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Sobre la central nuclear de Lemóniz

Son entrevistados en el reportaje mi amigo Raúl López Romo y el abogado y exparlamentario de EE Javier Olaverri

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¿Cómo se recordará el terrorismo en el País Vasco? ETA y la (des)memoria

-José María Ortiz de Orruño/José Antonio Pérez (coords.), Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo. Madrid: Los Libros de la Catarata 2013.

-Martín Alonso (coord.), El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática. Bilbao: Bakeaz 2012.

-Galo Bilbao/Francisco Javier Merino/Izaskun Sáez de la Fuente, Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética. Bilbao: Bakeaz 2013.

Ignorada por un creciente sector de la ciudadanía vasca, aislada internacionalmente, cercada por las fuerzas policiales y con su brazo político estrangulado por la Ley de Partidos, el 20 de octubre de 2011 ETA, Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad), anunció el “cese definitivo de su actividad armada”: desistía de continuar protagonizando la tragedia que durante 52 años ha asolado España y cuya consecuencia más visible han sido sus alrededor de 850 víctimas mortales. La disolución de la banda todavía no se ha materializado, mas todo parece indicar que se trata de un paso irreversible. Tarde o temprano este tipo de terrorismo desaparecerá definitivamente de escena, dejando de ocupar las portadas de los diarios y el discurso de los políticos. Entonces ETA no será más que un recuerdo, pero ¿qué tipo de recuerdo exactamente?

En un escenario adverso para la democracia parlamentaria (crisis económica, alto índice de paro, descrédito de los partidos y las instituciones, etc.), el fin de la violencia etarra ha colocado a la ciudadanía vasca ante una compleja disyuntiva, la de qué hacer con su pasado. Se distinguen, como poco, tres salidas a tal encrucijada. En primer lugar, una tentadora amnesia colectiva, que se resume en una conocida metáfora: pasar página cuanto antes, sin haberla leído primero. El olvido supone repetir aquel gesto cobarde que caracterizó a una parte de los vascos y navarros mientras algunos de sus conciudadanos eran perseguidos y asesinados durante los “años de plomo”: mirar hacia otro lado, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.

El segundo camino pasa por la asunción acrítica de la narrativa del “conflicto vasco”, cuyo argumento central consiste en que los (invasores) españoles y los (invadidos) vascos llevan siglos sosteniendo una intermitente guerra étnica de la que ETA sería la última manifestación. Tal relato se presenta en dos variantes. Por un lado, la versión dura, que está en los cimientos intelectuales del terrorismo etarra y que lleva años propagándose desde el entorno cultural de la “izquierda abertzale” (patriota), que ha logrado extenderla a determinados ambientes a nivel internacional. Por otro lado, la versión blanda: la ambigua equidistancia entre “todas las violencias” (la de ETA y la del Estado) simétricas e igualmente responsables del drama, teoría que, utilizando el término de Martín Alonso, han promocionado organizaciones “etnopacifistas”1 como Elkarri, Lokarri y Baketik y luego han hecho suya el PNV, Partido Nacionalista Vasco, y el lehendakari (presidente) Iñigo Urkullu al colocar a Jonan Fernández al frente del área de Paz y Convivencia del Gobierno vasco.

La tercera alternativa es hacer un (eventualmente doloroso, pero cauterizador) examen crítico de nuestro pasado reciente. Para lograrlo, entre otras cosas, es indispensable divulgar lo máximo posible los trabajos que al respecto elaboran los historiadores y otros científicos sociales. Gracias a su seriedad, rigor y método, están entre los mejor capacitados profesionalmente para contar a la sociedad vasca las verdades incómodas, evitando que estas queden sepultadas por una visión del pasado sesgada y parcial: la ya mencionada narrativa del “conflicto vasco”. En tal sentido, durante el último lustro se han publicado bastantes obras de calidad referentes a ETA y sus secuelas, aunque la mayoría no han tenido la repercusión mediática que se merecen. En esta recensión nos centraremos en tres de las últimas y más interesantes novedades editoriales.2

Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo (2013) es una obra coordinada por José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez que recoge las actas de un simposio organizado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda en junio de 2012. La introducción se abre con interrogantes sobre el futuro del País Vasco como los que siguen: “¿Se hablará de terrorismo, de su retórica y del sufrimiento de las víctimas o se vindicará el nombre de los victimarios y se les exculpará del daño causado en aras de la construcción nacional”. Por otra parte, “¿de qué lado se pondrá la historia? Es más, ¿se recurrirá a la historia para dar cuenta del pasado reciente?” (p. 7) Este libro no pretende resolver tales dudas, pues únicamente el tiempo lo hará, pero sí nos brinda una valiosa orientación basada en experiencias relativamente similares a la de Euskadi, lugares que, a lo largo de todo el planeta, también han sufrido los traumas provocados por la violencia armada y el cambiante recuerdo a ella asociado. El objetivo de Construyendo memorias es, pues, dar a conocer desde una perspectiva multidiscplinar (sociología, ciencias políticas, filosofía e historia) “cómo han sido los combates por la memoria librados en otras partes. En concreto, (…) los contextos, los promotores, las estrategias y los resultados con la intención de trasladas las enseñanzas obtenidas a la realidad vasca” (p. 9). De tal manera, en sus páginas se realiza un estudio comparado de casos que arroja luz sobre lo que ocurre y puede llegar a ocurrir en un futuro cercano con la memoria y la historia del terrorismo en el País Vasco.

En el primero de los capítulos de Construyendo memorias Reyes Mate indaga en la relación entre la brutalidad y la deshumanización durante el siglo XX, apostando por la centralidad de las víctimas sobre las que se ha construido la historia. Más adelante Elisabeth Jelin reflexiona sobre la conflictividad y las dictaduras militares que ha sufrido América Latina y las disputas por la memoria que se han entablado en las posteriores etapas democráticas. En el tercer epígrafe José María Faraldo analiza las diferentes y divergentes relatos que tras el final de la II Guerra Mundial se han ido imponiendo desde el poder en Polonia, uno de los países de Europa con un pasado reciente más convulso. En el cuarto, Carmen Magallón se centra en las mujeres como sujeto colectivo, así como en su experiencia como objeto de abusos contrarios a los derechos humanos. El quinto apartado, escrito por Eduardo González Calleja, trata sobre la Lost Cause, la nostalgia por la derrota sudista en la Guerra de secesión de los EEUU, su mutación y su instrumentalización política. Rogelio Alonso nos muestra las consecuencias del fin del terrorismo en Irlanda del Norte: la impunidad (jurídica, pero también moral) de los victimarios, la amnesia para con las víctimas, la perpetuación de una subcultura del odio sectario… De este caso extrae dicho autor una lección para el País Vasco: si se quieren evitar los errores cometidos en el Ulster, deslegitimar el terrorismo debe ser una prioridad absoluta. En el séptimo capítulo Santos Juliá examina la incompatibilidad entre memoria, historia y política en referencia al pasado reciente de España, destacando los usos espurios de las dos primeras por parte de la tercera. Luis Castells dedica el octavo epígrafe a deliberar acerca de la escritura de la historia del terrorismo en el País Vasco, haciendo una serie de propuestas metodológicas: disociar la investigación de la gestión pública de la memoria, sustituir el recuerdo del pasado por la de su examen y priorizar la búsqueda de la verdad sin que de ello se colija esquivar el compromiso cívico. Ander Gurrutxaga escribe sobre los lugares de memoria insertos en las particulares circunstancias de Euskadi. El último apartado consiste en un breve epílogo de Juan Pablo Fusi en el que enfoca a ETA como problema histórico pero también moral que exige “una historiografía plenamente independiente, una historiografía crítica, ajena a las exigencias emocionales del nacionalismo” (pp. 276-277).

Al compartir hasta cierto punto temática y enfoque, Construyendo memorias encuentra su complemento natural en El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática, obra colectiva coordinada por Martín Alonso. Al igual que la anterior, recoge las actas de un seminario celebrado en 2012, organizado esta vez por la Fundación Fernando Buesa, la Fundación de Víctimas del Terrorismo y Bakeaz. Esta última, que también editó el libro, era una ONG que desde 1992 venía ejerciendo una excelente labor en el campo de la investigación y reflexión sobre pacifismo, derechos humanos y medio ambiente en el País Vasco. La falta de financiación ha obligado a cerrar Bakeaz en 2013, todo un (preocupante) síntoma de las prioridades de las instituciones públicas.

Volviendo a las páginas de El lugar de la memoria, hay que señalar dos bloques temáticos. Por un lado, los capítulos iniciales y finales del libro, que constituyen profundas y lúcidas reflexiones teóricas. En el primero, el prólogo, Martín Alonso aborda las nociones esenciales para adentrarnos en el complejo y controvertido debate sobre violencia, memoria y víctimas, al que regresa en el anteúltimo apartado, dedicado a las “Controversias en torno a la pedagogía política de le memoria democrática”. En el segundo, Xabier Etxeberria delimita el marco de referencia ético-filosófico de la construcción de un centro de memoria desde la perspectiva de la centralidad de las víctimas. Dado que, al igual que en Construyendo memorias, se han escogido situaciones con cierto grado de paralelismo con el fenómeno terrorista que ha sufrido el País Vasco, de las conclusiones de esta obra, recogidas por el propio Alonso, se derivan enseñanzas muy útiles para el asunto que nos ocupa. Los poderes públicos deberían tomarlas muy en cuenta si, atendiendo a las demandas de verdad, justicia y reparación, se plantean la creación de alguna especie de memorial sobre el drama acontecido en Euskadi.

La segunda parte del libro es un análisis comparado de diferentes lugares de memoria erigidos para dar testimonio de lo ocurrido, reconocer a las víctimas de la violencia política y, por medio de una metodología pedagógica, evitar la repetición de la barbarie. Pese a los muy diferentes contextos y formatos, las experiencias que se compendian en la presente obra no son más que las respuestas que distintas sociedades han dado a las mismas preguntas. ¿Cómo enfrentarse a un pasado oscuro? ¿Qué recordar? ¿Qué olvidar? ¿Quién lo debe hacer? ¿Cómo materializar esa memoria? ¿Para qué? ¿Para quiénes? ¿Qué escollos se han de evitar? No hay espacio para profundizar en ellos, pero merece la pena nombrar lo estudios de caso y sus autores. Eduardo Jozami escribe sobre el Centro Cultural de la Memoria Haraldo Conti de Buenos Aires. Ekaterina Abzalova nos guía por el Centro Conmemorativo de la Historia de la Represión Política “Perm-36”, un gulag soviético cerca de los Urales. Ricardo Brodsky relata la experiencia del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago de Chile. Con Nataša Joviĉić nos adentramos en el Museo Conmemorativo de Jasenovac, un campo de exterminio nazi que funcionó en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. Guido Vaglio nos acerca al Museo Extendido de la Resistencia, la Deportación, la Guerra, los Derechos y la Libertad de Turín. Y, por último, Montserrat Iniesta da cuenta de la configuración del Memorial Democrático de Cataluña.

Como El lugar de la memoria, nuestro siguiente libro fue editado de forma póstuma por la extinta Bakeaz. Se trata de Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, cuya autoría corresponde a Francisco Javier Merino, Izaskun Sáez de la Fuente y Galo Bilbao, con Josu Ugarte como prologuista. Al contrario que las otras dos obras, esta no versa sobre la memoria de la violencia, sino sobre una importante organización que durante más de dos décadas y media ha impulsado en las calles del País Vasco las protestas populares contra los atentados terroristas de ETA, así como contra cualquier otra forma de violencia política: Gesto por la Paz de Euskal Herria3, nacida en 1986 gracias a la inquietud de un sector de la ciudadanía que se movía en ciertos ambientes cristianos y/o de izquierdas, y disuelta en 2013 al considerar sus promotores que había terminado la razón de su existencia, o sea, que estaba próximo el fin de la banda etarra.

Francisco Javier Merino se ha ocupado de indagar en las líneas maestras de la historia de Gesto por la Paz: sus antecedentes (como las pioneras movilizaciones pacifistas del Partido Comunista de Euskadi en 1977), el contexto histórico en el que se generó este movimiento, su progresiva consolidación hasta 1992, su eclosión a partir de tal fecha, con las movilizaciones de masas contra los secuestros llevados a cabo por ETA, la pérdida de visibilidad que sufrió en la crispada etapa del lehendakari Juan José Ibarretxe, etc. Izaskun Sáez de la Fuente, responsable del proyecto de investigación que dio pie a Gesto por la Paz. Una historia de coraje y coherencia ética, firma dos capítulos. En uno de ellos analiza el discurso ético-político de Gesto por la Paz, su evolución y adaptación, así como sus límites y ambigüedades. En el otro estudia el papel protagonista que ha jugado esta organización para sensibilizar a la ciudadanía de la existencia de la violencia de persecución que el nacionalismo radical ha ejercido contra sus adversarios políticos y determinados colectivos profesionales en el País Vasco. Se trataba de un drama que, a pesar de estar extendido y ser fenómeno cotidiano, se mantenía oculto, siendo sus víctimas ignoradas. Por último, Galo Bilbao medita sobre el particular universo conceptual y moral de Gesto por la Paz, lo que nos permite comprender las actuaciones de sus miembros, su posicionamiento y su compromiso.

Con el mismo espíritu multidisciplinar, idéntica rigurosidad y un único hilo conductor, el de la memoria y la desmemoria de la violencia terrorista que ha infectado el País Vasco, los tres títulos reseñados son una muestra de lo que la historiografía y las ciencias sociales son capaces de aportar a la sociedad en un momento en el que, como ahora, se debate en la disyuntiva de cómo cerrar las heridas y qué hacer con su espinoso pasado. Todos estos libros resultan útiles: nos dan pistas sobre el camino más idóneo y nos advierten sobre aquellos que deberíamos evitar. Escucharlos o no está en manos de los ciudadanos y sus representantes políticos, siempre y cuando antes les haya llegado el mensaje, lo que, por desgracia, no es tan común. He aquí el nudo gordiano: la divulgación. Cierro, pues, con las palabras que Luis Castells le dedica al asunto en su epígrafe de Construyendo memorias advirtiendo de:

la ausencia de una fluida comunicación entre la producción historiográfica académica y la opinión pública, que de modo notorio en el País Vasco circulan por caminos distintos. De este modo, si con respecto a la consideración de lo que ha significado el terrorismo la interpretación historiográfica es abrumadora y demoledoramente crítica, en cambio, en la ciudadanía en general no ocurre otro tanto (…). Es una cuestión cada vez más relevante, y que en el caso de Euskadi se refleja dramáticamente en el divorcio entre el conocimiento histórico generado desde la academia, y esa suerte de vulgata de nuestro pasado, sesgada y sin ningún rigor, pero que no es óbice para que tenga una gran inserción social (p. 237).

Fuente: Iberoamericana, nº 54, 2014.

1 Martín Alonso, “La razón desposeída de la víctima. La violencia en el País Vasco al hilo de Jean Améry”, Escuela de Paz, nº 18, 2009.

2 Jesús Casquete, En el nombre de Euskal Herria. La religión política del nacionalismo vasco radical. Madrid: Tecnos 2009. Raúl López Romo, Años en claroscuro. Nuevos movimientos sociales y democratización en Euskadi, 1975-1980. Bilbao: UPV-EHU 2011. Raúl López Romo, Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemóniz como símbolo de la Transición vasca. Bilbao: Fundación Euskadi 2012 2012. Santiago de Pablo et al. (coords.), Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco. Madrid: Tecnos 2012. Gaizka Fernández Soldevilla y Raúl López Romo, Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011). Madrid: Tecnos 2012. Fernando Molina, Mario Onaindia (1948-2003). Biografía patria. Madrid: Siglo XXI 2012. Gaizka Fernández Soldevilla, Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Madrid: Tecnos 2013. Fernando Molina y José Antonio Pérez (eds.), El peso de la identidad: mitos y ritos de la historia vasca. 2014, en preparación. Véase también el monográfico coordinado por Fernando Molina en Cuadernos de Historia Contemporánea, nº 35, 2013.

3 Sobre esta asociación existe otra obra reciente: Ana Rosa Gómez Moral, Un gesto que hizo sonar el silencio. Bilbao: Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria 2013.

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Reseña de «Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60», de Idoia Estornes

Idoia Estornes Zubizarreta: Cómo pudo pasarnos esto. Crónica de una chica de los 60, Erein, San Sebastián, 2013, pp. 572.

Bastantes de los políticos e intelectuales vascos que tuvieron cierta presencia en la arena pública durante la Transición y la etapa democrática han publicado sus memorias. Es el caso de José Luis Álvarez Enparantza (Txillardegi), Jon Idigoras, Carlos Garaikoetxea, Mario Onaindia, Eduardo Uriarte (Teo), Joseba Azkarraga, Jon Juaristi, José Ramón Recalde, Xabier Arzalluz, José Antonio Ardanza, Marcelino Oreja, etc. Significativamente la mayoría de ellos comparte dos rasgos: ser nacionalistas vascos (o exnacionalistas) y hombres. Se echan en falta más autobiografías tanto de los vascos no nacionalistas como de las mujeres, sean estas de la ideología que sean. Al escribir las suyas, Cómo pudo pasarnos esto, la editora, historiadora y articulista Idoia Estornes Zubizarreta se ha propuesto no solo mostrarnos su reveladora trayectoria vital, sino también abrir una puerta para que otras profesionales vascas sigan su camino: «Hay que salir a la calle, muchachas, contar lo que nosotras sentíamos, hacíamos o no, mientras ellos eran los principies de las tinieblas. Necesitamos memoria, en rotunda primera persona, de chicas también» (p. 14).

Lo primero que sorprenderá al lector es que Estornes no ha escrito unas memorias al uso. Investigadora avezada, no ha renunciado al método científico que ha seguido durante su larga carrera. Así pues, en un ejercido de egohistoria e historia, la autora ha cotejado sus propios recuerdos con bibliografía especializada, documentación de la época y más de cien entrevistas personales. Enriquecido por el contraste de todos estos puntos de vista, el libro a veces parece la crónica coral de toda una generación, la que vivió su juventud durante la década de los sesenta del siglo XX. Por añadidura, al ser Estornes una «juntadora de letras» con un estilo ameno y ágil, Cómo pudo pasarnos esto tiene la virtud de hacer disfrutar al lector.

La autora repasa con profundidad todas las etapas de su vida atendiendo a distintos planos (biológico, familiar, afectivo, profesional, político, etc.). Comienza con una descripción de su infancia y adolescencia en Chile, a donde los Estornes, una conocida familia de editores de tendencia abertzale (patriota), habían emigrado. De esta manera, se nos dan valiosas pinceladas sobre la situación de los nacionalistas vascos de a pie en el exilio americano y las vías (en forma de relato oral, sobre todo, pero no solo) a través de las cuales esta doctrina se transmitía de padres a hijos.

En 1958 la familia regresó al País Vasco, lo que permite a Estornes hacer una interesante comparativa entre la situación de Chile y España, atenazada esta última por el régimen franquista. Ahora bien, como comprobó la joven Idoia, la dictadura no se sostenía únicamente por la represión policial y el apoyo de la Iglesia Católica. Tampoco era cierto que toda la población de Euskadi, que ni de lejos era homogéneamente abertzale, se opusiera frontalmente al denominado «Caudillo». Al contrario, descubrió la aquiescencia de buena parte de los vascos y navarros, incluyendo a no pocos nacionalistas que habían prosperado durante el desarrollismo. Por ejemplo, Estornes recuerda los veraneos de Franco en San Sebastián: «las sirenas de los barcos saludándole en la bahía y puerto, el gentío que le aplaudía. Muchos donostiarras engalanaban entonces, sin complejos, los balcones con la rojigualda. En el resto de la provincia, allí por donde pasaba la comitiva surgía un mar de pancartas, banderas, colgaduras, gallardetes. Se cerraban factorías y escuelas para dar suelta a proletarios y chiquillos» (p. 102). Una imagen, como se ve, que concuerda poco con la memoria idealizada y distorsionada del pasado reciente de Euskadi que ha construido y difundido exitosamente el nacionalismo vasco. Y es que, como historiadora, a lo largo de sus memorias Idoia Estornes no duda en desmitificar la versión más simplista de la narrativa abertzale, que tiene tan poco que ver con la realidad histórica como la narrativa franquista.

La autora también escribe sobre la época del desarrollismo (los años cincuenta y, sobre todo, sesenta) y su impacto en la sociedad, el paisaje y la geografía urbana del País Vasco. Así, por ejemplo, se nos presenta la industrialización (o reindustrialización) y la pujanza económica que trajo aparejada. Por supuesto, ocupa un lugar destacado el reflote del negocio editorial familiar en San Sebastián, que tomó el nombre de editorial Auñamendi. La consecuencia directa del desarrollismo fue la inmigración de miles de trabajadores desde la España rural a los núcleos industriales, entre ellos al País Vasco. Este movimiento de población provocó el rebrote de la xenofobia de un sector de los autóctonos contra los «maketos», ahora tildados de «coreanos», «cacereños» o «manchurianos». Ecos de aquel sentimiento de rechazo son perceptibles en el debate que entonces sostuvo un sector del nacionalismo vasco radical, en ocasiones muy relacionado con (o dentro de) la Iglesia, que intentó que se sustituyera el criterio racista de exclusión de Sabino Arana por el puramente idiomático (o sea, que el euskera hiciera al vasco y no los apellidos).

Ni el vascuence ni la cultura en vascuence, que era diversa, tenían la culpa de que algunos intelectuales estuviesen planeando un monolingüismo tan excluyente como el de la dictadura franquista. En esta época, precisamente, el euskera experimentó un renacimiento, gracias a su unificación (batua), la labor de las ikastolas y la renovación cultural en el País Vasco, en el que el sector editorial fue una pieza clave.

Las consecuencias del desarrollismo fue más allá, ya que, gracias a la puerta que abrió al influjo europeo, trajo un importante cambio de costumbres. Ahí entran, por ejemplo, los producidos en la vida social, afectiva y sexual, que muchas veces pasan desapercibidos al historiador, pero que la autora trata con detalle. Por supuesto, aquella marejada se enredó en el casi inevitable choque generacional entre padres e hijos, que también afectó a Idoia Estornes, ya que la familia tiene un lugar prominente a lo largo de las páginas de Cómo pudo pasarnos esto.

Su paso por la Universidad de Navarra sirve para darnos un panorama muy amplio de esta institución, así como de la Pamplona de los años sesenta. Es aquí donde Estornes inició su militancia política, en este caso en el movimiento estudiantil, y entró en contacto con la nueva oposición antifranquista. Aquellos primeros pasos le llevaron a ser detenida por la policía. Contra lo que pudiera parecer leyendo o escuchando ciertas obras, el compromiso militante contra la dictadura no era una experiencia tan común como se pretende. En palabras de Estornes, «ser antifranquista no era en absoluto popular, peor aún, era molesto y peligroso; el prestigio llegaría más tarde» (p. 211), una vez muerto el dictador. También fue en Navarra donde la autora tomó conciencia del machismo imperante y de la relegación de la mujer. Más adelante tomaría parte activa en organizaciones y movilizaciones feministas. El contraste entre España y la Europa democrática se hizo más evidente gracias a sus viajes a Francia, Gran Bretaña e Italia.

1968 fue un año crucial en todo el mundo, pero también en la historia del País Vasco en general y en la biografía de Estornes en particular. Poco después del Mayo francés, ETA causaba sus primeras víctimas mortales (el guardia civil José Antonio Pardines y Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-social de San Sebastián) y, en un enfrentamiento con la Guardia Civil, caía abatido el etarra Txabi Etxebarrieta. La entonces joven generación de la autora, la misma que la de Txabi, sufrió un choque tremendo que le llevó tanto a simpatizar con el miembro de ETA muerto como a ignorar a Pardines o congratularse por el asesinato de Manzanas, al que se acusaba de ser un torturador profesional. Para Idoia Estornes hubo un antes y un después. «En 1968 dejé de ser una chica antifranquista con veleidades euzkadianas para subirme en el vagón del nuevo nacionalismo, el que nada-tenía-que-ver-con-el-de-los-viejos y los rechazaba por pusilánimes, agotados, por “burgueses”» (pp. 248-249).

No entró en ETA ni en su entorno civil, sino en ELA-MSE (Eusko Langileen Alkartasuna-Movimiento Socialista de Euskadi), luego ELA berri (nueva). Dicho colectivo, entre sindicato y partido, intentaba aunar socialismo con un abertzalismo moderado. Además, se declaraba contrario a la actividad de ETA, que consideraba contraproducente. Ahora bien, los miembros de ELA-MSE no dudaron en respaldar a la ETA nacionalista frente sus escisiones obreristas. El proceso de Burgos y, sobre todo, su hábil escenificación por algunos de los condenados, como Mario Onaindia, fue otro escalón más en la nacionalización de una significativa parte de la juventud vasca. «El Eusko Gudariak final de los procesados, puño en alto, nos hundió en la mística del sufrimiento heroico-estético» (p. 335). El juicio, además, provocó indirectamente la división de ELA-MSE. El sector en el que se encuadraba Estornes, tras la división del universo etarra en 1970, colaboró con ETA V, la rama nacionalista, contra la obrerista, ETA VI. «Nuestra ayuda fue una ingenuidad, un error» (p. 341), reconoce Estornes. Y es que en esta obra, cosa poco habitual en unas memorias, no falta la autocrítica. Así, el tema de la responsabilidad de la legitimización del terrorismo en Euskadi ocupa un lugar específico. «El activismo de ETA –primero inerme, luego armado- fue rechazado por muy pocos antifranquistas de mi generación, unos por razones ético pragmáticas, otros por miedo. Sin embargo, entre ambas posiciones se extendió un amplio vergel: el de los militantes del ETA, mátalos, la gran mayoría de los coetáneos concienciados» (p. 366).

Cómo pudo pasarnos esto se centra igualmente en la Transición en Euskadi, proceso convulso (mucho más que en el resto de España). En el plano político, por destacar algunos puntos, Estornes asistió a la reunificación de ELA-STV o a los intentos de crear una alternativa nacionalista de izquierdas. Primero las efímeras formaciones socialistas ESB y ESEI y luego EE, Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi), en cuyas listas se presentó a las elecciones municipales de 1979. Asimismo, la autora narra el lento despertar de la conciencia crítica contra los atentados terroristas de ETA. Por ejemplo, ayudó a recoger bastantes de las 33 firmas del manifiesto de los intelectuales de 1980. Por otra parte, el 23-F tuvo para ella «un efecto colateral importante: había que arropar aquel amago de democracia, dejarse de pamplinas. Podía ser “eso” o “lo de antes” (…). Me atreví a hacer mía, por primera vez sin aprensión, la Constitución» (p. 433). No fue la única: muchos de los militantes de EE, así como algunos de los miembros de ETA político-militar, reflexionaron en una dirección muy similar. No es de extrañar, ya que su evolución es paralela en muchos sentidos a la secularización ideológica que experimentaron los euskadikos y que llevó a estos del nacionalismo radical al autonomismo y del apoyo a ETA al pacifismo.

El análisis del universo intelectual del País Vasco, visto desde la perspectiva de una historiadora y editora es otro de los aspectos a los que más atención presta Estornes. Así, asistimos a su labor en Auñamendi, empresa familiar en la que entró a trabajar en 1967. Tuvo un destacado papel en la compleja y fascinante elaboración del Diccionario Enciclopédico Vasco, una obra tan monumental como pionera de la que, por cierto, se nutrieron muchas de las enciclopedias que otras editoriales publicaron posteriormente, ya fuera en euskera o castellano. Es significativo cómo Auñamendi inventó de la nada una metodología propia: la búsqueda de especialistas que pudieran escribir las entradas, la autoelaboración de las mismas cuando era imposible encontrarlos, los ficheros, las imágenes, las correcciones, los añadidos… Todo ello se llevó a cabo tanto en la época en la que todavía no se usaban los ordenadores personales como luego, durante la progresiva introducción de la informática en la profesión. Se trató de una empresa que tardó décadas en completarse, cerrándose con el acuerdo de digitalización de la Enciclopedia con la Sociedad de Estudios Vascos, que para Estornes tuvo un resultado agridulce.

Un último apunte merece el análisis que la autora hace del mundo cultural en el País Vasco y especialmente de los cambios de calado en el sector editorial durante la etapa democrática. Así, se estudia la expansión de la (generosamente subvencionada con dinero público) industria cultural asociada a la «izquierda abertzale», cuya competencia desleal ha perjudicado en ocasiones a las otras editoriales (y no tan subvencionadas). La politización e instrumentalización económica de la cultura en euskera, un tema casi tabú en Euskadi, aparece con toda su crudeza. «Caí en cuenta de que, para algunos –demasiados- la lengua se había convertido en un negocio, el único negocio» (p. 522).

Cómo pudo pasarnos esto interesa al lector medio, pero, desde luego, interesará mucho más al especializado, ya que en sus páginas el historiador puede encontrar abundante material para sus propias investigaciones. Se trata, por tanto, de un libro lúcido, que nos ayuda a entender desde un prisma original y enriquecedor el pasado reciente del País Vasco y Navarra.

Fuente: Historia del Presente, nº 23, 2014

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Reseña de «La oxidada Transición», de José Manuel Roca

José Manuel Roca: La oxidada Transición, La Linterna Sorda, Madrid, 2013, 115 pp. Prólogo de Luis García Montero.

 

El profesor José Manuel Roca tiene una amplia producción bibliográfica en la que encontramos tanto libros de historia propiamente dichos, tal que El proyecto radical. Auge y declive de la izquierda revolucionaria en España (1994) o El Lienzo de Penélope. España y la desazón constituyente (1999), como ensayos de contenido político con una fuerte carga histórica, entre los que destacan La Derecha furiosa (2005), La Iglesia furiosa (2008) o La reacción conservadora (2009). Pertenece a esta última categoría La oxidada Transición, una breve y amena obra en la que el autor reflexiona sobre el pasado reciente de España, el proceso de democratización y la actual crisis.

 

José Manuel Roca achaca la dramática situación que atraviesa el país, entre otras cosas, a las limitaciones que detecta en la Transición democrática, que considera estuvo lastrada por la herencia de la dictadura franquista. Así, desde su perspectiva, la etapa democrática ha sido una oportunidad histórica perdida para España. La enésima, teniendo en cuenta los intentos fallidos con anterioridad. «No ha podido ser; tampoco hemos acertado esta vez. Nos cuesta salir del siglo XIX» (p. 14).

 

El autor analiza muy críticamente el «idealizado» relato oficial sobre la Transición democrática, que ha discurrido «entre los dos carriles de la desmemoria social y el consenso doctrinal» (p. 21) y que, en su opinión, elude las sombras del proceso (como las tensiones sociales o la violencia) y desprecia el papel de la presión popular, centrándose en las élites y especialmente en las provenientes del régimen franquista. Según Roca, tal canónica interpretación también obvia que el objetivo de la derecha y el centro derecha no era tanto lograr una democracia parlamentaria (mucho menos una avanzada) cuanto modernizar el mercado económico, y que, si la reforma fue algo más allá de un cambio de fachada de la dictadura, se debió a las movilizaciones auspiciadas por las izquierdas. Es decir, porque a los exfranquistas no les quedó más remedio. El resultado de la Transición no fue indiscutiblemente positivo y quedó muy lejos de lo que la oposición democrática venía reclamando. Roca argumenta que se había inaugurado un sistema poco plural que pivotaba sobre un «bipartidismo de hecho» (p. 24), constreñido por un Gobierno demasiado fuerte y una sociedad y unas Cortes demasiado débiles.

 

La oxidada Transición cuestiona el discurso «dominante» sobre la Constitución de 1978, de la que destaca sus sombras, como la generosidad de la izquierda, que «concedió a la derecha el olvido de su pasado dictatorial y el de los muchos agravios recibidos, y el impagable regalo de la legitimidad democrática; y le dio al país una mano de barniz civil, moderno y moderadamente laico» (p. 32). De la Carta Magna se deriva, a decir de Roca, «un régimen político de acusadas tendencias autoritarias y opaco, con una democracia restringida por una representación política sesgada, donde el ciudadano quedaba tolerado como un súbdito con ciertos derechos antes que tenido (y temido) como un exigente soberano» (p. 34). Entre las «hipotecas» del nuevo sistema el autor señala a la Corona y su (crecientemente discutido) papel, el Ejército, la policía, la judicatura, la oligarquía («un capitalismo anticuado de rostro brutal, y una desigualitaria forma de repartir la riqueza», p. 41) o la Iglesia Católica y sus numerosos privilegios.

 

La presente obra también denuncia una supuesta desmemoria y reinvención del franquismo que, en opinión del autor, responde tanto a la pasividad de las izquierdas, que «se privaron de la oportunidad de defender tanto los valores modernos y democráticos, como los valores de la izquierda y del movimiento obrero» (p. 47), como a la acción de la derecha, ya que Roca acusa a los sucesivos gobiernos del PP de promover «la rehabilitación del franquismo y de Franco» (p. 49), llegando a denominar las etapas de José María Aznar y de Mariano Rajoy como «neofranquismo».

 

En la segunda parte del ensayo se realiza un somero estudio sobre las diferentes crisis que afectan a España actualmente (desde la económica a la desafección ciudadana respecto a la política y las instituciones), buscando la raíz de todos los problemas en los déficits de la Transición y en la inercia de las décadas posteriores. El panorama que pinta es, desde luego, desolador. Para José Manuel Roca «uncida a una Unión Europea en proceso de descomposición, España camina hacia una descivilización programada; hacia un tipo de sociedad asocial, desigual y empobrecida, con la vida más difícil para la mayoría y un futuro muy dudoso, regido por una lógica darwiniana que genera tiburones y víctimas, y por una autoritaria estructura de poder que facilita el dominio de los más fuertes y los más astutos, que no suelen ser los más justos ni los más honrados» (p. 111).

 

La tesis central de este combatiente libro se puede resumir en que la democracia está viciada de origen y el origen no es otro que la muy defectuosa y oxidada Transición, que la derecha pervirtió gracias, entre otras cosas, a la cómplice pasividad de las fuerzas progresistas. A pesar de que es una obra documentada sobre nuestro pasado reciente, no se trata de una obra historiográfica (ni se presenta como tal), sino de un libro de denuncia. Es un ensayo escrito desde una perspectiva muy crítica y netamente de izquierdas, que tiene una proyección muy evidente en la más rabiosa actualidad.

 

¿Los problemas de la España de hoy son consecuencia de los (presuntos) errores de la España de Adolfo Suárez? La oxidada Transición da un rotundo sí como respuesta. «Ha sido bastante ilusorio esperar que las cosas fueran distintas, pues de aquellos mimbres sólo podían salir estos cestos» (p. 113). No obstante, incluso con mimbres defectuosos (y habría que discutir largo y tendido en qué grado lo estaban) se puede hacer muy diferentes tipos de cestos. No hay nada inevitable.

 

El ensayo señala a los hipotéticos culpables de haber tejido mal, ya lo sean por acción (la derecha, la Corona, las clases altas, la Iglesia, etc.) u omisión (la izquierda). Ahora bien, Roca exonera de toda culpa al español de a pie, convertido en víctima inocente de las maquinaciones de unos y otros. Es una teoría muy consoladora, pero cabe preguntarse hasta qué punto el ciudadano está libre de toda responsabilidad en el declive de una democracia parlamentaria como la nuestra (joven e imperfecta, sí, pero democracia al fin y al cabo). Sean o no insuficientes o papel mojado, ¿acaso solo tiene derechos y no deberes? Quizá las élites ocasionaron las faltas de la Transición y la mayoría de los desaguisados posteriores, pero alguna responsabilidad tendrán los ciudadanos que delegaron consciente y libremente en ellas los asuntos de la res publica.

 

Puede que el discurso institucional sobre la Transición sea excesivamente idílico, pero lo cierto es que, al menos en el ámbito académico, el debate sobre las luces y las sombras del proceso lleva ya unos años en el candelero1. La galopante crisis y el descrédito de los políticos profesionales han provocado que la controversia se haya avivado, dando pie a la aparición de cierta producción bibliográfica de calidad, entre la que destaca el libro de José Manuel Roca. Desde luego, incluso cuando no se comparten todas sus ideas, es uno de los que hay que tener cuenta en esta discusión, en esta encrucijada que relaciona directamente el presente con nuestro pasado reciente.

Fuente: Historia del Presente, nº 23, 2014

 

1 Por poner un ejemplo reciente, cabe citar Juan Carlos Monedero: La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2011.

 

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Reseña de «Sangre, votos, manifestaciones. ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011)» en la revista italiana «Spagna Contemporanea»

En el número 43 de la revista Spagna contemporanea aparece la siguiente recensión de Sangre, votos, manifestaciones. Pueden descargarla aquí

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ETA y el 18 de julio de 1961

El 18 de julio de 1961 ETA intentó hacer descarrilar un tren de veteranos requetés guipuzcoanos que, como cada año, acudían a San Sebastián a conmemorar la efeméride de la sublevación franquista que había dado comienzo a la Guerra Civil en 1936. Como he explicado en un artículo, el acto era todo un símbolo: los «nuevos gudaris» continuaban la guerra de sus padres atacando a los viejos «excombatientes vascos franquistas» y «traidores a Euzkadi» que los habían derrotado. Todavía no era más que un ensayo de la vía armada, sobre la que se siguió discutiendo hasta la primera víctima mortal de la banda en 1968.

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Un panadero socialista en el Gobierno Vasco: biografía política de Paulino Gómez Beltrán (1892-1963)

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La editorial Hiria y las Fundacíones Juan de los Toyos, Largo Caballero e Indalecio Prieto, tienen el honor de invitarles al acto de presentación del libro «Un panadero socialista en el Gobierno Vasco» de Fermí Rubiralta i Casas, el próximo 10 de julio en la sede de UGT Euskadi en Bilbao. Más información aquí

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7 julio, 2014 · 9:28

«La izquierda, el nacionalismo y el guindo» por Félix Ovejero Lucas

En el último número de la Revista de Libros Felix Ovejero escribe una reseña colectiva de obras que versan sobre el nacionalismo y la izquierda, entre ellos mi Héroes, heterodoxos y traidores. Pueden leerla aquí.

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¿El «origen católico» de la mezquita de Córdoba?

ABC se pone de parte de la Iglesia Católica en la polémica que rodea a la apropiación de la mezquita/catedral de Córdoba. Lo hace recordándonos que tenía un «origen católico»: la basílica visigótica de San Vicente Mártir . Ahora bien, dicho periódico pasa por alto dos datos. Uno, que sería más exacto hablar de «origen cristiano», porque es probable que los arrianos también rindieran culto en aquel lugar. Y, segundo, que la basílica de San Vicente Mártir fue construida, a su vez, sobre un templo romano dedicado al dios Jano. En conclusión, si hay que utilizar la Historia como argumento jurídico, la propiedad del templo corresponde legitimamente a los paganos.

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XVIII SYMPOSIUM DE HISTORIA DE BILBAO

XVIII SYMPOSIUM DE HISTORIA DE BILBAO
2-3 de DICIEMBRE 2014
Bilbao en el período de la dictadura de Franco 1937-1977
Primera circular

A partir del 20 de junio de 1937 la vida cotidiana de los habitantes de Bilbao cambió radicalmente. En adelante se estableció un sistema dictatorial durante un período de 40 años. En este Symposium nos proponemos investigar temas y problemáticas del citado período.
Los investigadores interesados en los temas de Bilbao tenemos la ocasión de reunirnos en el XVIII Symposium para exponer, debatir y difundir nuestras contribuciones originales.
Quien desee participar en el XVIII Symposium deberá remitir por e-mail antes del 30 de octubre de 2014, a la sede de Eusko Ikaskuntza, el título, un resumen inferior a 100 palabras, el nombre de la(s) persona(s) autora(s), su dirección y un teléfono de contacto. El texto íntegro de las comunicaciones admitidas deberá ser entregado, en soporte digital antes del 30 de diciembre de 2014. No sobrepasarán los 50.000 caracteres (equivalentes a unos 20 folios en formato DIN A-4 a doble espacio con tipo Helvética de cuerpo 12), y cumplirán las normas para la presentación de originales habituales en las publicaciones científicas de Eusko Ikaskuntza.

Dirección a la que deberán remitir los títulos y textos de las comunicaciones:
Eusko Ikaskuntza. Paseo de Uribitarte, 10 planta baja 48001 – BILBAO
Tel.: 94 4425287 – e-mail: bilbo@eusko-ikaskuntza.org

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