
La revista digital Anatomía de la Historia rescata este viejo relato, que escribí cuando era un jovencito con ínfulas literarias.

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Participo en la jornada del 11 de noviembre en Barcelona del XVI Ciclo de Cine para la Tolerancia y contra el Terrorismo, organizado por la Asociación por la Tolerancia con la colaboración de la Fundación de Víctimas del Terrorismo (FVT), en conmemoración del Día Internacional para la Tolerancia instituido por la UNESCO.
CINES MÉLIÈS. – Calle Villarroel, 102 – METRO L1 (Urgell) – L5 (Hospital Clínic), BUS 37-59-63-H10-V11, NIT BUS N7-N12
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16:00 – El precio de la libertad. Mario Onaindia. Condenado a muerte por Franco. Condenado a muerte por ETA.Ana Murugarren, España, 2011, 160 min (los 2 episodios). Documental. Sinopsis: thriller político que retrata Euskadi desde los años 60 a los 80 a través de la figura de Mario Onaindia, militante de la banda ETA durante el franquismo y condenado a muerte en el Proceso de Burgos que, años después, consigue la disolución de ETA p.m. La lucha clandestina de un grupo de jóvenes idealistas que pretende terminar con la dictadura de Franco da forma a una organización que poco tiene que ver con la que hoy conocemos: es la ETA de sus inicios. Mario Onaindía es uno de esos jóvenes, de izquierdas, interesados por la política que, antes de tener tiempo de llevar a cabo grandes acciones, es detenido y condenado a muerte por el Régimen en el conocido Proceso de Burgos. Son años convulsos, que Mario y sus compañeros ven pasar desde la cárcel al conmutarles la pena de muerte gracias a la presión internacional. Al salir, las cosas han cambiado, Franco ya no está y se abren nuevos caminos para otros tipos de lucha; pero no todos comparten las ideas de Mario y su recién fundado partido, ni la derecha reaccionaria, ni sus antiguos compañeros, que se niegan a dejar las armas y son ahora los que lo condenan. Dosier de prensa. Tráiler. Ana Murugarren: «Cuando decidimos hacer una película basada en parte de la vida de Mario Onaindía, en un ejercicio de memoria recordé una época convulsa, sí, violenta y desgarrada, pero al mismo tiempo de una energía y vitalidad que, con el paso de los años, fueron diluyéndose entre la política rancia, la vida confortable y el sopor cultural. Por eso, cuando empecé a tomar contacto con las concienzudas memorias de Mario, con Esozi, su mujer, con su amigo, Teo, y con mucha más gente que vivió todo aquello en primera persona, pude volver a vibrar con la historia de un puñado de gente de una heroicidad envidiable, que antepusieron el interés de todos al suyo propio, que lucharon con fe y sobrellevaron los numerosos contratiempos con grandes dosis de valentía y un irreductible sentido del humor. Sólo espero que algo de todo esto se haya quedado ahí, en la película, impregnándola de su buen espíritu. Estoy orgullosa de haber compartido con ellos parte de su historia, que es la historia de nuestro país. Se lo agradezco de todo corazón.» |
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19:00 – Charla «Mario Onaindia: del proceso de Burgos a la medalla al Mérito Constitucional»Charla a cargo de TEO URIARTE y GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA. TEO URIARTE: Eduardo «Teo» Uriarte Romero, nacido en Sevilla, en 1945, hijo de vasco, llegó a Euskadi con ocho años al volver su padre en 1953. Doctor en Ciencias de la Comunicación. En 1964 ingresa en ETA. Cinco años después es detenido y encausado en el llamado Proceso de Burgos, en el que se le condena a doble pena de muerte y 60 años de prisión. Recorre durante ocho años diversas cárceles, junto a Mario Onaindía, y se beneficia de la amnistía de 1977. Promueve con Onaindía la disolución de ETA poli-mili y la creación de Euskadiko Ezkerra (EE), que se presenta por primera vez a unas elecciones en 1977. En 1990 abandona el partido y se afilia al PSE-PSOE, tres años antes de la integración total de EE. Ha sido dos veces diputado en el Parlamento vasco por Euskadiko Ezkerra (EE) y teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Bilbao por el PSE. Posteriormente fue nombrado gerente de la Fundación para la Libertad con Nicolás Redondo Terreros y Edurne Uriarte. Teo Uriarte se ha destacado en la defensa del constitucionalismo en numerosos artículos y conferencias. Es autor, entre otros, del libro Tiempo de canallas. La democracia ante el fin de ETA que esta Asociación presentó en su día en Barcelona. GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA: licenciado en Historia por la Universidad de Deusto (2003) y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (2012), trabaja como responsable del área de Archivo, Investigación y Documentación del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo. Sus líneas de investigación se centran en el estudio de la violencia terrorista y la historia del nacionalismo vasco. Sobre estos temas ha escrito diversos trabajos en obras colectivas y revistas académicas. Ha publicado como autor Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994), La calle es nuestra: la Transición en el País Vasco (1973-1982) y La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA. Es coautor, junto a Raúl López Romo, de Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Pertenece, entre otros al Patronato de la Mario Onaindia Fundazioa. También forma parte del consejo de redacción de la revista Grand Place.
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Este verano jóvenes nacionalistas vascos radicales han impulsado una campaña contra el turismo, que ha recibido bastante atención política y mediática. Aunque a veces se ha señalado que solo se trata de una burda y fugaz imitación de la de sus homólogos catalanes, la cruzada de los aberzales desprende un vetusto aroma familiar. Para muestra, un botón.
En septiembre de 1895 el periódico Bizkaitarra, dirigido por Sabino Arana, publicó un artículo del entonces extremista Engracio Aranzadi titulado “La invasión maketa en Gipuzkoa”. Como recoge Santiago de Pablo en La patria soñada, en el texto se “denunciaba la periódica llegada en masa de veraneantes madrileños, incluyendo a la familia real, a San Sebastián, corrompiendo el sano ambiente de la capital guipuzcoana con sus costumbres depravadas”. Los turistas eran tildados, entre otras cosas, de “azote del diablo” y “monstruosas arañas, tan traidoras como repugnantes”.
Cabe preguntarse si hay algo nuevo bajo el sol estival. A fin de cuentas, uno de los rasgos característicos de la rama radical del nacionalismo vasco (en realidad, de casi cualquier nacionalismo) ha sido el rechazo a la figura de “el otro”: por lo general el inmigrante, pero también, puntualmente, el veraneante. Ahora bien, hasta la aparición de ETA hubo pocas muestras públicas de fobia a quienes pasaban las vacaciones en Euskadi. Y ningún ataque organizado.
La primera ofensiva tuvo el sello de Los Cabras, una escisión militarista de ETA. A pesar de sus ínfulas de guerrilla rural, no pasaron de marchar por el monte, hacer sabotajes y provocar incendios forestales. En el verano de 1967 Los Cabras se dedicaron a quemar coches y caravanas de viajeros europeos que pasaban por Vizcaya. En uno de sus pasquines se advertía: “Muerte a los turistas”. El cabecilla, Xabier Zumalde (El Cabra), reconoce en sus memorias que “abandonamos esta práctica porque al silenciarla la prensa (…), nuestro objetivo propagandístico quedaba totalmente anulado. Además, nos parecía una operación bastante fea”.
En 1972 ETA V atacó sendas oficinas turísticas en Vitoria y Zarauz, pero la cosa no pasó a mayores. Los genuinos continuadores de Los Cabras surgieron al otro lado de la frontera: muchos de los atentados cometidos por Iparretarrak tuvieron como blanco al sector turístico vascofrancés. Sus epígonos todavía realizan destrozos de vez en cuando.
Durante la Transición ETA político-militar protagonizó dos campañas contra el turismo para presionar al Gobierno de Adolfo Suárez. En el verano de 1979 esta banda colocó más de una decena de bombas con temporizador en diversas poblaciones de la costa mediterránea, resultando heridos dos ciudadanos belgas. Cuando la dirección de ETApm había dado la operación por concluida, un comando decidió poner artefactos en el aeropuerto de Barajas y las estaciones de tren de Chamartín y Atocha. Explotaron el 29 de julio de 1979, dejando decenas de personas heridas y siete muertas: José Manuel Amaya, Dorothy Fertig, José Manuel Juan, Juan Luna, Jesús Emilio Pérez, Guadalupe Redondo y Dionisio Rey. Pese a la masacre, en el verano de 1980 ETApm puso en marcha una segunda campaña. El ministro del Interior Juan José Rosón reaccionó con rapidez y contundencia, concentrando la acción policial sobre el partido EIA, vinculado a los polimilis. Ahí terminó.
Años después ETA militar copió la idea. Según los propios terroristas, pretendían hacer “el mayor daño posible”. Aterrorizando al turismo internacional, se perjudicaba a uno de los sectores estratégicos de “los intereses económicos españoles”. La banda esperaba que tal amenaza hiciera mella en el Gobierno, que no tendría más remedio que ceder a sus pretensiones. Así, ETAm ha colocado alrededor de dos centenares de bombas en paradores, hoteles, casinos, discotecas, restaurantes, auditorios, parques, centros comerciales, puertos deportivos, playas, ferris, oficinas de información, estaciones de autobús, aeropuertos, autopistas o vías de tren. Lo hizo en toda España, aunque especialmente en la costa y en ciudades emblemáticas. Veamos algunos ejemplos. En agosto de 1993 se produjo una explosión en Barcelona que provocó dos heridos. En abril de 1997 un atentado dejó otro herido en Sevilla. En marzo de 2001 un coche bomba situado frente a un hotel en Rosas (Gerona) mató a Santos Santamaría, agente de los Mossos d’Esquadra. El 22 julio de 2003 sendos artefactos estallaron en Alicante y Benidorm, causando heridas a cuatro personas.
El terrorismo fracasó en su empeño. No obstante, según los cálculos de Florencio Domínguez, entre las dos ramas de ETA realizaron 225 atentados contra el turismo, con un resultado de ocho víctimas mortales. Un saldo espeluznante que conviene recordar, especialmente al 44% de la sociedad vasca que tiene prisa por pasar página.
Por suerte, esa no ha sido la vía por la que ha transitado la campaña de la nueva generación de ultranacionalistas. Tampoco da la impresión de que cambiar el modelo turístico sea su auténtico objetivo. Si aspiran a algo, es a salvaguardar la pureza de la patria y, sobre todo, lograr publicidad gratuita. En este sentido, ya de buscarles un antecedente histórico, la actitud de los jóvenes abertzales radicales recuerda más bien a la de Los Cabras. Nunca mejor dicho.
PS: Algunos pasquines de Los Cabras aquí
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Pueden leer el artículo que nos ha publicado El Español aquí
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Del 7 al 31 de agosto, el Ayuntamiento de Santoña acogerá una exposición dedicada a las víctimas del terrorismo en Cantabria y en otros atentados
EXPOSICIÓN “DE HIPERCOR A ERMUA” EN SANTOÑA
– La organización de la muestra está realizada por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Víctimas del Terrorismo con la colaboración del Ayuntamiento de Santoña, la Agencia Efe y los diarios del Grupo Vocento, El Diario Montañés y El Correo.
– Las 27 fotografías han sido cedidas gratuitamente por la Agencia Efe, El Diario Montañés, El Correo y Fidel Raso, reportero gráfico del desaparecido Diario 16.
-La exposición incluye un panel con los nombres y apellidos de las 23 víctimas de ETA vinculadas a Cantabria, imágenes de atentados de la banda terrorista y un espacio de documentación con portadas de prensa de la época.
2017 es un año de aniversarios de atentados de ETA en Cantabria y en el resto de España. Se cumplen treinta años de los atentados más sangrientos de ETA, en el centro comercial Hipercor de Barcelona, donde se registraron 21 muertos y 45 heridos, y en la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, donde la banda terrorista dejó un siniestro balance de 11 muertos y 88 heridos. Una década más tarde, en 1997, se produjo el secuestro y asesinato de Miguel Angel Blanco, concejal del Partido Popular en la localidad vizcaína de Ermua.
Entretanto, Cantabria también sufrió los efectos de ETA, especialmente en 1992, en el atentado en el popular barrio santanderino de La Albericia, del que se cumplen 25 años. El 19 de febrero de 1992, la explosión de un coche-bomba al paso de una furgoneta de la Policía Nacional dejó como balance tres víctimas mortales y diecinueve heridos. Fue una acción sangrienta más con la que la banda terrorista intentó inútilmente doblegar al Estado para obligarle a negociar sus pretensiones.
La exposición “De Hipercor a Ermua” trata de recordar a las víctimas de aquellos salvajes atentados que estremecieron y conmocionaron a toda España produciendo reacciones sociales e institucionales sin precedentes en nuestra democracia. De la mano de 27 fotografías de la Agencia Efe, El Diario Montañés, Fidel Raso/Diario 16 y El Correo, la muestra busca que estos trágicos acontecimientos no caigan en el olvido y no vuelvan a repetirse. Además de esas imágenes, se exhibe un panel en un roll-up con los nombres de todas las víctimas de ETA en o de Cantabria, y un espacio de información, donde pueden consultarse las primeras páginas de diferentes periódicos de la época.
La lista negra de las 23 víctimas de ETA vinculadas a Cantabria se cierra con el brigada del Ejército de Tierra, Luis Conde de la Cruz, víctima mortal de la explosión de un coche-bomba de ETA, el 22 de septiembre de 2008, frente al Patronato Militar Virgen del Puerto de Santoña, localidad en la que pasaba sus vacaciones.
La inauguración oficial de la muestra tendrá lugar el lunes, día 14 de agosto, a las 12 del mediodía, con presencia del alcalde de Santoña, Sergio Abascal, y el director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, Florencio Domínguez.
Sin embargo, la exposición estará abierta desde el día 7 de agosto, hasta el próximo día 31, en horario de lunes a viernes de 08:00 a 15.00 horas. La entrada será gratuita.
DÍAS: Del 7 al 31 de agosto de 2017.
LUGAR: Ayuntamiento de Santoña. Palacio de Manzanedo
Calle Manzanedo,27
SANTOÑA
ENTRADA GRATUITA
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Una lección incómoda
Gaizka Fernández Soldevilla
Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo
Rafael Leonisio
Euskobarómetro (UPV/EHU)
Por encargo del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, el Euskobarómetro ha elaborado un informe acerca de la actitud de la sociedad vasca ante las víctimas de ETA. Una de las preguntas que se hace a los 1.200 encuestados es cómo abordar nuestro pasado reciente. Un 43% se decanta por cultivar la memoria de las víctimas del terrorismo. Sin embargo, un 44% quiere pasar página. Hacerlo supondría seguir mirando hacia otro lado, actuar como si aquí nunca hubiera ocurrido nada, como si la violencia de ETA no hubiese existido.
El olvido es un escarnio a las víctimas y una oportunidad para la propaganda ultranacionalista que pretende legitimar los crímenes de la banda. Cicerón dejó escrito que la historia es magistra vitae, maestra de la vida. Ignorarla significa negarse a aprender una lección incómoda pero esencial, sobre nuestro pasado y sobre nosotros mismos. En palabras de Primo Levi, “lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”. Si no sabemos lo que ocurrió, corremos el riesgo de repetirlo.
Pasando página, la historia es sustituida por un recuerdo consolador y edulcorado, pero poco fiable. El trabajo del Euskobarómetro lo refleja con claridad. Cuando se pide a la ciudadanía que indique qué actores han contribuido al fin del terrorismo, estos resaltan el protagonismo de la movilización de la sociedad civil en general. Es el agente que más destacan (6,5 en una escala de 1 a 10 donde 10 es la máxima contribución), por delante de la evolución interna de la “izquierda abertzale” (6,1), los movimientos cívicos de resistencia (5,6) y muy por encima de, entre otros, la actuación de la Ertzaintza (4,9) o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (4,7).
Ahora bien, siguiendo el propio informe, únicamente el 37% de los encuestados participaron alguna vez (30%) o en bastantes ocasiones (7%) en iniciativas contra la violencia de ETA. El 59% confiesa que no lo hizo nunca. Podría achacarse este último dato al hecho de que en la actualidad hay muchos jóvenes que no han vivido la etapa en la que los atentados terroristas eran cotidianos. No obstante, si eliminamos de la muestra a los menores de 35 años, los números son prácticamente los mismos: 9% de movilizados habituales, 33% de ocasionales y un 58% que dice que nunca se movilizó.
¿Esa minoría activa es una fiel representación del conjunto de la sociedad vasca? La respuesta es negativa: tiene unas características específicas en cuanto a ideas políticas e identidad. Así, si bien un 51% de la población se declara no nacionalista, ese porcentaje sube a un 64% en el caso de quienes participaron en iniciativas pacifistas. Correlativamente, un 41% de ellos se sienten tan vascos como españoles (frente a un 30% de toda la sociedad), un 13% solo españoles o más españoles que vascos (4 puntos más que el resto) y un 38% se consideran más vascos o solo vascos (cuando en el total esas dos opciones suman el 56%). En otras palabras, los ciudadanos movilizados, aquellos a los que se atribuye el final de ETA, tienen un perfil diferente al del conjunto de la población vasca. Poco mainstream, podríamos decir, ya que la ideología dominante, el nacionalismo, tiene una presencia minoritaria. Es algo que también se ve cruzando esta pregunta con el recuerdo de voto. Siendo la movilización minoritaria en todos los electorados, solo el 3% de quienes apoyaron a EH Bildu en las autonómicas de 2016 se movilizaron habitualmente contra ETA, porcentaje que sube en el electorado del PNV (8%) y Podemos (13%) pero, sobre todo, entre el del PP (17%) y el PSE-EE (18%).
Los datos cuestionan la complaciente imagen de una banda terrorista derrotada por el rechazo activo de la gran mayoría social. Es cierto que casi toda la población vasca estaba contra ETA, pero solo una minoría se atrevió a demostrarlo en la calle, movilizándose con cierta frecuencia. Fue el caso de quienes se pusieron el lazo azul en la solapa o acudieron a los actos organizados por las instituciones democráticas y los grupos pacifistas: Gesto por la Paz, Denon Artean, la Asociación Pro Derechos Humanos, Bakea Orain, etc. En Euskadi hubo miles de ciudadanos que tuvieron el valor de ejercer como tales frente al terror, pero fueron muchos más, una mayoría abrumadora, los que prefirieron quedarse en casa. Lo hicieron por diversas razones, la más poderosa de las cuales fue el miedo a ETA y sus cómplices: los radicales que señalaban, presionaban y atacaban a quienes se sumaban a iniciativas pacifistas.
Guste o no, esa es la cruda realidad acerca de nuestro pasado. ¿Y el futuro? Al respecto el informe arroja resultados esperanzadores. Por un lado, la absoluta mayoría de los encuestados se declaran en contra de los homenajes a presos de ETA excarcelados (74%) y de las pintadas que los enaltecen a ellos y a la banda (79%). Por otro, el 83% de nuestros conciudadanos creen que las víctimas del terrorismo merecen reconocimiento público y memoria. ¿Cómo materializarlos? Mediante programas educativos (62%), documentales y películas (57%), así como trabajos académicos (51%). Ya los está impulsando el Centro Memorial, que es considerado necesario por el 53% de la sociedad vasca.
Leamos la página. Aprendamos la lección.
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Hace treinta años Juan Pablo Fusi (El Correo, 05-04-1987) denunció que la mayoría de la ciudadanía sabía quién era el general carlista Tomás de Zumalacárregui, pero no quién era su hermano, Miguel Antonio: un jurista y político liberal que ocupó los cargos de alcalde de San Sebastián, diputado, senador, ministro y presidente de las Cortes. El olvido de una figura tan destacada parecía un claro ejemplo de cómo el “País Vasco desconoce su historia más reciente. Está forjándose una conciencia de sí mismo mutilada y deforme: está construyendo su identidad sobre una amputación brutal de la verdad histórica. Tal vez se esté aún a tiempo de rectificar”. Y es que por aquel entonces Fusi todavía confiaba en que los historiadores y los medios de comunicación recuperaran para el gran público “la verdadera historia del País Vasco”.
Por desgracia, no se ha conseguido. Hoy en día una amplia capa de la población sabe quién fue Tomás de Zumalacárregui, que da nombre a una gran avenida en Bilbao. Irónicamente, se trata de la misma ciudad que él sitió y bombardeó, y en la que resultó mortalmente herido. Por cierto, la calle fue bautizada así en agosto de 1937, dos meses después de que Bilbao fuese tomado por las tropas franquistas, entre las que se contaban muchos carlistas vascos y navarros. Las sucesivas corporaciones democráticas han mantenido el nombre de la avenida. Sin embargo, nadie se acuerda del otro hermano, Miguel Antonio.
¿Cómo explicar que se ignoren determinados personajes, fenómenos y épocas? En primer lugar, por la desidia de una parte de la sociedad, que huye de toda lectura o producto audiovisual que le resulte fatigoso o que le obligue a replantearse sus ideas preconcebidas. Segundo, porque los historiadores hemos descuidado la divulgación. Nuestra ausencia ha permitido el intrusismo extra académico, como el de la industria propagandística del nacionalismo radical, que pretende convencernos de la existencia de un “conflicto” étnico en el que vascos y españoles llevarían enfrentados desde la noche de los tiempos. Carece de rigor, pero es hábil en cuestiones de marketing.
A esta competencia se suma el desinterés que las instituciones y los medios de comunicación públicos muestran por los avances de la historiografía profesional. Así, es llamativa la escasa atención que, pese a las proclamas a favor de la memoria histórica, han recibido las excelentes obras de Pedro Barruso, Javier Gómez y Erik Zubiaga, quienes han investigado la represión franquista en la Guerra Civil y la posguerra en Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, respectivamente. Tampoco es comprensible que ETB 2 retrasara casi un año la difusión de la serie documental “El Gobierno Vasco en el exilio”, con guiones de José Luis de la Granja, Santiago de Pablo, Ludger Mees, Iñaki Goiogana y Leyre Arrieta. Al final, pese a las protestas que tal decisión suscitó, se emitió en un horario intempestivo, entre las 0:30 y la 1:30 h. de la noche. Tuvo peor suerte la segunda parte de la serie documental “Transición y democracia”, coordinada por Juan Pablo Fusi. Duerme el sueño de los justos desde 2012. Mientras tanto, EiTB ofrece documentales de discutible calidad. ¿Y qué decir de la chocante ausencia de historiadores en la Junta de Expurgo de Expedientes Judiciales de Euskadi, que ha destruido muchísima documentación insustituible, como sumarios de atentados terroristas?
Nuestro oficio consiste en ofrecer un relato veraz y riguroso del pasado, elaborado por medio de una metodología científica y del examen exhaustivo de las fuentes disponibles. A menudo, en el proceso, los historiadores sacamos a la luz datos que no encajan en las grandes narrativas identitarias. Nos volvemos incómodos. Por eso se prefiere la publicidad, más complaciente, por muy fantasiosa que sea.
Así, el País Vasco se ha convertido en un lugar privilegiado para observar cómo se inventan tradiciones milenarias, mitos y héroes nacionales. En octubre del año pasado se inauguró en Vitoria el “Espacio Martín Ttipia” con el fin de honrar la figura de este gobernador, quien entre 1199 y 1200 habría dirigido la heroica defensa de la ciudad, que entonces formaba parte del reino de Navarra, frente a la traicionera invasión castellana. Como señaló en estas páginas Santiago de Pablo (El Correo, 13-11-2016), se trataba de un “esperpento berlanguiano”. No hay ninguna prueba de que Ttipia estuviese presente en el asedio. Por otra parte, resulta inadmisible hacer pasar por una especie de guerra patriótica lo que no fue más que uno de los innumerables enfrentamientos entre reyes de la Edad Media. No había abertzales avant la lettre, sino simples súbditos: los habitantes de Álava lo eran del rey de Navarra, pero antes lo habían sido de los de Castilla y de León. Lo lógico era que, tras el artículo de De Pablo, la Administración hubiese consultado a los historiadores medievalistas de la universidad. Pero se prefirió financiar un “espectáculo itinerante” en honor a Martin Ttipia. De tal manera, en riguroso directo, los ciudadanos asistimos al nacimiento de un nuevo héroe, protagonista de un episodio más del secular “conflicto”.
Se sigue amputando la historia. Ahora bien, si los historiadores nos esforzamos en divulgar nuestro trabajo, si la sociedad se acerca a él y si nuestras instituciones empiezan a respetarlo, quizá podamos revertir esta situación.
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