“Cacereños”, El Correo, 14-V-2017

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Según el INE, 24.603 personas tienen Paredes como primer apellido en España. El porcentaje más alto corresponde a los extremeños: el 2,26% de los habitantes de Badajoz y el 0,61% de los de Cáceres se apellidan así. También el 0,43% de los guipuzcoanos. Estos últimos, en su mayoría, son inmigrantes provenientes de Extremadura o descendientes de los mismos. Hay que recordar que durante los años cincuenta y sesenta, a raíz de la oleada de trabajadores que se desplazó desde el campo a la ciudad, la xenofobia reapareció en una parte del nacionalismo vasco. Así, aunque procedieran de otra provincia, los inmigrantes fueron despectivamente denominados “cacereños”, término que sustituyó al que empleaba Sabino Arana, “maketos”. Nuevas etiquetas para viejos prejuicios. Raúl Guerra Garrido lo recogió en una de sus novelas, precisamente titulada Cacereño.

La inmigración convergió trágicamente con el terrorismo en la muerte de dos hombres apellidados Paredes. Compartían origen: ambos habían nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz). Desde allí sus familias se trasladaron a Zarauz y a San Sebastián respectivamente. La dictadura ejecutó a un Paredes por pertenecer a ETA y, quince años después, ETA asesinó al otro por su supuesta relación con la droga. Sus vidas terminaron de la misma manera, a manos de los enemigos de la democracia. Ahora bien, el recuerdo que ha dejado su existencia ha sido muy diferente.

El primero fue Juan Paredes Manot, alias Txiki. Militante de ETA político-militar, un tribunal franquista lo juzgó y condenó a la pena capital. Se le acusaba de haber participado en un atraco en Barcelona durante el cual fue asesinado el policía Ovidio Díaz López. Pese a las movilizaciones de protesta, Txiki fue fusilado el 27 de septiembre de 1975, a la vez que otro polimili, Ángel Otaegui, y tres miembros del FRAP.

El hecho de que Juan Paredes fuera inmigrante suponía una oportunidad para ETA, que deseaba atraerse las simpatías de ese sector de la población vasca. En una carta de consolación a su familia, la organización terrorista parafraseaba a Tertuliano al nombrar a Txiki “un héroe del pueblo, cuya sangre será fértil simiente”. El sentido estaba claro. Desde entonces, la propaganda abertzale publicitó su figura como la del buen “cacereño”, el que sacrificaba su vida por la causa de ETA. Se trataba de un modelo que contraponer a los malos “cacereños”, los “colonos” que no abrazaban el nacionalismo y, por consiguiente, eran vistos como enemigos. A decir del dirigente de HB Miguel Castells, “los euskaldunes deben pensar que cada inmigrante podría llegar a ser un nuevo Txiki” (1978). Otro líder ultranacionalista, Telesforo Monzón, les animó a alistarse en la banda: “Tu hermano Txiki fue nuestro hermano./ Ven a suplirlo con devoción./ Una mañana murió en euskara/ brotando sangre de su canción”. Desde su ejecución, cada 27 de septiembre, el entorno civil de ETA celebra el Gudari Eguna en memoria de Paredes y Otaegui. Por utilizar la expresión de Jesús Casquete, se trata de una doble vampirización: la “izquierda abertzale” usurpó al PNV la conmemoración del Gudari Eguna y a ETApm (y a EE) el uso propagandístico de dos emblemáticos polimilis. Hoy Paredes se ha convertido en un símbolo que trasciende el ámbito del nacionalismo radical. A menudo asociaciones por la memoria histórica e instituciones han homenajeado a Txiki como víctima del franquismo, que lo fue, olvidando que era miembro de una organización terrorista, que también lo fue.

Además del Paredes “mártir” de ETA, hubo otro Paredes víctima de ETA. El 6 de abril de 1990 en la parte vieja de San Sebastián, a la salida de un bar que irónicamente se llamaba Txiki, un pistolero de ETA asesinó a Miguel Paredes García y a su mujer, Elena María Moreno Jiménez. La calle estaba abarrotada de gente, pero nadie intentó detener al terrorista cuando huyó del lugar de los hechos. La joven pareja tenía dos hijas de corta edad. ETA justificó el crimen acusando a las víctimas de ser toxicómanos vinculados al tráfico de drogas, algo que repitieron algunos medios de comunicación. El historiador Pablo García Varela señala que con esa excusa la banda ha acabado con la vida de unas cuarenta personas. Como el resto de ellas, la familia Paredes-Moreno quedó doblemente estigmatizada: sus allegados no solo eran víctimas del terrorismo, sino también, se decía, drogadictos y delincuentes comunes. “Algo habrían hecho”.

La sociedad no estuvo a la altura, pero tampoco las instituciones. Juanfer F. Calderín reveló en Agujeros del sistema que el caso se había cerrado en tan solo seis meses. Nunca se resolvió el crimen, que acabó prescribiendo. Hasta la publicación de su libro no supimos que los informes forenses demostraban que en la sangre de las víctimas no había ni rastro de droga. No se trataba de toxicómanos. Como tantas otras veces, ETA mató y mintió.

En octubre de 2014 Covite colocó una placa en recuerdo del matrimonio en San Sebastián, que el ayuntamiento, gobernado por Bildu, no tardó en quitar. El acto se repitió en diciembre, con idéntico resultado. Antes de morir, mi amigo Fernando Altuna expresó su deseo de reponerla. No pudo: lo enterraron el mismo día que tenía previsto hacerlo. Su pareja, Ana Berlanga, todavía guarda en su casa la placa de Miguel Paredes y Elena María Moreno.

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