Documental realizado por el historiador alavés Aitor González de Langarica con motivo del bicentenario de la batalla de Vitoria.
Después de años acumulando fracasos al enseñar geografía por el método tradicional («¡Haced mapas y estudiadlos, esclavos!»), el curso pasado decidí probar con las nuevas tecnologías. El resultado: aprobado general. Ayer estuve con mis chicos de 3º de Diversificación jugando con el mapa físico de Europa. Se lo pasaron genial y, además, ¡aprendieron! Lo pongo aquí, por si hay algún valiente que quiera probar sus conocimientos de relieve.
Y hoy ha tocado jugar a distinguir la B y la V con los mis pequeños de 1º de Compensatoria.
Lesa patria. Historias de exnacionalistas vascos
Las culturas políticas, como demuestra la historia de Euskadiko Ezkerra, no forman compartimentos completamente estancos. Los límites entre unas y otras no solo son permeables sino que a veces ni siquiera se pueden percibir con facilidad. No existe una separación radical entre el blanco y el negro, sino una progresiva variación cromática, de gris claro a gris más oscuro, en la que resulta problemático decretar exactamente dónde está la línea fronteriza. Las zonas grises son el producto inevitable de la confluencia de determinados rasgos comunes entre las grandes tradiciones políticas.
Contra lo que se pudiera pensar, los trasvases de militancia entre diferentes movimientos han sido continuos, lo que no significa en absoluto que hayan sido tolerados o bien vistos. En el caso de Euskadi individuos concretos o colectivos enteros han experimentado tránsitos ideológicos entre el nacionalismo y las derechas o las izquierdas (por lo general en sus versiones vasquistas, pero no siempre) y viceversa. Así, se pueden encontrar transferencias bidireccionales entre el abertzalismo más conservador y el tradicionalismo o entre el nacionalismo progresista y el socialismo más autonomista. No por casualidad durante muchos años las filas del PNV se nutrieron principalmente de antiguos integristas, carlistas o fueristas. Aquí nos interesa señalar que también ha sucedido al revés: han sido muchos los vascos que han abandonado su universo ideológico-identitario abertzale para adoptar otro no nacionalista. Una buena muestra ha sido la salida de militantes del PNV para unirse a la derecha no nacionalista, una evolución bastante habitual, especialmente durante la dictadura de Primo de Rivera y la Guerra Civil. Un ejemplo de paso del nacionalismo vasco al nacionalcatolicismo franquista fue el de Manuel Aznar, abuelo del expresidente del Gobierno José María Aznar, que ha sido estudiado Ludger Mees. El rocambolesco caso del sacerdote Martín de Arrizubieta, nacionalista, franquista, nacionalsocialista y finalmente antifranquista, ha sido analizado por Xosé Manoel Nuñez Seixas. Su vida inspiró la novela de Jon Juaristi La caza salvaje.
En repetidas ocasiones ha sido el descubrimiento del marxismo lo que ha provocado el abandono de la fe abertzale. Se trata de un proceso evolutivo que podríamos personalizar en la biografía política de Tomás Meabe. Hijo de uno de los primeros concejales jeltzales de Bilbao, Meabe llamó la atención de Sabino Arana por su inteligencia. En consecuencia, este le encargó que estudiara las publicaciones socialistas para poder rebatir mejor sus argumentos. El resultado fue una crisis personal que llevó a Meabe a perder la fe en Dios y en la causa nacionalista vasca. En 1902 Tomás abandonó el PNV e ingresó en el PSOE. En 1903 se había convertido en el director del semanario socialista La lucha de clases, al que imprimió su particular sello de anticlericalismo, antinacionalismo (vaso y español) y antimilitarismo. Tomás Meabe se convirtió en un destacado dirigente del PSOE y en uno de los fundadores de las Juventudes Socialistas de Bilbao y de España.
Meabe consiguió atraer al PSOE al doctor José Medinabeitia, un prestigioso intelectual abertzale. Su hermano Santiago Meabe, un aranista radical (firmaba sus artículos como Geyme: «Gora Euskadi y Muera España»), había sido director de los semanarios nacionalistas Patria y Aberri. Acabó apartándose del PNV por reaccionario, militó temporalmente en ANV en 1931, y finalmente pasó al PSOE en 1932. A la misma formación se había unido un año antes Felipe Bizkarrondo, exredactor de Euzkadi y de Acción Vasca.
Durante la dictadura franquista varios sectores provenientes del abertzalismo extremista de ETA experimentaron una evolución ideológica muy similar a la de Meabe, pasando del nacionalismo radical al marxismo (aunque, evidentemente, el contexto y los ritmos eran muy diferentes). Fueron las escisiones obreristas (y no nacionalistas) de la organización etarra: ETA berri (ETA nueva, 1966), Células Rojas (1970) y ETA VI (1970).
El nacionalismo vasco heterodoxo ha sido la otra vía por la que determinados abertzales han avanzado ideológicamente hasta llegar a la izquierda vasca no nacionalista. Al fin y al cabo, los rasgos de la heterodoxia abertzale son difícilmente distinguibles de los del vasquismo. Así, por ejemplo, varios destacados miembros de dicha corriente durante la Restauración, como Francisco de Ulacia o Pedro Sarasqueta, terminaron militando en partidos republicanos en los años 30. Este también fue el caso de un importante sector de Euskadiko Ezkerra, que evolucionó desde el extremismo abertzale de sus orígenes (ETApm y EIA) al vasquismo no nacionalista, tras su convergencia con el PSE para dar lugar al PSE-EE (1993).
BIBLIOGRAFÍA
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UNZUETA, José Luis (1987):Sociedad vasca y política nacionalista. Madrid: El País.
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«Tal como descr…
«Tal como describió Milton Rokeach, las personas que obtienen una puntación alta en los test sobre prejuicios étnicos presentan un comportamiento rígido a la hora de resolver problemas, tienen un pensamiento inflexible y su comprensión sobre temas de vital interés para ellos es muy reducida. También son propensos a hacer juicios rápidos, a mostrar desagrado ante situaciones ambiguas y a deformar los recuerdos de hechos significativos. Su resistencia activa a modificar en algo sus creencias es de suma importancia. Rokeach señala: «La aceptación de aquellos que están de acuerdo conmigo (aceptación dogmática) es una manifestación tan clara de intolerancia como el rechazo de aquellos que no lo están (rechazo dogmático)». La aceptación dogmática de la visión que el grupo tiene de sus adversarios forma parte del prejuicio. Por el contrario, la tolerancia es aceptar a los demás sin reparar en si están o no de acuerdo con nosotros.
La mente cerrada es impermeable a la información contraria a sus creencias tan cargadas emocionalmente y encerradas dentro de un marco rígido».
Aaron T. Beck: Prisioneros del odio.
¿Nuevos tiempos? Pasado y presente del nacionalismo vasco radical

El jueves 3 de octubre a las 16:30 imparto una charla en la sala de conferencias de la Casa del Estudiante de la Universidad de Cantabria (Santander) con el título: «¿Nuevos tiempos? Pasado y presente del nacionalismo vasco radical»
Aberri y Jagi-Jagi. El nacionalismo vasco radical hasta la Guerra Civil
Después de la moderada, la extremista ha sido la segunda corriente en número e influencia de la cultura política del nacionalismo vasco. Y, no hay que olvidarlo, la inicial: el primer abertzale radical fue el propio Sabino Arana (hasta 1898). El ultranacionalismo ha estado históricamente representado por un buen número de grupos distintos: la tendencia extremista del PNV, desde 1898 hasta nuestros días, Aberrien los años 1920, los Jagi-Jagi (Arriba-Arriba) durante la II República, el colectivo Ekin (Hacer) en la década de los 50, luego ETA y, desde el tardofranquismo, los partidos que han girado en torno a su órbita (la «izquierda abertzale»), amén de algunas pequeñas y fugaces formaciones como ESB, Euskal Sozialista Biltzarrea (Partido Socialista Vasco).
Radical es un adjetivo que significa «extremista», pero que, por otra parte, etimológicamente nos remite a las raíces. En el caso del nacionalismo vasco radical considero que las dos dimensiones de la palabra son perfectamente adecuadas. Por una parte, es la versión más exaltada e intransigente del abertzalismo y, como tal, defiende el independentismo a ultranza, sin ambigüedades. Por otra parte, trata de regresar a los orígenes de dicha ideología, es decir, a la del fundador del PNV. En palabras de José María Lorenzo, historiador vinculado a la «izquierda abertzale», «es cierto que no todos los nacionalismos vascos son aranistas, pero también lo es que cualquier independentismo tiene su raíces ancladas en Sabino».
La progresiva moderación del PNV, así como su posibilismo autonomista y sus acercamientos a distintos partidos no nacionalistas provocaron que su facción más radical se escindiera en dos ocasiones durante el primer tercio del siglo XX. Ambas disidencias compartieron una serie de características comunes. En primer lugar, eran grupos ultranacionalistas ortodoxos, defensores de la pureza doctrinal del aranismo: acusaban a la dirección jeltzale de haber abandonado los dogmas de su fundador. En segundo lugar, las dos rupturas estuvieron lideradas por Elías Gallastegi (Gudari) y apoyadas por Luis Arana, del que el primero había sido secretario. En tercer lugar, nunca llegaron a amenazar seriamente la primacía del partido, que retuvo a la mayoría de la militancia jeltzale. En cuarto lugar, la base territorial de ambas escisiones se redujo básicamente a Vizcaya, siendo muy débiles en el resto del País Vasco.
La primera ruptura se produjo tras el retroceso electoral y el fracaso de la campaña autonomista de CNV, Comunión Nacionalista Vasca, que había crispado a la tendencia más radical del nacionalismo. Una polémica periodística provocó que la dirección de Comunión expulsara a buena parte de sus juventudes, abanderadas porGudari, que decidieron crear una nueva formación, el PNV (1921-1930), también conocida como Aberri por la cabecera de su órgano de expresión. En 1922 se les unió una pequeña escisión anterior dirigida por Luis Arana, quien fue nombrado presidente del nuevo partido. Gudari y Arana compartían su ideología nacionalista ortodoxa: tradicionalismo, independentismo a ultranza, rechazo a cualquier colaboración con los vascos no nacionalistas, antiespañolismo, integrismo, puritanismo moral y antimaketismo. No obstante, Aberri introdujo dos importantes novedades en el nacionalismo vasco. Por un lado, el grupo, muy influido por el movimiento republicano irlandés, creó organizaciones sectoriales (juvenil, de mujeres, etc.), con lo que se conformó como un partido-comunidad, que durante la II República daría paso a la «comunidad nacionalista vasca». Por otro lado, pactó una fugaz entente con los otros nacionalismos periféricos de España (Triple Alianza, 1923). La trayectoria histórica de la formación de Gudari fue truncada por el golpe militar del general Primo de Rivera, que prohibió su actividad, y la reunificación en 1930 con CNV.
Algunos de los antiguos aberrianos –Gudari, Manuel de la Sota Aburto (Txanka), Lezo de Urreztieta, etc.- participaron en la segunda disidencia de la tendencia radical del nacionalismo en 1934: los Jagi-Jagi, que tomaron el nombre de su periódico. En este caso se trató de un grupo mucho más pequeño que Aberri, formado por la Federación de Mendigoxales (montañeros) de Vizcaya. Aunque probablemente lo hubieran hecho de no estallar la Guerra Civil, los Jagi-Jagi no llegaron a formar un nuevo partido. En realidad, se asemejaban más a una organización paramilitar, fenómeno generalizado durante la II República (los requetés carlistas, las escuadras de Falange, los escamots de ERC, los grupos de autodefensa del PSOE y de ANV, etc.). Ya en unJagi-Jagi de 1932, se podía leer: «Te lo voy a decir en secreto, mendigoxale: tú no eres un deportista. Óyelo bien: tú eres un soldado de la Patria». Según José María Tápiz, mientras estuvieron bajo la órbita del PNV, los mendigoxales se dedicaron principalmente a la propaganda, pero también actuaron como el «servicio de orden» del partido en las concentraciones y en las elecciones. En estas últimas ocasiones era el propio PNV el que les proporcionaba las armas. Por otra parte, muchos de ellos iban habitualmente armados (su dirección así se lo había ordenado públicamente en 1932), realizaban ejercicios de tiro y protagonizaron enfrentamientos violentos con grupos de otras tendencias políticas, especialmente con los izquierdistas. Por último, los mendigoxales mantuvieron relaciones fluidas con las facciones más extremistas de otros movimientos nacionalistas, como el catalán. A decir de Anna Sallés y Enric Ucelay da Cal la Sûreté francesa creía que el grupo de Gallastegi había entrado en contacto con el partido de Hitler en diciembre de 1931. En ese sentido, Xosé Manoel Núñez Seixas ha analizado un memorándum que el catalanismo más radical envió en 1936 a los nacionalsocialistas ofreciéndose para una alianza internacional. En dicho texto se afirmaba que los Jagi-Jagis, que supuestamente se ponían al servicio de la Alemania nazi, contaban con una organización paramilitar preparada para empezar una insurrección armada. No hubo respuesta oficial.
Conocedores de su debilidad y con una visión de la democracia parlamentaria meramente instrumental, no pensaron en sustituir al PNV, como había intentado Aberri, sino que defendieron infructuosamente la firma de un frente abertzale entre los partidos nacionalistas para las elecciones generales de 1933 y 1936. Los diputados elegidos en dicha candidatura serían los legítimos representantes de toda la nación vasca e irían a las Cortes única y exclusivamente para exigir la independencia de Euskadi. El PNV y ANV se negaron siquiera a discutir la propuesta. A pesar de ese fiasco, a partir de entonces los sectores más extremistas del nacionalismo vasco han retomado intermitentemente el proyecto frentista.
Los más destacados referentes ideológicos de los mendigoxales, Gudari y Luis Arana, consideraron que la Guerra Civil era un problema entre «españoles», por lo que las fuerzas nacionalistas vascas debían declararse «neutrales». A pesar de todo, tras cierto debate interno, los Jagi-Jagiformaron dos batallones que lucharon en el bando republicano, aunque con vistas a aprovechar la contienda para organizar una intentona independentista. Cuando las tropas franquistas tomaron Bilbao, los mendigoxales consideraron acabada su guerra y se rindieron.
Los Jagi-Jagi, como antes había hecho Aberri, se autoerigieron en guardianes de la ortodoxia aranista. La verdad revelada por el profeta no podía modificarse. Así, Gudari advertía, tras la reproducción de uno de los artículos más racistas de Sabino Arana, que «desfigurar tan alto pensamiento es traicionarlo (…). Si sembramos, medrosos, pensamientos raquíticos y turbios, el fruto ha de ser turbio y raquítico también». Otra muestra significativa de la devoción hacia el fundador del PNV se puede encontrar en un texto de Pedro de Basaldua: «Los vascos hablan Sabino, escriben Sabino, piensan en Sabino y sueñan con él hasta el extremo que sería ridículo si no mereciera tal admiración». Por supuesto, la narrativa aranista fue asumida en su totalidad. TrifónEchebarría (Etarte), director de Jagi-Jagi, resumía el supuesto enfrentamiento secular entre la nación española y la nación vasca como una «lucha de razas (…). La lucha de siempre se ha convertido hoy en odio de razas, y quien de esta lucha desiste, por muy grandes que sean las razones, es un traidor a la patria». Contra estos «traidores», se anunciaba en un artículo anterior, había declarada una «franca guerra (…). Batamos en todos los rincones de nuestros pueblos, montes y valles de la patria al hermano traidor, capaz de vender su libertad y la nuestra por un plato de lentejas». Este odio, primero dirigido a los «vascos maketizados» (los no nacionalistas), se extendió, tras su negativa a formar un frente abertzale en 1936, a los «españolistas» líderes del PNV y de ANV.
Por otra parte, los Jagi-Jagi heredaron el «anticapitalismo» del primer Sabino Arana, lo que no hay que identificar con una posición de izquierdas (nada más opuesto a la «lucha de clases» que la «lucha de razas»), sino con la asunción de la doctrina social de la Iglesia Católica. En palabras de Etarte, «se nos ha achacado como de enemigos del capital, gran error; no odiamos al capital, no; lo que odiamos es el capitalismo, es decir, el abuso o mal uso del capital, y este odio al capitalismo, lo tenemos refrendado en las encíclicas de los Papas». Lezo de Urreztieta lo expresaba así: «éramos partidarios de una organización social avanzada, como la marcada por el sindicalismo de Utrech, avanzada pero siempre vasca y cristiana. No estábamos en la izquierda, pero se trataba de mantenernos en posiciones honestas».
Para movilizar a sus bases los artículos de Jagi-Jagi apelaban directamente a las emociones y, más concretamente, al «odio purificador», «sobrehumano», al «enemigo moral y material de nuestra patria, que vemos reflejado en cada uno de esa raza que nos domina y nos hiere». Como catalizador para provocar ese odio se recurrió a la mística del sufrimiento heroico: la glorificación de la figura de los presos y los mártires mendigoxales(un discurso victimista y maniqueo que encontraba el necesario enemigo en «el pistolerismo rojo»). Ya en el primer número de Jagi-Jagi Manuel de la Sota asumía que «solamente conseguiremos la libertad de nuestra Patria con nuestro sacrificio y nuestro sufrimiento, y que cuanto mayores sean estos, más rápidamente llegará aquélla». En el siguiente boletín se advertía al mendigoxale que «la cumbre que tú persigues [la independencia de Euzkadi] (…) sabes que termina en una Cruz». Los presos ocuparon un lugar destacado en las páginas de Jagi-Jagi hasta tal punto que Sota propuso la formación de una asociación elitista a la que «pertenecerían exclusivamente, todos aquellos que han tenido la honra de pisar la cárcel por causas patrióticas». Tampoco faltó la construcción de mártires seculares. Ya en octubre de 1932 apareció el primer «cuadro de honor» de «Nuestros muertos», a los que había que tener «grabados en la mente». Se pedía poner «una oración en tus labios por las almas de los que dieron sus vidas sin vacilar en holocausto de la Patria desgraciada y no vaciles en imitarles si llega el momento (…). De la tierra regada por la sangre de sus hijos brotará en un día no lejano, el fruto sazonado que la alimente». Presos y mártires mendigoxales, a través de su sacrificio, se convertían en símbolos de la causa nacionalista radical y en ejemplos que el resto de la militancia había de seguir.
En cierto sentido Aberri y los jagi-jagis pueden ser considerados los precedentes históricos de ETA y la «izquierda abertzale». Incluso algunos líderes ultranacionalistas de los años 20 y 30 del siglo XX actuaron como puente con la banda, en la que sus descendientes han llegado a militar (siendo el caso más conocido el de la saga de los Gallaestegi). No obstante, entre unos y otros hay sustanciales diferencias estratégicas (el terrorismo) y doctrinales (el racismo y el integrismo de los primeros o el autoproclamado socialismo de los segundos) que no conviene pasar por alto. Además, hubo un hecho crucial que separó a la generación de los mendigoxales de la de los etarras: la Guerra Civil (1936-1939).
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Recensión de «Sangre, votos, manifestaciones» en la revista «Iberoamericana»
Pueden consultar el pdf aquí.
El triángulo vasco III. El PNV hasta la Guerra Civil
Tras la temprana muerte del máximo dirigente del PNV en 1903, la íntima vinculación entre nacionalismo y religión católica dio lugar a, en palabras de José Luis de la Granja, «un verdadero culto a Sabino Arana», quien llegó a ser considerado por sus discípulos como «un nuevo Jesucristo, elegido por la Providencia para redimir y salvar» a la nación vasca. En consecuencia, el aranismo derivó en una «doble religión: la de Cristo y la de Arana» (pero no en una religión política).
La sacralización de Sabino Arana no impidió que se cerraran las puertas que había abierto su «evolución españolista». Fue enterrada por su sucesor, Ángel Zabala. Sin embargo, el PNV había quedado irremediablemente dividido en dos corrientes enfrentadas. Por una parte, los moderados o euskalerriakos, encabezados por el naviero Ramón de la Sota, partidarios de la vía institucional, la moderación, el gradualismo y el autonomismo. Por otra parte, los radicales o aranistas, dirigidos por Zabala y Luis Arana, independentistas a ultranza y contrarios a cualquier variación en la doctrina del primer Sabino. Desde entonces ambos sectores han competido por conseguir la dirección del PNV y marcar su estrategia, lo que en la afortunada expresión de Santiado de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz, le ha hecho oscilar en un «péndulo patriótico».
Moderados y radicales llegaron a una solución de compromiso en 1906, estableciendo como objetivo final del PNV la restauración de los fueros vascos (lo que podía interpretarse tanto como alguna clase de autogobierno como la separación de España). En 1911, para competir con la socialista UGT (Unión General de Trabajadores), nació el primer sindicato abertzale: SOV (Sindicato de Obreros Vascos), posteriormente denominado ELA-STV, Eusko Langileen Alkartasuna – Solidaridad de Trabajadores Vascos.
Paralelamente a la expansión del partido, con una base social interclasista, la línea moderada de Sota fue ganando posiciones, lo que no se tradujo en una renuncia oficial al legado ideológico de Sabino Arana. Durante la I Guerra Mundial (1914-1918) la formación, denominada desde 1916 CNV (Comunión Nacionalista Vasca), gozó de una etapa de apogeo. En 1917 los jeltzales lograron la presidencia de la Diputación de Vizcaya y la alcaldía de Bilbao. En 1918 CNV obtuvo siete diputados y tres senadores, formando grupo parlamentario en las Cortes. Fue en esos años en los que el nacionalismo desarrolló la primera campaña autonomista en el País Vasco. No obstante, fracasó su apuesta por el autogobierno y en 1919 comenzó el declive electoral de CNV, lo que propició la escisión del sector radical en 1921, Aberri (Patria), capitaneado por Elías Gallastegi (Gudari). Durante todo este periodo, el nacionalismo se alió en diversas ocasiones con las derechas no nacionalistas (católicos, monárquicos o carlistas), a las que le unía su ideología conservadora, tradicionalista e integrista, pero nunca con las izquierdas.
Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) la actividad de CNV, al contrario que la de Aberri, fue tolerada, pero el nacionalismo permaneció estancado. Al finalizar esta, los dos partidos jeltzales se reunificaron en la Asamblea de Vergara (16 de noviembre de 1930), en la que se ratificó la doctrina aranista condensada en su lema JEL y se volvió a la tradicional denominación de PNV. En consecuencia, un pequeño grupo de abertzales moderados y no confesionales se escindió para crear una nueva formación, ANV (Acción Nacionalista Vasca).
Durante los primeros años de la II República (1931-1936), régimen en cuya gestación no quiso participar, el PNV se alió con los enemigos de la nueva democracia, el carlismo y el integrismo, con los que pretendía conseguir un estatuto de autonomía para el País Vasco. El carácter clerical y xenófobo del proyecto, denominado estatuto de Estella, además de su inadecuación al marco legal de la Constitución de 1931, hizo que se malograra por la oposición de las izquierdas vascas, que lo consideraban inaceptable. El PNV tampoco tuvo más suerte durante el bienio en el que gobernaron el Partido Radical de Alejandro Lerroux y la CEDA de José María Gil Robles, ya que estas fuerzas se negaron a avanzar en la descentralización territorial del Estado.
De la mano de nuevos dirigentes como José Antonio Aguirre y Manuel Irujo, y siguiendo la estela de ANV, a partir de 1934 el PNV abandonó a las derechas no abertzales, cada vez más extremistas, para aproximarse a las izquierdas, más dispuestas a apoyar la vía autonomista. La nueva colaboración entre jeltzales y frentepopulistas, encarnados por sus líderes José Antonio Aguirre e Indalecio Prieto, dio como fruto el Estatuto de 1936, que definía al País Vasco como una región autónoma dentro de la República Española. Por dicho motivo, José Luis de la Granja considera a Aguirre y Prieto los «dos padres fundadores indiscutibles» del Estatuto vasco y, por consiguiente, del «nacimiento de Euskadi» como comunidad político-administrativa.
Ya iniciada la Guerra Civil se constituyó el Gobierno vasco, formado por una coalición entre el PNV, el PSOE, los partidos republicanos, ANV y el PCE. Estuvo hegemonizado por los jeltzales, que contaron con el lehendakari (presidente) Aguirre y las consejerías más importantes, como la de Justicia y Cultura, de Jesús María Leizaola, y Gobernación, de Telesforo Monzón. Por añadidura, entre 1936 y 1938 Manuel Irujo, dirigente navarro del PNV, fue ministro en el Gobierno republicano, puesto en el que le sustituyó Tomás Bilbao, de ANV.
Simultáneamente, a finales de la II República y especialmente durante el exilio, el PNV evolucionó ideológicamente desde el tradicionalismo de sus orígenes hasta la democracia cristiana, y desde el independentismo al gradualismo. Pero la suya fue una moderación sui generis, puesto que, si por una parte se instaló en una posición de centro-derecha y de política pragmática y autonomista, por otra no revisó ni cuestionó oficialmente los dogmas extremistas de Sabino Arana, figura que continuó siendo sagrada. Como explica José Luis de la Granja, «el aranismo sobrevivió como un sustrato ideológico, que impregnaba tanto al nacionalismo moderado como al radical, no solo durante la Dictadura de Franco sino también desde la Transición democrática (…). [El PNV] nunca ha cuestionado oficialmente el aranismo, porque nunca ha celebrado su Congreso de Bad Godesberg, es decir, no ha hecho con él lo que hicieron los partidos socialdemócratas y socialistas con el marxismo y los partidos eurocomunistas con el leninismo en las décadas de 1960 y 1970. Por ello, cabe hablar del eterno retorno del aranismo en la dilatada historia del PNV».
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