santiago de Compostela.

Pueden adquirirlo aquí

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Manu Montero reseña «La voluntad del gudari» en el último número de la revista «Historia Contemporánea»

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Pueden leerla aquí

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