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Medianoche (un relato)
Hubo un tiempo, cuando estudiaba en la universidad y todavía tenía pelo en la cabeza e ínfulas literarias, en el que me dio por escribir cuentos. Además de leer novelas e historia, era mi principal pasatiempo. Y disfrutaba mucho. Dos o tres de aquellos relatos fueron publicados, y uno incluso ganó un premio de la Universidad de Deusto. Pero mi talento no daba para más y acabó por agotarse. Gracias a los ánimos que me dio el editor José Luis Ibáñez Salas, a quien presenté uno de ellos, hace poco he tenido ocasión de revisar aquellos trabajos. Han envejecido mal: ahora me parecen textos torpes, ingenuos y, en ocasiones, pedantes; llenos, además, de faltas de ortografía y repeticiones innecesarias. No obstante, alguno conserva cierto encanto. Le traigo uno de los que aún se pueden salvar de la quema, convenientemente revisado y corregido, tarea en la que he contado con la solícita ayuda de Virginia, sin la cual quizá nunca me hubiese atrevido a colgarlo. Aquí lo tienen: «Medianoche«.
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La primera víctima mortal de ETA no fue Begoña Urroz
Hoy se celebra el Día de las víctimas del terrorismo en recuerdo a Begoña Urroz, niña asesinada por la explosión de una bomba en la estación de tren de Amara (San Sebastián) que el 27 de junio de 1960. José Antonio Pagola, basándose en el testimonio de una catequista vecina de la familia (El País, 31-I-2010), atribuyó a ETA la autoría del atentado, versión que recogió Ernest Lluch («El problema de mi querida tierra vasca», El Correo, 19-IX-2000), y fue la que el Congreso institucionalizó. No obstante, como ya advirtió el historiador Santiago de Pablo, todo parece indicar que se trató del DRIL (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación), un efímero grupo hispanoluso antifranquista y antisalazarista fundado en 1959 y cuya acción más conocida fue el secuestro del buque portugués Santa María a principios de 1961.
A pesar de lo dicho, no hay duda de que Begoña Urroz Ibarrola fue una víctima del terrorismo, por lo que el 27 de junio parece una fecha tan buena como tantas otras para celebrar el Día de las víctimas. No obstante, merece la pena recordar cual fue la primera víctima mortal de ETA.
El 2 de junio de 1968 el Biltzar Ttipia de ETA tomó una decisión trascendental: asesinar a los jefes de la Brigada Político-Social de Bilbao y de San Sebastián. Este último era el comisario Melitón Manzanas, contra el que debía atentar Txabi Etxebarrieta. No lo pudo hacer. El 7 de junio de 1968 el automóvil robado en el que iban Txabi y su compañero Iñaki Sarasketa fue detenido en un control rutinario de tráfico por el guardia civil José Antonio Pardines. El agente comprobó que los números de la documentación y del bastidor del coche no coincidían. Sarasketa sugirió desarmarlo, ya que se encontraba solo. No obstante, Etxebarrieta, probablemente alterado por la toma de anfetaminas, disparó a Pardines por la espalda. Una vez en el suelo, lo remató de cuatro tiros. En la huida posterior, Txabi y Sarasketa fueron interceptados en Benta Haundi (Tolosa) por agentes de la Benemérita. Se inició un tiroteo en el que murió Etxebarrieta. Sarasketa fue detenido poco después. Juzgado y condenado a muerte, se le conmutó la pena máxima y permaneció en prisión hasta 1977.
Gracias a un testigo presencial, la prensa del Movimiento expuso el asesinato de Pardines sin alejarse demasiado a la realidad. El hacer público que el primer acto de la «lucha armada» de ETA se había reducido a un asesinato por la espalda suponía deslegitimar su «guerra revolucionaria». Con el fin de evitar el desprestigio, la organización difundió su particular versión de los acontecimientos en la que Txabi, en vez de como el asesino, aparecía como la víctima sacrificada por la Guardia Civil (cuerpo que interpretaba en el imaginario antifranquista el papel simbólico de antagonista o villano). De esta manera, Etxebarrieta aparecía a la altura del Ché Guevara: era un héroe que había sacrificado su vida por la patria, es decir, «el Primer Mártir de la Revolución». Se trataba de una clara muestra de la técnica de propaganda que Maurice A. J. Tugwell ha denominado «transferencia de culpabilidad». A su decir, la «transferencia de culpabilidad» es «una desviación de la atención pública, la cual se aparta de los actos comprometedores del que inició el conflicto para dirigirse hacia los del adversario, de manera que puedan ser olvidados o perdonados, mientras que los últimos desgasten la confianza y la legitimidad de la otra parte (…). Pero cuando la actuación de la propaganda llega a su máximo la transferencia de culpabilidad va más lejos: justifica el acto original transformándolo desde ser una responsabilidad psicológica hasta convertirse en un triunfo, mientras simultáneamente se despoja a las acciones del oponente de su contenido de rectitud moral y de utilidad práctica».
El relato del Gobierno y el de ETA, totalmente incompatibles, pugnaron por el espacio público, pero acabó imponiéndose el de la organización por cuatro razones. Por la desconfianza de la población hacia los medios de comunicación oficiales. Por la cobertura propagandística de ciertos sectores del clero, cada vez más identificados con ETA. Por la «lógica narrativa» del relato abertzale. Una vez más, los detalles que no encajaban con la «verdad narrativa» (el asesinato de Pardines) eran ignorados mecánicamente por los nacionalistas, mientras que la muerte trágica de Txabi a manos de la Guardia Civil se reinterpretaba como un nuevo episodio del «conflicto». En cuarto lugar, las últimas dudas sobre la culpabilidad última de la violencia se disiparon en cuanto la dictadura reaccionó con una dureza inusitada.
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos. Prólogo de José Luis de la Granja.
PABLO, Santiago de et alii (2012): Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco. Madrid: Tecnos.
PAGOLA, José Antonio (1992): Una ética para la paz. Los obispos del País Vasco, 1968-1992. San Sebastián: Idatz.
TUGWELL, Maurice A. J. (1985): «Transferencia de culpabilidad», en RAPOPORT, David C. (ed.): La moral del terrorismo. Barcelona: Ariel. pp. 73-93.
PS: La Tribuna del País Vasco ha tenido la gentileza de reproducir este post.
Aniversario del asesinato de Luis Hergueta
El primer atentado «sectorial» que cometió ETApm aspiraba a ser un espaldarazo al movimiento ciudadano de Eibar: la voladura de las obras de una gasolinera contra la que había estado protestando buen número de los vecinos en septiembre de 1977. Si bien se llevó a cabo con éxito, posteriormente los polimilis consideraron que la acción se había malogrado por la ausencia de «quien la capitalice o le de continuidad políticamente», esto es, de un «planteamiento político-militar». O, por decirlo de otra manera, ni EIA ni ningún organismo de masas afín sacó provecho de la explosión. Algo similar resultó de su campaña contra Michelín, que estaba atravesando un prolongado conflicto laboral: ETApm pretendió inmiscuirse en las negociaciones entre patronal y sindicatos en auxilio de las reivindicaciones de los trabajadores. Además de colocar diversas bombas, la organización polimili secuestró a dos directivos de la multinacional, Georges Roucier y Luis Abaitua. Dado que ese grado de presión no daba resultados tangibles, en junio de 1980 fue más allá y asesinó a Luis Hergueta, jefe de las oficinas técnicas. Al contrario de lo que ETApm había esperado, la asamblea de trabajadores de Michelín condenó los atentados. Además, ni EIA ni su brazo sindical, LAB, supieron (o quisieron) obtener réditos de la violencia terrorista. No se trató de un hecho aislado. Excepto en momentos puntuales, esta contradicción fue consustancial a la relación entre organización y partido.
En el II Congreso de EIA (julio de 1979) se intentó iniciar un debate al respecto de la violencia terrorista a raíz de un texto («Sobre lo político-militar en el Alderdi») que proponía «llevar a todos los sitios de intervención del alderdi [partido] (fábricas, barrios, pueblos, sectores, Euskadiko Ezkerra…) la proyección político-militar. Cada intervención armada de ETA (p-m) debe tener una respuesta inmediata». Se delegó la discusión sobre el Bloque al BT de EIA, que la enterró discretamente.
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Sectarismos patrios
«¿Tú qué eres, etarra o chavista? Por ahí empieza cualquier intento de discusión política para la derecha política y mediática española. Y ahí termina».
El autor de la cita que recojo, Isaac Rosa, tiene bastante razón. Lo he visto, lo he oído y no solo referido a Podemos y su líder. No obstante, Rosa se ha olvidado conscientemente de que para un gran sector de las izquierdas cualquier persona de centro-derecha o derecha es sencillamente «fascista» o «franquista» mientras que ya sabemos qué son los no nacionalistas (periféricos) a ojos de muchos nacionalistas (periféricos).
Si algo nos caracteriza a los ciudadanos españoles, si algo compartimos, es nuestro patético nivel de odio, intolerencia y sectarismo, así como la total ausencia de autocrítica que campea en todas las culturas políticas.
Aniversario del asesinato de Javier de Ybarra

Tras la desaparición de Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur) en julio de 1976, todavía hoy sin esclarecer, y la aprobación de su ponencia Otsagabia en la VII Asamblea, ETA político-militar se vio sumida en una crisis interna que fue agravándose a lo largo de la primera mitad de 1977. Por un lado, el grueso de la militancia polimili continuar con el proyecto de Pertur adaptando ETApm a la Transición. La organización debía dividirse en dos nuevos grupos: un partido de corte leninista, que ejerciera la dirección política y que utilizara instrumentalmente la nueva “democracia burguesa”, aliándose con la extrema izquierda no abertzale, y una ETApm reducida al papel de retaguardia armada subordinada al partido.
Por otro lado, los Komando Bereziak (Comandos Especiales), que estaban guiados por la versión más fundamentalista de la narrativa del «conflicto vasco», aderezada con una buena dosis de pretorianismo y militarismo. No solo se resistían a aplicar el plan de Pertur, sino que llevaban meses funcionando fuera del control del Comité Ejecutivo: los berezis realizaban atracos por su cuenta y tenían una tesorería propia. Se repetía por penúltima vez la deriva autónoma del frente militar de ETA. Los Komando Bereziak esgrimieron los contactos con el comandante Ugarte y la propuesta de declaración de tregua como coartada para intentar dar un golpe de fuerza en ETApm. Acusando a la dirección de reformismo, liquidacionismo y traición, montaron una estructura paralela que declaró ser la auténtica ETApm (y como tal se personaron sus representantes en las reuniones de Chiberta y de KAS). Finalmente los berezis invitaron al resto de la militancia polimili a sumarse a su rebelión, pero no fueron escuchados: la mayoría se mantuvo leal al Comité Ejecutivo y, por ende, al plan de Pertur.
A pesar de contar con armamento y activistas experimentados, los Komando Bereziak carecían de base política y social, por lo que su existencia como organización independiente era insostenible. Faltos también de cohesión interna, sus miembros se dispersaron. Una fracción se mantuvo dentro de ETApm. Otro sector se unió a una heterogénea mezcolanza de colectivos provenientes de los minos de ETA VI, de LAIA ez y del movimiento autónomo y asambleario, para formar en septiembre de 1977 una nueva banda terrorista: los CAA, Comandos Autónomos Anticapitalistas.
El grueso de los berezis constituyó un grupúsculo que asesinó a un agente de la Policía Armada el 18 de mayo de 1977 como presentación pública. A los dos días secuestraba a Javier de Ybarra, un empresario que durante el franquismo había ejercido importantes cargos políticos: fue alcalde de Bilbao y presidente de la Diputación de Vizcaya. El 13 de junio anunciaron públicamente que habían dejado de respaldar a EIA y que se unían al «boicot abstencionista» de ETA militar. El día 22 del mismo mes, aparecía el cadáver de Ybarra. Su familia no había conseguido reunir el rescate de 1.000 millones de pesetas que exigían sus captores. En septiembre de 1977 esta facción de los Komando Bereziak se fusionó en pie de igualdad con sus antiguos rivales, los milis, dando lugar a una nueva, más numerosa y mucho más mortífera ETAm. Algunos de aquellos berezis, como Eugenio Etxebeste (Antxon), Juan Lorenzo Lasa Mitxelena (Txikierdi) y Francisco Mujika (Pakito), pasaron a la dirección de la nueva organización. Por ejemplo, Antxon ocupó la jefatura del aparato político tras la muerte de Argala a finales de 1978.
Según un antiguo periodista de Punto y Hora y Egin, al que entrevisté mediante una conversación telefónica, cuando los berezis se escindieron enviaron un comunicado a Punto y Hora diciendo que eran la verdadera ETApm y que habían expulsado a la dirección. No obstante, como él conocía el asunto por su cercanía a EIA, escribió dejando claro que eran los berezis y no la organización polimili, y así se quedó. Posteriormente, cuando pasó a Egin, uno de los miembros del consejo editorial llevó la noticia de la fusión. ETAm retrasó el anuncio para que saliera en el primer número del diario. En el comunicado aparecía anunciado que ETApm y ETAm se habían unificado y ya solo quedaba una ETA. Pero el periodista, de nuevo, tituló la portada con «ETA se reorganiza: Unión Berezis-Milis», como se puede comprobar en la portada de Egin, 29-IX-1977.
Para saber más sobre el asesinato de Ybarra y la polémica consiguiente
-DÍAZ MORLÁN, Pablo (2002): Los Ybarra. Una dinastía de empresarios (1801-2001). Madrid: Marcial Pons.
-FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka (2013): Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos.
-MORÁN, Gregorio (2003): Los españoles que dejaron de serlo. Cómo y por qué Euskadi se ha convertido en la gran herida histórica de España. Barcelona: Planeta. (1ª ed.: 1982).
-YBARRA E YBARRA, Javier de (2002): Nosotros, los Ybarra. Vida, economía y sociedad (1744-1902). Barcelona: Tusquets.
«Música y funerales en el nacionalismo vasco radical»
Pueden descargarse aquí este artículo de Jesús Casquete: «Música y funerales en el nacionalismo vasco radical», Historia y Política, nº 15
En su ya célebr…
En su ya célebre conferencia pronunciada en 1919 ante estudiantes alemanes, que se encontraban todavía bajo el impacto causado por el vendaval de pasiones políticas generadas a raíz del establecimiento de la República Soviética de Baviera y su violenta represión posterior, el sociólogo Max Weber se esforzó por expicar a sus jóvenes oyentes qué era, en su opinión, un buen político. Éste, básicamente, debía buscar un equilibrio entre la ética de la convicción y de los principios, por una parte, y la ética de la responsabilidad, por otra. Frente a un mal político oportunista, que entiende y desempeña su labor como un mero instrumento para la conquista o la consolidación del poder, el auténtico político, en cambio, trabaja con ahínco y pasión por la realización de sus principios. Pero para evitar el peligro de que esta lucha por los principios se convierta en un mero combate ideológico «irreal» y sin nexo con los intereses reales de la sociedad, el político debe pasar su pensamiento y su actitud de forma permanente por el filtro de la ética de la responsabilidad, preguntándose por las consecuencias de sus decisiones y estando dispuesto a asumirlas personalmente.
Ludger MEES, José Luis de la GRANJA, Santiago de PABLO y José Antonio RODRÍGUEZ RANZ (2014): La política como pasión. El lehendakari José Antonio Aguirre (1904-1960), Madrid, Tecnos, p. 631.